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Era una mañana fría, de esas en las que no se puede andar descalzo sin perder unos cuantos grados de temperatura. El palacio estaba quieto, pero no en silencio, el salón de trono bullía de actividad. Al escuchar las voces decidió dirigirse allí, quizás alguien podría saber dónde se había quedado su peluche.
La puerta rojiza que conectaba el pasillo de distribución con el salón real estaba entornada. Ella se detuvo. En parte porque aquella puerta nunca estaba abierta, en parte por lo que acababa de escuchar.
—No podemos entregar el reino sin luchar —reprochó la voz de su mamá.
—Luchar implicaría otra masacre —exclamó su otra mamá.
¿Entregar el reino? Scorpia frunció el ceño mientras se frotaba un ojo somnoliento con una pinza. Le preocupaba que sus mamás gritaran tanto, pero tampoco quería entrar a preguntar por su peluche de escorpión ahora que las había escuchado. Al parecer estaban discutiendo "cosas de grandes", como solían decirle.
—¡Pero no podemos simplemente darle lo que quiere! —estalló una de sus madres.
—¡Tampoco podemos permitir más muertes! —respondió la otra.
Los ojos de Scorpia se llenaron de lágrimas. ¿Por qué se gritaban entre sí? Nunca las había escuchado pelearse. ¿Y que era eso de las muertes? Scorpia no entendía a qué se referían. Arrimó la pinza a la puerta mientras contenía los mocos que se le querían escapar de la nariz. Pero retiró la pinza, no se animaba a entrar al salón.
—Creo que no nos queda otra opción —decidió la grave voz de su abuelo.
Un largo silencio se hizo presente. La expectativa por saber qué estaba ocurriendo, la angustia por que sus madres se pelearan y el frío de la mañana, le habían dado ganas de ir al baño. Intentó distraerse acercando sus pinzas a la puerta rojiza que estaba entornada.
—Papá, no vamos a aceptar su trato, nos matará...
ÑIC
La puerta entornada se había abierto por completo, dejándola expuesta. El rostro se le encendió de la vergüenza. En la sala había mucha más gente de la que había escuchado. Más gente de la que podría contar incluso (ella estaba orgullosa de poder contar hasta diez). Su abuelo era el más imponente de la sala. Estaba sentado en el trono, con su bigote bien afeitado y el cabello entrecano peinado en punta, como el de Scorpia. A pesar de que se veía como el más poderoso, su abuelo estaba apenado. Se encontraba encorvado, observaba a Scorpia con los ojos llenos de algo que Scorpia hacía poco había identificado cómo tristeza.
A su lado estaban sus madres. La más alta vestía de rojo y la más baja de blanco, combinando con su cabello del mismo color. Ambas estaban congeladas en los gestos de una discusión, visiblemente sorprendidas por la intromisión de su hija, a la que creían dormida.
Alrededor, estaban las cuatro sillas que acompañaban el trono. Dos estaban vacías, las de sus madres. En las dos ocupadas se sentaban su tía y su tío, que la observaban con el rostro serio, como si no les gustara que Scorpia estuviera aquí.
Ella se sorbió los mocos con toda su fuerza, para no dar un espectáculo. Colocó las pinzas detrás de su espalda y sin mirar a nadie en particular, preguntó:
—¿Alguien vio mi peluche de escorpión?
Algunas respiraciones contenidas se aflojaron, pero el silencio se mantuvo. Ella levantó la mirada, creyendo que no la habían entendido.
—Es rojo —aclaró mirando a sus madres.
Su mamá más baja y de cabello blanco le devolvió una mirada apenada, su mamá alta y de cabello oscuro vestida de rojo la miró con una mezcla de enojo y amor. Años más tarde Scorpia entendería que esa mezcla significaba orgullo.
Su abuelo se levantó del trono, irguiéndose en toda su estatura y descongelando a todo el mundo. Le ofreció una sonrisa que no llegó hasta las arrugas de sus ojos.
—Yo te ayudaré a buscarlo, Scorpia —se ofreció su abuelo.
—Pero papá... —dijo entre dientes la mamá más alta de Scorpia—, tenemos que decidir.
—Yo ya dije lo que pienso, faltan hablar muchas personas en la sala. Volveré a tiempo para tomar la decisión.
Dicho eso se acercó a ella y le ofreció la pinza. La pequeña Scorpia tomó lo que le ofrecía el gigantesco hombre. El hombre era su abuelo, la persona más poderosa que conocía. El mandatario de la familia real de Scorpio.
Caminaron hasta la puerta rojiza de donde había salido ella. Su abuelo la cerró con sumo cuidado. A pesar de lo fuerte que era, él podía hacer cosas delicadas, como abrazarla o cerrar una puerta sin hacer ruido. Volvieron a tomarse de las pinzas y caminaron por el frío pasillo. Ella hacía lo imposible para igualar los largos pasos de su abuelo. Torcieron a la derecha antes de llegar a las habitaciones y salieron a un balcón.
Su abuelo observó el horizonte. Scorpia tuvo ganas de decirle que probablemente allí no se encontraría su peluche de escorpión, en cambio, giró la cabeza, intentando ver lo que él veía.
—Scorpia, ¿qué crees que significa ser leal? —preguntó su abuelo, distrayéndola de su tarea.
Lo pensó un momento. Leal.
—Es parecida a real —comentó ella.
Su abuelo la observó con sus ojos castaños casi verdes. Llevaba el cabello entrecano corto casi al ras a los costados, mientras que arriba lo tenía largo. Ella había pedido expresamente tener el mismo corte de cabello que su abuelo.
—Es parecida a real —confirmó con una sonrisa.
Al verlo sonreír, su pecho se enterneció en aquella mañana fría.
—Abuelo.
—¿Sí, Scorpia?
—¿Mis mamás están enojadas?
La sonrisa de su abuelo desapareció, el frío matutino regresó. Sus ojos castaños volvieron a perderse en el horizonte.
—Quizás, pero no contigo y tampoco entre ellas. Se aman y te aman, Scorpia, más que a nada en Etheria.
Scorpia miró el perfil de su abuelo, pensó que cuando fuera adulta le gustaría ser tan grande como él. Así podría abrazar a todo el mundo con más facilidad. Los mejores abrazos eran los de su abuelo.
—Leal es parecida a real —repitió su abuelo volviendo a sonreír—. Qué bonita coincidencia gracias por regalármela, Scorpia. Cuatro años y posees más sabiduría de la que parece.
Ella sonrió mostrando todos los dientes con los que contaba hasta el momento.
—No olvides nunca que nosotros, los de la dinastía Scorpio, somos valientes, fuertes, leales y siempre damos buenos abrazos.
Al terminar de decir eso la estrechó en un abrazo que la dejó sin aire.
—No lo olvides nunca —repitió su abuelo en voz más baja.
Entonces su abuelo empezó a temblar. No, no estaba temblando, Scorpia descubrió que estaba llorando.
—Capitana Scorpia, se solicita su presencia en la bahía de vehículos.
El altavoz robótico arrancó a Scorpia de su sueño. Se quedó un momento acostada en la cama intentando entender lo que había soñado. Ella no tenía recuerdos de su abuelo ni de sus madres, era una bebé cuándo la Horda llegó. Por lo tanto el sueño no tenía sentido. Su abuelo jamás le había dicho esas palabras, no podían ser reales.
Algo hizo que le picase los pómulos, justo debajo de sus ojos. Cuando acercó sus pinzas descubrió que eran lágrimas. Se sentó bruscamente en la cama. ¿Estaba llorando? Se sintió triste sin motivo alguno. Su cabeza se giró hacia el portaretratos que tenía en su mesita de luz. El sentimiento triste se transformó en nostalgia.
¿Pero nostalgia de qué? Ella no tenía recuerdos de las dos personas que aparecían sosteniéndola en la imagen.
De pronto las miles de preguntas que siempre había tenido la asaltaron. ¿Qué había pasado con toda su gente? ¿Era la última que quedaba? Nunca había visto a nadie como ella en la Horda ni en las misiones. Por otro lado, había mucha gente que no se parecía a nadie: Catra, por ejemplo.
Se dijo que tendría que preguntarle a Catra si tenía las mismas dudas que ella.
—Capitana Scorpia, se solicita su presencia en la bahía de vehículos, segundo aviso.
Cuando el altavoz se ponía insistente lo mejor era no hacerlo esperar. Scorpia tomó aire y comenzó su día. Esa noche sería la Fiesta de las Princesas, tenía una misión, debía concentrarse en eso.
Pasadas dos horas olvidó el sueño y nunca se acordó de hacerle la pregunta a Catra.
