Chapter Text
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𝓼á𝓫𝓪𝓭𝓸 𝓹𝓸𝓻 𝓵𝓪 𝓶𝓪ñ𝓪𝓷𝓪
El mensaje decía las ocho y media de la mañana, frente a la parada de autobús. Eran las ocho y cuarenta y tres, y allí no había nadie. Ni rastro de la cabecita naranja que esperaba ver bajando del autobús.
No bajó mucha gente. Pocos se decidían a salir a esa hora, teniendo en cuenta que era un fin de semana corriente en mitad de curso. Solo a Hinata se le ocurriría quedar tan temprano sin sentir dolor, y sólo a Kenma se le ocurriría aceptar su propuesta. Quizás, si las circunstancias fueran diferentes, no habría aceptado abandonar el calor de su habitación para reemplazarlo por el aire frío de una mañana de otoño. Pero no se veían desde verano, y como tenían contadas ocasiones para pasar tiempo juntos, si no aprovechaban el entrenamiento conjunto que se había organizado ese fin de semana, contemplaba la posibilidad de arrepentirse.
Días antes, Hinata le había escrito de pronto:
¡Vamos a vernos antes del entrenamiento!
¿Antes? ¿Por la mañana?
Sí~~! Hace mucho que no nos vemos
Kenmaaa
Por la forma en la que Hinata escribió su nombre, fue fácil hacerse una imagen mental de la expresión de su amigo. Hasta estaba cien por cien seguro del timbre de voz que habría utilizado para pronunciar su nombre. Kenma, consciente de que aquello estaba en su cabeza, se dejó convencer sin mucho esfuerzo. La pereza no ganó la batalla aquella vez. Porque, en realidad, sacrificar unas horas de sueño para estar con Hinata no le sonaba nada mal. Quería verlo después de ese tiempo. Había pasado mes y medio, dos meses, ¿quizás? Tampoco era mucho, si se paraba a pensarlo.
―¡¡¡Kenma¡¡¡ Losientolosientolosiento.
Al verle, Hinata echó a correr en su dirección, llamando la atención de la gente a su alrededor que, al instante, se giraron también hacia a él. Kenma no supo hacia donde mirar para esquivar todas las miradas, así que terminó fijándose en los cordones de la chaqueta de su amigo que no paraban quietos mientras saltaba. Uf, qué mareo y qué larga le pareció la calle en ese momento.
―Sé que llego tarde, lo siento de verdad.
―Hola, Shoyo. No pasa nada…
Hinata comenzó a darle explicaciones: que si había decidido salir antes y pasar por el gimnasio para soltar sus cosas, que si no quería cargar todo el rato con la mochila. Que claro, luego tenía que volver a la parada de autobús donde habían quedado, y se había perdido un poco. «¿¿Un poco??» pensó Kenma.
―Podías habérmelo dicho y nos veíamos allí.
―¡Lo sé! Pero no quería molestarte más, Kenma.
Suspiró y se encogió de hombros.
―¿Dónde vamos? ―preguntó, en lugar de añadir nada más.
―¿Qué? ¿No lo sabes? ―exclamó Hinata, de pronto sus expresivos ojos mostrándole sorpresa para teñirse a continuación de una inocente culpabilidad que no le dejó intervenir―. Yo… No sé, no conozco mucho.
―¿Y tenía que pensarlo yo? ―Algo similar a un gruñido se mezcló con la pregunta. De inmediato, puso su cabeza en funcionamiento, evaluando todas las posibilidades que se le presentaban. Tampoco es que él supiera demasiado de los alrededores. La mirada de Hinata, dividida entre la expectación y la culpa, seguía clavada en él, y eso le inquietaba, así que sacó el móvil del bolsillo y buscó por internet como vía de escape―. Hay una cafetería de juegos...
―¡Ahí! ―exclamó Hinata, sin darle tiempo a añadir nada más.
Kenma no iba a poner objeción. Al fin y al cabo, podía ser aquella la mejor entre todas las opciones, donde iba sentirse más cómodo, y también donde había más posibilidades de que se activase en cuerpo y mente. También podía ser divertido, sí.
Durante el trayecto, no guardó el móvil, sino que fue comprobando el camino correcto para no perderse. Hinata empezó a hablarle de esto y aquello, y Kenma tuvo que dividir su atención entre la cantarina voz de su amigo y las indicaciones del mapa en la pantalla de su móvil.
―¡Tienes sueño!
Kenma parpadeó al escucharle. Inconscientemente se había estado frotando los ojos después de disimular un bostezo -sin mucho éxito-, y a Hinata no se le había escapado el gesto. Pues claro que tenía sueño… ¿Cómo no iba a tenerlo?
―Un poco…
Sintió entonces unas palmaditas en su espalda y se encogió por instinto. De pronto, quería guardar las manos en los bolsillos de su abrigo y esconder el rostro donde fuera. Desde el verano, después de todo, había comenzado a sentirse más nervioso cada vez que su amigo se acercaba a él. Porque ese todo al que se refería, podía no ser nada para el resto del mundo, pero para Kenma significaba algo.
El verano había sido sofocante y, por alguna razón que Kenma aún estaba descubriendo, la sensación que le surgía desde el estómago y se quedaba fija en su pecho con los recuerdos, estaba lejos de resultarle pesada. Cálida y refrescante a la vez. Familiar.
La sensación había regresado en ese preciso instante, ya no en forma de recuerdo. Lo supo cuando relajó los hombros y sus labios se curvaron en una ínfima sonrisita, de seguida acompañada por la amplia sonrisa de Hinata.
―Gracias por venir, Kenma.
Parpadeó un par de veces, preguntándose por qué le daba las gracias. En lugar de formular la pregunta, negó y agachó la cabeza con la repetida excusa de mirar el móvil, dejando que un par de mechones rubios cayeran a cada lado de su rostro para protegerlo.
―Está por aquí ―murmuró.
Era una especie de cafetería bastante grande donde principalmente había juegos arcade, pero también había estanterías repletas de juegos de mesa que podían coger a tu antojo. A Kenma le sorprendía que estuviera abierto a esas horas, pero la sorpresa fue mayor cuando, al entrar, descubrieron que tenían el lugar para ellos solos, lo cual era comprensible.
Pagaron por la entrada; incluía una bebida que recogieron primero, antes de empezar a perderse entre las maquinitas. Uno por uno, fueron probando cada juego, y hasta en los individuales se retaron, con una mayoría de victorias para Kenma. Era lo esperado. Hinata no era malo del todo (aunque Kenma le decía que era malísimo), pero su impulsividad solo le daba ventaja en determinados juegos.
Fueron casi tres horas en las que no se dieron cuenta del paso del tiempo. Tres horas en las que, si alguien llegó tampoco les importó, solo concentrados en jugar y ganar. Hacía tiempo que Kenma no se lo pasaba tan bien, hasta el punto de reír a carcajadas cuando Hinata hacía que su personaje en uno de los juegos se cayera una y otra vez, y a pesar de todo lo seguía intentando concienzudamente. Miraba cómo lo hacía Kenma, lo intentaba de nuevo, fallaba y se quejaba. De no ser porque Kenma dio por finalizada la partida, estaba convencido de que no admitiría su derrota.
La victoria definitiva se la llevó Kenma, un poco a regañadientes de Hinata que, por mucho que hubieran acabado veinte a cinco, se negaba a dejar de intentarlo. Pero es que Kenma tenía un límite hasta para los juegos, y después de casi tres horas pensó que ya estaba bien.
Ver a Hinata con actitud derrotada y un poco triste por haber dejado caer su batido antes, en un momento de emoción al ganar un juego, le hizo arrugar la nariz. Así que, haciendo uso de su habilidad, Kenma se escabulló y fue a pedir dos bebidas más antes de que se marcharan. Regresó con ellas y le dio a Hinata la que le correspondía, una exactamente igual a la que había pedido antes.
―Es mejor que nos vayamos ya… Todavía están calientes y no pasaremos tanto frío caminando.
Hinata lo miró muy sorprendido mientras sujetaba el vaso con ambas manos.
―Pero Kenmaaa… ¡¡¡Gracias!!!
Kenma negó con la cabeza y bebió un sorbito de su bebida. Es que no le gustaba verlo afligido, más aún porque habían quedado para pasárselo bien, y aunque sabía que en breves se le habría pasado, si podía de ese modo acelerar el proceso y hacerle sentir bien de manera inmediata, no dudaba en hacer lo que fuera.
En el fondo tenía esa certeza: haría mil y una cosas por Shoyo. Hinata puede que no lo supiera, pero tenía que intuirlo, y cabía la posibilidad de que sintiera exactamente lo mismo. A veces, Kenma lo leía en sus enormes ojos como si fuera un libro abierto. Hinata le decía muchas más cosas que con palabras.
El frío inicial al salir cortó su hilo de pensamientos y se enfrentó a nuevos estímulos que le hicieron aferrarse a su vaso como si fuera lo único confiable en ese momento. En realidad, lo era, después de las horas que habían pasado bajo el abrigo de la cafetería, envueltos en un ambiente hasta cierto punto sofocante, por donde no se colaba ni un poquito de aire exterior, para no enfriar el ambiente y mantenerlo acogedor. Una vez fuera, sus sentidos se reactivaron y su cuerpo se encogió, pero envuelto en su abrigo y con el calorcito del vaso entre sus manos, se sintió con más fuerza para el paseo.
Pronto sería noviembre, las temperaturas habían bajado de un día para otro hasta el punto de que la gente ya no dudaba en sacar sus prendas más abrigadas para combatir el frío repentino.
También se notaba en las calles, coloreadas de otoño. Aquel momento era el más bonito, cuando aún los árboles teñían la escena de naranjas y amarillos muy vívidos y, a su vez, el suelo también estaba repleto de los mismos colores, todo en una misma estampa. A Kenma le gustaba bastante esa época, cuando ya no hacía calor, pero tampoco un frío excesivo. Si acaso, lo único que le molestaba era el viento, que le hacía tener todo el tiempo el pelo en los ojos y le erizaba la piel. Pero, en general, estaba bien.
A su lado, Hinata había recuperado su humor por completo y volvía a hablar sin parar, recordando alguna de sus mejores jugadas de hacía apenas diez minutos. Kenma, entre risitas, también le recordaba alguna de las peores, pero Hinata siempre tenía una réplica preparada.
―¡Que esto no va a quedar así! ¡Recuérdalo! Me haré más fuerte y te venceré quinientas veces seguidas.
―Vas a tener que practicar mucho.
―¡Pues claro que lo haré!
Era poco probable, pero aun así Kenma asintió y aceptó su reto.
En ese preciso instante se dio cuenta de que estaba de muy buen humor, tanto que ni siquiera le afectaba la idea de tener que hacer ejercicio más tarde. Su cuerpo se sentía calentito y confortable bajo un sol que brillaba mucho aquella mañana de sábado, a pesar de que corriera una brisita que bien podría terminar trayendo las nubes consigo.
―¡Oye! Podríamos ir por el parque y sentarnos allí un rato.
Aceptó la sugerencia de Hinata con un leve gesto de cabeza y desviaron su rumbo hacia el parque, que no parecía ser muy grande, pero se veía frondoso y nada más atravesar la entrada, también descubrieron que estaba repleto de niños. La ciudad había despertado: por aquí y allá había familias paseando, niños corriendo, alguna que otra pelota cruzando el aire. Kenma arrugó un poco el ceño, pero no se quejó.
Buscaron un banco donde sentarse, uno que estuviera más apartado de la zona de juegos para evitar recibir balonazos, para eso ya tenían la tarde. Nada más sentarse, Hinata dejó el vaso a su lado y estiró las piernas. Kenma apoyó el vaso en su regazo, con los dedos bien afirmados alrededor para que no se le escapase. Apenas le quedaba bebida, pero se mantenía el calorcito y le gustaba la sensación. Permanecieron unos segundos en silencio, escuchando el sonido de los balonazos de fondo, el correteo de los niños, las voces y risas lejanas.
Kenma se miraba los zapatos mientras removía la tierra bajo ellos con golpecitos en el suelo. Hinata, por otro lado, estaba mirando al cielo. Escuchó cómo exhalaba aire y lo soltaba con lentitud. Se preguntó en qué estaría pensando. Sentía mucha curiosidad por saber lo que pensaba Hinata cuando estaba en silencio, porque normalmente hablaba mucho, exteriorizaba lo que sentía, pero Kenma pensaba en lo que iba más allá de todo eso.
―¿Qué haremos hoy?
―No sé… Lo mismo de siempre, supongo.
Hinata arrugó un poco el ceño.
―¡No hacemos siempre lo mismo!
―Más o menos…
Al final, Kenma también terminó apoyando una mano sobre el banco y elevó la mirada hacia el cielo. Las nubes se movían con cierta rapidez si las miraba con fijeza y, de vez en cuando, alguna hoja se cruzaba por su campo de visión. Estaba tan concentrado en esa escena que no se dio cuenta de cómo Hinata movía ligeramente su mano derecha hacia él. Sintió el roce directo de su dedo meñique y cómo una descarga de algo indefinible recorría su brazo, pero consiguió controlar el respingo. De hecho, su instinto actuó por su cuenta, pero de un modo muy diferente. Se atrevió a flexionar los dedos con tanta delicadeza que, de no haberlo hecho a propósito, ni se habría dado cuenta de cómo sus meñiques acabaron entrelazados.
Era un contacto tan sutil, tan pleno a la vez.
Y qué poco duró.
De pronto, un balón fue a estamparse contra el árbol que tenían justo al lado, cuyo tronco era lo suficientemente delgado como para que el simple golpe hiciera que se sacudiera por completo. Resonó el crujir de las ramas y las hojas desprendiéndose, luego cayendo sobre ellos. Más bien, la mayoría fue a parar sobre Hinata, que se había encogido por el susto y el fuerte sonido. Kenma fue testigo del preciso instante en el que una hojita caía y se depositaba sobre su cabeza. Le hizo gracia porque tenía exactamente el mismo color que su pelo.
Hinata lo pilló riéndose entre dientes y lo señaló con el dedo.
―¡Pero bueno! ¡Kenma!
―Es que es igual que tu pelo, Shoyo.
Hinata ni siquiera se molestó en sacudirse las hojas de encima. Se inclinó, y antes de que pudiera reaccionar había cogido un montón de hojas del suelo, concretamente de las amarillas -con algunas anaranjadas entremedio- y se las había tirado a Kenma por encima.
―¡Éstas también hacen juego con el tuyo!
Todo lo que vio por unos segundos fue amarillo, y cuando sacudió la cabeza algunas de las hojitas cayeron por delante de él. Bufó, con el calor subiendo por sus mejillas a la misma velocidad que las risas de los niños que se acercaban corriendo a por su pelota.
―¡Shoyo! ―exclamó, y en ese momento el pelinaranja ya estaba levantándose y huyendo lejos.
Kenma también se levantó para perseguirlo, sin preocuparse por las cosas que habían dejado en el banco. Pero qué hacía. Qué estaba haciendo. Sus piernas se habían movido por instinto. Estaba intentando atrapar a Hinata, que iba de aquí para allá entre los árboles y de vez en cuando le atacaba con otro montón de hojas. Kenma refunfuñó, y también cogió un puñado de hojas para tirárselas a la cara en cuanto tuvo oportunidad. En ningún momento se detuvo a echar demasiada cuenta a esa vocecilla de su conciencia que le preguntaba cosas como: ¿Qué haces jugando a tirarte hojas en medio de un parque lleno de gente? ¿Tienes cinco años? ¿Y por qué no eres capaz de atraparlo?
Los niños se quedaban mirándolos, los adultos también, pero ninguno de los dos detuvo el juego. Durante unos minutos, todo lo que Kenma percibió fue una cabecita naranja agitándose de aquí para allá, entre pinceladas de colorines de toda la gama de amarillos y naranjas que flotaban alrededor de ambos. Y su risa; la risa de Shoyo interfiriendo entre su cabeza y todo lo demás. Bajaba, vertiginosa, por su pecho, inundándolo todo hasta fusionarse con sus propias ganas de reír. Más bien, las hacía florecer, como el sol regalando su energía a las plantitas para que crezcan y den todo de sí. Aquel era un mecanismo extraño y curioso que Kenma no se había parado a pensar hasta entonces. Si así era como se creaba una sonrisa… No lo sabía con certeza. Tan solo logró comprender que aquel sonido enérgico que salía de Hinata le hacía querer reír, y correr, perseguirlo hasta tener esas carcajadas mezclándose con su propio aliento.
Se detuvo de pronto.
Todo era demasiado vertiginoso. No solo a su alrededor, también dentro de él. Sensaciones, ¿sentimientos? Un impulso, ¿ganas? Cosquilleos, nervios, un ligero temblor. La respiración agitada. Hinata acercándose a él, inclinando el cuerpo para mirarlo a través de la cortina que había vuelto a crear su pelo. Ahora, todo lo que veía era el rostro de Shoyo muy cerca, y aquella marea de cosas sufriendo un cortocircuito. Todo se había detenido, también su corazón. Shoyo le había robado miradas, el aire en suspiros, su risa, y ahora también latidos. Kenma pensó: ¿no sería más fácil entregárselo todo? Fue en ese momento cuando descubrió que podía hacerlo.
Que lo haría.
