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Efecto Boomerang: Epílogo

Summary:

Cómo el titulo bien dice, este es el epílogo de Efecto Boomerang.

Notes:

Hola!

Finalmente he decidido subir el epílogo aparte de la historia principal porque me estaba quedando realmente largo.

Os comparto esta primera parte ya…

Espero que os guste 💕

Chapter 1: Raquel

Chapter Text

Raquel

 

No había aterrizado en Madrid que ya lo echaba de menos. Podría ser perfectamente el típico cliché, pero después de unos cuantos días en España, no lo es. La realidad no es otra que lo extraño con todas mis fuerzas. 

Extraño a Sergio y a todo lo que él representa. 

Extraño el calor de Filipinas en comparación con el frío de diciembre en la capital española.  Y la forma en la que aquella isla me hacía sentir libre, quizás no sólo por sentirme despreocupada a miles de kilómetros de lo que hasta ahora había considerado mi hogar. También añoro sus besos. Sus caricias. La forma en la que me miraba y me hacía sentir amada y respetada como nunca antes. La manera en la que en mitad de la noche, me buscaba a tientas para apretarme contra su cuerpo, queriendo cerciorarse de que soy real. Y sus gemidos en mi oído al hacer el amor. La sonrisa que me dedicaba gran parte del día. Su risa. Y hasta sus chistes malos. El olor de su aftershave. El sexo por las mañanas. Uff. 

A él. A él. A él.

Ahora me cuesta dormir sin sus brazos arropándome. Maldigo el momento en que me acostumbré a dormir con él abrazado a mi, pues ahora el frío de la cama vacía y la soledad es lo único que me acompaña cada noche. Bueno, excepto cuando Mateo se cuela en mi habitación durante la madrugada y termina durmiendo conmigo. 

No tengo fuerzas para decirle que no lo haga, es algo que en ocasiones ha hecho a lo largo de su vida, aunque ahora sea totalmente distinto. Él también echa de menos a su padre. Y a mi me cuesta no pensar en Sergio, viéndole en cada gesto de nuestro hijo. Me cuesta no recordar todos esos momentos vividos a su lado. Incluso en detalles de lo más absurdo, como cuando la primera noche al regresar, Mateo se quedó dormido en el sofá, culpa del jet lag y yo no tenía fuerzas para cargar con él hasta su habitación a diferencia de la facilidad que tenía Sergio para hacerlo.

Se me está haciendo un mundo no comparar. Creer que a su lado todo es mejor. No pensar en ellos juntos. En la manera en que se reían a carcajadas mientras jugaban en la playa o en como se concentraban con el origami. En la familia que éramos allí. Ahora todo eso, la complicidad y el cariño que se tienen simplemente queda excluido a verse a través de una pantalla. Y eso duele. Me hace sentir tan culpable como si hubiera tomado la decisión de olvidarnos de la vida que teníamos en Madrid y quedarnos. Probablemente me hubiera sentido egoísta, pero al menos, dormiría abrazada a él y mi hijo tendría a su padre a su lado.

Sabía que mi vida iba a cambiar una vez me reencontrara con él tal y como lo hizo cuando lo conocí diez años atrás, pero ahora no me cabe duda. 

Y aunque intento centrarme en todo el trabajo acumulado, igual que los niños intentan adaptarse con la vuelta al cole, cada vez me es más complicado. Sobre todo, mantenerme firme en la decisión de no querer hablar con él, pues de hacerlo, probablemente me derrumbe y quiera mandarlo todo a la mierda. Sé que él también está sufriendo, pero no sé hacerlo de otra forma. Mantenerme al margen de las charlas de Sergio con Mateo es la opción más difícil, pero la mejor para poder cuidarme a mí misma, para protegerme. 

Sin embargo, otra de las muchas cosas que extraño es su voz. 

Hoy es un martes cualquiera de diciembre. No tiene nada especial. Son más de las siete de la tarde cuando giro la llave, entro en casa y por fin, me quito los tacones. Eso es lo primero que hago, incluso antes de deshacerme del abrigo y la bufanda que junto a mi maletín dejo sobre la mesa del salón tras encender la luz. El resto de mi casa está en absoluta oscuridad y silencio, excepto por las risas que me llegan desde arriba, desde la habitación de Mateo. Puedo asegurar con precisión a qué se deben, pues desde que volvimos de nuestras «largas vacaciones por el mundo»   algo que repetimos constantemente cuando alguien nos pregunta dónde hemos estado todo este tiempo, prácticamente se ha repetido día a día el mismo proceso, variando el horario. Miro el reloj de mi muñeca a medida que subo —o más bien me arrastro— por las escaleras y calculo mentalmente que en Palawan ahora mismo deben ser casi las dos de la madrugada y eso me hace fruncir el ceño. 

Al llegar al piso superior, me fijo en la puerta entreabierta de la habitación de mi hijo, y sin poder evitarlo, me paro discretamente a un lado del pasillo, escuchando:


Estar aquí es un rollo.

 

Pero si sólo llevas una semana. Además, te has reencontrado con tus amigos.

 

Dos semanas, papi.

Escucho como Mati le corrige y una sonrisa asoma en mis labios mientras sacudo la cabeza, negando. Mi hijo sigue hablando:

 

Ver a Manu ha sido diver pero ya está.

 

Mateo.

 

El tono de Sergio va cargado de una advertencia suficiente para que nuestro hijo responda quejándose.

 

Queee. Jope me fastidia no poder hablarle de ti.

 

A través de la puerta, soy consciente de que el suspiro que suelta su padre expresa lo mucho que le gustaría que las cosas fueran diferentes. A mi también.

 

Lo siento, cariño.

 

La voz de Sergio suena tan triste que se forma un nudo en mi garganta y una losa oprime mi pecho. Dejo caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. Seguidamente, alzo mi vista al techo controlando las ganas de llorar. 

 

Jo es que… Él siempre está chuleando de todo lo que hace con su padre y a mi me  encantaría que te conociera. ¿De verdad no podríamos hacer algo?

 

Me temo que no.

 

¿Y por llamada?

 

Es peligroso, Mateo. Mejor deja todo como está.

 

En ese momento, la voz de Paula —que por lo visto también está hablando con Sergio— les interrumpe, haciéndome parpadear sorprendida. No esperaba que ella también estuviera, aunque tengo entendido que ella misma tiene sus propias llamadas con Sergio para pedirle ayuda con algunos temas de estudio.

 

Valeee. No diré nada a nadie. ¿Pero cuándo nos volveremos a ver, entonces?

 

Eso es algo que también me pregunta a mi cada dia. El silencio tras esa pregunta se instala en la habitación. A Sergio le pasa como a mi, no sabe qué  responder. Al menos en eso estamos en la misma página. No queremos mentirle ofreciéndole una fecha cuando no tenemos ni idea de cuándo podrá ser. Porque al final, la vida nos arrolla y por más que ambos hayamos vivido un sueño estas semanas juntos en el paraíso, los dos somos otras personas, con otras vidas y no sólo depende de nosotros. También tengo que poner en venta mi casa y mi coche, pedir una excedencia, buscar un colegio para Mati y que Paula decida qué hacer con su futuro universitario, por no hablar de todas las gestiones que tengo pendientes.

 

Aún queda un poquito enano.

 

Adoro como Paula se está armando de paciencia con su hermano pequeño. Me ha sorprendido gratamente pues durante toda su vida su relación siempre ha sido un tira y afloja por ambas partes pero ahora, mi hija comprende que la situación no es fácil para ninguno, pero sobre todo para Mati. Sin escuchar como sigue la conversación, sigo el rumbo hacia mi habitación para cambiarme de ropa —una totalmente opuesta a la que estaba utilizando en Filipinas— y ponerme algo más cómodo antes de avisarles que toca despedirse. Ninguno de estos días he sido capaz de unirme a la conversación, simplemente les aviso que voy a preparar la cena desde el pasillo en dirección a las escaleras, evitando a toda costa que Mateo me pida que lo haga. 

Intentando no pensar en que tampoco es justo para ninguno de los dos —pero sobretodo para él— haber tomado la decisión por mi propia cuenta de no responder algún que otro mensaje que me ha enviado o no intervenir en las videollamadas que tiene con nuestro hijo, me empiezo a desnudar. Como un ritual que sigo de forma automática me deshago de la falda de tubo negra y la camisa blanca tirandola al cesto de la ropa sucia y me quedo en ropa interior frente al espejo.

La imagen que el reflejo me devuelve me parece la de una mujer completamente diferente a la de dos semanas atrás. Nada tiene que ver con lo físico. No es por el anillo oscuro que forman unas ojeras bajo mis ojos hinchados. O mi pelo más corto y claro —decidí pasar por la peluquería unos días después de llegar para sanearlo— resaltando el bronceado que aún conservo. Ni por la pulsera que decora mi muñeca, que no me he quitado en ningún momento y que justamente en este momento acaricio distraída. Es mi propio yo. Es como me siento. Es la distancia que nos separa. 

Mi mente quiere seguir allí, en aquel paraíso junto a él, despertando sin prisas, desayunando con el sonido de los pájaros al amanecer mientras mi cuerpo está aquí, de nuevo tenso por el día a día, repleto de preocupaciones y de trabajo. Agotada. Apartando la mirada, me doy la vuelta soltando un suspiro y obviamente descalza —los tacones siguen en la entrada de casa— me pierdo en mi propio baño para desmaquillarme. Una vez completado el ritual, aplicándome unas cremas hidratantes, me recojo el pelo en un moño flojo. 

Bostezando, recorro la distancia que separa mi cuarto de baño de mi cama y antes de ponerme el pijama, me paro en la cómoda para coger un nuevo parche de nicotina que guardo en uno de los cajones y me lo coloco en el bíceps. Una vez vestida, salgo de la habitación y regreso al pasillo. Al pasar por delante de la habitación de Paula escucho música por lo que entiendo que ha dejado a su hermano solo hablando con su padre. No tardo en detenerme de nuevo frente a la puerta de Mateo para poder escuchar.


¿Y cómo está mamá?

 

He llegado en el momento exacto en el que Sergio se ha atrevido a preguntar directamente por mi. Contengo el aire en mis pulmones, acongojada y culpable, pero esperando la respuesta de mi hijo.

 

Está rara… 

 

Frunzo el ceño ante ese inesperado comentario.

 

¿Rara?

 

La voz de Sergio suena extrañada al otro lado de la pantalla y nuestro hijo no duda en darle más detalles, como no.

 

Si. Está bien pero a veces está triste, aunque diga que sólo está cansada porque está muy ocupada con el trabajo pendiente. Paula dice que tenemos que entenderla pero yo no sé si creerla… 

 

Me siento fatal, ahora ya no sólo estoy sufriendo yo si no que estoy preocupando a mis hijos. Suspiro pellizcando el puente de mi nariz.

 

Habla con ella. Porfa.

 

Mateo, no es tan fácil, ya sabes que la diferencia horaria y…

 

Pero nuestro hijo no deja seguir a su padre y le interrumpe. 

 

Ah, además en casa siempre está con tu camiseta, papi. 

 

Me cag… Puñetero niño. Yo no tardo en reaccionar al escuchar como me expone totalmente con ese inocente comentario sobre la camiseta de su padre y me separo de la puerta llamando a Mateo para avisarle que vaya terminando para poder cenar.

 

Me tengo que ir. 

 

Escucho que le dice tras contestarme a mi un «Ya voooy» gritado.

 

Bajo la mirada y respiro hondo, observando la camiseta que efectivamente en su día robé a Sergio y que uso para dormir. Una básica de color blanco que mi mente me engaña creyendo que aún huele a él. Sin embargo, la última frase de Sergio antes de despedirse, me deja tocada y hundida. «Pórtate bien hijo. Ayuda a mamá y mimala mucho».  

 

Sin reproches. Con todo el amor del mundo. 

 

(...)

 

Durante la cena, lo único que se podía escuchar en la cocina a las nueve de la noche era el ruido de los cubiertos al chocar contra el plato mientras cenábamos. Bueno, los de mis hijos. Yo estaba demasiado perdida en mis pensamientos, haciendo algo que detesto que hagan: jugar con el tenedor dándole vueltas a un trozo de brócoli. 

A lo largo de toda mi vida y por una costumbre que adquirí gracias a mi madre, siempre que no hemos tenido invitados, hemos desayunado, comido y cenado allí, en la cocina. Era una forma de compartir y hablar sin prestarle atención a la televisión. Y sobre todo a esa hora, siempre lo acompañamos con una charla para saber cómo nos ha ido el día. Sin embargo, hoy los que hablaban eran ellos y yo únicamente trataba de ignorar sus comentarios respecto a la conversación que habían tenido con Sergio. Hasta que Paula ha explotado durante el postre, recriminando mi actitud y llamándome algo así cómo cobarde, para posteriormente marcharse a su habitación sin ni siquiera darme la oportunidad de escucharme. Tampoco tengo fuerzas ni ganas para empezar una discusión, sobre todo por el incipiente dolor de cabeza que tengo. Prefiero que se vaya a su habitación y que hablemos mañana con más calma. 

Un rato después, pasada la hora fijada en la que mi hijo ya tendría que estar durmiendo, Mateo ha seguido su camino pidiéndome permiso para poder terminar de leer un cómic antes de dormir dejándome a mi sola en la cocina, preparándome un té.

No tardo en subir a mi habitación con el único objetivo de meterme en la cama, tomarme el té y tal vez escoger algún libro de los que descansan en mi mesita hasta quedarme dormida. Pero antes de hacerlo, hago una parada en la habitación de mi hijo para comprobar que efectivamente ya duerme. Se ha quedado frito con el cómic entre sus manos, el peluche del cocodrilo —que Sergio le compró en la granja de Palawan—  a su lado y la luz encendida. Sonrío enternecida desde la puerta y antes de acercarme a él dejo mi taza en su escritorio, al lado de la entrada. Me inclino para arroparlo y besar su frente tras quitarle las gafas para dejarlas en la mesita, pero cuando lo hago, el corazón me da un vuelco al observar el reloj de Sergio —el de su padre, el que nunca se quitaba— allí mismo. Tengo que morder el labio para no soltar un pequeño gemido lastimero. 

Mi pulsera no fue el único regalo que Sergio hizo para que le mantuvieramos presente. 

Ese gesto, no obstante, me produce un calorcito en el pecho. Yo no sabía nada de esto. Tal vez se lo entregó a solas o se lo metió en la maleta igual que hizo conmigo, dejando dentro una pequeña nota y una pulsera de plata con unos pequeños abalorios que había llamado mi atención en un mercadillo al que fuimos juntos y que él se encargó de comprar a escondidas.

Sin darle más vueltas me alejo yendo hacia la puerta, recojo mi taza, echo un último vistazo y cierro con cuidado saliendo de su habitación. Para cuando llego a la mía y me siento en el borde de la cama sé que la única manera de no machacarme a pensar en  todas mis preocupaciones, es centrarme en el papeleo que tengo pendiente y que previamente he subido a la habitación al recoger de paso los tacones que había dejado tirados en la entrada, después de colgar el abrigo y la bufanda en el perchero. 

Pero no debería. El montón de informes que mis compañeros me han pasado se amontonan encima del sillón en el que normalmente dejo la ropa limpia antes de guardarla o incluso donde dejo colgado en el respaldo alguna prenda que no está lo suficientemente sucia para repetir. Esa carpeta debería quedarse ahí. Tendría que desconectar del trabajo por que tal y como me ha dicho mi propia terapeuta —a la que he visitado un par de veces desde que he vuelto—: ahogar los pensamientos recurrentes sobre mi relación con el padre de mi hijo exclusivamente con trabajo no es la forma más sana de sobrellevarlo . Y lo sé. Claro que lo sé. Pero es la forma más fácil y rápida de hacerlo. Mantener mi mente ocupada y agotarme hasta conseguir dormir a altas horas de la madrugada, pero eso sí, sin tener que llegar a recurrir a pastillas para dormir como ya me ha pasado anteriormente. No quiero volver a entrar en la rueda del insomnio.

Aún así, no hago caso y tras coger todos los informes pendientes de las últimas sesiones con mis pacientes y un bolígrafo, me acomodo en la cama. Cinco minutos después, mi vista cansada me obliga a inclinarme sobre mis rodillas para poder buscar —entre miles de cosas que guardo en el primer cajón de la mesita—, las gafas que me ayudan a no tener que fijar tanto la vista. Dejo los papeles a un lado y sonrío inevitablemente al recordar porque dos días después de volver a Madrid pasé por una óptica. Sergio. 

«Deberías ir al oculista en lugar de robarme mis gafas… —se queja— Si es que es imposible que veas algo con ellas además.»

No puedo controlar como mi sonrisa se ensancha ante el recuerdo de ese momento, en la cama, robándole sus gafas para poder leer la redacción final de los deberes de Mateo. Los papeles quedan olvidados desparramados encima de la colcha y mi mirada se desvía hasta mi móvil, concretamente al fondo de pantalla cuando toco ésta para comprobar la hora: Una foto de mis hijos en la playa, felices, sonriendo.

Me encantaría poder poner una de los cuatro sin miedo a que alguien la vea. Tener una foto de Sergio y mía en el perfil de WhatsApp —quizás dándonos un beso o simplemente sonriendo a la cámara— en lugar de una del amanecer. No tener todas las fotos y videos de nuestro viaje a Palawan en las que sale Sergio en la carpeta de ocultos por miedo a ser pillados y comprometer la libertad de él y de paso la de su banda.  Suspiro hondo mientras una lágrima mezcla de la frustración y el cansancio se desliza por mi mejilla y pulso el botón del lateral para que de nuevo la pantalla se oscurezca hasta apagarse. Alejo el móvil dejándolo en la mesita, al lado de una fotografía enmarcada —que lleva ahí prácticamente toda la vida— de mi madre sosteniendo a Mati en su regazo y Paula a su lado sonriendo, en el primer cumpleaños de mi hijo. Me enternece mucho ver a Paula mellada, sonriendo. A Mati siendo un bollito y a mi madre contenta con sus nietos. La echo tanto de menos. La necesito tanto. Da igual cuanto tiempo haya pasado, no hay día que no la extrañe, que no la eche de menos o que no quisiera hablar con ella, contarle todas mis dudas y esperar su consejo.

Aprovecho el movimiento de estirar el brazo para alcanzar la taza y darle un sorbo al té en el momento exacto en que unos nudillos golpean al otro lado de la puerta. No hace falta que se abra para saber cual de los dos es: Paula. Mi hija empuja la puerta despacio y se apoya en esta mirándome unos segundos esperando que la invite. No es que le haga falta para pasar, pero de igual modo hasta que no le hago un gesto con los ojos señalando el hueco vacío de mi cama, no pasa cerrando la puerta detrás suyo.

—Sabía que ibas a estar trabajando aún… —murmura al tumbarse a mi lado y suelta un suspiro— Vengo a pedirte disculpas —me dice clara y directa.

Durante un segundo frunzo el ceño, pero pronto relajo mis facciones al ver la sinceridad en sus palabras. Otro paso más en su camino a lo que se está convirtiendo, una mujer. Una adulta. Paula todavía tiene diecisiete años y evidentemente se nota, aún ve las cosas diferentes a como las veo yo, aún explota de la forma en la que lo ha hecho un rato atrás en la cocina, pero en las últimas semanas ha habido un cambio notable en ella. De no ser así, no estaría ahora tumbada a mi lado. Conozco a mi hija, meses atrás se habría ido a dormir y al día siguiente ni me hablaría. 

—No quería irme a dormir sin hablar antes —flexiona sus piernas a la vez que se distrae recogiendo los papeles para no arrugarlos. Una vez ha amontonado todos, me los entrega y yo me levanto unos segundos para dejarlos de nuevo en el sillón. Se acabó el trabajo por hoy—. Mamá, aunque creo que no estás haciéndolo bien… 

—Paula…

—No, no lo estas haciendo bien… Sergio también lo está pasando mal, mamá. No puedes hacerle ghosting .

—No estoy haciéndole ghosting .

Ella rueda los ojos. Estoy segura que se está aguantando las ganas de soltarme como tantas otras veces la palabra boomer por el simple hecho que esa palabra suena impostada en mi voz. Evidentemente, sé lo que es ghosting , ella me lo ha explicado varias veces y además, tengo pacientes de su edad.  Sorprendentemente no dice nada. En lugar de ello, me agarra la mano y me mira directamente a los ojos. Siempre que lo hace, con la intensidad de ese azul, me deja sin palabras. Esta vez no va a ser menos, si no todo lo contrario, sobre todo por el tema que estamos tratando.

—Mamá sé que me vas a decir que no lo entiendo, que aún soy joven —intento hablar pero ella me calla levantando la mano libre—, pero me parece que tu forma de actuar está siendo un poco egoísta por mucho que pienses que es lo mejor, que así no vas a sufrir. Déjame hablar —me dice volviendo a cortar la intención de responderle—. Sé que no es fácil y que la distancia es una mierda, pero él también está sufriendo… Le estás haciendo sufrir —trago saliva, recordando que eso fue precisamente lo que Tokio me pidió que no hiciera—, no entiende nada… Habla con él, joder.

—Ya pero…

—No seas tonta, todo esto no tiene sentido. 

Yo hago una mueca.

—Oye, que soy tu madre, no te pases.

Paula sacude su cabeza negando, mirándome seriamente. Mi única respuesta a eso y también al resto de su discurso, es una sonora exhalación, vaciando mis pulmones del aire que llevo conteniendo desde no sé cuando. No sé qué decirle, pero no importa, pues Paula vuelve a hablar sin darme la oportunidad de contestarle.

—Aún así, aunque no esté de acuerdo con tu forma de actuar, te quería pedir perdón porque antes en la cocina me he pasado. No tenía que hablarte así, lo siento.

Parpadeo un par de veces en silencio, observándola. De verdad, no sé en qué momento de estas últimas semanas ha dado este cambio, pero no puedo estar más que contenta y orgullosa de ella, de la manera en la que ahora encara cada situación. Puede que todavía tenga esos pequeños brotes, esos estallidos incontrolables que los causa el temperamento que sin duda va en su genética y claramente la edad, pero poco a poco cada vez son menos. 

—Gracias —le contesto y ella entrecierra los ojos sin comprenderme—. Gracias por venir a hablar conmigo desde la sinceridad dándome un toque de atención —suspiro acariciando su mejilla—. Ya ves, los adultos a veces también actuamos de forma egoísta y nos equivocamos. 

—¿Pero? —frunce sus labios en una mueca.

—Pero me hablaste mal y me gustaría que eso no se vuelva a repetir, por mucho que creas que tu tienes razón. ¿Lo entiendes, verdad?

—Mamá —se queja y se deja caer contra los cojines que ni me había molestado en quitar—, por favor no utilices esos truquitos y ese tono de psicóloga conmigo. Ya lo sé. Lo siento, de verdad.

Yo me recuesto a su lado y le acaricio el pelo como cuando era una niña. Por suerte, no se queja. Debe ser que ella también está falta de mimos. Es en ese momento, cuando me doy cuenta que Paula a diferencia de mi es quien se ha comportado como una adulta, dándose cuenta de mi estado anímico, presionandome y abriendome los ojos. Estas dos semanas me he centrado en mí, en cómo estaba yo, o como mucho en Mateo. No he pensado ni en como está pasando Sergio esta situación o cómo está Paula. En general. Ya no sólo en lo referente a esta extraña situación en la que al final, ella también se ha visto envuelta, si no en cómo está su vida. 

—Yo también quiero pedirte perdón, Pauli —muevo mis dedos tiernamente por su cara y ella se acomoda mejor contra mi cuerpo, apoyando finalmente su cabeza contra mi pecho.

—¿Por?

—Porque estos días, no he sido la madre que merecías. 

—Mamá, no… Yo no…

Yo la atrapo entre mis brazos aprovechando que se deja hacer y dejo un beso en su pelo para luego enredar mis dedos entre sus mechones rubios, ahora sin ningún reflejo  de color rosa.

—A parte del colegio no te he preguntado cómo estás. 

—Bueno, estabas en tu mundo, no pasa nada —le resta importancia. 

Agradezco la actitud de mi hija y la estrujo de nuevo para que ahora sí, se queje. Ignorándola, le lleno la cara de besos hasta que por fin logra zafarse. Con la respiración agitada, nos sentamos una frente a la otra, yo con una pierna flexionada y la otra colgando por el borde del colchón, ella con los pies cruzados y las rodillas flexionadas.

—¿Y entonces?

—¿Entonces, qué?

—Que cómo estás —le digo, interesándome por su vida y esperando que confíe en mí para contármelo.

Ella se toma unos segundos, tal vez para escoger que contarme y que no. Es normal. A su edad, yo tampoco le contaba todo a mi madre. Igual que ella no me contó el tatuaje que se hizo —sin mi permiso— o cómo se metió en líos en una manifestación. Espero que su silencio no tenga nada que ver con eso. 

—Estoy bien —Paula se da cuenta que esa respuesta no me vale y se muerde el labio—. De verdad, estoy… No sé, adaptándome a la rutina de nuevo, tengo que recuperar unas cuantas asignaturas pero bueno, yo creo que si puedo sacarlas, Sergio me está echando un cable…

—Y… 

—¿Y?

—Con ese chico…  Dario… 

Paula suelta un suspiro hastiada, pero aún así, decide hablar.

—Tiene novia. Nos vimos el otro día —encoge un hombro—, me preguntó cómo estaba que hacía tiempo que no sabía de mi… 

—¿No le dirías nada, no? —preguntó preocupada.

—No, mamá —resopla—. No soy tonta… Además después de pasar de mi, ¿crees que le voy a contar que he estado con el Profesor? Que les jodan…

—Paula.

—No, en serio, que les den —se levanta de golpe, provocando que de un respingo—, que les den a todos, a Bosco, a Alba y Marina, a Dario y su novia… No necesito a ninguno.

Aprieto mis labios en una fina línea, tratando de contener la risa que lucha por escapar ante el ímpetu de mi hija al hablar sobre lo mucho que ahora detesta al grupo que hasta ahora era parte de sus amigos. Por suerte, ella nunca ha tenido problemas para socializar y prácticamente la conoce todo el colegio desde su curso hasta los de párvulos, por lo que no me preocupa para nada este problema. Siempre acaba solucionando los pequeños problemas de adolescentes o saliendo con otras personas, nuevos amigos. Mateo por otro lado, le cuesta bastante y es uno de los motivos que me atormentan pensando en el futuro, en saber cuánto le costaría adaptarse a un colegio nuevo en la otra parte del mundo.

—En fin, que me voy a dormir.

En ese momento me fijo que ella había seguido hablando mientras mi mente había volado de nuevo a otro lugar, a Palawan en concreto, y es su abrazo quién me trae de regreso a la realidad. Por suerte, no me pregunta nada al respecto de lo último que estaba hablando.

—Buenas noches, mamá —deja un beso en mi mejilla.

Yo acaricio su espalda y respondo con otro beso, deseándole que duerma bien y justo antes de salir por la puerta, se frena y vuelve a girarse para decirme:

—Habla con Sergio.

Y sin tiempo a contestarle, sale y cierra la puerta a sus espaldas, dejándome sola, con la palabra en la boca y de nuevo un nudo en el estómago. Miro el móvil en la mesita y no tardo ni dos segundos en alcanzarlo. Lo desbloqueo, pero dudando me quedo mirando la pantalla. Son las once de la noche, lo que significa que en Filipinas son las cinco de la madrugada. Debe estar durmiendo. Debería esperar al día siguiente, aún así, abro el chat que tengo con Ristorante Italiano una manera de mantener a salvo su identidad y una manera de recordar nuestra primera cita oficial. La otra opción para agendar su número era Clark Kent o Superman . Muy evidente. De esta forma, si alguien por lo que sea le echa un vistazo a mis contactos, simplemente pensará que pido mucha comida italiana para llevar. Pero si abre el chat, entonces, encontrará los tres mensajes que me ha dejado —y yo no he contestado— durante estas dos semanas:

«Raquel, ¿cómo estás? Mateo me ha contado cómo fue el vuelo» «Me gustaría que hablásemos, pero entiendo la situación» y finalmente un «te echo de menos» que sigue doliéndome.

Suspiro hondamente y antes de arrepentirme le escribo:

«Yo también te extraño»

Mantengo agarrado el teléfono intentando no pensar pero a la vez tengo la esperanza de que de pronto pueda ver un «en línea» . Y eso llega justo cuando estoy dispuesta a irme a dormir, abrazada a uno de los cojines.  Me quedo fija mirando la pantalla y como su estado parpadea varias veces variando entre «en línea» y «escribiendo».

Y de nuevo nada.

¿Me va a dejar con el visto y el check azul ? Me lo tengo merecido. O tal vez simplemente mi mensaje le ha despertado y lo ha leído todavía dormido. Al ver que sigue en línea, vuelvo a escribir con el optimismo de tal vez, recibir otro por su parte.

«Lo siento. Siento haber sido una boba. Ojalá no me lo tengas mucho en cuenta»

Me encantaría poder decirle lo mucho que me gustaría estar allí con él o que él estuviera a mi lado ahora mismo, colmandome a besos, regalándome caricias. Pero eso sería hacer más daño, sería meter el dedo en la herida que yo misma me he encargado de abrir. Asumiendo que no va a contestar, estoy a punto de desconectar y dejarlo en la mesita en modo avión, pero el móvil se ilumina vibrando con una llamada entrante. Sonrío al leer en la pantalla que Ristorante Italiano me está llamando y no dudo en descolgar cuando apenas ha dado un tono.

—¿Sergio?

Al otro lado, lo único que puedo escuchar durante unos segundos es silencio. Hasta que él aclara su garganta y su voz llega a mis oídos, haciéndome temblar.

 

—Raquel. 

 

Dios. Como he echado de menos ese tono pausado. Esa voz ronca que me produce un cosquilleo en mi vientre cada vez que dice mi nombre así, más bajo de lo normal. Ninguno de los dos es capaz de hablar, abrumados por el momento que tanto hemos esperado. Si, yo también lo he esperado. Aunque era yo quien me negaba a escucharle, a dar el paso, a luchar contra mis miedos y quebraderos de cabeza. 

 

—Lo siento, de verdad, lo siento, yo…

 

—Raquel, no, no digas nada.

 

—Pero yo… Te hice… Te dejé en visto.

 

—Cariño, lo entiendo la voz pausada de Sergio acompañada de sus palabras me da más tranquilidad—, no está siendo nada fácil. Lo entiendo. 

 

Lo entiende. Entiende que esa ha sido mi forma —un tanto estúpida— de protegerme. Cero contacto. Pendiente de las necesidades de nuestros hijos. Ahogada en el trabajo. Aún así, eso no me lo ha hecho más fácil. Solamente he complicado las cosas y he multiplicado su dolor. Y el mio. Sergio suelta un pequeño suspiro a la par que una lágrima se desliza por mi mejilla sin poder controlarla. Rápidamente la seco y apoyo mi espalda contra el cabecero, flexionando las piernas y sosteniendo el móvil contra mi oreja, sollozando débilmente. Ha decidido llamarme de forma tradicional y no como hace con Mati por videollamada, para poder regalarnos un espacio neutro, sin presiones al vernos el uno al otro a través de una pantalla. De esta forma, no puede ser testigo de mis ojeras, de mi mala cara y aunque yo tampoco puedo verlo, estoy segura que él no tiene mejor aspecto y que está apunto de sucumbir a sus ganas de llorar, abrumado.

 

—Perdóname.

 

—No tengo nada que perdonar… Shh. Está todo bien.  Yo estoy bien —afirma—. Dime, ¿cómo estás tú?

 

Con la firmeza que me pregunta interesandose por mi estado, recupero el control en cada bocanada de aire que entra a mis pulmones, pausando cada respiración, tranquilizándome. 

 

—Podría estar mejor —murmuro sincera.

 

Y al otro lado de la línea, escucho como suelta un pequeño chasquido, casi mezclado con una sonrisa. Mis ojos se humedecen de nuevo y con la punta de mis dientes rozo el interior de mi labio, que tiembla. Evito decirle que el motivo por el que podría estar mejor sería teniéndole a él conmigo. Ya lo sabe y no sería justo ponerle ese peso encima cuando sabemos que no es posible. 

 

—Y tú… Es tardísimo. No debería haberte llamado. ¿Te he despertado? —me siento más recta— Si quieres, hablamos mañana.

 

—Raquel, tranquila —exhala—. Ni se te ocurra colgar. No te preocupes. Es tarde, pero igualmente no podía dormir…

 

Me muerdo el labio, sintiéndome mal, sin querer preguntarle los motivos de su insomnio, ya que probablemente sean idénticos a los míos. Suelto el aire por la nariz y vuelvo a acomodarme mejor, jugando con un hilo suelto del pantalón de pijama. En este momento, me fumaría un cigarro, pero lo estoy dejando del todo.

 

—Entonces, ¿Podemos hablar un ratito?

 

—Por supuesto —contesta, intuyendo una sonrisa genuina a través de su voz—. ¿Puedo preguntarte algo?

 

—¿Qué llevo puesto, profesor?

 

La risa profunda de Sergio es todo lo que ahora necesitaba y de pronto siento como si me quitara un peso de encima. Como si volviera a la superficie después de llevar horas bajo el mar.

 

—Algo así —vuelve a reír y se queda unos segundos en silencio hasta que vuelve a hablar—. ¿Es verdad, inspectora, que lleva mi camiseta?

 

Bajo mi mentón levemente aunque no me es necesario observarme para confirmar que bajo la mantita de lana que me he echado encima de los hombros, efectivamente, llevo su camiseta. Aspiro, intentando recuperar su olor mientras al otro lado Sergio espera una respuesta.

 

—¿Y si te digo que no llevo nada? 

 

Me muerdo la punta de la uña del dedo índice, perdiendo mi mirada en la nada. Ni siquiera reconozco de dónde ha salido ese comentario.

 

—Pues me da un paro cardiaco.

 

—No, por favor. No. 

 

—Es broma… —rie— Ya sabes que estoy sano y fuerte como un toro. 

 

—Lo sé —esta vez me muerdo el labio—, creeme que lo sé. 

 

Puedo presentir como Sergio traga saliva mientras yo aliso una arruga inexistente en la camiseta. Vaya dos idiotas.

 

—Pero sólo pensarlo me ha despertado de golpe. 

 

Mis mejillas se tiñen de rojo al imaginarme de qué forma se ha despertado y al instante un calor recorre mi cuerpo. Qué dos semanas más duras también en ese aspecto. De tener sexo diariamente —en ocasiones y sorprendentemente para nuestra edad o el convivir en familia, por la mañana y por la noche— a no tener absolutamente nada. No sé él, pero hasta ahora yo no he tenido ánimo, ganas o tiempo ni para masturbarme. Un nuevo silencio —producto de los nervios— se instala entre los dos, pero no tardamos en volver a romperlo sacando otro tema, o el mismo según se mire, pues la camiseta vuelve a ser la principal protagonista y Sergio me chincha recordándomelo. Es una forma de romper el hielo, de sentirnos cómodos, centrándonos en esta conversación y no en reproches, en cómo hemos perdido el tiempo. Han sido dos semanas llenas de angustia.

 

—Voy a matar a tu hijo, por soplón —sonrío,  claramente más relajada.

 

Él vuelve a reírse de esa forma tan relajada que la carcajada sale de lo más hondo de su pecho y rebota en su tórax haciéndolo vibrar mientras escapa por su garganta gravemente. Me encanta. 

 

—Echaba de menos tu risa —digo de pronto, sin ser ni siquiera consciente.

 

Él se queda callado al otro lado y yo entrecierro los ojos. 

 

—Y tu voz —susurro, mucho más directa y la única respuesta que obtengo es su respiración, filtrada por sus fosas nasales. Carraspeo algo incómoda—. ¿Sergio? ¿Sigues aquí?

 

—Perdona, si, si… Es sólo…

 

—Ya, lo siento —suspiro interrumpiendolo—. Qué difícil es… No sé qué decir.

 

El ruido que hace al otro lado me hace saber que está moviéndose por la casa, probablemente yendo a sentarse a las escaleras del porche —nuestro sitio— pues ahora el sonido del mar es mucho más cercano. 

 

Cuéntame, qué has hecho hoy… o Estos días. 

 

—Pues —me quedo pensativa unos segundos como si hubiera hecho algo medianamente interesante—, pues primero adaptarnos a volver, luego trabajar mucho y ya sabes, lo típico, ir a la peluquería —le explico brevemente por encima que he vuelto a aclararme el pelo y que he cortado un poco mi melena—, al oculista, al ginecólogo y poco más.

 

—¿Ginecólogo? ¿Pasa algo? —noto preocupación en su timbre de voz.

 

—No, no nada —contesto rápidamente—. Todo rutinario. 

 

—¿Seguro?

 

—Seguro Sergio, si pasara algo te lo diría. Sólo fui para comprobar que estaba todo bien después de todo el movimiento extra que he tenido después de una temporada no tan… intensa.

 

Estoy cien por cien segura, que acaba de sonrojarse al escucharme y probablemente hasta se ha removido, nervioso. Al ver que no dice nada, yo sigo hablando.

 

—Fui a hacerme una revisión porque nada más llegar tuve algunas molestias y temía que fuera infección de orina por tanta actividad, pero está todo bien. Por si acaso, me recetaron antibióticos.

 

—Vale —respira hondo, satisfecho de mi explicación— Y el implante... 

 

—Sigue en su sitio —le aclaro con tranquilidad—. ¿Pero no vas a decir nada de mi visita al oculista?

 

—Que ya era hora.

 

Yo suelto una risa ante su comentario. Sin darnos cuenta, nos hemos tranquilizado y ya hablamos con total naturalidad. Como si llevaramos haciéndolo toda la vida. Y la verdad no es otra, que en su día tuvimos mucha experiencia hablando por teléfono. 

 

—Que tonto eres.

 

Volvemos a reír con suavidad y seguidamente no pierdo la oportunidad de preguntarle que ha estado haciendo él durante estos días. 

 

—No mucho. No ha parado de llover desde hace tres días… 

 

Hago un mohín. Esas tormentas de la nada o los tifones de la temporada, no los echo de menos. Suficiente tengo con el frío que empieza a hacer aquí.

 

—Y Anubis no deja de escabullirse dentro de la habitación de Mateo para dormir en su cama.

 

Él me sigue contando la rutina que se ha marcado tratando de esa forma notar un poco menos la falta que le hacemos, y yo no pierdo detalle imaginándome como cada mañana se levanta temprano y sigue meditando y haciendo ejercicio igual que hacía antes de ir yo a desbaratar su mundo. Luego sale a nadar a la playa, en ocasiones pasea o corre por la orilla, se cocina algo, hace la compra, ayuda a su vecino, acude al pueblo y luego dependiendo del día lee o se encierra en su despacho. Y sobre todo, espera ansioso la hora de la videollamada con su hijo. Sin darnos cuenta, enlazamos un tema con otro, hablamos de él, de Mateo, de Paula y de un sin fin de cosas hasta que sin poder evitarlo se le escapa un bostezo.

 

—Perdón —se disculpa. 

 

—Joder, es tardisimo —exclamo mirando la hora separando la pantalla de la oreja, comprobando que llevamos más de dos horas hablando y que es la una de la madrugada, las siete allí—. Deberíamos irnos a dormir…

 

Pero estoy segura que como yo, él prefiere seguir hablando que aprovechar las horas para dormir. Al menos él no tiene que despertarse en seis horas para llevar a Mateo al colegio o ir a trabajar. Sólo al pensar eso, un bostezo —esta vez mío— resuena en el auricular del móvil.

 

—Si, deberíamos. Tienes que estar agotada… —susurra— Raquel —noto la incertidumbre al decir mi nombre—, ¿Volveremos a hablar?

 

Mantengo mi silencio unos segundos. Hasta que consigamos organizarnos todo para volver a vernos, es lo único que nos queda. Y ahora lo tengo claro. No quiero dejar de hablar con él en ningún momento. Lo necesito.

 

—¿Mañana?

 

Mañana.

 

Volvemos a quedarnos callados. Yo me muerdo el labio y estoy segura que él está sonriendo. Mi corazón late con fuerza. 

 

—No puedo esperar.

 

—Yo tampoco.

 

Los dos sonreímos a la vez, seguramente sus ojos se han humedecido, igual que los míos. 

 

—Cuelga.

 

—Cuelga tú —bromea.

 

—Tú —me río sin poder evitarlo. 

 

Sergio exhala. Parecemos dos adolescentes hablando por teléfono. Es ahora cuando me doy cuenta de cuanto necesitaba oír su voz, para sentirle un poco más cerca a pesar de todos los kilómetros que nos separan físicamente. Porque aún así, aún con toda esta distancia, estamos juntos. 

 

—Buenas noches, Raquel. 

 

—Buenos días para ti, Sergio.

 

—Te quiero.

 

—Te quiero —repito yo.

 

La conversación termina en ese momento, en cuanto rapidamente pulso el botón rojo y la pantalla se funde a negro, colgando. Sin darme cuenta, suelto el aire que he mantenido en mis pulmones, mirando a la nada, necesitando unos segundos para recomponerme. Respiro relajada con una mano en mi pecho y una sonrisa perenne en mis labios. Dejo el móvil en la mesita, enchufado al cargador tras asegurarme que he puesto la alarma y después de deshacer la cama y quedarme sólo con su camiseta, me meto bajo el nordico y cierro la luz, dispuesta a dormir, olvidándome incluso del protector bucal. 

Mucho más tranquila, con el corazón lleno de amor y aún pudiendo escuchar su voz en mi cabeza, me quedo dormida al instante como hacía días que no lo hacía.

 

(...)

 

Sus labios recorren primero mi cuello acariciando sutilmente cada punto estratégico que arranca varios gemidos a su paso. Lo sabe bien. Sabe cómo hacerme vibrar, de qué manera su boca me vuelve loca. Deja un beso tras otro en cada una de las pecas que decoran mi piel —ya sin rastro de bronceado— recorriendo un camino por todo mi cuerpo. Inconscientemente cierro mis piernas sintiendo un fuego creciendo entre ellas y me retuerzo, arqueando mi espalda. Puedo sentir su lengua serpentear uno de mis pechos antes de introducirlo en su boca y muevo mi mano para buscarle, intentando enredar mis dedos en su pelo y tirar de él. Respiro agitada y de pronto abro los ojos, para comprobar que en medio de la oscuridad, Sergio se ha desvanecido. La realidad me golpea con fuerza: Él no está conmigo y la alarma no deja de sonar. Otra noche más soñando con él.

Otra noche que le echo de menos.

Y ya van más de cincuenta. 

Y aún nos quedan unas cuantas más.  

Suspiro frustrada y froto mis ojos, cansada ya de buena mañana, pulsando con rabia la pantalla de mi móvil para apagar el molesto ruido de la alarma. Toca empezar un nuevo día. Nuevas prisas. Colegio. Trabajo. Arrrg . Yo sólo quiero volver a Palawan…

Pero por ahora, tengo que conformarme con las videollamadas, eso sí, sin haber conseguido convencerle —después de insistir bastante— para tener alguna de índole más caliente.  Sinceramente, lo necesito. Qué digo. Lo necesitamos. Estoy segura que esto no sólo me pasa a mí, que ambos echamos de menos nuestra piel. El calor de nuestras manos. La saliva. Los gemidos guturales que se le escapan al penetrarme y el jadeo que yo suelto cuando lo hace. Mis uñas clavándose en su espalda. Sus dedos tocándome justo donde más necesito —incluso ahora, a las siete de la mañana—. 

Vamos, que estamos más calientes que el palo de un churrero. 

Pero no se atreve. Para empezar, a Sergio ya le cuesta más que a mí admitir que se está masturbando para sobrellevarlo. Así mismo, proponerle hacerlo a la vez, aunque me parece de las mejores ideas que podía tener, a él le parecía un mundo.  Ahora mismo, sólo pensar en verle tocarse delante de su portátil y ser testigo de cómo se da placer me pone muchísimo. Obviamente y aunque no quiera admitirlo ni probarlo sé que a él también le gustaría escucharme gemir su nombre, corriéndome mientras me dice —seguramente demasiado cohibido— guarradas. Afortunadamente, ya falta poco. Un día menos para vernos. Un día más tachado en el calendario. Uno de tantos. Éste al menos, no es tan importante que por ejemplo el día de Navidad —que tuve que reñirle por la exageración de regalos para los niños entre ellos una consola, libros, ropa y también algo para mi, perfume y lencería—, Fin de año —cuando me animó y ayudó a elegir el outfit para salir por ahí con amigos y compañeros—, o San Valentin —durante tres días se las apañó para llamar a una floristería de Madrid y enviarme un ramo de margaritas con pequeñas notitas—. Al menos ya no era dinero como hizo un par de ocasiones, en las que le obligué a parar, a pesar de sus ganas de cumplir con su deber de padre y aportar algo para Mateo y Paula.

Y luego estaba el día de su cumpleaños, en el que nos hemos tenido que ver relegados a felicitarle por cumplir cincuenta añazos vía FaceTime . Ese día por lo menos no estuvo solo. La banda fue a visitarlo, disfrutando de una fiesta que ellos mismos organizaron para celebrar por todo lo alto esa fecha tan importante. 

Me hubiera encantado estar allí, sin embargo lo único que pudimos hacer fue compincharnos con Estocolmo para hacerle llegar varios regalos de parte de los tres y que evidentemente le hicieron llorar. Otro día especial separados. Y ni con esas, ni proponiéndole un regalo privado y exclusivamente para él — un striptease que incluía el conjunto de color negro con transparencias que me regaló por Navidad—, le covencí para que “tuvieramos sexo”. Prefiere esperar a ser él quien me lo quite en persona y no conformarse con tener que verme a través de una pantalla.

Y yo no puedo esperar más. Porque evidentemente hay días buenos y no notamos tanto la ausencia del otro al ser arrastrados por el día a día, pero los días malos son lo peor. Ahora ir sola al hospital con Mati por un ataque de asma y luego tener que contárselo, con la frustración que lleva no poder hacer nada, es horrible. La preocupación en los ojos de Sergio, queriendo venir a vernos a toda costa, es casi insoportable. Esos días, aunque son pocos, se nos hacen muy difíciles. Pero tomada la decisión de regresar con él, de intentarlo, sólo nos queda tener paciencia. Esperar a la venta de la casa. Rezar para que todo salga bien y que Paula apruebe todos sus exámenes y decida que quiere hacer ella con su futuro, que nadie sospeche de porque nos mudamos y encontrar un buen colegio. Apenas nada. 

Tres horas después, mi mente sigue dispersa por culpa de ese sueño que no me puedo sacar de la cabeza entre paciente y paciente, disfrutando de un café. O al menos intentándolo. 

Hasta que Bruno entra en mi despacho.

Le sonrío cuando deja unos papeles sobre mi mesa y me explica por encima de lo que tratan y para cuando necesita esos informes, pues además yo quiero dejar todo bien atado para antes de verano. 

Ahora tiene novia. 

Parece que va en serio y yo me alegro por él, al fin y al cabo es un buen chico y nosotros dos simplemente éramos amigos —o compañeros— con derecho a roce —de vez en cuando—. Aunque sé que él llegó a ilusionarse con algo juntos,  pronto lo descartó. Sobre todo cuando yo le hablé desde Palawan —sin ser explícita en detalles ni nombrar a Sergio— y él unas semanas después empezó con Isabel, una mujer mayor que él al igual que yo, que conoció de casualidad durante mi ausencia. Una vez ha salido de mi despacho, me concentro en los papeles a la vez que voy respondiendo algún mensaje de Sergio, que me hace sonreír bobamente. Así pasamos los días, mensajeandonos. Cuando quiero darme cuenta, ya es la hora de comer.

Hoy he quedado con Alicia.

Las dos horas libres que tengo para comer, las paso con mi amiga en un restaurante del centro. Desde que volví de Palawan, nos hemos visto unas cuantas veces pero en ninguna de ellas —salvo una, en la que me vio realmente triste— ha sacado el tema de Sergio. Lo entiendo. Para ella como policía tampoco es fácil y agradezco que lo respete y sobre todo que no lo complique más. Así que, durante este rato nos ponemos al día, principalmente de su vida amorosa, de la que tiene mucho que hablar. Este ratito se me pasa volando. Antes de  despedirnos prometiéndonos vernos pronto, saca de una bolsa de color negro —en la que hasta ahora no me habia fijado— un paquete envuelto en papel de regalo del mismo color y me lo entrega con una chispa de diversión en los ojos, explicandome que no pudo resistirse al verlo en un escaparate y que me vendría bien. No muy convencida, lo guardo en mi bolso y finalmente cada una sigue su camino. Por un lado, me da pena ocultarle que en algún momento, desapareceré de su vida para probablemente no volver más, salvo por los mensajes que podamos compartir en la distancia. De vuelta al trabajo, tengo dos sesiones de hora y media cada una que para mi suerte, se me pasan también bastante rápido.  Y justo cuando pienso que está siendo un día redondo, de esos tranquilos, de los que voy a llegar pronto a casa después de recoger a Mateo en clase de música, sin trabajo pendiente y que incluso me va a dar tiempo de darme un baño relajante además de tomarme una copita de vino tranquilamente mientras preparo la cena, recibo una llamada que no esperaba, desbaratando todos mis planes. 

—Ahora mismo voy —musito al colgar y mi mood cambia por completo.