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Estrellas binarias

Summary:

El 4×08 pero bien hecho, dedicado a todas las personas que creen en el amor y tienen la valentía de arriesgarse a sentir algo en esta vida.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Era una noche más en el frío invierno de Florencia. Martín, como siempre, se encontraba en la capilla del monasterio, enfrascado en la resolución de aquellos complejos cálculos que le atormentaban hasta en sueños. Si le preguntaban, le estaban resultando más difíciles de lo que le gustaría admitir a su ego de genio de la ingeniería.

Había invertido una cantidad de horas totalmente desproporcionadas para acabar de pulir los últimos detalles del plan. Si bien es cierto que este ya estaba acabado hacía tiempo, Martín quería asegurarse de que era totalmente perfecto, que no quedaba ningún cabo suelto ni tampoco ninguna incógnita sin despejar que más tarde les pudiera traer consecuencias en el interior del banco. Realmente necesitaba que todo saliera bien. Por él. Por Andrés. Por el amor. Porque a Martín nunca se le habían dado bien las palabras, al menos no tan bien como a Andrés que, cada vez que hablaba, lo hacía con fluidez y seguridad, haciendo siempre las pausas en el momento oportuno para crear expectación, formándose a su alrededor ese aura teatral que tanto le caracterizaba. Andrés podría estar leyendo la lista de la compra que Martín lo escucharía embelesado como si estuviera recitando el mayor poema de amor jamás escrito. Y eso era algo que Martín jamás podría hacer. Martín no sabría recitar poesía ni declarar su amor a través de palabras pomposas, por eso un día decidió planear y dedicarle el mayor atraco jamás realizado a su amado.

Hacía ya mucho tiempo que el mundo de Martín se había reducido única y exclusivamente a Andrés. Desde que se conocieron se volvieron inseparables, conectaron a un nivel que les resultó imposible mantenerse alejados el uno del otro a lo largo del tiempo. Se habían convertido en estrellas binarias, los dos solos en el monasterio orbitando en conjunto alrededor del plan de robar el banco de España.

Martín estaba comprobando el resultado de unas ecuaciones por décimo quinta vez en la calculadora cuando entró Andrés en la capilla. Martín le miró, como siempre le miraba cuando el otro no le veía, y se aguantó un suspiro ante la visión que obtuvo. La gente podía pensar que, a esas alturas, después de llevar tanto tiempo conviviendo con Andrés y habiéndole visto todos y cada uno de los días durante aproximadamente los últimos siete años, Martín ya estaría acostumbrado a ese tipo de cosas y que no le afectarían. Pero la realidad distaba mucho de aquel pensamiento. Nada en aquella vida le podía preparar para ver a Andrés enfundado en aquellos trajes que tan bien le sentaban. Parecía que Andrés estuviera hecho a medida para llevarlos y no a la inversa. Y en ese lapso de tiempo, mientras Martín perfilaba el contorno del cuello de Andrés, este le pilló in fraganti. Así que, en una décima de segundo, Andrés tomó una decisión.

—¿Cómo me ves? —preguntó Andrés, llevándose las manos al cuello de la camisa donde sabía que tenía la vista fija Martín. Aquella pregunta tomó totalmente desprevenido al argentino que subió la mirada rápidamente hasta que sus ojos dieron con los del español. Andrés sonrió ante aquella reacción tan genuina, Martín lo estaba mirando como si fuera un cervatillo que acaba de ser deslumbrado por las luces de un camión que se aproxima a ciento veinte kilómetros por hora en su dirección. Pero esa expresión le duro un mero parpadeo porque al siguiente ya se había enmascarado tras esa fachada de fingida indiferencia y simple camaradería.

—Poderoso. Bello, —contestó Martín, tomándose unos segundos para no parecer demasiado precipitado en su respuesta. Por una vez se dejó a sí mismo decir la verdad y nada más que la verdad. Estaba diciendo lo que sentía y lo que su amigo quería escuchar al mismo tiempo, estaba matando dos pájaros de un tiro. Andrés estaría feliz de escuchar su respuesta y Martín dejaría de sentir un poco de esa presión que sentía en el pecho cada vez que le miraba y tenía que contenerse de hablar o pasar sus pensamientos por un filtro antes de pronunciarlos en voz alta.

Tras escuchar sus palabras, Andrés alzó la cabeza, orgulloso, seguro, satisfecho. El ingeniero siempre sabía que decir y que teclas tocar para hacerle bailar. Martín simplemente se dedicó a sonreírle de vuelta, envuelto en un aire de melancolía que era casi tangible. Y es que este ya se había resignado, Martín hacía mucho tiempo que había sabido leer entre líneas que su amor por Andrés era unidireccional. Estaba claro que el español le quería, eso era más que obvio, pero también era obvio que no le quería de la misma manera que él lo hacía. Andrés le quería como su quiere a un mejor amigo, podría atreverse a decir que le quería casi como a un hermano, como a alguien de su familia. Pero Martín le quería de una forma muy diferente, quería a todas y cada una de sus versiones, le quería de manera incondicional y absoluta. Le quería con toda la pasión que podía albergar un cuerpo humano. No le quería, no. Le amaba.

Unos segundos después, cuando Martín ya había dado por terminado ese extraño momento e iba a devolver su concentración a los papeles que tenía delante, Andrés soltó una leve risa que captó de nuevo la atención del argentino.

—Martín, llevas años dando vueltas con el bicho dentro. Creo que ya va siendo hora de que lo saques, —aseveró Andrés con una firmeza que hizo temblar los cimientos de la vida de Martín. ¿Qué carajo estás haciendo, Andrés? Se preguntaba el argentino en su interior, tratando de buscar una salida a esa encerrona que le estaba plantando su amigo en la cara con cada paso que daba en su dirección.

—Puedo sacar un vino, si querés, —propuso Martín como salida a toda aquella situación. En todo el tiempo que llevaban juntos, Andrés jamás le había planteado algo así. Nunca le había dado señales de que sabía de sus sentimientos ni se había mostrado ofendido o enfadado por su forma de flitrtear de vez en cuando con él, de hecho en la gran mayoría de casos le había seguido el juego. Ambos disfrutaban de ese intercambio casual de coqueteos, jugando sobre el fino hielo que suponía eso para ellos, saber hasta qué punto podían llegar ambos sin que este se partiera bajo sus pies y el agua helada les calara hasta los huesos. —¿Tomamos uno? —insistió el argentino poniendo la botella de vino sobre la mesa como aquel soldado que empuña una bandera blanca en medio de la guerra para pedir una tregua.

—No, no me voy a tomar ese vino contigo, —contestó el español de forma directa. Escuchar esas palabras fueron para Martín como sentir una bala atravesar su pecho y ver como la bandera blanca que había hizado como símbolo de su última esperanza para regresar vivo a casa, era manchada de salpicones escarlatas de su propia sangre. —Yo voy a salir a cenar. Con Tatiana, —remarcó Andrés su nombre, buscando exactamente la reacción que obtuvo de Martín, la ruptura de su contacto visual, una leve exhalación y ese agachar de cabeza. Todo el lenguaje corporal de Martín le estaba diciendo a Andrés que estaba celoso, dolido, contrariado, perdido. Porque realmente Martín se sentía así, perdido en medio del mar que suponía Andrés en aquel momento para él. —Y tú pensarás en mi pero, yo no voy a pensar en ti.

Con aquella última frase Martín entendió la gravedad del asunto. La situación que se le planteaba era un todo o nada. Vida o muerte. Amor o soledad. Y Martín llevaba mucho tiempo conformándose simplemente con estar ahí, viviendo a medio gas y reprimiendo sus sentimientos.

—No tenés que explicarme el abecedario, está claro.

—Martín... ¿Tu crees que yo no te quiero? —preguntó Andrés retoricamente haciendo que Martín lo mirara atentamente mientra sentía que su boca se convertía en un desierto. —Yo también siento que lo que hay entre tu y yo es algo extraordinario, único, maravilloso. Y algo se del amor, que me he casado cinco veces, —aclaró el español haciendo que Martín se encogiera en la silla como si aquella frase le hubiera dolido físicamente. —Lo que no te he dicho nunca es que, con ninguna de esas mujeres he sentido algo ni remotamente semejante a lo que me pasa contigo. Ni de lejos, —continuó Andrés con una sonrisa que denotaba cierto nerviosismo ante esa confesión. Siete segundos es lo que había tardado en darle una esperanza a Martín a la que se agarraría como si fuese un clavo ardiendo. Y con ese pensamiento en mente se levantó expectante. —Tu y yo somos almas gemelas pero, al noventa y mueve por ciento. Ya sabes, a mi me gustan bastante las mujeres y a ti te gusto demasiado yo.

—¿Y qué es ese uno por ciento, en contra de un noventa y nueve? —preguntó Martín mientras se acercaba a Andrés lentamente, como si no quisiera asustarlo con movimientos bruscos. —A menos que no tengas el valor de probarlo...

Martín sabía perfectamente que estaba caminando en la cuerda floja pero tras tantos años de tiras y aflojas se podía considerar que era un funambulista del circo del sol.

—Ese uno por ciento es una pequeña mitocondria. Pero marca el deseo, —afirmó Andrés casi susurrando. Los nervios de la situación habían formado un nudo en su garganta impidiendole hablar con normalidad.

—Mitocondria... —susurró Martín con la mirada fija en los labios de Andrés. El argentino dio unos pasos más al frente hasta invadir el espacio personal del español.

En ese instante el tiempo se detuvo para ambos, creando un burbuja en la que sólo había cabida para ellos dos y sus sentimientos encontrados. Por un lado, Martín, el eterno amante resignado a vivir un trágico amor platónico en el que no hacía más entregar sin recibir otra cosa que migajas. Y en el otro lado, Andrés, el endiosado amado acostumbrado a la compañía y buenas palabras que su fiel amigo le regalaba. Pero en ese momento, los papeles se habían perdido y las líneas se habían difuminado hasta tal punto que, en su hermética burbuja no se atreverían a decir quién era el amante y quién el amado.

—¿Y dónde está el deseo? ¿Eh? ¿Dónde? —preguntó Martín en una exhalación, dejando que su aliento chocara contra los labios de Andrés causándole un leve escalofrío que trató de disimular con una sonrisa ladina. Entonces el argentino subió las manos y perfiló el contorno de la cara de Andrés con total devoción, siguiendo sus propios movimientos con los ojos para memorizar cada punto por el que pasaba. —¿Aquí? ¿Dónde? ¿Eh?

—Martín...

—No temas, tranquilo.

Martín puso sus manos en la nuca de Andrés y estas encajaron como si fueran la última pieza del puzle. Le acarició unos mechones para relajar un poco la tensión del cuerpo de su acompañante y entonces se miraron. Conectaron sus miradas apenas unos segundos pero les sirvieron para decir todo aquello que habían callado. El ingeniero le estaba diciendo te quiero sin hablar, a través de una mirada le estaba asegurando a Andrés que, si le besaba, sería capaz de todo pero solo por él. Porque Martín sabía que daba igual la cantidad de gente que conociera o los hombres con los que se acostara, su corazón le pertenecía única y exclusivamente a Andrés. Y Andrés solo había uno, nadie podría ser él jamás. El español le miraba con expectación, con un brillo en los ojos que Martín no se habría esperado recibir nunca. Le estaba diciendo que, en ese punto, era suyo. Estaba dispuesto a todo lo que el otro quisiera en ese momento. Y Martín en lo único en lo que podía pensar era en besar esos labios que tanto tiempo había deseado probar.

Entonces le besó. Le besó como nunca había besado a nadie y ahí Martín supo que estaba perdido. Porque una vez que sus labios entraron en contacto, entendió que a partir de ese momento buscaría los labios de Andrés en el resto de labios y ningunos serían los suyos. Acababa de probar la fruta prohibida haciendo que todas las demás del mundo le supieran insípidas.

—¿O sos cobarde? ¿Eh? ¿Dónde está? —insistió Martín entre pequeños besos, tratando de incitar a Andrés a tomar algo de iniciativa, a que le demostrara que de alguna manera, él también quería que eso sucediera.

Pasaron unos segundos expectantes y, cuando Martín ya se iba a dar por vencido para retirarse a su habitación a lamerse las heridas, Andrés dio un paso adelante y le empujó por la cintura hacia atrás, sin romper el contacto visual en ningún momento y con una sonrisa seductora plasmada en el rostro. En ese instante Andrés se sintió más poderoso que en toda su vida. Tenía a Martín, a su querido ingeniero, temblando bajo el toque de su palma. Andrés sabía que le podría pedir cualquier cosa a Martín, lo que fuese, que lo haría sin cuestionar nada ni poner ningún tipo de impedimento. Y eso a Andrés le excitaba aunque si le preguntaban lo negaría hasta la saciedad.

Fueron andando en esa dirección hasta que el cuerpo de Martín chocó bruscamente contra la pared de la capilla. Pero a él no pudo importarle menos, en su cuerpo no había cabida para el dolor pues todas y cada de una de sus células estaban centradas en Andrés. En sentir todos los puntos en los que sus cuerpos se tocaban. Martín estaba seguro de que si la sangre le estuviera llegando totalmente al cerebro, sería capaz de calcular la presión con la que Andrés le había cogido por la cintura y la velocidad del impacto de su cabeza contra la pared. Quizás más tarde se entretendria con esas cosas porque en ese momento se encontraba ocupado recibiendo un asalto contra su boca sin previo aviso.

Debía de ser un sueño. La explicación más plausible a toda aquella situación es que se hubiera quedado dormido, como tantas veces le había pasado, sobre el escritorio y ahora estuviera teniendo un sueño febril. Debía ser un sueño, no, tenía que serlo. En ninguna realidad podía imaginarse aquello que estaba viviendo. No era posible que, no sólo se estuviera besando con Andrés sino que hubiera sido él el que iniciara ese beso que distaba mucho del anterior. En este habían dejado a un lado la vergüenza e incertidumbre y ambos se habían enzarzado en una pelea de lenguas y dientes, viendo quién podía ganar más terreno al otro aunque en esta guerra en realidad ganaban los dos. Martín sentís que había trascendido a otro plano existencial, sintiendo el sabor de sus propias lágrimas, que no sabía en que momento habían empezado a caer, mezcladas con la saliva de Andrés. Todo a su alrededor gritaba Andrés. El sabor de Andrés. El olor de Andrés. El tacto de Andrés. Andrés. Andrés. Andrés.

—A ver... A ver, —susurró Andrés todavía sin separarse, agarrando a Martín por las mejillas y rozando los labios ajenos con cada palabras pronunciada. —Daría lo que fuese por sentir eso pero... —continuó pronunciando el español mientras el ingeniero era consciente de que el sueño idílico en el que creía estar, se estaba convirtiendo en una tormentosa pesadilla. Martín trató de aferrarse a él, hacerlo callar con una mirada, borrarle los pensamientos con un beso, robarle el aliento para que no pudiera pronunciar su sentencia de muerte. —Es imposible. Es imposible.

Con un último beso, como el que le dio Judas a Jesús antes de traicionarle, Andrés se separó de Martín. Y este sintió que era consumido por un agujero negro. Porque eso era lo que les pasaba a las estrellas binarias que se quedaban solas, vagaban sin rumbo ni orbita gravitacional hasta que se encontraban con un agujero negro que acabara con su vida. Así se sentía Martín. Al borde de perder, ya no solo al amor de su vida sino que al único motivo por el que se levantaba cada mañana.

—Te quiero, Martín. Pero mi hermano tiene razón y tenemos que separarnos. Y tenemos que abandonar el plan, —aseveró Andrés dándose la vuelta, sin dar posibilidad a réplica alguna.

—Así que fue el hijo de puta de tu hermano el que te enrostró mi amor para romper esta casa, —afirmó Martín dolido con voz temblorosa. Andrés se le estaba escapando de las manos como si fuera un puñado de arena en la playa. Lo iba a perder de manera definitiva. —¿Te vas a ir a sacar fotocopias a la casa de la moneda esa? Yo te propuse fundir oro juntos, —dijo Martín como la mayor declaración de amor que había pronunciado nadie jamás. Iba a robar todo el oro de la reserva nacional del banco de España, no para repatriarlo, no para gastarlo, no para ser asquerosamente rico. Lo iba a robar por amor, para dedicárselo única y exclusivamente a Andrés.

—¡Te estás enganchando a algo que no existe y que no va a existir jamás! —gritó el español cosa que sorprendió a ambos. Andrés siempre se había caracterizado por ser una persona que mantenía los papeles en cualquier situación porque el poder que tenían sus palabras era más fuerte que lo que supondría un simple grito. Y nunca le había alzado así la voz a Martín. Desde ese punto el argentino disoció de tal manera que las siguientes palabras de Andrés le llegaron aplacadas, como si se encontrara sumergido bajo el agua. —Te tengo que dejar, ¿me oyes? Por el amor. Por la fraternidad. Por el compromiso que tengo contigo, —afirmó Andrés como si aquellas palabras no fueran puñales clavados en el corazón de Martín. —Ahora marchate y curate la herida. La distancia a veces es la única manera de encontrar la paz. Adiós, amigo mío. Estoy seguro de que, de una forma u otra, el tiempo nos volverá a juntar.

Y sin añadir nada más, Andrés se dio media vuelta con una sonrisa fingida en la cara y tratando de contener las lágrimas que asomaban en sus ojos. Empezó así a caminar por el pasillo para ejecutar su salida triunfal mientras Martín se quedaba ahí parado en mitad de la capilla. El argentino estaba esperando por una señal, una única señal que le brindara una última oportunidad. Porque Martín estaba seguro de que era capaz de enamorar a Andrés antes de que llegara a la puerta. Era imposible que le hubiera besado de aquella manera sin sentir nada, nadie era capaz de fingir ese deseo. Y al final, su ansiada señal vino en forma de un leve giro de cabeza acompañado de una mirada triste que le dedicó Andrés. Se había girado. Andrés se había girado a mirarlo como y él lo había visto, no como en esa antigua película que tanto le gustaba al español en la que ambos se voltean pero no consiguen coincidir sus miradas y el chico acababa muriendo. Ese no iba a ser el destino de Martín porque el creaba su propio destino y acababa de decidir que se merecía ser feliz.

Martín se encaminó hacia Andrés, con pasos firmes y decididos, sin estar dispuesto a perder la guerra sin pelear. Se plantó delante del español, quien se encontraba estupefacto ante la actitud que había adoptado el ingeniero, le quitó el refinado sombrero de una sacudida y le agarró de las mejillas sin darle opción a resistirse al beso que le dio a continuación. Porque Martín sabía que si lo besaba, Andrés se entregaría a él. Lo supo desde el momento en el que prácticamente se deshizo entre sus manos al agregarle por la nuca en el primer roce de labios que compartieron esa noche. Y así fue, en cuanto sus bocas entraron en contacto, Andrés de entregó en cuerpo y alma a ese beso. Deseaba ese beso tanto o más que Martín. Llevaba huyendo y negándose ese beso durante años por miedo a que le gustara y eso le obligara a replantearse los pilares sobre los que había basado su vida. Andrés de Fonollosa, el hetero consagrado, el seductor por naturaleza, el hombre enamorado del matrimonio, ahora bisexual y enamorado de su mejor amigo. No podía ser. No debía ser.

—Martín, no me hagas esto, —pidió Andrés cerrando los ojos y uniendo sus frentes.

—No me dejés, Andrés, por favor te lo pido, no me dejés, —imploró el argentino en un susurro con la voz rota, aferrándose al otro por la espalda como si fuera una tabla que le mantuviera a flote en medio del mar.

—Tengo que hacerlo, ¿no lo entiendes? —preguntó el español acariciandole el pelo a Martín. Luchando una vez más por contener las lágrimas porque aquello le estaba resultando más difícil de lo planeado. Nada le podía haber preparado para ver a Martín, a su Martín, llorando entre sus manos y suplicando por que se quedara con él. —No estás pensando con claridad, realmente tu no quieres esto, mereces algo mejor.

—¿Y quién carajo sos vos para decidir qué merezco y qué no? ¿Eh? —cuestionó Martín retomando de nuevo su característica actitud guerrillera.

—Martín, escúchame, —pidió Andrés con calma, como con quien quiere hacer entender algo de suma importancia a un niño pequeño. —Tu me quieres a mi ahora, quieres a lo versión actual, a mi yo hedonista, a mi yo poderoso, bello. Quieres a mi yo vivo. Pero, ¿esta fachada cuanto tiempo va a durar? Un par de años, quizás menos, quién sabe. ¿Y qué es eso en comparación con la eternidad que me gustaría darte? Dos años y después de eso, nada. La decadencia de mi ser hasta convertirme en una mera sombra de lo que fui y no volveré a ser jamás. Créeme cuando te digo que no soportaría verte atado a un muerto en vida, obligado a cuidar de mi, teniendo que permanecer a mi lado por imposición, no por amor ni decisión propia sino por pena.

—No me jodás con eso, —se quejó Martín, armandose de valor para pronunciar las palabras que llevaba años callando. Era ahora o nunca. Y él no era un cobarde. —Mirá Andrés, yo te llevo queriendo desde antes de conocerte ¿viste? Estábamos predestinados a conocernos porque, como vos decís, somos almas gemelas. No quiero a tu yo de ahora, yo amo a todas y cada una de tus versiones. Amé al Andrés de ayer, amaré al Andrés de mañana y amaré al del día siguiente como llevo haciendo desde que nos conocimos pero, lo más importante de todo, es que amo al Andrés de hoy.

Y esas palabras fueron el detonante de la bomba de sentimientos que explotó en el pecho de Andrés. Sus lágrimas finalmente cayeron sin pudor alguno mientras era consciente de que era la primera vez que alguien le amaba con esa intensidad. Era la primera vez que alguien le quería de forma totalmente sincera y desinteresada. Martín le quería porque podía y punto, no por su dinero, no por las posibles aventuras que venían de la mano de un ladrón, no, le quería a él. Y con ese descubrimiento, como si le hubiera iluminado una divinidad, Andrés aceptó sus sentimientos y decidió ser valiente por una vez en su vida. Se acabó el huir de su destino, no más mascaras de indiferencia ni palabras vacías. Así que, para sellar su promesa, Andrés acarició la cara de Martín llevándose en el proceso las lágrimas que llevaban rato cayendo, queriendo borrar toda la tristeza y el dolor que le había ocasionado y unió sus labios una vez más. Este fue un beso delicado y sin prisas, muy diferente de los otros que se habían dado en ese lapso de tiempo que para ellos se había sentido como una vida entera. Fue un beso de esperanza, de futuro, de amor.

Notes:

No sé muy bien qué ha salido de todo esto pero espero que os haya gustado, quizás me he ido mucho por las ramas o se ha hecho bola alguna parte. Cualquier cosa hacédmelo saber en comentarios <3