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Herz

Summary:

"¿Cómo sientes dolor cuando ya te has vuelto insensible?"
Schwertlilie, Hass

"Desearía poder olvidarlo todo..."
Seerose, Heilen

Dos almas rotas se encuentran en la famosa academia militar Academia del Lirio Rojo, de allí en adelante, sus vidas se convertirán en un espiral enredado de amor, secretos y sangre.

Chapter 1: A soul that's long withered

Chapter Text

El amanecer primaveral arribaba lentamente sobre aquella ciudad, su poca luz anaranjada se entretejía en el azul que la noche dejaba atrás al irse, entrando por entre las rejas de la ventana de la habitación. El viento soplaba en una suave brisa que movía florecientes hojas de los árboles, calmándose con cada ventisca.

Los ojos dispares del chico observaban el exterior, el brillo que ellos deberían tener se había desvanecido hacía tiempo, dejando tan solo fríos colores opacos detrás. Aquel par pronto se desvió y sus manos se movieron nuevamente para terminar de enredar la gruesa venda de kick boxing entre sus dedos. Abrió y cerró su mano múltiples veces, intentando adaptarse a la molestia que le causaba; ellas no estaban acostumbradas a tener lo más mínimo de protección, la piel de sus nudillos ya se había endurecido lo suficiente como para no partirse incluso al usar toda su fuerza. Finalmente, salió de su habitación y se apresuró hacia el extenso patio de aquella residencia sin siquiera probar un bocado de lo que los chicos normales conocían como "desayuno". Sobre el playón de cemento, la intimidante figura de su padre se paraba alta y con los brazos cruzados. El joven, cuyas hebras azabaches se balancearon en la brisa, se paró frente a él, recto y haciendo una venia

—Llegas un minuto tarde, basura inútil—le recriminó el hombre al mirar el reloj en su muñeca, este pronto le soltó un fuerte cachetazo que giró su rostro, pero el chico, con una expresión inmutable y en completo silencio, volvió a su postura anterior, solo que con los brazos juntos por su espalda esta vez. En su boca, un leve sabor metálico se sintió, gotas que fueron tragadas al instante—¡Carrera mar! ¡Cien vueltas!—

—Sí, coronel—

『...』

El joven de cabellos blancos se desplomó sobre su deshecha cama, su respiración se había vuelto inestable, denotando el cansancio que cargaba aun siendo tan temprano en la mañana. Su ojo púrpura viró hacia la ventana de su habitación, ya no había rastros de la noche en el cielo y solo el astro dorado iluminaba el celeste cielo, habían pasado ya varias horas desde que se había despertado y ya no tenía energías para pasar lo que quedaba de aquel día. Sus músculos ardían debido al sobreesfuerzo que había hecho esa mañana al correr veinte vueltas más de las que estaba acostumbrado, con suerte, podría llegar a correr treinta vueltas para el momento del examen de entrada; definitivamente, su resistencia apestaba.

—¡Heil, el desayuno!—se escuchó lejano, alto y fuerte; era la voz de su madre llamándolo desde abajo, pero el chico no respondió, se sentía demasiado cansado como para hacerlo—¡¿Heil?!—el joven respiró profundo tratando de calmar su respiración, y también la irritación que comenzaba a surgir en su pecho—¡Se te va a enfriar el café!—<<Tu tranquilo, yo nervioso...tu tranquilo, yo nervioso...TU TRANQUILO, YO ENRVIOSO>>, pensó el chico con la vena en su frente palpitando—¡Bajá, la puta que te parió!—

—¡Ya voy!—gritó molesto el joven, casi estallándose un pulmón en el proceso.

Aun respirando fuerte, pero más estable, se deslizó fuera de la cama como pudo y se arrastró escaleras abajo, sufriendo con cada paso como condenado a muerte. Se tiró en la silla al instante de llegar al comedor, completamente exhausto, quejumbroso por el dolor que se acrecentaba en su cuerpo con cada segundo que pasaba.

Su madre, la mujer rubia que iba y venía por la cocina con una gran rapidez, lo miró detenidamente por unos segundos para luego largarse a reír fuertemente

—¡Te ves hecho mierda!—se carcajeó mientras dejaba una taza con café con leche frente a él

—¡No es gracioso!—

—Para mí sí—volvió a reír—Espero que me quede hijo para cuando lleguen los exámenes—

—No sé, no creo—se rió el chico estirando el brazo—No llego, la chota madre—lloró cual niño pequeño

—¿Estás seguro que vas a sobrevivir en la academia?—

—¡Hey!—

La mujer rio y le alcanzó la taza a las manos, en silencio, se quedó mirando como aquel chico tomaba el café, con ambas manos en la cerámica y soplando sobre el líquido para enfriarlo, cual niño pequeño. Su madre sonrió, aún se veía como aquel pequeño niño inocente que alguna vez había sido.

『...』

Más pronto que tarde, el azabache había terminado las cien vueltas y se hallaba aun relativamente bien para ser lo que había hecho. Nuevamente se paró frente a su padre

Tres, diez, veinte; sus pies se movían a grandes zancadas por el verde pasto, con movimientos fluidos y rápidos. Su respiración era estable aún después de las cuarenta vueltas, se notaba de lejos que tenía un perfecto estado físico; uno digno de un militar. Más pronto que tarde, las cien vueltas habían sido dadas y el chico volvió a pararse impoluto frente a su padre en posición firme, habiendo ya acompasado su respiración y limpiado la gota de sudor que se había resbalado de su frente

—¡Cuerpo a tierra, quinientas lagartijas!—

—Sí, coronel—acató el chico bajando al cemento inmediatamente.

Él comenzó a hacer lo pedido con rapidez, subiendo y bajando en un solo brazo con una admirable resistencia y fuerza. No le tomó demasiado, a su corta edad, su cuerpo ya estaba acostumbrado al ejercicio excesivo

—¡Seiscientos abdominales!—

—Sí, coronel—

El azabache no perdió el tiempo y rápidamente cambió de posición. Comenzó el ejercicio a una rápida velocidad, parecía no sentir el peso de su cuerpo o siquiera el más mínimo cansancio, no sentía nada.

Su mirada heterocromática se fijó en lo alto del firmamento, los rastros naranjas habían desaparecido para dar paso al celeste cielo de una mañana tardía, donde el sol reinaba en lo alto acompañado de aparentes sólidas nubes grisáceas; un paisaje del que no podía sacar sus ojos, como le era habitual.

De repente, su cuerpo se dio vuelta violentamente, pero no le hacía falta girarse para deducir lo que había pasado, por más que su cuerpo no pudiera sentir ningún tacto, su mente podía intuir que había sido una patada de aquel hombre.

—¡No existen distracciones para un militar!—

—Sí, coronel—respondió carente de sensación alguna de dolor, de los sentimientos que hacían a uno humano.

El azabache volvió nuevamente a la faena, pero sus orbes ya no se enfocaban en ningún punto en específico, ya no analizaban la belleza del cielo, ya no reflejaban pensamiento alguno. Su mente se enfocó en lo que hacía mientras que los golpes seguían viniendo, pero no sentía nada, no había agonía, no había cansancio, no había tristeza, no había nada más que un profundo hueco abisal que parecía no tener fondo. Pronto, lo que el coronel había pedido, había sido completado con excepcional velocidad

—Alas afuera, cien kilos en cada una, rápido—

—Sí, coronel—

『...』

La mañana había pasado rápido y la tarde se había ido en un abrir y cerrar de ojos. El cielo ya comenzaba a recobrar sus oscuros degradados de negro y azul, y las estrellas comenzaban a tomar el cielo para darle paso a su reina.

Luego de una intensa y larga sesión de entrenamiento, el peliblanco cayó rendido al piso cual saco de papas. Su respiración era increíblemente errática, cada respiración parecía no captar el aire suficiente que sus pulmones necesitaban, sus mejillas estaban rojizas por el sobreesfuerzo, su garganta estaba más cerca que un desierto, y una gruesa capa de sudor caía desde su cabeza y se deslizaba por todo su cuerpo; sus alas, a su vez, ya no tenían capacidad de moverse, cada pequeño aleteo dolía como si se las estuvieran arrancando, haber levantado tanto peso con ellas no había sido una muy buena idea

—¿Estás bien?—la voz de su madre llegó a sus oídos, pero estaba demasiado cansado como para girar el rostro hacia ella

—Creo...que sí—respondió entre bocadas de oxígeno

—Creo que esto te hace falta—comentó su madre mientras rodeaba la figura de su hijo en el piso.

En el campo de visión del joven, una botella de agua fría apareció. El ojipúrpura la tomó sin pensarlo dos veces, recuperando fuerzas de la nada misma gracias a la intensa sed que tenía. Pronto, el líquido que contenía el plástico desapareció dentro de su boca, siendo engullido con rapidez y necesidad

—¿Te encuentras mejor?—

—Sí...creo que sí...—respondió al bajar la botella, ya vacía, aunque aún respirando con cierta dificultad

—¿Por qué no vamos adentro y te vas a bañar? La cena está casi lista, y hoy hay carne al horno—

—Lo haría...si pudiera moverme—se rió el chico, su madre solo negó con la cabeza, ya acostumbrada a lo cabeza dura que era su hijo; no importaba cuantas veces le dijera que no podía hacer tal entrenamiento por cosas como esas, el chico seguiría adelante sin importar qué

—Podría pegarte ahora por ser tan terco, pero estás tan sudado que seguro se me resbala la mano—

—¡Hey!—

—Sí, sí, sí, ven, vamos—

Su madre, aun poseyendo simples ojos marrones oscuro, agarró el brazo de su hijo, lo pasó por detrás de su cuello, y logró, con mucho esfuerzo, levantar al chico del piso

—Wiiiii...—pronunció el de ojo púrpura cuando el mundo a su alrededor comenzó a girar, aunque pareciera que estaba a punto de desmayarse, el chico ya estaba acostumbrado a ello

—A veces pienso que en vez de entrenar, te bajas una botella entera de vodka—se rió su madre mientras ambos tambaleaban de vuelta a la casa

『...』

El día por fin había terminado para aquel joven de cabellos negros, aunque se podía decir que no de la mejor manera, aunque no se podía decir que eso era diferente a otros días. Su respiración era inestable puesto que no había habido descanso para él en todo el día, la sangre seca decoraba su pálida piel, líquido que aún emanaba de los múltiples cortes en su cuerpo que, poco a poco, comenzaban a cerrarse dejando nítidas marcas detrás, los moretones debajo del sudor comenzaban a desaparecer lentamente, aunque estos poseían un fuerte color morado, sus piernas temblaban por el extremo cansancio que su cuerpo acarreaba y su pulso vibraba por el retroceso de las armas de grado militar que había tenido que usar. Cualquier ser viviente cuerdo hubiera quedado física como mentalmente destrozado luego de tanto abuso, sin embargo, el joven se paraba recto e inexpresivo, fiel a su frialdad

—Vete a bañar antes de que apestes el lugar con tu inmundo sudor—

—Sí, coronel—respondió nuevamente de forma robótica, y, luego de hacer una venia, se dirigió hacia

El día por fin había terminado para aquel joven, aunque se podía decir que no de la mejor manera, aunque no se podía decir que eso era diferente a otros días. Su respiración era inestable puesto que no había habido descanso para él en todo el día, la sangre seca decoraba su pálida piel, líquido que aún emanaba de los múltiples cortes en su cuerpo que, poco a poco, comenzaban a cerrarse dejando nítidas marcas detrás, los moretones debajo del sudor comenzaban a desaparecer lentamente, aunque estos poseían un fuerte color morado, sus piernas temblaban por el extremo cansancio que su cuerpo acarreaba y su pulso vibraba por el retroceso de las armas de grado militar que había tenido que usar. Cualquier ser viviente cuerdo hubiera quedado física como mentalmente destrozado luego de tanto abuso, sin embargo, el joven se paraba recto e inexpresivo, fiel a su frialdad.

El coronel agarró las hebras oscuras del chico y, con violencia, jaló de ellos hasta haberlo tirado al piso. De la parte trasera de su cinturón de armas, el hombre desenfundó una daga que se veía antigua y algo desgastada. Estampó la cabeza del joven aún más en el piso utilizando su pie dejando descubierta su nuca

—Tú la mataste—masculló entre dientes el coronel al acercar la hoja plateada a las vendas, las cuales cortó dejando expuesta su blanca piel—Eres el culpable de su asesinato—

Aquel metal especial, de nombre AHANRA, comenzó a cortar lentamente su piel, con sus dientes irregulares desgarrando la piel de aquel joven, quemándola debido al efecto venenoso que poseía esa aleación. La sangre pronto comenzó a brotar de la herida, esta formó trazos rojizos que recorrieron su brazo hasta caer en espesas gotas al piso. No le dolió como debería de hacerlo, en cambio, no sintió nada, su piel estaba completamente insensible. La hoja, lentamente, terminó de trazar un medio círculo que completaba a su gemelo en la parte delantera

—No deberías haber nacido—sentenció con sus ojos púrpuras brillando con odio puro y el filo de aquella daga cortó una profunda línea del lado izquierdo, por lo que la sangre comenzó emanar en mayor cantidad

—Eres el error más grande de mi vida—

Trazó una nueva línea a la derecha

—Eres una basura asquerosa—

Presionando aún más fuerte con su pie, trazó una nueva línea en el centro de las dos anteriores, una que iba desde el inicio de su cabello hasta la altura de casi los hombros, una mucho más profunda que las anteriores

—Eres un bastardo mestizo que no sirve para nada, un asesino—

A unos centímetros de diferencia, volvió a trazar otra línea por arriba de aquel semicírculo

El joven, aún inexpresivo, miró el charco de sangre comenzar a formarse en el piso, su rojo color comenzaba a tintar sus ropas oscuras y lo grisáceo del cemento, tonando el negro en un color tinto. En su distracción, su cabeza repentinamente se giró y su cuerpo rodó fuertemente un par de metros, a su vez, su visión se borroneó por un momento y su oído timbró por dentro; aquel hombre le había pateado la cabeza, seguramente habiéndose levantado anteriormente

—Vete a bañar antes de que el lugar se llene de tu sucia sangre—espetó el hombre mientras limpiaba la hoja de la daga, con cuidado de no tocar aquel líquido que consideraba impuro y digno de aborrecerse—Para cuando vuelva, espero ver todo esto limpio—

El hombre tiró el pañuelo sobre la cabeza del chico y se marchó sin mirar atrás en ningún momento

—Sí, coronel—respondió nuevamente de forma robótica, haciendo una venia

『...』

El joven, con las pocas fuerzas que había acumulado en el trayecto en que su madre lo había ayudado, se sentó con cuidado en el banquillo arrimado a la pared de cerámica que contenía la bañera; en un último esfuerzo, levantó sus alas y las hundió en la caliente agua llena de sales especiales para aquel tejido. Él suspiró a gusto, relajándose por fin, sentía como poco a poco su cuerpo iba recuperando su fuerza. Luego de unos minutos, se levantó como pudo, agarrándose de la bañera, y se desvistió. Habiendo tirado las ropas en algún lugar del piso, finalmente hundió su cuerpo en el agua que aún conservaba su calor. Su mirada se quedó fija en el techo y toda la gracia que había mostrado en su rostro se desvaneció, suspiró cansado y, poco a poco, comenzó a deslizarse dentro de la masa líquida hasta hundirse completamente. Con sus ojos cerrados, aguantó la respiración dejando que su mente se dispersara, el calor del agua abrazaba su herida alma, reconfortándolo; ojalá pudiera quedarse allí para siempre, pero había una persona que lloraría por él.

『...』

La mirada del joven se perdió en el azul de los azulejos de la ducha. El agua caía fuerte sobre su piel, tan caliente que la dejaba roja al acto, lavando la sangre de las heridas, algunas las cuales comenzaban a desvanecerse por su regeneración avanzada. Sus piernas aún temblaban, y cada vez lo hacían más fuerte, y sus brazos no tenían casi fuerza para levantarse; algo que le extrañó, pero no por mucho.

De un momento a otro, su visión se alejó de aquel punto en el que se había fijado, bajando vertiginosamente hasta casi el final de la pared. Su cuerpo había colapsado repentinamente y lo había dejado inamovible en el piso. Suspiró y se dejó caer contra la pared al costado, por más que su mente no procesara el dolor de sus músculos, su cuerpo lo sentía y, más de una vez, se dejaba vencer por aquellas sensaciones fantasmas. Ahora debía esperar unos minutos para que su rápida recuperación sobrenatural actuara y devolviera su ser a un estado lo suficientemente aceptable como para moverse. Mientras tanto, su mente, incapaz de quedarse en silencio a diferencia de él, fue repasando la lista de deberes que el coronel le había dado, tanto de lecturas, que solían ser extensas y complejas, como de ejercicios, los cuales pertenecían a un nivel notablemente avanzado en comparación de su edad. Sin embargo, su lista fue interrumpida por un pensamiento furtivo, oculto por años, que surgió desde el fondo de su mente, "Feliz cumpleaños, Hass".