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Language:
Español
Stats:
Published:
2022-03-15
Words:
1,303
Chapters:
1/1
Comments:
3
Kudos:
38
Bookmarks:
3
Hits:
219

La quietud es mérito del viajero

Summary:

Mikoto no se lo pensó bien cuando aceptó acompañar a Umetaro a una convención. Ahora, en un lugar abarrotado de gente y con demasiadas miradas posándose en él, ha de pagar las consecuencias. Mientras se desespera, encuentra la calma que necesitaba en el hermano menor de su amigo, quien tiene una forma particular de acudir en su ayuda.

Notes:

¡Amo a estos dos y no hay suficiente contenido sobre ellos! Primer fic que les dedico (sospecho que no será el último). No puedo dejar de pensar en un Mikorin que entra en pánico a la primera de cambio, sintiéndose incapaz de gestionar cualquier nueva situación mínimamente incómoda, y que encuentra en el impasible Mayu un remanso de paz. Mayu no le da dos vueltas a las cosas, pero si lo hiciera quizá se daría cuenta de que gasta un par de esfuerzos más en el adorable amigo de su hermano.
Venga, ya paro de desvariar. ¡¡Pero es que me encantan!!
Es una cosa muy tonta, pero creo que le pega al tono de GSNK. Espero que disfruteis de la lectura >.<

Work Text:

Durante las últimas tres horas, Mikoto se había estado preguntando seriamente si su amistad con Umetaro merecía la pena. Empezaba a llegar a la conclusión de que no. Aunque no era propio de él, había aceptado cuando su amigo le pidió que lo acompañara a la convención de manga sin pensar en las consecuencias que eso podría tener para sí mismo. Sin pensar que en la zona del manga shojo casi el total de los visitantes serían de género femenino. Chicas. Chicas aterradoras que lo miraban fascinadas de encontrar a un joven de imagen principesca en una zona como aquella; es decir, además de guapo, lo suficientemente sensible como para comprender los delicados sentimientos reflejados en el tipo de historias que allí se concentraban. Para colmo de sus desdichas, no podía evitar contestar a aquellas que se le acercaban con frases pastelosas, asumidas a partir de sus queridos videojuegos de citas. ¡Incluso había aceptado hacerse alguna foto con alguna de ellas! Y no podía huir. Allí donde fuera, había gente, féminas por todas partes, que lo abordaban sin darle un respiro, ¡y a las que él mismo invitaba con sus respuestas surrealistas y absurdamente edulcoradas! ¡Por Dios! ¡¿Por qué tenía que ser así?!


Cada vez que se veía acorralado iba a encogerse en algún rincón, así pasaba de un lado a otro. Ahora estaba agotado y de vuelta junto al stand de Umetaro, intentando mantener la compostura. Cerró los ojos y respiró hondo. Un par de horas más y habría acabado. Eso, un trayecto en tren y cinco paradas de autobús y llegaría a su casa y encendería su consola, con suerte la convención no le quitaría las ganas de leer algún manga. Unas cuantas horas más y volvería a disfrutar de su dulciamarga soledad. Ahora tenía que evitar pensar en todas las personas que lo rodeaban, en las expectativas que estas tenían sobre él y en cómo les defraudaría sin poder hacer nada al respecto; evitar pensar en lo cobarde que era y en la posibilidad de que alguna chica se le acercase de nuevo, de que él se muriera de vergüenza mientras le decía una frase tontísima para acabar saliendo por patas de la forma más patética posible... Mikoto hizo un esfuerzo titánico por parar el torrente de imágenes apocalípticas que monopolizaban sus pensamientos.


Cuando volvió a abrir los ojos una figura sobresalía entre la masa de personas que asistían al evento, por su altura y por su género. Lo reconoció en seguida. A pesar de ser sábado, Mayu tenía que asistir a los entrenamientos de judo. En cuanto hubo ingresado en el instituto superior, entró a formar parte de un dojo de la ciudad; así, las prácticas se habían vuelto más exigentes. Con todo, y en contra de lo que en un primer momento se podría pensar de alguien tan soberanamente flojo como Mayu, era muy apasionado con el judo y se esforzaba por mejorar siempre. Casi tanto como lo que se esforzaba en apoyar el trabajo de su hermano mayor. Una sonrisa involuntaria se dibujó en el rostro de Mikoto cuando se imaginó cuán cansado estaría hoy Mayu: primero el entrenamiento, y, a continuación y sin siesta mediante, el camino de hora y media para no perderse la firma de Umetaro. Mikoshiba sacudió la mano en alto al ver que Mayu miraba a los lados despistado, en cuanto este lo vio se acercó a su ritmo habitual, lento por naturaleza.


−Mikoto-san−. Saludó cuando se plantó en frente del otro. Pronto divisó a su hermano, cuya atención todavía estaba acaparada por una larga fila de fans. Estaba cansado. Muy cansado. No tenía las fuerzas necesarias para interrumpirlo y saludar. Lo había decidido: apoyaría a Umetaro desde la distancia.


A Mikoto se le ocurrió una excusa para escapar del mogollón sin separarse de su salvaguarda.


−Seguro que estás agotado, ¿quieres que nos quedemos en esos asientos hasta que tu hermano esté un poco más libre?− Dijo señalando a una zona de descanso algo más apartada−. ¿O querías comprar algo?


Mayu negó con la cabeza sin dudar.


−Sofás.


Mikoto por fin pudo respirar, aunque había bastantes personas alrededor, estaba mucho menos abarrotado que la zona del pabellón ocupada por todos los puestos. Además, allí había personas de todo tipo, no sólo jovencitas entusiastas de las historias románticas.


−Demasiada gente, ¿verdad?


−Mhm−. Asintió el más joven. Pero a él le alegraba haberse encontrado con Mikoto y esperar con él. Ya sabía que su hombro era un lugar comodísimo para echar una cabezadita.


La calma no duró mucho para Mikoshiba. Un grupo de más o menos ocho adolescentes se sentó a merendar en una de las mesas que había también en la zona de descanso. Se puso alerta en seguida, y no tardó en escuchar murmullos y risitas nerviosas. Se riñó a sí mismo por alterarse e intentó convencerse de que quizá esa actitud no tenía nada que ver con él; y, cuando casi lo había conseguido, escuchó el susurro mal disimulado de una de ellas: "venga, acércate, no pierdes nada por intentarlo". Dirigió una rápida mirada al grupo de chicas. En efecto, lo estaban mirando a él. Se preparó para lo peor.


·


Mikoto se había puesto rígido y se apretaba las rodillas con las manos tensas. Tenía la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo, a pesar de lo cual Mayu podía ver perfectamente cómo su amigo estaba colorado hasta las orejas. Tardó un poco en darse cuenta del motivo de su incomodidad y, de hecho, si no lo conociera ya tan bien, a lo mejor no hubiera llegado a percatarse. Entonces oyó el comentario de la muchacha y se preguntó qué podría hacer él por el pobre Mikoto. Le vinieron a la mente las instrucciones que en su día le dio Umetaro cuando lo acompañó a un karaoke, y lo bien que funcionaron. Bien, sería fácil, lo podría hacer incluso sin palabras.


·


Estaba contando hasta diez con los ojos apretados para recuperar la tranquilidad, asegurándose a sí mismo que el mundo no acabaría, aunque hablara con una chica, y de que la expresión "morirse de vergüenza" no era literal, cuando sitió una suave presión sobre su mano izquierda y cómo unos dedos ajenos se entrelazaban con los suyos, liberándolos de la tensión que su dueño les imponía. Inmediatamente levantó la cabeza y clavó sus ojos desconcertados en Mayu, este le sostenía la mirada con una expresión indescifrable, la misma de siempre. No soltaba su mano. Intentó preguntarle a qué venía eso, pero estaba tan nervioso que las palabras no superaron el nudo en su garganta y lo único que salió por su boca temblando fue un tartamudeo sin sentido.


¿Podía ponerse más rojo? En efecto, podía. Su piel ya casi a la par que su pelo, y a punto estuvo él de gritar y salir corriendo ante la idea de que el extraño gesto de Mayu atrajera hacia ellos todas las miradas. Por suerte, una especie de inspiración divina iluminó cierta explicación en su cabeza (caparazón de sesos derretidos para entonces) y comprendió el sentido de todo aquello. Puede que resultase un poco raro, pero al menos disuadiría a quienes quisieran acercarse, aunque solo fuera por apuro de interrumpir a la "pareja". Con un largo suspiro de alivio se relajaron todos sus músculos y volvió a una posición de reposo, se templó un poco el ardor del rostro y se recostó en el sillón. Apretó suavemente la mano del compañero.


−Gr-gracias−. Dijo apartando la mirada.


El agradecimiento, apenas articulado en el más leve susurro, llegó con dificultad a los oídos de Mayu, quien asintió satisfecho y se apoyó en el hombro del otro chico. Sus últimas energías se evaporaron con una sonrisa espontánea, reflejo al comprobar que el pelo de Mikoto olía a flores. Ahora sí, se merecía una siesta.