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No había a sus ojos, otra persona que no fuera ella. Ni siquiera el chasquido de la perforadora lograba distraerlo. Tenía un tiempo observándola, desde la sala de espera, ahora un poco más cerca, desde el asiento trasero. Un grito áspero anunciaba a los impuntuales su última oportunidad. Mientras, el carbón era consumido vorazmente por las llamas, para dar paso al suave beso de acero, a él se le incendiaba el corazón.
El viento le cantaba al oído, para un baile frenético, y su pareja de baile la más hermosa que había tenido.
Su nombre, necesitaba saberlo. Desafortunadamente ser osado, no es lo que la gente usaría para describirlo. Una segunda ronda de carbón, golpeaba la caldera. Las ruedas aceleraron y él se quedaba sin tiempo.
Después de estilizar su bigote con la yema de sus dedos, le llegó la excusa perfecta para dar el primer paso. Tomaría alguna de las caléndulas amarillas de su sombrero y fingiría devolvérsela. Un halago aquí, una sonrisita allá y caería a sus pies. Pediría su mano en matrimonio en el sexto mes, claro, tenía que darse a desear. Para la boda, contrataría al grupo de mariachis de su hermano Héctor. El sonido metálico y agudo de la trompeta, era electricidad que recorría su aparato auditivo, en tanto que el valor era bombeado a sus venas. Entonces un silbido rompió la ventana. La ruta Torreón-Saltillo arrastró fuera de las vías al vagón número 5.
El olor del metal fundido con carne lo perfumó. Se acomodó las solapas de su traje y comenzó la búsqueda de su amada. Pero, ella lo había encontrado primero.
La dama del velo, la flaca, María Guadaña, tomó su mano y juntos caminaron enamorados.
