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Vestido con la brillante armadura, parecía alguien diferente; el adolescente delgado, desgarbado y un poco torpe, desaparecía y se convertía en un alto caballero, esbelto, fino y gallardo. El peto y las hombreras le añadían otros tantos centímetros de estatura y de grosor a su figura, y el peso le obligaba a mantenerse recto como una lanza, o su espalda cedería y terminaría recostado en el suelo.
— Te acostumbras. — Le dijo Johnny, palmeando su hombro.
A diferencia suya, no era su primer torneo. Su compañero se presentaba en torneos desde los catorce años, gracias a que su altura y contextura superaba a los de su edad. Johnny se movía con naturalidad con la armadura, como si sus hombros estuvieran hechos para cargarla y el acero no fuese más que fina seda. Lo envidiaba. Ni siquiera había añadido el peso del arma.
Jisung, años anteriores, se había desempeñado como el escudero de Johnny; le había mantenido la cota de mallas reluciente como un espejo, su espada afilada y su caballo cepillado; era la manera más rápida y fácil de aprender las tradiciones, teniendo en cuenta que Johnny jamás perdía un torneo; y, de cierta forma, había funcionado. Jisung sabía cómo funcionaban los torneos, cuáles eran las formalidades que debían intercambiarse y el complicado proceso entre ganadores y perdedores, rescates y secuestros; sabía quiénes iban a justar, sus técnicas, debilidades y fortalezas, y siempre trataba de decírselas a Johnny ㅡaunque poco le importaranㅡ antes de cada evento; conocía la teoría, el manejo de la lanza, la espada y la maza como si fueran dedos adicionales a sus manos, pero aquel era su primer torneo.
Tenía su propio escudero, un muchacho de piel ligeramente tostada y cabello rizado que nunca cerraba la boca y siempre tenía una opinión sobre todo; se movía con diligencia y rapidez, pero su boca era incansable y la cháchara de su conversación se confundía con los vítores de fuera. Tenía un nombre que Jisung había olvidado, pero todos le llamaban Haechan y él parecía haberse encariñado con el apodo. Era un buen chico, pero su presencia lo ponía nervioso; mientras fue escudero de Johnny, él siempre se tomaba un tiempo para explicar, enseñar o corregir algo, y sentía que aquello era parte del deber de un caballero con su escudero, pero Jisung no sabía qué podía enseñarle.
Tal vez aquello no era algo en lo que debería pensar. Se asomó por una de las esquinas de su tienda; la vista daba directo al campo donde la acción ocurría. Dos caballeros, montados en altos caballos, se apuntaban con largas lanzas de madera y trataban de tirarse de las monturas. Entre ellos, estaba Johnny; el día anterior se había alzado con la victoria y aquella solo era una demostración amistosa mientras se preparaban para el evento real.
Jisung competiría en los combates cuerpo a cuerpo; en ese mismo espacio, dentro de poco, un grupo de respetados caballeros se molería a golpes hasta que solo quede uno, y Jisung estará entre ellos, haciendo su primera aparición desde que fue nombrado Protector y designado oficialmente al cuidado de uno de los príncipes. Eran cientos los que esperaban su fracaso.
— Jisung.
La voz le hizo girarse de inmediato, atento. En su tienda había entrado el rey junto a su Protectora, y el príncipe al que debía proteger; era el menor de los herederos, de cabello negro y ojos penetrantes que parecían perforar a través de todo cada vez que lo miraba. Se dirigían hacia él, por lo que, como era costumbre, se arrodilló ante ellos, siempre con la cabeza baja.
— Arriba, chico — autorizó el rey. Jisung obedeció de inmediato. — Eres un Protector, ya no tienes que hacer todo eso.
Tenía razón, lo era, pero aún no se acostumbraba al hecho, si es que realmente lo era. Un Aspirante podía dedicar cada aliento a convertirse en un Protector Real y jamás serlo; Jisung había dado años, pero no toda su vida; cada vez que miraba al príncipe Chenle, pensaba en que unos años no eran tiempo suficiente. Sin embargo, él le sonrió.
—¿Primer torneo como Protector? —Preguntó la Protectora del rey. Era una mujer, menuda a simple vista, pero Jisung nunca había conocido a nadie que pudiera compararse en agilidad e inteligencia. Asintió como respuesta.
—Solo he sido escudero antes.
—Eso está bien. Será mucho mejor cuando gane. —Dijo el príncipe.
Su padre rió y pasó una mano por el hombro de su hijo, acercándolo hacia él. Jisung conocía a un gran número de las familias nobles del reino, y todos tenían una sencilla etiqueta para comportarse: como témpanos de hielo con sangre en las venas azules; nunca se tocaban, casi nunca sonreían y la voz no debía superar cierto tono. La familia real no distaba mucho de aquel comportamiento, en público. Para su entrenamiento como Protector, había empezado a vivir oficialmente dentro del castillo, y su perspectiva había cambiado por completo. Al rey le gustaban los abrazos.
—¿No te parece que pones mucha presión en él, Lele? —Preguntó el rey.
El príncipe Zhong Chenle le miró a los ojos y, en esa ocasión, no fue lo suficientemente rápido para apartar la mirada; estaba atrapado. Desde que lo había conocido, verlo a él y a una llama demasiado brillante después de estar atrapado en la oscuridad, era lo mismo; oírlo hablar era como quedarse sordo a todo excepto a un único sonido. Cuando sabía que Chenle estaba mirándolo a él, sentía que un desierto se lo tragaba.
Chenle, en cambio, parecía un depredador oculto en agua oscura y en calma; hasta el más mínimo de sus movimientos estaba específicamente diseñado y todo de él era una trampa. Su manera de mirar era tan particular y pesada que Jisung había aprendido a reconocerla y estaba tratando de desglosarla; qué significa cuando miraba de soslayo, abiertamente, con aburrimiento; si una de sus cejas se alzaba un poco o si su boca se curvaba de las mil maneras que parecía capaz de hacerlo. Y luego estaba su favorita y más temida: cuando su mirada recorría lenta y pesadamente su figura, alargando el instante por eras, y se detenía en su rostro, sus ojos brillaban como dos pedazos de cobalto y su boca se curvaba en ambos lados, formando una sonrisa.
—No espero nada menos de mi Protector. ¿Ganarás por mí, Jisung?
—Como Su Alteza ordene. —Respondió, reverenciando. Chenle sonrió aún más.
—Su Majestad, es hora de volver. Ya casi empezarán los combates —interrumpió la Protectora. El rey asintió y abrió la marcha hacia fuera de la tienda, seguido por su Protectora que no se alejaba de su sombra. Chenle se demoró un poco más.
Los silencios de Jisung eran mucho más elocuentes que sus palabras y, cuando Chenle se quedó observándole un poco más, temió que Haechan le hubiese puesto la armadura mal o que él estuviese esperando por algo más, alguna formalidad que no conocía y Johnny había olvidado mencionar. Aunque fueron muy escasas las ocasiones en que el príncipe Yuta visitó a Johnny antes de entrar a las lizas, recordaba que, una de esas veces, Johnny le había pedido una prenda que colocar en su brazo y así «luchar con más bravura por mi príncipe». Yuta se había reído, pero se lo concedió. ¿Acaso Chenle esperaba lo mismo?
Abrió la boca para hablar, pero el príncipe se movió hasta la mesa donde reposaba el yelmo, la única pieza de indumentaria que no se había colocado; lo tomó entre sus manos, examinándole. Era un buen yelmo, elegante como el resto de la armadura. De color azul como cielo de medianoche, refulgiente como un espejo y sin mayor adorno más que algunas runas antiguas marcadas en el acero y el emblema de la Casa Real sobre el peto. Sobre las manos del príncipe, parecía que brillaba más.
El príncipe volvió a colocarse frente suyo, esta vez mucho más cerca y alzó las manos para colocarle el casco; de inmediato, Jisung agachó la cabeza, y él le deslizó con cuidado y ajustó con facilidad. La armadura estaba hecha para él, a su justa medida, pero no se había sentido nunca tan cómodo con ella puesta hasta ese momento. Volvió a imponerse en su estatura, sin embargo Chenle le tomó del rostro y alzó el visor para que pudiera mirarle.
—Me prometiste ganar —dijo.
—No. Me ordenó hacerlo —respondió, más rápido de lo que pudo pensar; agradecía que su rostro estaba cubierto y no podía verse su vergüenza. Sin embargo, Chenle dejó escapar una risa.
—Cúmplelo.
Jisung asintió, y Chenle se alejó y salió de la tienda sin mirar hacia atrás; por un instante, fue incapaz de alejar la vista del lugar por donde su Protegido había desaparecido, hasta que Haechan le empujó levemente y le tendió la espada sin filo. Jisung la tomó.
—Tráeme una copa de vino. —Ordenó. El niño se movió con pasos rápidos hacia la mesa y en poco ya estaba de vuelta. El caballero tomó la copa, derramó la mitad del contenido al suelo y el resto lo dejó caer sobre su yelmo. «Denme la fuerza necesaria...», rezó.
—Mi señor, ya es hora.
Respiró profundo y salió de la tienda, no por el mismo lugar que habían usado el rey y su hijo, sino por una lateral que daba directamente al campo. Era de tierra desnuda, circular y vasto para la veintena de caballeros, todos a pie, que se ahí se encontraban. Jisung no reconocía a ninguno con la armadura puesta, pero podía ver algunas más escandalosas que la suya y unas tantas sin nada de adorno ni de color. Algunos caballeros saludaban al público, quienes obviamente le reconocían y gritaban sus nombres en apoyo; otros miraban a sus contrincantes, y luego estaba Jisung, sin saber a dónde mirar. El sol estaba en su punto más alto. Ya había empezado a sudar dentro de la armadura.
El combate iniciaba con la señal del rey; cuando él se levantaba, todos debían tener las manos en el cinto; cuando su brazo se alzaba, todos debían desenfundar; y, por el último, cuando su brazo bajaba al grito de “¡Ahora!” el combate empezaba.
Jisung no llegó a escuchar la orden, sino los gritos abrumadores del público y sus contraincantes, y los pesados pasos del acero contra la tierra. Apretó las manos en torno al pomo de la espada, respiró profundo y él también gritó. Gritó por el juramento que había hecho, el primero hacia Chenle, pero no el último; y gritó por sí mismo, porque no quería nada más que arremeter contra el resto de los caballeros.
«Es solo un entrenamiento más», se obligó a pensar, mientras esquivaba los mandobles de un sable, pero recibía un fuerte golpe en el hombro, producto de una maza. «No te desconcentres», pensó, cayendo al suelo por culpa de un golpe, pero levantándose y derribando al mismo caballero, en armadura dorado, y golpeando su cabeza con tal fuerza que perdió el yelmo. Miró a su alrededor. Habían pasado tan solo unos minutos, pero al menos cuatro caballeros estaban tan heridos que no podían pelear y eran retirados del campo. El de la armadura dorada era uno, pero Jisung no.
Sentía el sudor correrle a chorros por el rostro y la espalda, y aquello era irrelevante; todo lo importante se resumía a la liza, al infinito poder que sentía al agarrar la espada y a la mirada de Chenle, expectante en su desempeño. Respiraba aceleradamente, sentía que el corazón resonaba en el peto mientras golpeaba, corría, esquivaba y volvía a golpear. Johnny había dicho que un torneo era un entrenamiento glorificado, pero aquello era mejor, mil veces mejor. Jisung quería ver hasta el último de ellos caer, pero esperaba que el combate fuera eterno.
Su euforia aumentó cuando dos caballeros cruzaron espadas con la suya. Entonces, notó que los tres eran los últimos en pie de la veintena, y que se habían aliado en su contra. Los gritos de la gente eran más ensordecedores que nunca, pero Jisung escuchaba, por primera vez, su nombre mezclado entre la multitud.
ㅡEres el Protector ㅡla voz de Johnny sonó más clara que nunca en su cabeza. ㅡVan a tratar de destrozarte, solo por probar que son mejores. Quizá son más fuertes, pero tú sé más inteligente.
Jisung había aprendido que la inteligencia era diferente para cada persona. Para alguien como Chenle, se trataba de los medios para robar algo de alguien más; para Kun era el conocimiento y la experiencia; para Renjun era la sabiduría; para Sungchan era lo que sabía de otros; para Johnny era una mezcla de instinto y memoria muscular, algo que no sucedía en su cerebro sino en su cuerpo. Para Jisung, todos tenían razón, y trataba de replicar su inteligencia. En ese momento, Jisung entendió que nada que sucediera en su cabeza sería relevante para ganar; era su cuerpo quien le enseñaba la mejor estrategia. Quizá Johnny vivía cada día como si peleara una batalla.
Sus dos enemigos le atacaban sin piedad; había perdido el escudo y tuvo que arrancarse el yelmo, hundido donde le habían roto la cabeza. La herida sangraba sobre sus ojos y, sin ninguna delicadeza, se quitó el líquido con una mano. No tenía respiro; si sus brazos fallaban por un segundo, recibía los golpes de las espadas romas por partida doble y era una tarea abismal no caer. Si caía, estaba perdido. Sin embargo, eran dos contra uno; no eran más altos, pero sí más robustos que el cuerpo adolescente que se negaba a ganar músculo a pesar del ejercicio y que nunca se cansaba de comer; también eran mayores y Jisung estaba seguro que de entrenaban en la caballería al mismo tiempo que aprendían a caminar.
Uno de ellos se escabulló por su izquierda y le golpeó la rodilla, que cedió y se clavó en el suelo. Estaba a punto de darle el golpe de gracia, pero Jisung apretó los dientes y se lanzó contra el caballero; cayeron al suelo, Jisung encima y no perdió tiempo, dando puñetazos hasta sentir el yelmo abollarse y al caballero gemir una rendición. El otro lo halaba desde atrás, logrando alejarlo de su compañero sangrante. Jisung lo señaló.
ㅡSe rindió. ㅡDijo. El caballero se alejó fuera del campo.
Solo quedaba uno, se dijo. Tomó una espada roma abandonada en el suelo y fue él quien no tuvo piedad. Aquello era más fácil que el entrenamiento. Los Protectores, quienes juraba su vida a ser los escudos de príncipes y futuros reyes, debían ser los guerreros más fuertes del reino, y se preparaban como tales, hasta el punto en que no estaban seguros si eran humanos o no. Así que, tan solo cinco minutos después de iniciar el enfrentamiento, el último caballero yacía inconsciente en el suelo, y Jisung se alzaba como el único victorioso.
Sonrió y alzó la espada.
ㅡ
Después de la tormenta, viene la calma, pero la calma era lo más doloroso que había vivido desde su primer entrenamiento. Tenía el cuerpo lleno de moretones, la cabeza rota en dos lugares, el brazo derecho dislocado y en un cabestrillo y la rodilla izquierda tan inflamada que le obligaba a cojear al caminar. Según el doctor, sería al menos un mes para volver a su rutina normal; Jisung sabía que moriría a manos del viejo entrenador Factum si se tomaba tanto tiempo para sanar.
Estaba acostado, mirando al techo mientras rememoraba la lucha; seguía temblando de emoción y era imposible conciliar el sueño, aunque hacía horas debía estar durmiendo. Le habían permitido asistir al banquete, le hicieron sentarse en un lugar de honor, junto a Johnny que había ganado las justas, le sirvieron platillos de honor y el rey lo mencionó en su banquete, haciéndole ponerse de pie para que todos escucharan lo orgulloso que estaba por su desempeño. Jisung se atragantó con el primer trago de vino, y Johnny le dio un par de palmadas en la espalda y le juró que nadie se había dado cuenta. Chenle no le miró ni una vez.
Después de un par de horas, Jisung volvió a su habitación. Haechan le ayudó a limpiarse y a cambiarse, y le despidió mientras cojeaba hasta la cama y se sentaba; pero Haechan no se fue. En cambio, estaba cruzado de brazos, con esa expresión altanera que le había acarreado docenas de castigos y se negaba a abandonar. La cuestión sobre Haechan es que, sin importar qué o quién, nunca le faltaba el valor para expresar su opinión, aún si era ruidosa e incorrecta; según decían, fue esa misma cualidad la que llevó a la Protectora del rey pedirle que lo aceptara como Aspirante. Y Jisung conocía esa expresión, era la misma cuando quería preguntar algo pero no sabía cómo.
ㅡNo peleas como caballero. Algunos escuderos estaban llamándote… tramposo. ㅡdijo por fin. Jisung sabía que Haechan había defendido su honor frente al grupo de niños de doce años que le habían insultado, porque así era él; pero también veía la duda en su rostro, como si realmente hubiese hecho trampas. Jisung suspiró.
ㅡSomos Aspirantes, no caballeros. Nos dan el título como una formalidad, pero no significa nada. Peleamos como soldados porque no buscamos gloria ni damos espectáculos.
ㅡPero somos héroes. La gente nos ve y ve héroes, ¿no? ㅡDijo, e incluso se sentó a sus pies, mirándole, por primera vez, como el niño que era.
ㅡTal vez hace algún tiempo lo hicieron, antes de la Traición, pero ya no. Los caballeros son los héroes de la gente, juran proteger al pueblo, pero nosotros no. Juramos proteger a los príncipes y princesas, y reyes y reinas.
ㅡEntonces, ¿eres el héroe del príncipe Chenle?
Jisung se quedó callado, sintiendo que la vergüenza se le agalopaba en las orejas y en la nuca. ¿Era eso lo que quería?
ㅡBueno, eso no importa, Haechan. Puede que me muera un día y debas proteger a Chenle; puede que seas el Protector del príncipe Yuta. Puede que seas el Protector de alguno de sus hijos; puede que seas solo un soldado hasta tu muerte. Da igual. En esta vida, no hay gloria…, pero, no lo sé, somos parte de la historia.
ㅡNo quiero vivir en las sombras. Quiero ser un héroe.
Haechan se puso de pie despacio, sacudió la cabeza un par de veces y volvió a colocar la sonrisa que le caracterizaba mientras le deseaba unas buenas noches y desaparecía tras la puerta. Puerta que Jisung se mantuvo mirando, pensando en lo natural que era para Haechan disfrazar su inconformidad; pero aquello era demasiado para pensar cuando se sentía como si un caballo lo hubiese pisoteado. Entonces, se recostó por fin, mirando el techo y recordando y esperando, mientras que una parte de él deseaba dormir y otra, más persistente, se negaba a someterse al cansancio. No durmió. En cambio, escuchó la puerta abrirse y se incorporó para ver a su nuevo invitado, la persona que Jisung estaba esperando desde que acabó el torneo.
Chenle seguía con la misma ropa: pantalones negros, las botas altas de cuero, la camisa blanca; tan solo le faltaba la pesada chaqueta roja, llena de medallas y condecoraciones ficticias y la banda que hacía juego y resultaba inquietantemente asfixiante para ser tan poca tela. Chenle cerró la puerta con cuidado, y se dio la vuelta, avanzando hacía la cama con zancadas animadas. Jisung podía ver su pecho, el sudor que hacía brillar su piel ligeramente y los botones que habían sido deshechos para refrescarle; el cabello revuelto, haciendo juego con los ojos brillantes y el rostro elegantemente enrojecido, tan solo las mejillas y la punta de su nariz. No había nada en Chenle que no fuera inusualmente elegante.
ㅡEstás ebrio ㅡdijo, cuando Chenle se dejó caer sobre la cama y antes de que le llegara el olor a vino.
ㅡPensé que estarías dormido.
Jisung no respondió, no pensaba decir que estaba esperándolo, que, si no iba a verlo, iba a sentirse decepcionado y herido, y se iba a rehusar a hablarle hasta que Chenle, de alguna manera, le hubiese recompensado. Chenle se hubiese reído y Jisung no sabía qué hacer cuando escuchaba ese sonido tan puro y que solo podía replicar en su cabeza. Aquel Chenle era una recompensa.
Aquel Chenle era su Chenle favorito; no era el príncipe, no era el intrépido adolescente, no era el que trataba de adivinar los pensamientos de todos, ni el que buscaba control. Era tan solo un Chenle, echado en su cama, con una sonrisa fácil, diciendo, haciendo y sintiendo sin ninguna segunda intención. Era su Chenle de noche, y era tan solo suyo.
ㅡNo puedo dormir. Todavía siento la adrenalina.
ㅡFue un gran espectáculo, ¿sabes? Por un momento, pensé que no lo lograrías, y entonces ese idiota se rindió. Una rendición es mejor que tan solo ganar; significa que te teme.
En momentos como ese, Jisung no sabía qué decir, así que no decía nada; sentía el calor en las orejas y sabía que estaba avergonzado. No esperaba dar un espectáculo, pero a Chenle le había gustado. Se recostó a su lado, mirando el techo.
ㅡAhora me duele todo el cuerpo.
Chenle rió, una risa de verdad, y era imperfecta, poco elegante, ruidosa, fastidiosa y fea como el alarido de un animal moribundo, pero Jisung también rió y se sintió mucho mejor, menos cansado y dolorido. Chenle acercó su cabeza a la de Jisung, haciendo que ambos se miraran a los ojos con pocos centímetros de distancia. Chenle hacía eso con frecuencia cuando estaban solos, parecía que necesitara el contacto físico tanto como Jisung necesitaba sus palabras reconfortantes. Sintió que los dedos ajenos se entrelazaban a los suyos y los apretó con seguridad, a pesar de que aquella era la mano derecha que tanto le dolía, pero todas las sensaciones terrenales se ahogaban en el silencio. Jisung casi siempre vivía sumergido en el silencio, pero ninguno se sentía tanto como un hogar.
Aquí era donde iniciaba el peligro, él lo sabía tanto como Chenle. Un príncipe y su Protector son tan cercanos que podrían converger en una misma alma, pero no se suponían que fueran tan cercanos… ¿o sí? No se suponía que se tomaran de las manos, que se miraran largamente cuando iba vestido de traje y el otro tenía una armadura, que uno se irritara si le hablaban al otro tan cerca del oído que los labios rozaran la piel. Jisung sabía que, como Protector, su único enfoque y motor era el príncipe que debía proteger, pero él solo podía ver a Chenle, no solo para acompañarlo, sino para poseerlo. Temía haber entendido mal una de las instrucciones en el camino, condenando a Chenle al fracaso. Se había roto la cabeza tratando de pensar quién podría acabar su agonía.
La Protectora del rey, una mujer con apariencia engañosa y poco temperamento, a quien Jisung temía, no era una opción para preguntarle. Sabía que estaba enamorada del rey; todos, incluidos Chenle y Yuta, lo sabían. El rey, antes de su matrimonio, había tenido propuestas de altas, bajas y medias alcurnias y todas fueron violentamente rechazadas por su Protectora; cuando por fin se casó y después de dos hijos, la reina dormía al otro lado del castillo, mientras que su Protectora se mantenía siempre fuera de su puerta. Chenle le había confiado que dudaba que Yuta y él fueran hijos de su madre y estaba casi seguro que Yuta no lo era. Al principio, la idea le resultó descabellada, pero cada día al lado de Chenle, la comprendía mejor. Pero Jisung jamás podría confesar que la entendía, podría costarle su puesto.
Su segunda opción y el otro único Protector con vida, era Johnny. Johnny quien era como un hermano mayor, su guía y apoyo, pero Johnny no lo comprendió, porque Johnny no amaba a Yuta. Eran cercanos. Yuta lo visitaba, le llevaba comida, le seguía en sus juegos, pero Jisung podía ver la falta de incertidumbre, del pánico y el anhelo de ser descubiertos.
Había imitado a Chenle y había buscado la respuesta en los libros de historia, en los diarios íntimos que otros habían olvidado consultar. La respuesta que halló era tan desilusionante y esperanzadora que encajó perfecto con el resto de sus consuelos. Un viejo Protector había escrito: «Cómo pretenden que demos la vida y unamos nuestra alma a una única persona, prioritizando su vida, jurando obediencia absoluta, comprometiéndonos a ser su pilar, consuelo, escuchar y callar sus secretos y dolores… Y no amarlos. Eso es todo lo que haría por mi esposa. Cuando tomé el juramento, sentí que tomaba los votos de una boda y la tomé a ella, a mi reina, como mi esposa, a quien le seré eternamente fiel. Pero ella le pertenecerá a otro».
ㅡSung, estás pensando. ㅡLe interrumpió Chenle.
Jisung suspiró. Era cierto, ni siquiera había notado que estaba apretándole la mano con más, y que Chenle estaba tan cerca que podía sentir su respiración hacerle cosquillas y el aliento acariciarle el rostro con cada palabra.
ㅡLo siento. ¿Crees que es imposible entregarle tu vida a alguien sin amarlo?
ㅡSí. ㅡContestó, más rápido de lo que Jisung pensó.
ㅡ¿Y el que recibe la vida del otro?
ㅡQuién no amaría a la única persona dispuesta a entregarle su propia vida si tan solo lo pidiera.
Era una pregunta que no necesitaba respuesta. Jisung movió un poco la cabeza y besó de lleno los labios de Chenle.
