Chapter Text
Raquel
Cómo una de esas veces en las que se dice que el cerebro envía una señal a tu cuerpo recordando que sigues vivo, en ese lapso de tiempo en el que no estás suficientemente lúcido, me sobresalto debido a un leve espasmo de mi pierna izquierda. Eso y ese estupido sueño recurrente —o más bien un recuerdo—, ha hecho que me sea imposible retomar el sueño, sobre todo sabiendo que a juzgar por la luz que se filtra por la rendija de las persianas, debe faltar poco para que suene el despertador. Suelto un suspiro, en el preciso instante que esa frase atraviesa mi mente, más dormida que despierta.
¿Cómo es posible que diez años después, él siga colándose en mis sueños?
No hace falta responderme esa pregunta. La vida se encarga de ello, cuando como un vendaval la puerta se abre y sin cuidado alguno, noto como el colchón se hunde a mi lado y el motivo por él que no puedo olvidarlo por más que lo desee, me hace sonreír bajo la colcha, en el momento en que sus pequeños brazos rodean mi cintura y se pega a mi.
¿Cuánto duraría aquello? ¿Cuánto tiempo más se colaría como casi cada mañana en mi habitación y se tumbaría a mi lado? Poco. Ni siquiera recuerdo la última vez que desinteresadamente Paula me había dado un abrazo. Y las puertas de su preadolescencia están cada vez más abiertas. Estoy aterrada, porque aunque ya he pasado por ello, soy consciente que no va a ser lo mismo. Va a ser peor. Después de Paula tengo una ligera idea a lo que me enfrento, pero ahora será el doble de complicado con dos adolescentes en casa. Juntos. Aunque mis dos hijos se adoran, creo que también disfrutan discutiendo. O tal vez, simplemente disfrutan haciéndolo porque es una forma de sacarme de mis casillas. Cuando pienso en ello, no puedo evitar pensar en lo mucho que echo de menos a mi madre, en cuanta falta me hacen sus consejos. Sin embargo, no me permito caer en ese bucle de tristeza y nostalgia y me obligo a disfrutar de esos pequeños momentos únicos con mi hijo.
Al girarme, en completo silencio, observo como mi hijo recorre lentamente mi rostro con su dedo índice. Es algo que ha hecho desde que era un bebé y que hace que me derrita de amor. Mateo es un niño sensible, bastante especial, siempre callado y perdido en su mundo. Es la viva imagen de su padre. O al menos eso creo, por lo poco que compartí con él. Es el recuerdo físico de aquellos cinco días que cambiaron mi vida para siempre casi diez años atrás y que me han hecho imposible olvidarlo. Algo que podría haberme hundido en la oscuridad y simplemente ha sido la luz de mis días. Es por eso mismo que le temo más al cambio que se nos acerca a pasos agigantados. Ojalá poder detener el tiempo. Siempre hemos estado unidos, los tres, pero sobre todo, Mateo y yo. Tal vez por todas las adversidades que hemos pasado siendo sólo un niño o quizás por la ausencia de un referente masculino en su vida, él siempre ha sido más apegado a mi que su hermana. Eso y que a Paula le costó perdonarme todo el divorcio con su padre… Hasta que la cruda realidad le explotó en la cara.
La falta de un padre, me hizo ejercer de ambos. Nunca hemos hablado de ello, nunca me ha preguntado por él, ni me ha reprochado nada, pero eso no impide que en ocasiones, sea yo quien me martirice por ello.
Aún con el reflejo del sueño en su mirada, empieza un camino con sus dedos por mis pómulos, sigue acariciándome las cejas y termina en mi nariz. Mateo me mira con esos ojos marrones, rasgados y cautivadores. Con esa intensidad que sólo he visto en otra persona. En su padre. Mis labios se curvan cuando sus manos se posan en mis mejillas y acercándose a mí, me llena la cara de besos. Al separarse, paso una mano por su pelo, bastante largo y desordenado; castaño, similar al mio pero sin llegar a esas mechas más claras que resaltan mi melena.
—Creo que va haciendo falta un corte de pelo… ¿No?
—No —me contesta seriamente a la vez que sacude su cabeza y hace que varios mechones ondulados se muevan por ello— Me gusta así.
—Vale, vale —sonrió y dejo un beso en su mejilla— ¿Paula ya se ha despertado?
Mateo hace una mueca, reclamando la tontería que acabo de decir. Evidentemente, Paula sigue durmiendo. Porque ella siempre es la última en despertarse, después de que le grite varias veces. Es parte de nuestra rutina. A mi sólo me gustaría que por un día, la respuesta fuera positiva e incluso que mi hija ya hubiera preparado el desayuno. En mis mejores sueños. Suelto un pequeño gruñidito estirando todos mis músculos, deseando quedarme toda la mañana en la cama, sabiendo que eso no va a ser posible…
—¿Y si no vamos al cole y nos quedamos aquí?
—Mamá… —Mateo se queja.
Sabía perfectamente que no iba a colar. Que yo no faltaría al trabajo ni él al colegio porque si algo es mi hijo, es, por lo visto, el responsable de la familia. A diferencia de mi o de Paula, que seguramente si le llego a decir de saltarse las clases, ya estaría haciendo planes sobre cómo invertir el tiempo libre.
La genética me parece cuanto poco curiosa. Soy consciente que no conozco a Sergio realmente, que nuestra historia duró tan poco que hasta en ciertos momentos todavía en mi subconsciente le llamo Salva —en ciertos momentos incluso El Profesor— pero tengo claro, que mi hijo ha sacado de él la curiosidad, las ganas de aprender y de leer. No es que yo no adore la lectura o no haya sacado buenas notas, no por nada me saqué un doble grado de psicología y criminología, pero esa necesidad de saberlo todo, esos gestos de sabiondillo, sin duda son una herencia paterna. Y los hoyuelos que se le forman al sonreír o las pecas que salpican su nariz, respingona, calcada a la de él.
Si no fuera porque aún puedo recordar los nueve meses de embarazo, con sus consecuentes náuseas, calambres, antojos y dolores de parto, o de que Mateo comparte el mismo color de pelo que el mio a su edad, mis orejas y mis labios, hasta yo misma habría pensado que él niño era un clon suyo, que Sergio había conseguido retar a la ciencia y se había reproducido por sí solo.
—Bueno, vale…
Nos destapo a los dos y él se encoge a la vez que yo reparo en el pijama de Superman que le está empezando a quedar pequeño. Supongo que esa es otra de las cosas que va a heredar de su padre, la altura. En cuanto me descuide, estaré mirando hacia arriba a la hora de hablar con él.
—Vamos, Mati —tiro de su mano para sacarlo de mi cama—. A despertar a Paulita —digo, buscando la bata que anoche dejé sobre el sillón, poniendomela y suspirando hondo. Se viene el apocalipsis.
—Cómo te escuche que la has llamado así… Se va a enfadar.
Yo me encojo de hombros. Para mi siempre será Paulita, mi niña. Y él, Mati, mi pequeño ratoncito.
Los dos salimos de mi habitación dispuestos a empezar un nuevo día. Paso delante de la habitación de Paula y la llamo varias veces hasta que me responde con un seco ‘ya voy’ casi gruñendo. Me muerdo la lengua y las ganas de contestarle y sigo mi camino hacia las escaleras después de cruzarme en el pasillo a Mateo, que sale de su habitación en dirección al baño y cierra la puerta, justo en el momento exacto en el que su hermana, bostezando sonoramente, sale de su habitación completamente despeinada. Puedo escuchar los gritos y los golpes en la puerta mientras bajo las escaleras.
—Mamá, voy a usar tu baño —escucho como grita Paula, como cada mañana.
—No tardes —le contesto del mismo modo y por suerte, igual que en la misma casa que vivía durante el atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, tampoco tenemos vecinos lo suficientemente cerca como para que nos escuchen.
Años atrás, en mitad de la investigación sobre la implicación que tuve en el atraco más grande de la historia de España, y cuando por si no tenía poco con eso y el expediente que me habían abierto, me enteré que estaba embarazada del criminal más buscado del momento —el que yo misma había ayudado de alguna forma a escapar—; decidí que necesitaba un cambio. Empezar de cero. Sergio había sido el encargado de abrime los ojos con su truco de ilusionismo, con su magia. Fue la chispa que encendió la llama. Y, sin mirar atrás, dejé el cuerpo nacional de policía, busqué un nuevo rumbo laboral como psicóloga en una pequeña consulta y junto con Paula y mi madre, me mudé a otro barrio, a un lugar dónde no me conocieran.
Como si cambiar de casa y no dormir en la cama en la que concebimos un bebé, resultado de cinco días de locos y un condón caducado, hiciera que por arte de magia olvidara todo aquello, que no recordara aquella historia de amor, como mínimo inacabada.
Pero de algún modo, me ayudó a seguir. El no tener un centenar de miradas sobre mi cada mañana. Me ayudó a no estancarme, a atreverme a dar el paso y no quedarme en un sitio como mi trabajo, en el que evidentemente ya no me querían. Después de seis meses de baja, no volver fue la mejor decisión que pude tomar. Aunque a Ángel le pareció todo lo contrario. Cuando se enteró de la existencia de Mateo, y alguna que otra discusión al respecto, nuestra amistad terminó por romperse… Y eso al final, es otra cosa de la que no me arrepiento.
Ningún hombre iba a tomar nunca más una decisión por mi.
Excepto cuando ese hombre es mi hijo de nueve años y se trata de elegir los cereales para el desayuno.
Perdida en esos pensamientos, me muevo automáticamente por la cocina, sacando la taza ‘a la mejor madre del mundo’ que Paula y Mati me regalaron el último día de la madre y enciendo la cafetera después de dejarla allí para buscar una de las monodosis de café que hay en una caja en la despensa. Una vez la pongo y dejo que el color oscuro se vierta en la taza, saco la taza de ellos dos y a la vez enchufo la tostadora.
El silencio de la cocina, se ve interrumpido por el ruido de mis hijos entrando a esta, discutiendo como siempre. Los dos vestidos con el uniforme del mismo colegio al que van, sólo que Mateo va impoluto, peinado y ya con sus gafas puestas y Paula lleva el pelo recogido en una coleta con algunos mechones sueltos —entre ellos los que se tiñó de color rosa—, la falda algo más corta y un calcetín más bajo que otro. Por no hablar del aro que decora su nariz y al que no pude oponerme cuando yo todavía llevo mi piercing, eso sí, más discreto.
—Dile a tu hijo que deje de tocar mis cosas.
Ya empezamos.
—Yo no he tocado tus cosas Paula, tú las dejas por el medio.
Cada mañana la misma discusión. La intrusión del baño por parte de su hermano pequeño cuando le tocaba a ella. Como consecuencia a eso se metía en el de mi propia habitación, lo que acababa por provocar un desajuste en el horario, una serie de catastróficas desdichas en la que Paula siempre era protagonista. Paula ocupaba mi baño más de lo estipulado, yo tardaba en subir a arreglarme después de prepararles el desayuno y ella era la última en terminarlo ante la insistencia de su hermano pequeño. Y de nuevo, volvían las discusiones por la lentitud de la adolescente o porque Paula le había quitado una sudadera a Mateo y se la había manchado de maquillaje, motivo precisamente por el que estaban discutiendo en ese momento.
La catástrofe del maquillaje. Si no es eso, es cualquier tontería por la que van a estar gritandose por encima de la radio —otro motivo más por el que discutir: la elección de música en el coche— hasta llegar a la puerta del colegio, tarde para no variar. Y a la salida, más de lo mismo, que si dejarles en extraescolares, que si recogeme a mi primero, que luego tengo que ir a comprar material escolar, que si unos deberes son más importantes que otros y por supuesto, llegar a casa con el tiempo justo y los portazos de sus habitaciones, es algo inevitable.
—Además, me has roto mi pintalabios favorito, me lo vas a pagar enano…
—No me llames enano, soy casi tan alto como tú…
Meterme en medio solo va a servir para caldear más el ambiente y no hacerlo… Dejar que se maten… ¿Qué clase de madre sería?
Pero es que estoy tan cansada. Nadie dijo que iba a ser fácil, pero tampoco esta tortura, sola, con una hija a unos días de cumplir los diecisiete y otro de nueve años que estan cada día como el ratón y el gato, pero eso si que nadie se atreviera a meterse con el otro en su presencia, por que entonces, se defendían a muerte. Lo único en lo que puedo pensar ahora mismo, es en el deseo latente que crece en mi interior: el de unas vacaciones sola… O tal vez con Alicia, la única amiga que si he conservado —o más bien retomado la amistad— después de dejar todo atrás. Unas vacaciones en una playa paradisiaca y con un cocktail en la mano, sólo necesito un descanso.
Sin embargo, la tostada que vuela delante de mi cara, me hace saber que les he dejado ir demasiado lejos.
—Bueno, ya está bien —alzo la voz tanto, que les hago callar de golpe— A por vuestras mochilas y al cole, que me tenéis harta.
Los “mamá” en tono de queja no tardan en llegar, pero les ignoro deliberadamente y señalo con un dedo la puerta de la cocina para que salgan por ella.
—No te olvides de revisar que llevas el ventolin —le recuerdo a Mateo y el asiente, cansado de escucharme repetirlo.
Pero no puedo permitir que se repita el susto de hace unas semanas, cuando tuvo uno de sus últimos ataques de asma más fuerte en clase y no tenía su medicación a mano porque lo había olvidado en casa y acabamos una vez más en el hospital. Desde entonces, no paro de recordarselo y de dejar varios en diferentes sitios de la casa.
Diez minutos después, las discusiones siguen dentro del coche mientras yo intento no alterarme por el tráfico y trato de entablar una conversación y amansar a las fieras, preguntando a cada uno por el colegio y por su vida en general. Desde el asiento de atrás, Mateo me explica con un tono de voz emocionado de qué trata su proyecto de ciencias, las notas que ha sacado en lengua y la anécdota de su amigo Manu y como les hizo reír a todos. Miro de reojo al asiento del copiloto a mi lado… Y Paula simplemente se ha puesto los auriculares y mira la pantalla de su móvil, ignorandonos a ambos. Hace tiempo que me cuesta saber que pasa en su vida, si todavía le gusta la misma música, si tiene algún novio o tal vez novia que yo no sepa y que ella no quiere presentarme… Pero estamos en esa etapa por la que todos hemos pasado con nuestros propios padres. Simplemente, yo no recuerdo comportarme como ella, no recuerdo desde el punto de vista de hija y no de madre que fuera tan difícil. Y lo peor está por llegar.
(...)
Por fin ha acabado el día más largo que he tenido en semanas. Por fin un poco de tranquilidad, aunque sigo trabajando acomodada en mi cama. Después de dejar a los niños en el colegio e ir a la consulta a toda prisa para poder atender a varios pacientes, he recibido un whatsapp de Alicia, recordandome lo que había olvidado por completo: que esa tarde habíamos quedado después de mi reunión del club de lectura al que de vez en cuando acudía y al que no había convencido a ella de hacerlo. Nunca pierde la oportunidad de repetirme que para cuando sea un ‘tuppersex’ cuente con ella sin dudarlo. Todo esto me lo dice recordándome de paso que necesito un poco más de marcha, salir más y por supuesto conocer hombres. O mujeres. O lo que sea. Pero segun ella, mi vida no podía consistir sólo en trabajo e hijos — Hijes como me recordaría Paula—. Si ella supiera...
De todos modos, ella lo tiene más fácil. Alicia, sin ninguna preocupación en su vida más allá de su gato desde que años atrás, poco antes de reencontrarnos, se quedó viuda. Supongo que su forma de superar el dolor que le provocó la muerte de Germán, es eso: Salir, conocer gente nueva y centrarse en su trabajo de inspectora resolviendo atracos como los que en su día hacía yo.
Por suerte, mientras yo he logrado pasar un buen rato con mi amiga, a Paula no le ha importado —o al menos no mucho— recoger a su hermano de Taekwondo y coger el bus con él hasta casa. Pero tengo claro que de alguna forma u otra, se lo va a cobrar. Evidentemente no me iba a hacer el favor de encargarse de su hermano, sin nada a cambio, sólo para poder tomarme un café tranquilamente.
Y aquí está, su petición a cambio: Salir a las nueve de la noche un martes.
Yo intento no caer en ese tira y afloja, intento mantener la calma a la vez que le doy una respuesta negativa. No va a salir a las nueve de la noche un día laboral sólo porque su amiga Valeria lo hace. Tampoco voy a decir la frase que mi madre, que en paz descanse, siempre me repetía: “Y si tu amiga se tira por un barranco, tú también”. Pero le digo algo parecido sobre las diferencias educacionales de unos padres y otros y sobre las reglas que ella ya sabe que existen en mi casa. Nada de salir hasta tarde cuando al día siguiente hay colegio, cuando los exámenes están a la vuelta de la esquina.
—Joder, mamá… ¿En serio?
Decido no decirle nada sobre ese ‘joder’ porque yo soy la primera que debería dar ejemplo y no gritar ciertas barbaridades cuando voy conduciendo con ellos. Paula se sienta a los pies de la cama, para intentar convencerme. Conozco demasiado bien sus tácticas… Sin embargo, yo sigo pasando notas, sin mirarla. No pienso caer. Pero unos segundos de silencio después sigo sintiendo su penetrante mirada sobre mi y acabo alzando la vista, dejando el cuaderno y la pluma a un lado.
—¿Qué?
—¿De verdad no puedo salir un rato? Todos van a salir…
—¿Todos? ¿Quiénes son todos? Porque hasta donde yo sé, los padres de Natalia y de Nerea no son muy permisivos con eso de salir entre semana…
—Bueno, es que con ellas… Ya no nos hablamos.
Yo enarco una ceja. Hasta donde llegaba mi conocimiento, esas dos chicas eran las mejores amigas de mi hija desde que nos mudamos a esa zona de Madrid y la cambié de colegio… ¿Y ahora ya no salía con ellas? No entiendo nada.
—¿Qué ha pasado?
—Eso no tiene nada que ver ahora… —Paula se acerca más a mi y pasa su mano sobre mi rodilla, intentando ganar terreno a base de unas caricias que sabe que no extraño— Venga… Por favor, que yo he recogido a Mateo y he tenido que aguantar una charla sobre la fotosíntesis.
No puedo evitar curvar los labios en una sonrisa. Cuando quiere, Mateo puede ser demasiado intenso con los temas que le gustan. Se entusiasma con facilidad con temas que a Paula no le interesan y que a mí me cuestan, si bien no entender —al menos no siempre— pillarles el gustillo.
—Es tu hermano pequeño…
—Yo no lo pedí —me dice escueta, cruzándose de brazos— Siempre igual… Es tú hijo no el mío.
Ruedo los ojos, cansada de sus reproches. No puedo creer que sea tan egoísta.
—Paula, sólo te lo he pedido hoy.
—Si, y hace dos semanas también.
—¿No puedes hacerme ese favor? ¿Tanto te cuesta? Por no decir lo que te cuesta recoger tu habitación, o el lavaplatos…
—Y yo te he pedido este favor, sólo quiero salir con Edgar, además aún no hemos hablado de mi fiesta de cumpleaños y…
—¿Quién es Edgar?
Paula enrojece, siendo consciente que se le acaba de escapar el nombre de alguien que no quiere que sepa de su existencia.
—Un amigo.
—Un amigo que no conozco.
—Bueno, no tienes porque conocer a todos mis amigos… Yo no conozco a los tuyos… Con los que… —Se calla en el momento que mi ceja vuelve a curvarse, esperando saber por donde va a seguir.
—Si, mejor, no sigas por ahí —bufo molesta, cargandome de paciencia— He dicho que no sales y no sales, además vamos a cenar en seguida, si queréis pedimos pizza.
Paula se levanta molesta de la cama, al no conseguir lo que quería.
—Que generosa —gruñe.
—Si, muchísimo —le contesto, porque yo tampoco sé callarme a tiempo y ese es uno de los principales problemas en nuestra relación— Paula —la llamo antes de que salga de mi habitación. Ella se detiene— ¿Has empezado el trabajo de literatura?
—¿Y cómo lo voy a hacer, si no sé qué libro usar? —Se excusa.
Aunque yo sé perfectamente que tiene ganas de esmerarse en ese trabajo sobre la literatura y el feminismo, últimamente la noto demasiado pasota con los estudios y eso me enerva.
—Paula —me inclino, mirándola con evidencia— Te dije que en la segunda balda de la estantería del despacho hay varios libros que te pueden servir…
Yo vuelvo a bufar al verla parada y muevo la mano, mandandola a buscar un libro a pesar de sus quejas sobre lo tarde que es. Le insisto, cuanto antes escoja el libro, antes podrá empezar y acabarlo a tiempo. No quiero tener que volver a escuchar a sus profesores sobre lo mucho que Paula puede hacer y lo despistada que está últimamente. Está en segundo de bachillerato y ni siquiera ha decidido que carrera universitaria elegir, debería ser más responsable.
En silencio y después de comprobar la hora, vuelvo a retomar mis notas, deseando terminar. A lo lejos puedo escuchar el ruido de Paula, en el despacho donde a veces suelo llevarme el trabajo a casa y mientras tanto Paula como Mateo hacen deberes allí, conmigo.
Cinco minutos después, con paso firme, vuelve a mi habitación, parándose bajo el umbral de la puerta con el libro de ‘La mujer habitada’ de Gioconda Belli en una mano y unas postales, unos recortes de periodico y una pequeña foto polaroid medio rota, que hacía exactamente diez años que no veía y que casi no recordaba en la otra.
—¿Qué es esto?
—¿De dónde lo has sacado? —arrugo el ceño.
—Estaban dentro del libro —Paula se acerca y lo deja todo sobre la cama, excepto las cuatro postales, que mira una a una— Supongo que sabes que hay unas coordenadas ¿No?
—¿Qué? —Mi voz suena más ahogada de lo que pretendo, presa de la confusión al escuchar lo que mi hija acaba de decir, casi con indiferencia.
