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Viernes 7: preguntas necesarias.

Summary:

Eren se convenció de que no pasaba nada, que si las cosas funcionaban entre ellos era porque no había nada de qué hablar. Y seguía sin saber qué responder si algún día le preguntaban qué era de Jean Kirstein.

Afortunadamente nadie cuestionaba su relación.

Excepto él mismo.

Aunque llevan años juntos, Eren es el único que no se ha enterado de que están saliendo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Siendo honestos: a Eren le costaba mucho admitir sus errores, pero hasta él, siendo tan orgulloso, podía admitir que se había perdido unas cuantas veces caminando en la montaña.

Había crecido en Shiganshina, uno de los pueblos más rurales no sólo de María, sino de todo Paradis. El único autobús que te llevaba hasta el pueblo salía tres veces al día —sólo entresemana—, y lo único que había ahí eran montañas y un río donde perdió su par de crocs favoritos cuando era niño. Los padres ahorraban toda su vida para enviar a sus hijos a la Universidad de Trost porque no podían permitirse algo más cerca de la capital y, cuando alguien se iba, por lo general no regresaba ni para vender sus tierras —si es que tenían—.

Muchos de sus amigos se habían ido ya, becados como Armin y Mikasa, o buscando un mejor prospecto que trabajar en el campo. Eren estaba seguro de que a sus padres les habría gustado que estudiara una ingeniería o algo así, pero en su segundo año de preparatoria se dio cuenta de que le iba mejor en el campo que en cálculo, y decidió dejar la escuela por la paz.

No se arrepentía, pero diez años después podía admitir que había sido un berrinche más que una decisión. Recién se había enterado de que tenía un medio hermano 8 años mayor, su padre lo había tenido con una mujer que hasta el momento no conocía, pero que suele enviarle postales a Zeke desde Francia. Para colmo: era el único que no sabía, ni que existía, ni que iba a mudarse con ellos, que porque su madre se había vuelto a casar y porque él odiaba Francia.

O eso decía, Eren sospechaba que había hecho algo ilegal y tuvo que huir del país, pero no le constaba.

En todo caso, su yo adolescente ya tenía suficientes problemas en la escuela; además tenía que levantarse todos los días a las 4 de la mañana para llegar a las 7 a la única preparatoria que había en la zona —un secreto: nunca llegaba a tiempo, así que tenía más de una materia reprobada por faltas—, y la mayoría de las veces, sabiendo que iba a llegar tarde de todas maneras, prefería desviarse a la cosecha; su padre no se opuso porque de todas maneras no tenían suficiente dinero para pagar colegiaturas y nuevos uniformes, al menos no mientras siguiera fiando consultas y medicamentos.

Porque, claro: Grisha Jaeger no podía ser uno de esos médicos exitosos que cobraban cientos de miles al año, su ética de trabajo no le permitía cobrarle un solo centavo a ninguno de los campesinos del pueblo. Aunque se lo agradecían llevándole de su cultivo a menudo, la verdad es que los Yaeger se encontraban al borde de la pobreza.

Si Eren había logrado estudiar más allá de la primaria era porque a veces tenían golpes de suerte: de vez en cuando sucedía algo con las familias ricas que tenían casas de verano a la orilla del lago. Por terrible que suene, su madre rezaba que alguno de ellos enfermara cuando se acercaba un nuevo ciclo escolar o cuando veía que el pantalón del uniforme comenzaba a quedarle alto o que sus zapatos estaban muy desgastados.

Así que cuando llegó el primer cheque de la madre de Zeke, quien al parecer era una duquesa o algo así, Eren se dio cuenta de porqué lo habían aceptado en casa a pesar de que estaban endeudados hasta el cuello. No era una gran cantidad —sus padres no habrían aceptado más—, pero los mantuvo a flote durante meses mientras los hermanos Yaeger se adaptaban y buscaban ingreso donde lo encontraran: hacían jornadas en las cosechas, trabajaban la tierra y guiaban a los turistas que venían en autobuses a conocer uno de los “Pueblos Mágicos” de Paradis. Más que un pueblo mágico era un lugar sin nada que hacer, pero con un poco de labia uno podía hacer que los turistas soltaran algunos billetes.

Zeke los llevaba hasta la cascada, ofrecía recorridos culinarios por la plaza del pueblo y definitivamente no les vendía marihuana que por supuesto que no cultivaba él mismo; Eren era más popular con los senderistas. A menudo eran las familias ricas que vivían cerca del lago quienes le pedían recorridos por la montaña y eran los que mejor pagaban; algunos ya eran clientes frecuentes. Se había criado jugando en la montaña, la conocía como si fuera su patio trasero. Por supuesto que se había perdido algunas veces investigando zonas que nunca había visto, la montaña era grande y había caminos más difíciles y hectáreas de bosque más denso.

Eso sí, nunca se había perdido mientras guiaba a alguien.

Hasta ahora.

Cuando Jean Kirstein —uno de los niños ricos de la zona del lago— le pidió que lo llevara a acampar a la montaña, Eren no lo pensó mucho. Se dijo a sí mismo que el clima estaba bien para acampar, estaba despejado y conocía un buen lugar para mirar las estrellas. Sabía que a Jean le gustaba observarlas. Por eso comenzó a venir cada mes desde Trost a la casa de campo de los Kirstein. A menudo lo encontraba cerca del campo observando el cielo con su telescopio —que se veía carísimo—, y cada vez que podía se acercaba para escucharlo hablar de las constelaciones.

Lo conoció cuando tenía diecisiete, mientras cortaba fresas en una granja. Acababa de llevar las primeras cajas del día a la camioneta cuando lo vio platicando con el hijo de los Bodt. No quiso mirarlo directamente, hasta que vio a Connie hablar con ellos y señalarlo desde ahí, de inmediato supo que hablaban de negocios. En realidad lo había visto un par de veces antes, cuando su familia compró una de las casas del lago a una pareja mayor. Eren sabía que era uno de esos niños ricos y asumió que buscaba ya sea un recorrido o unos gramos de marihuana. Le sorprendió saber que no buscaba ninguna de las dos: quería saber si su madre podía parcharle el estuche del telescopio. Le habían dicho que Carla Jaeger podía coser casi cualquier cosa y Eren le aseguró que sí.

—Podría comprar otro, pero dudo mucho que las paqueterías lleguen hasta acá —dijo Jean alzándose de hombros. Tenía un acento de ciudad que a Eren no le pasó desapercibido—. Y si se arregla con un parche, mejor para mí.

—¡Oye! —reclamó Connie—. Sí se tarda como… 5 meses, ¡pero llega!

—Las maravillas de ser zona extendida: si te llegan las cosas ni te acuerdas qué son —dijo Eren en un tono ligero. Escuchó a Jean reír a un lado de él y, que nadie le pregunte por qué, pero trató de neutralizar su acento cuando se dirigió a él—: Puedo llevarte a mi casa cuando termine aquí.

—Va, sirve que paso a la casa por el estuche —acordó Jean y se despidió de todos chocando las manos. A Eren le quedaron cosquillas en las puntas de los dedos.

Desde entonces comenzó a topárselo a cada rato, a veces en el pueblo: en la plaza o en el mercado, unos días en el bar, otros en ese café mamón a donde sólo iba la gente del lago; también lo veía en el río cuando iban a nadar, o se aparecía cerca del campo cuando recolectaba cosecha. Supuso que era pura coincidencia, aunque nunca perdía la oportunidad de conversar.

Se dio cuenta de que no era coincidencia al inicio de la primavera, el día que Jean lo invitó a nadar en el lago.

La gente del pueblo no podía nadar en el lago a menos que alguien de la zona los invitara. Se había convertido en una propiedad privada que compartían entre todas las familias adineradas que vivían alrededor. Algunos eran más abiertos, invitaban a los niños del pueblo a menudo para dar buena imagen, pero otros preferían mantener el lago para sí mismos. Y con razón: el lago estaba cristalino, lleno de flora y fauna que mantenían intacta.

Cuando lo invitó, Eren creyó que también había invitado a los demás —o por lo menos a Marco—, se llevó la sorpresa de que sólo eran ellos dos. De repente no se sentía tan confiado al quitarse la playera, empezó a cuidar aún más su acento y revisó su aliento. Al principio la temperatura del lago fue un pretexto para nadar cerca, después de un par de tequilas decidió no preocuparse. Dejó que sus cuerpos orbitaran cada vez más cerca y se rio de sí mismo cuando se dio cuenta de que no podía dejar de mirarle los labios a Jean, un poco mareado por el alcohol, pero más por los nervios.

Esa tarde se besaron hasta que atardeció, sólo decidiendo irse a casa cuando los mosquitos comenzaron a molestarlos. Las manos le sudaban, los labios le ardían y el corazón aún no se le calmaba cuando llegó a casa. Los siguientes días mantuvieron una clara tensión: entre vergüenza, timidez y algo más que no sabría cómo llamar; pero nunca hablaron de ello y cuando Jean regresó a la ciudad las cosas se quedaron así.

Regresó meses después, sin decir una palabra sobre lo que había sucedido. Eren supo que todo estaba bien cuando, a la primera oportunidad, Jean lo tomó de la mano y le susurró al oído que fuera a su casa, que le había traído algo de la capital. Para su sorpresa, resultó que Jean había vuelto solo, sus padres se habían quedado en la ciudad. Se quedó sólo unos días, en los que se la pasaron juntos, y volvió a irse. El siguiente día feriado volvió con otro regalo y cada que volvía traía algo nuevo, la habitación que Eren compartía con su hermano comenzó a llenarse de cosas caras: calzado, ropa, videojuegos y cualquier cosa que a Jean se le ocurriera. Al poco tiempo, Eren llevaba el teléfono más nuevo y usaba tenis de edición limitada.

Un día comenzó a sacarlo del pueblo, primero a ciudades cercanas y después a la capital. No tan seguido, porque a Eren no le interesaba mucho la ciudad, pero comenzaron a ir a la playa cuando el clima lo permitía, iban juntos a los rodeos y apostaban en carreras de caballos. El pueblo entero sabía que si no encontrabas a Eren en su propia casa estaría en la de los Kirstein. Nadie decía nada al respecto, pero se sabía que eran cercanos.

Si le preguntaras a Eren, él mismo no sabría decir qué eran, además de eso. Afortunadamente nadie cuestionaba su relación.

De vez en cuando sus padres preguntaban por Jean y su madre lo invitaba a cenar cada que visitaba, lo recibía con su comida favorita o le enseñaba una de sus recetas. A veces Jean le llevaba vestidos y zapatos que venían en bolsas con logos que Eren no reconocía, ni se imaginaba el precio. Para su cumpleaños le regaló un juego de aros y un collar que lucían sencillos, pero que Zeke le había asegurado costaba lo mismo que un hígado (tal cual hizo la comparación), ni ella ni Eren sabían de precios, pero estaban de acuerdo en que se sentían finos. A su padre también le había regalado cosas, a pesar de sus negativas: trajes, sacos con detalles bordados, botellas importadas y un reloj que sólo usaba en ocasiones especiales. A veces le traía materiales, le enviaba suministros y su consultorio comenzaba a verse diferente.

Zeke tenía su propia forma de llevarse bien con él: le regalaba alguno de sus productos recreativos (definitivamente no era marihuana), que después terminarían fumando juntos a la orilla del lago. A menudo decía que era una inversión para el futuro. En algún momento él también comenzó a usar un reloj plateado que presumía doblándose las mangas hasta los codos, y si le preguntaban decía que era el resultado de un buen negocio.

Y más allá de los regalos, Jean siempre incluía a su familia en sus planes: los llevaba a comer a algún lugar bonito, planeaba —y les pagaba— vacaciones, a veces les hacía cenas en la casa del lago, o simplemente se quedaba a jugar juegos de mesa hasta tarde. Cuando se quedaba a dormir nadie decía nada si se quedaban en la misma cama. Zeke se limitaba a hacer plática desde el otro lado de la habitación que compartían, ignorando a Eren, que a menudo se quedaba dormido antes que ellos, arrullado por el calor corporal de Jean y perdido en su perfume.

—Un día se te tienen que acabar las cosas que me puedes comprar —le dijo Eren un día, recibiendo el regalo de ese día: una botella de vino importado. Honestamente no sabía mucho de vinos, pero acompañaría bien la cena esa noche—. O lo generoso.

—Siempre hay algo que te puedo dar —respondió él, muy seguro.

—Me voy a preocupar el día que amenaces con comprarme un auto.

Jean soltó una risa ligera y le plantó un beso en la mejilla.

—Sabes que no te regalo cosas por ser generoso.

Eren realmente no sabía por qué, entonces.

Quería pensar que estaban en una relación, que se querían mutuamente y que todas esas noches juntos significaban algo. Que los regalos eran su forma de mostrarle aprecio, que Jean se llevaba bien con sus padres porque quería ser parte de su familia y que volvía seguido porque lo extrañaba tanto como él lo hacía. Quería creer que lo que tenían significaba algo, quería que él también sintiera ese ligero mareo que aún le quedaba después de besarlo y que pensara en él antes de ir a dormir. Pero habían pasado años y nunca habían hablado sobre su relación.

Eren se convenció de que no pasaba nada, que si las cosas funcionaban entre ellos era porque no había nada de qué hablar. Y seguía sin saber qué responder si algún día le preguntaban qué era de Jean Kirstein.

Afortunadamente nadie cuestionaba su relación.

Excepto él mismo.

 

⋆。˚ ☁︎ ˚。⋆。˚☽˚。⋆

 

Poco después llegó el rumor de que Jean tenía una novia en Trost, que hacía años que salían y que sus padres estaban arreglando un futuro matrimonio. Cuando Connie le preguntó a Marco al respecto, mucho más ofendido que él mismo, este no pudo negar los rumores.

—¡No digo que sea verdad! —quiso remediar—. Pero siempre que le pregunto me cambia el tema… no sé qué pensar.

Eren se convenció de que todo estaba bien, que eran rumores y no tenía por qué hacerles caso. Que daba igual lo que dijera Zeke sobre todos esos regalos siendo distracciones para que no se diera cuenta del engaño, e ignoró su consejo de vender todo (el bastardo seguía presumiendo el reloj de plata a los turistas). Claro que cuando se iba a la ciudad mantenían poco contacto, pero era porque ambos estaban ocupados: Eren seguía trabajando en el campo, y Jean estaba ocupado con… el trabajo también, seguramente.

—Créeme, un hijo de los Kirstein no necesita trabajar —le aseguró Zeke, fumándose un cigarro de los suyos—. Vas a ver: después de que se entere que sabes los rumores te va a traer algo grande para distraerte.

—¿Cómo qué? —preguntó Eren de mala gana, harto de escuchar lo mismo—. ¿Un peluche y chocolates?

—No. Un carro del año, o las escrituras de una casa…

—Cállate ya.

—Anda pues, pero te vas a acordar de mí.

La siguiente vez que vio a Jean se lo encontró afuera de su casa, recargado en una camioneta que no le había visto antes, aunque no era extraño que cambiara de auto una que otra vez. Cuando Jean le ofreció el regalo de ese día pensó que sería alguna alhaja, un brazalete tal vez. Venía en una cajita, porque le encantaba envolver las cosas en cajas y bolsas. Tal vez era una costumbre de ricos, pero a su mamá le gustaba almacenar todas las bolsas y las cajas porque pensaba que un día podría reutilizarlas para algo.

Era la llave de la camioneta.

A Eren se le cayó el mundo. Se recordó a sí mismo que eran rumores, sólo rumores y que a Zeke le gustaba alimentar los chismes. Recordó lo que Jean le había dicho: que no le daba cosas por ser generoso. También recordó que no sabía cómo responder a su propia pregunta: ¿Qué somos?

Al día siguiente Jean le pidió que lo llevara a acampar y se dio cuenta de que no podía negarle nada. No cuando se había guardado ese lugar en la montaña donde el cielo se veía infinito, pensando en que un día lo llevaría a ver las estrellas como lo hacían en el campo las noches más despejadas. No le podía decir que no cuando lo único que quería en ese momento era huir de los rumores y fingir que eran algo.

Así que partieron juntos, listos para pasar un par de noches acampando.

Las primeras horas todo estuvo bien, hablaron como lo harían siempre, se detuvieron a descansar y aprovecharon para ponerse al día con la cuota de besos. Estaban por llegar al lugar, cuando Jean comenzó a contarle por qué escogió esa camioneta en particular y Eren dejó de escucharlo. En su cabeza se repitió una y otra vez la advertencia de su hermano, las palabras de Marco, la falta de mensajes del último mes. Una sensación amarga le subió desde la boca del estómago y comenzó a nublarle el pensamiento. Quería gritar, soltarse a llorar, preguntarle por qué.

El sonido de un ave le hizo espabilar y de pronto no supo en donde estaban, cuanto habían caminado ni hacia dónde.

—¿Qué pasa? —preguntó Jean, notando su desconcierto.

—¿Sabes por dónde vinimos?

Jean miró hacia atrás por un momento y le devolvió una mirada incrédula.

—Tú sabes por donde vinimos, ¿no?

Antes de contestar, Eren dio un vistazo alrededor, alerta a los sonidos y buscando algún indicio de su ubicación. En su cabeza sólo había una bruma de ansiedad que no le dejaba pensar, la voz de su hermano haciéndole eco.

Luego de un momento suspiró.

—No.

—Wow.

—Sólo necesito ubicarme —dijo, pero supo que no se escuchó muy convincente cuando Jean soltó su mochila y se sentó a tomar agua—. Deberíamos estar cerca.

—Espero.

—Conozco bien esta montaña —aseguró Eren, sintiéndose irritado de pronto.

—Okay. Confío en ti.

Caminaron un poco más, regresaron por donde vinieron, luego descansaron de nuevo y de repente vieron el sol comenzando a caer en el horizonte. En ese punto, Eren tuvo que admitir que estaban perdidos.

—Deberíamos buscar donde acampar, no hay que movernos más.

Jean simplemente asintió y siguió sus instrucciones sin decir nada. Se veía tranquilo, pero Eren sabía que en realidad estaba caminando de puntitas alrededor de él para no empeorar su ánimo. Encendieron una pequeña fogata, comieron algo y se acomodaron en la pequeña casa de campaña, uno junto al otro, en silencio.

—¿Qué tienes? —dijo Jean de pronto.

—¿Qué tengo de qué?

—Has estado raro desde hace un rato —esperó su respuesta, pero Eren se mantuvo en silencio—. Desde que te marqué la semana pasada, has estado raro.

Esperó un poco más, ambos estaban muy quietos, pero podían sentir la tensión en el ambiente: el pequeño espacio que Eren había puesto entre ellos cuando se acostó, la intensidad del silencio, el tono filoso en su voz. Jean tomó aire y soltó la pregunta:

—¿Hice algo?

Eren no soportó más, se levantó de un salto y encendió la lámpara, enfrentando a Jean con las orejas enrojecidas de vergüenza y los ojos llorosos.

—Jean, ¿qué somos?

—… ¿Qué?

—Me dijeron que tienes una novia en Trost, ¿es verdad?

—¿Qué? ¿Quién te dijo eso?

—¡¿Es en serio?!

—¡No! ¡¿Quién te dijo eso?! —exclamó Jean, levantándose también. Tenía una mirada de incredulidad que le revolvió el estómago.

—¡Qué importa! Todo mundo sabe que tienes una novia en Trost, ¿es cierto, sí o no?

—¡Que no!

—¡¿Entonces por qué todos dicen que sí?!

—Eren, ¿cuántas veces crees que me han visto comprar cosas para ti, o para tu mamá? ¡Claro que piensan que tengo una novia!

Esta vez, lo que le revolvió el estómago a Eren fue la rabia.

—¡No uses a mi madre de excusa! —al mismo tiempo, sintió las lágrimas mojarle la cara—. Ni siquiera hablamos cuando te regresas, nunca me has presentado con tus padres, ¡hace un año que no me llevas a Trost!

—Eren…

—Zeke me dijo que todo lo que me das es para distraerme —confesó, y le supo tan amargo que tuvo que tragar para seguir—: Tenía razón, y yo aquí creyendo que te importo.

Jean le tomó de los hombros. Boqueó un momento, intentando articular y terminó haciendo un gesto infantil para pedir tiempo muerto. Eren aprovechó para respirar hondo, limpiarse las lágrimas con las mangas y de pronto se sintió muy estúpido. La carpa se asentó en un silencio que se cortaba con su respiración agitada. Jean se sostenía las sienes con una expresión que nunca le había visto, casi quería reírse por lo confundido que se veía. También tenía ganas de tirársele a golpes, pero su pequeña explosión de emociones le había dejado sin energía. O más bien, la estaba invirtiendo toda en no ahogarse con su propia respiración.

—Okay, a ver —dijo por fin Jean—. Vamos por partes.

Entonces, Eren se llevó las manos a la cara y soltó el llanto más intenso de su vida. Estaba acostumbrado a siempre sentir demasiado, a menudo le decían que sus emociones eran como un huracán: destruían y causaban caos, parte de su problema con la escuela eran sus peleas constantes, y si la mitad del pueblo lo evitaba era porque sabían que podía ir de cero a cien en un segundo; pero nunca había llorado de esa forma en su vida, era como si hubiera abierto la compuerta de una presa. Ambos entraron en absoluto pánico, pero Jean comenzó a recordarle que tenía que respirar, que tenía que calmarse para hablar bien las cosas y pasaron varios minutos hasta que pudo calmarse lo suficiente, o por lo menos ya no sentía que se estaba ahogando. Jean no dejaba de hablarle para traerlo de vuelta, y cuando ambos volvieron a estar calmados, preguntó:

—¿Mejor?

—No puedo creer que te esté llorando con esa estúpida cara de caballo que tienes —contestó Eren, el desconsuelo reemplazado por enojo. Le dio más coraje notar que la lámpara acentuaba sus facciones y lo hacían ver más guapo que nunca.

—Sí, ya estás mejor.

No se había dado cuenta, hasta entonces, que Jean estaba sosteniéndolo. Tenía las manos tan frías que las sentía a través de la ropa, pero su agarre era firme. Había aprendido hace mucho que sus manos se congelaban cuando estaba nervioso, que por muy compuesto que se viera, sus manos lo delataban siempre. Poco a poco, con cada respiración profunda, comenzó a estabilizarse y su vergüenza sólo empeoró cuando comenzó a sentir su propio cuerpo: los ojos ya hinchados, la cara caliente y esa extraña sensación en la boca. Un suspiro pesado le hizo volver a la situación:

—Sabía que teníamos que hablar de muchas cosas, pero me voy dando cuenta de lo grave que estamos —declaró Jean, derrotado.

—… ¿Por lo menos es bonita?

—Ya te dije que no tengo una novia.

—¿Por qué no me marcaste este último mes?

—Sí te marqué, pero me dijiste que este mes había mucha cosecha y no querías que tu teléfono estuviera sonando todo el día.

—No me mandaste mensajes.

—Primero: porque nunca los respondes; segundo: porque estuve ocupado —explicó, contando con los dedos—. No sólo en el trabajo, estuve como loco buscando una camioneta que te sirva para el campo y que no parezca que eres parte de un cártel.

—Sí te respondo.

—Una vez por semana. Si tengo suerte —Jean esperó a que le respondiera, pero Eren sólo alzó los hombros, concediéndole la razón. La verdad es que prefería hablar por teléfono, escribir textos siempre le daba lata, y a veces olvidaba el teléfono en lugares al azar, por eso insistía en que no necesitaba un nuevo teléfono cada año—. No te he presentado con mis papás porque ya te conocen, los conociste antes que a mí. A parte te la pasas conmigo.

—Tú sabes a qué me refiero.

—Eren, en ese caso yo podría decir lo mismo: tú tampoco me has presentado con tus papás —argumentó, y siguió, sin darle oportunidad de responder, también aprovechó para moverse un poco más cerca—. ¿Y cómo te voy a distraer dándote cosas, si ni siquiera te interesan? ¡Pensabas que Louis Vuitton era un meme!

—Es que sólo ubicaba el nombre por un meme —masculló Eren y se alzó de hombros cuando Jean le hizo una mueca—. Okay, tienes razón. Zeke me metió ideas en la cabeza, pero es verdad que no me has llevado a Trost. Y tampoco hemos hablado de… nosotros.

—Sobre nosotros… supuse que estábamos en la misma página. Perdón, debí sacar el tema antes —admitió Jean, que intentaba relajarlo acariciándole la espalda baja, a Eren le enojó que estuviera funcionando, a pesar de que sentía sus manos congeladas enfriarle la piel—. Claro que me importas, nunca he querido a nadie como te quiero a ti. Hemos estado en esta, eh… situación, supongo, durante años y planeo todos mis días para poder venir a verte. Quizás los rumores empezaron porque nunca me corto para decir que estoy saliendo con alguien. Contigo.

A pesar de su enojo, Eren sintió el corazón latirle de emoción. Decidió morderse el labio para evitar la sonrisa que comenzaba a formársele. Eso no significaba nada, se dijo fuerte y claro en su mente.

—Entonces… ¿qué somos?

—En mi cabeza somos novios desde la vez que mi mamá casi nos cacha fumando en el lago —admitió Jean, avergonzado. Pero a Eren le hizo sentido: para entonces ya había pasado un tiempo desde la primera vez que se habían besado y habían superado esa etapa de tensión rara entre los dos. Fue ahí cuando su relación comenzó a fluir, si tenía que decirlo de alguna manera. Dejaron de cuidarse de la mirada de los demás, comenzaron a ser más abiertos, a tomarse de la mano y ser parte de la vida del otro—. Quisiera serlo oficialmente, pero ¿tú qué quieres que seamos?

Eren parpadeó, de pronto, algo en su cabeza hizo clic.

Por eso nadie cuestionaba su relación: los veían juntos cada minuto que Jean estaba en Shiganshina y tenían esa dinámica de pareja que ha estado junta desde siempre, para todos era tan obvia su relación, que no tenían que preguntar. Pensándolo bien, cuando llegaron los rumores de que Jean tenía una novia, todos se habían preocupado por Eren y se habían acercado para consolarlo. Connie mismo había decidido llegar al meollo del asunto, lo había subido a su camioneta y lo llevó a buscar a Marco para cuestionarlo. Y si recordaba bien, en el camino había dicho que no podía creer que Jean, de todas las personas, se atreviera a engañarlo. Zeke sólo se había aprovechado de la situación para divertirse con él, como siempre.

Quizás era el único que no sabía que estaban saliendo.

—¿Por qué no me has llevado a Trost?

—Porque sólo vamos a que visites a Armin y a Mikasa, y este año vinieron ellos a visitar. A parte me he pasado gran parte del año acá.

Eren asintió, dándose cuenta de que sus amigos le habrían dicho antes que nadie si Jean tenía a alguien más, pero ninguno había mencionado nada en sus llamadas. También era verdad que el último año Jean había estado más tiempo en Shiganshina que en Trost. No podía creer que la idea del engaño se le había metido tanto en la cabeza, que no había considerado nada de eso.

Lo siguiente fue un largo silencio. Ya se sentía mucho más tranquilo, de hecho comenzaba a sentirse contento después de escucharlo y aclarar cosas. Quizás un poco culpable por haberle creído al bastardo de Zeke, pero ya se encargaría de eso cuando volvieran. Tras un momento pensándolo, miró fijamente a Jean, cuya mano había comenzado a calentarse un poco y aún se posaba sobre su espalda baja.

—Entonces, tenemos cinco años de novios.

—Sólo si tú quieres.

—Sí quiero —respondió de inmediato, haciendo un gesto para que se recostara. Jean obedeció y Eren se acomodó al lado de él, sus costados pegados y sus manos entrelazadas—. Te perdono.

Jean soltó una risita, se levantó y lo besó hasta quitarle el aliento.

 

⋆。˚ ☁︎ ˚。⋆。˚☽˚。⋆

 

La mañana siguiente, con la cabeza despejada y el corazón contento, Eren encontró el camino tan rápido como terminaron de levantar su campamento improvisado. Volvieron por una parte del camino y se desviaron un poco hacia el norte. Después de un par de horas se encontraron en un lugar excelente no solo para acampar, también era perfecto para observar los astros. Además el cielo estaba tan despejado, que parecía infinito en el horizonte.

Se tomaron su tiempo con el nuevo campamento y, en la tarde, se encerraron en la casa de campaña para terminar lo que habían iniciado anoche. Saciados, se sentaron frente al atardecer junto al telescopio de Jean y observaron constelaciones que Eren nunca se imaginó conocer por su nombre. Volverían a observarlas al amanecer, después de descansar abrazados dentro de la carpa. Se suponía que dormirían dos noches en ese espacio, pero a Jean no parecía importarle haber recortado su tiempo de observación.

—Podemos venir otra vez —le recordó, preparando café.

—Supongo, pero no siempre está tan despejado como hoy.

—No importa, todavía tenemos toda la vida —dijo, en un tono inusualmente suave.

Eren no pudo evitar una mirada desconcertada, Jean no le despegaba los ojos de encima y recordó que no se había recogido el cabello por levantarse rápido a seguir observando las estrellas, quizás llevaba el almohadazo en la cabeza. Avergonzado por la insistente mirada, comenzó a desenredarse el cabello lo mejor que pudo con los dedos y cuando Jean le entregó su taza de café, se sorprendió al ver algo brillar en su mano.

—¿Qué…?

Al levantar la mano para ver bien, su cerebro hizo una pausa de todas sus funciones. Por un momento no entendió lo que veía, color azul y verde pálido se mezclaban en el brillo de la piedra y la forma del anillo rodeaba perfectamente su dedo anular. Siguió procesándolo hasta que las lágrimas se le agolparon y miró a Jean, esperando una explicación.

—Si aceptas te enseño los planos de nuestra futura granja —fue todo lo que dijo, con esa sonrisa estúpida que tenía desde que se levantó.

Y Eren se rio de sí mismo por no dejar de sonreír cuando volvieron a casa a dar la noticia.

Notes:

Hooolis :D

Comencé este fic en enero y sólo me tomó 10 meses terminarlo 🤠 Salió mucho más largo de lo que esperaba, pero bendita sea Afrodita que lo terminé. La vida de adulto no me deja en paz, ya basta u.u

Escuché un podcast sobre el caso de una mujer que se perdió en una montaña y pensé en hacer que estos dos se perdieran también, originalmente iba a terminar en tragedia, pero terminó en drama jajaja

¡Espero que les haya gustado! c:

Más cosillas sobre esta historia:

  • Cuando Eren tenía 6 años una vecina le regaló un pollito. Un año después regresó a la casa de la primaria y lloró comiéndose el caldo de pollo que hizo su mamá. Todavía no se lo perdona.
  • Los papás de Jean sí estaban arreglando un futuro matrimonio, ellos le ayudaron a Jean a elegir el anillo para Eren.
  • El anillo tiene una Aguamarina porque es la piedra de nacimiento del mes de marzo.
  • Jean arregló su vida entera para irse a vivir a Shiganshina eventualmente. Construyeron una granja y ambos viven de ella. También le costruyó una casa y un consultorio decente a sus suegros.
  • Lo único que realmente le ha pedido Eren a Jean es que su banda fav de death metal toque en su boda. Jean se negó y no se hablaron durante 1 semana.
  • Eren dejó de fingir su acento porque un día Jean lo escuchó hablar con su acento real y le dijo que le gustaba mucho.

Y ya, eso es todo, eso es todo.

Siento bien raro volver a publicar después de tanto tiempo, pero no creo dejar esta ship en mucho tiempo, así que aquí me tendrán de vuelta tarde o temprano, a pesar de mis responsabilidades adultas ✋

Mis mejores deseos,
ChickenBrown.

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