Work Text:
Lo primero que hizo Jean al abrir los ojos esa mañana fue salir corriendo al baño para vomitar los pocos sólidos que había ingerido la noche anterior y después, en el estupor de la resaca, se plantó frente al lavabo para lavarse furiosamente la boca. Apenas podía abrir los ojos, pero el ardor de la garganta, mezclado con la presión en la cabeza y un dolor inusual en el cuerpo, le decían que la noche anterior había sido movida. En ese momento no podía pensar en lo que había sucedido, distraído por el sabor rancio que no parecía desaparecer con la pasta de dientes.
Aprovechando que ya estaba ahí decidió lavarse la cara. Alcanzó el jabón facial carísimo que había comprado a mitad de precio hace un mes, que ni le había gustado tanto pero olía bien, se enjuagó la boca y comenzó a masajearse la cara con la espuma: en movimientos circulares suaves durante un minuto, tal como le había enseñado una vez una exnovia, o el chico que conoció en sus vacaciones en Cancún, o algún ligue. Lo que sea, el caso es que se le había quedado grabado porque el truco era frotar mientras cantas la primera parte de Bohemian Rhapsody. Balbuceó la letra en un inglés que podría invocar demonios, aunque con la resaca ya no estaba seguro de qué tanto se había saltado de la canción.
Cuando terminó de secarse se sintió un poco más fresco, más despierto, así que se miró en el espejo para hacer el conteo de daños de la noche anterior.
El corazón le dio un vuelco.
Tenía en la playera una mancha de sangre que le brotaba desde el hombro derecho. Se veía todavía más dramático con el color verde claro de la playera, la sangre estaba seca, pero se había esparcido por el pecho y el brazo lo suficiente para darle un buen susto. Alarmado, jaló el cuello de la playera para examinarse el hombro, encontrándose con piel enrojecida, amoratada y además abierta.
Había dos hoyos con sangre coagulada que le trajeron de golpe todos los recuerdos de hace unas horas.
—No es cierto —se dijo a sí mismo, mientras hacía una corta carrera hacia su cuarto, donde vio las sábanas moverse con el bulto debajo de ellas.
Luego volvió al lavabo del baño y volvió a revisarse el cuello, dándose cuenta de que el dolor de cabeza y cuerpo no eran sólo por la resaca. Tuvo un pequeño momento de pánico, sin saber muy bien qué hacer, hasta que sintió un nuevo mareo y el vómito se le acumuló otra vez en la garganta. Antes de soltarlo sobre sus pies, se encontró siendo guiado gentilmente hasta el retrete y mientras temblaba, arrodillado en su miseria, unas manos frías le alejaban el cabello de la cara y le acariciaban la espalda.
—Ya, ya —le decía alguien con voz conciliadora.
Tardó unos minutos en recuperarse, y un poco más en darse cuenta de que estaba acompañado. Cuando pudo volver a enfocar la mirada se dedicó a observar al intruso o, más bien, a su invitado de la noche pasada: compañero de tragos, de charla y de cama. Sus ojos sagaces, sus movimientos cuidadosos, los rastros de sangre que le empezaban desde la boca. Su sangre, de él, la que había salido de los hoyos en su cuello.
—¿Te sientes mejor? —preguntó su compañero, que había tomado distancia y lo miraba como quien no quiere: con vergüenza, con duda.
Jean lo miró unos momentos más y asintió aturdido.
—¿Quieres que me vaya?
—¿Qué?
—No puedo dejarte solo así como estás, pero puedo irme a otro lugar de la casa —dijo él, incómodo pero claramente acostumbrado a la situación, esperando lo peor—. Me iré cuando estés mejor.
Unos momentos de silencio pasaron, mientras Jean trataba de convencerse de que lo que estaba pasando era real. Que los recuerdos de la noche anterior no habían sido un sueño muy loco.
—Eren.
—¿Sí?
—¿Tú quieres irte? —preguntó Jean, y se sintió como un tonto haciéndolo, pero parecía que la sangre no le llegaba a la cabeza todavía. Lo único que pensaba en ese momento era que había pasado la noche con Eren Jaeger.
Por otro lado, Eren parecía querer que la tierra se lo tragara. Pensó muy bien su respuesta y luego contestó, con las palabras bien medidas:
—Quiero asegurarme de que estés bien después de, eh… —dijo, haciendo una pausa cuando su mirada encontró la herida de su hombro. A Jean no le pasó por alto el ligero movimiento de lengua que hizo para probar un poco de la sangre seca que aún tenía alrededor de la boca, y sintió un golpe de calor en la cara.
—¿Pero quieres irte? —insistió Jean, intentando no distraerse con las memorias que de repente lo asaltaron con aquel gesto.
—Jean —lo llamó Eren, como si le faltara el aliento, su mirada intensa. Parecía que iba a comérselo de un bocado y a Jean eso lo mareó un poco más—, si fuera por mí, no saldríamos de esa cama nunca.
Jean le sonrió, encantado con la respuesta y eso pareció ser suficiente para ambos.
Si le hubieran contado que tendría una de las mejores noches de su vida con su voz favorita de la radio, lo más seguro es que se hubiera reído y hubiera dicho algo similar a «ya quisiera». Es más, si se lo hubieran dicho mientras bebía tequila en aquel bar, donde lo había dejado Connie aquella noche luego de una larga charla sobre lo terrible que es la vida adulta, juraría que no se la habría creído.
Lo cierto es que ni siquiera se la creyó cuando escuchó de cerca su voz, acostumbrado a escucharlo contar rumores paranormales en la radio, no a pedir cerveza en el bar más mugriento de la ciudad. Pero su única neurona activa en ese momento le insistió «es él, es él», y antes de darse cuenta ya había abierto la boca para llamar su atención:
—Oye, tú eres Eren, el locutor de Para no dormir, ¿no?
Por supuesto que no reconocía su rostro. Hasta donde él sabía, ninguno de los locutores del programa había revelado su identidad más allá de su nombre, y nadie podía asegurar si eran sus nombres reales. No hacían apariciones más allá de entrevistas en audio o sus columnas en revistas de interés, sus redes sociales eran privadas y transmitían tarde por la noche entresemana. Siendo honestos, Jean siempre se los había imaginado vistiendo un look gótico, quizás punk. Nunca se habría imaginado encontrarse a un tipo de cabello largo vestido como Adam Sandler, pero la sorpresa que vio en su rostro no le dejó duda.
—¿Cómo supiste? —dijo Eren con una sonrisa avergonzada.
—Tu voz —respondió Jean, dándose cuenta de que se le había bajado lo ebrio de golpe—. No me pierdo ninguno de tus episodios.
—Vaya, gracias —Eren hizo una pausa para recibir su cerveza y se sentó al lado de él, justo donde había estado Connie hace un rato. Tomó un sorbo de su tarro y procedió a soltar una risa liviana—. Nunca me había pasado esto.
—Perdón, no podía perder la oportunidad de saludar a mi locutor favorito.
—Está bien, de todas maneras me viene bien la compañía —sonrió, y Jean no pudo evitar observarlo de cerca: tenía ojeras pronunciadas, la piel muy pálida y los labios resecos—. ¿A menos que estés esperando a alguien?
—Soy todo tuyo.
Así que hablaron hasta que el bar cerró, continuaron la charla de camino a la estación para tomar el último vagón del tren y, antes de despedirse, Eren le pidió su número de teléfono. La tarde siguiente ya tenían un chat repleto de mensajes y desde entonces se habían encontrado varias veces.
Jean continuaba sin creérselo, ni el encuentro ni la existencia del propio Eren fuera de las ondas de radio. Con el tiempo comenzó a conocerlo y, sin querer, a notar cosas de él.
Al principio había querido pensar que estaba sugestionado, Eren era locutor de un programa sobre temas paranormales y daba la casualidad de que era una persona nocturna. Quiso justificarlo con el hecho de que trabajaba de noche en la radio y que no hacía falta que tuviera una rutina diurna, especialmente trabajando de manera independiente. Asumió que su palidez, ojeras y labios resecos eran un producto de esas casualidades. Pero la situación se volvió ridícula cuando se dio cuenta de que el reflejo de Eren no aparecía en el espejo retrovisor de su auto, o que siempre tenía que darle permiso explícito y verbal para entrar casi a cualquier lugar al que iban.
Estuvo a punto de decir en voz alta sus sospechas el día que Eren se quedó con él hasta que amaneció, y casi tira la vajilla cuando puso la mano cerca del rayo de sol que entra por la ventana de la cocina. Pero, honestamente, Jean prefería fingir demencia hasta que Eren estuviera listo para decirle… lo que fuera que tuviera que decirle.
Una tarde, ambos decidieron que seguir fingiendo era demasiado y lo hablaron.
La conversación fue bastante mejor de lo que ambos esperaban. Tomaron unos tragos juntos, charlaron hasta que terminó uno encima del otro y después de una noche muy movida, estaban ahí los dos: tomando un café cargadísimo mientras Eren curaba la herida en el cuello de Jean, esforzándose por no volver a encajarle los colmillos.
—¿No te parece irónico tener un programa sobre temas paranormales siendo tú un vampiro?
—Nos pareció gracioso después de que me convirtiera en uno —admitió Eren, terminando de vendarle la herida—. Supongo que fue una manera de lidiar con ello, para mí, para Armin y para Mikasa.
Ambos guardaron silencio hasta que el vampiro terminó de poner el kit de primeros auxilios en su lugar, y Jean tuvo un revuelo en el estómago al darse cuenta del cuidado con el que lo había tratado siempre, pero especialmente desde la noche anterior, cuando le dejó beber de su sangre desde la carne viva. Lamentó por unos instantes la ropa llena de sangre y las sábanas arruinadas, pero el recuerdo de anoche le inundó con una sensación cálida en el vientre.
—Cuéntame más —pidió.
—¿Sobre qué?
—Sobre ser un vampiro y esas cosas —aclaró Jean, notando su mirada sorprendida. Le sonrió—. Tengo que saber más si es que quiero adaptarme, ¿o no?
Y Eren le devolvió la sonrisa.
