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Raquel
Dicen que la felicidad en invierno se puede hallar en la comodidad de tu sofá, bajo una suave manta mientras afuera el tiempo es casi gélido. En el calor familiar de estas fechas, las risas e ilusión de los niños, el olor dulzón o de leña que impregna todo y los villancicos que nos acompañan allá dónde vayamos, junto con las luces que iluminan todas las calles de Madrid. A no ser claro, que seas el Grinch . Si es así, esta es la peor época del año.
No es el caso.
Aunque no soy la persona más navideña del mundo y tiempo atrás era mucho más entusiasta de estas fiestas, incluso antes que naciera Paula, este año, tengo la sensación que a pesar de todos mis problemas, volverán a ser especiales.
Son las primeras Navidades de Mateo.
O al menos las primeras que es algo más consciente y podemos disfrutar un poquito más con él, pues las pasadas, tan sólo era un bebé de cinco meses. Ahora con dieciocho, mofletes regordetes y pelo abundantemente revuelto es la alegría de la casa junto a su hermana.
Disfrutando de una humeante taza de chocolate en el refugio de mi nuevo hogar y sentada en la alfombra, observo como mi bebé juega con unos bloques de construcción sentado a mi lado junto a su hermana mayor, después de haber llegado de la calle. Sus gorros, guantes, chaquetas y bufandas han quedado en el olvido del carrito de Mati, nada más traspasar la puerta, después de pasar la tarde en el centro comercial.
Mientras hacíamos las últimas compras para la cena antes de que cerraran, Paula ha insistido e insistido en querer patinar sobre hielo y a pesar de mis primeras reticencias —pues me aterra que le pase algo y que Alberto en medio de la guerra por su custodia y habiéndose aprovechado de todo lo sucedido en el atraco a la FNMT, lo use en mi contra—, he acabado aceptando. Sólo quiero que mi hija sea feliz y si eso ayuda a ello, no voy a dudar en hacerlo. Además no puedo decirle que no, si ese es un aliciente para que no esté siempre enfadada conmigo. Aunque no quiero hacer como mi madre que le cumple todos sus caprichos, consintiéndola en sobre exceso. Hacer siempre lo que ella quiere sólo desencadena en que cuando le digo que no a algo, tenga una rabieta tras otra, hasta que me hace sentir mal y consigue salirse con la suya.
—¿Puedo comer otra galleta?
Yo miro a Paula que espera una respuesta, entusiasmada. Otra galleta seguramente le quitará el hambre y le dará un subidón de azúcar con el que tendré que lidiar más tarde. Suspiro. Pero qué más da, por un día. Además, aunque esta noche —a diferencia de otras fiestas— sólo vamos a ser mi madre, Paula, Mati y yo, vamos a cenar tarde.
—Porfiii —sonríe medio desdentada y con la nariz aún enrojecida por culpa del frío.
Mateo hace un ruidito y destruye la pila de bloques verdes, azules y amarillos que habíamos creado y gatea trepando por mis piernas, llamando mi atención. Su nariz también está roja. Yo le agarro en brazos y beso su cabecita, aspirando ese olor a bebé que aún prevalece en su pelo.
—Sólo una —cedo ante la mirada casi acusadora de mi madre y mientras Paulita se acerca hasta la mesa a por una galleta yo me encojo de hombros—. Sólo es una —le susurro cuando se sienta en el sofá.
Cuando mi hija regresa a mi lado con la boca parcialmente manchada de migas y otra galleta entre los dedos, soy incapaz de reñirla. Sobre todo cuando decide que ese es el mejor momento para preguntar si este año por fin podrá pasar unos días con su padre y su tía. Porque sí, siguen juntos. Inconscientemente me abrazo a Mateo que juguetea con las puntas de mi pelo mientras esconde su carita en el hueco de mi cuello.
—¿Mamá?
—No, no lo creo —trago saliva con esfuerzo.
—¿Por qué?
¿Cómo explicarle —una vez más— a una niña de nueve años que durante años ha sentido devoción por su padre que no puede quedarse con él en Navidad? Y sobre todo, cómo hacerlo y que no me deteste —más— por ello.
—Paula ya lo hemos hablado —comienzo y me callo al instante. Lo último que quiero ahora mismo es volver a repetir la misma historia—. Oye mi amor, qué te parece si terminamos de montar el pesebre, ¿eh? —trato de desviar su atención.
Ella me mira entre dolida y enfadada. De esa forma en que aunque no lo sepa, me parte el corazón. Y a mi me pesa y mucho. Ya no es sólo la angustia o la tristeza de toda la situación, de no poder hablar con claridad de cómo me siento al respecto, de no saber manejarlo todo con Paula y poder decirle que su padre es lo que es. Un maltratador. Un manipulador. Y que por nada del mundo voy a dejar que mi hija se quede con él o con mi hermana, aunque sea Navidad y Paula sueñe con ir a la montaña con ellos. No voy a ceder. No es solo eso —todos esos años de denuncias y juicios con Alberto— lo que me ahoga y hace que me duela el pecho. Es la soledad. El sacrificio de estar ahí como sea para ella y para su hermano. La ausencia de tener un compañero, algo de ayuda en el día a día —Mi madre hace lo que puede—, un padre para mi hijo —del suyo en concreto, pues es difícil de olvidarlo cuando lo veo a diario en él— y alguien que al final del día, al meternos en la cama me pregunte cómo me ha ido.
A veces siento que no puedo más.
—Eso lo hacía con papá —gruñe recordándomelo.
—Podemos crear nuevas tradiciones, hacerlo juntos… los tres —digo meciendo a Mati sobre mis piernas y al ver que no dice nada me levanto del suelo, colocandome a Mateo en mi cadera.
Intento acariciar su pelo, pero Paula bufa molesta y aleja su cara. Dios, no sabe el daño que me hace cada vez que se aleja de mí. Yo sé que no lo hace con ninguna intención, pero eso no lo hace menos doloroso.
—No, yo quiero hacerlo con papá —masculla—. Y por tu culpa ya no lo voy a hacer más. Te odio.
—Pero Pauli…
Ella no me deja terminar y se separa tan bruscamente que Mateo se sobresalta y hace un puchero, apunto de romper a llorar. A su vez, Paula sale corriendo escaleras arriba y de un portazo, se encierra en su habitación. Odio que haga eso. Al instante, miro hacia arriba mientras me balanceo tratando de calmar el sonoro llanto de Mati, sin saber qué hacer, si seguirla una vez más hasta ceder a sus exigencias o atender primero al bebé.
—Déjala —dice mi madre.
Enarco una ceja sorprendida en dirección a ella sin dejar de moverme, intentando no estresarme y a la vez, consiguiendo que la llorera de Mateo cese, convirtiéndolo en apenas un gimoteo. Lo normal sería que si no voy yo detrás de Paula, sea ella quien vaya al instante, sin darme tiempo a impedírselo. Deslizo mis manos por las mejillas enrojecidas y húmedas del bebé para secarle las lágrimas y hago lo mismo con la mía. No he podido evitar que una lágrima traicionera haya rodado por mi pómulo. Normalmente, intento llorar cuando nadie me ve en mi habitación, cuando ya no puedo más. A veces por la frustración por no saber manejar la situación, otras por sentirme mala madre… Y otras simplemente saturada por todo. Sobre todo por la forma en la que Paula vuelca su propia frustración, a base de enfados, malas palabras y rabietas contra mi. No es algo nuevo, lo hace desde el divorcio con su padre —a veces me agobia lo mucho que me recuerda a él— y fue a más con todo el asunto del atraco y el nacimiento de su hermano —acompañado de celos—, destronandola como hija única, teniendo que compartir mi atención, algo nada fácil para ninguna de las dos. Aunque ha mejorado desde que ha empezado a ir a terapia conmigo y el cambio de colegio hizo una clara mejoría en la forma de gestionar sus emociones. O eso creía.
Suspiro y dejo un beso en la mejilla de mi hijo a la vez que lo dejo en la alfombra de nuevo con sus juguetes sin quitarle un ojo de encima. Solo me falta que se lleve uno de esos bloques a la boca o lo que sea.
—Ya sabes cómo es Marta, deja que se le pase, siempre es ella quien se acaba bajando del burro.
Yo frunzo el ceño y un pequeño pinchazo atraviesa mi pecho al darme cuenta de la situación. Hacía semanas que mi madre no tenía ninguna laguna y eso inevitablemente me había dado una esperanza ilusoria ya que cada vez que vuelve a tener un brote, la realidad me cae como un jarro de agua helada haciendo que me sienta miserablemente triste de nuevo. Me frustro sabiendo que no puedo hacer nada para frenar su enfermedad, que cada vez va a más y que llegara un punto en el que mi madre ya no será mi madre, dueña de sus vivencias y recuerdos y simplemente será una rehén de esa maldita enfermedad, prisionera de su memoria.
Mi garganta se cierra en un nudo que contiene todas las lágrimas que luchan por escapar de mis ojos otra vez y respiro hondo.
—Paula, mamá —comento con delicadeza.
—¿Qué?
—Mi hija —me siento a su lado en el sofá, agarrando su mano—. Se llama Paula, no Marta.
A veces le pasa, confunde a Paula con mi hermana o conmigo, nombra muy a menudo a mi padre como si siguiera vivo o incluso y aunque únicamente le vio un par de veces, me pregunta por Sergio.
Y yo claramente, no sé qué decir.
—¿Qué?
—Paula. Mamá, estábamos hablando de Paula, tu nieta.
Ella parpadea un par de veces y noto como su mirada hasta ahora perdida, vuelve a enfocarse en el presente. Respiro aliviada porque esta vez ese lapsus solo ha durado unos segundos. Los suficientes para que la inquietud tome el poder de mi cuerpo y la tristeza se adueñe de mi. De nuevo, vuelvo a disimular y seco una lágrima mientras ella justifica su respuesta, intentando restarle importancia. Son demasiados nombres.
Pero no es eso. Es una enfermedad que la está consumiendo y que me aterra. No sé cómo reaccionar. ¿Qué es lo mejor? ¿Seguirle la corriente? O por lo contrario, hacerle saber que su mente le está traicionando como una de las veces en las que no reconocía a Mateo y pensaba que era el hijo de alguna vecina. Aquella vez fue demasiado. Se puso realmente agresiva queriendo tener la razón hasta que poco a poco fue calmándose. A mi aquello —desde el primer día del diagnóstico— me dolía horrores pero sobre todo porque sé que más pronto que tarde eso será algo habitual.
—Ve a hablar con ella, seguro que está arrepentida.
—No sé, mamá, tal vez…
—Raquel, son cosas de crios.
Yo trago saliva. No lo son. En verdad, son cosas de adultos que están afectando a mi niña. Y la culpa solo es mía. Ojalá todo fuera diferente…
—Es Navidad, relájate —frunzo el ceño—, sube a buscarla, dile que jugaremos a ese juego de cartas que le gusta o al parchís y comeremos galletas hasta la hora de cenar.
Yo no estoy muy convencida.
—Y después cenaremos, cantaremos villancicos y veremos una película hasta que se quede dormida.
Tras dudar unos instantes, finalmente asiento, forzando una sonrisa.
—Mañana será otro día —me acaricia el brazo— y se pondrá contentísima con los regalos que deje Papa noel.
Su actitud es contagiosa. Tiene razón. Me voy a esforzar y a olvidarme de todo un rato. No pienso dejar escapar la oportunidad de la que probablemente sea una de las últimas Navidades lucidas de mi madre y voy a intentar disfrutarlas con mis hijos, me cueste lo que le cueste.
Sergio
—¿Raquel? —al acercarme a ella, mi voz la trae de nuevo del presente.
No sé dónde estaba, pero estoy seguro que estaba bastante lejos de aquí. Por lo menos, mentalmente. A veces me preocupa que se arrepienta de haber dejado su vida en Madrid y que en cualquier momento decida marcharse de nuevo. Ese simple pensamiento me corta la respiración y hace que un nudo en mi pecho crezca hasta que ocupe todo el espacio posible y sienta una presión en el tórax como una losa que hace que duela. Sé que son simples pensamientos intrusivos, que Raquel está más que adaptada a nuestra vida en Indonesia y la adora tanto como yo. Por supuesto para mi, estos últimos meses juntos desde que nos volvimos a reencontrar en verano para no separarnos más, han sido los mejores de mi vida. Quiero pensar y espero que también los de ella.
Le tiendo una taza humeante y ella no puede evitar enarcar una ceja, sorprendida al verme. Sin decir nada, pero claramente conteniendo una sonrisa, coge la taza y se la acerca a sus labios.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Mierda!
Ahora soy yo quien aguanta la risa, viendo como aleja la taza casi derramando el líquido al posarla en la estantería y saca la lengua haciendo muecas. Siempre le pasa. La falta de paciencia le suele pasar factura de manera que su lengua suele salir escaldada. Literal.
Dejando mi propia taza de té al lado de la suya, apoyo una mano sobre su cadera y la otra sobre su mejilla, acariciándola con ternura.
—¿Te has quemado?
—¿Tú qué crees? —farfulla aún con la lengua afuera.
Yo dejo un besito sobre su parte plana y me separo, sacudiendo la cabeza. Si Paula estuviera presente nos habría dicho de todo. Esa niña no soporta las muestras de amor entre adultos… O concretamente entre su madre y yo. Poco a poco bajo mi mano hasta situarla en su cintura.
—¿Mejor?
Ella ladea su cara y vuelve a sacar la lengua para que le sople. Y yo lo hago encantado. Aliviada, sonríe y cruza sus brazos por mi cuello, entrelazando sus dedos en mi nuca, acariciando mi pelo. De puntillas, busca mis labios y deja varios besos hasta arrugar su nariz.
—¿No piensas arreglar más tu barba o qué?
Se separa de mí y hunde sus dedos entre mi —ahora más largo— vello facial. Si es cierto que ahora llevo el pelo y la barba más larga y las canas son cada vez más visibles, pero estos días he estado ocupado.
—Si, pero no sé, tal vez me sirva para mañana. ¿No te gusta?
—Me gusta más tu pelo y lo sabes —murmura sin darle más importancia a mi comentario sobre mañana.
Ella se separa de mí, recoge su taza y se sienta en el sofá del despacho. La imito y me siento a su lado, quedando en silencio unos segundos, mientras Raquel encoge su pierna sobre el sofá, acomodándose.
—Realmente estás en el mood —comenta tras un pequeño sorbo.
Con la cabeza, señala la pantalla de la tele donde hay una imagen fija de un coffe shop con una chimenea crepitando y donde suena jazz —navideño— en constante bucle. Luego desliza su dedo índice por mi camisa de manga corta y motivos navideños —pequeños renos y bastones de caramelo—, tan hortera como los jerseys, solo que ideal para la temperatura del país en el que hemos fijado nuestra residencia. Por no hablar de toda la decoración de nuestra casa: Luces que decoran el exterior como si fuera la gran via de Madrid, guirnaldas de color granate, verde, plata, dorado que cuelgan de cada rincón, el árbol —con bolas de los mismos colores— que ocupa medio salón y el cual Anubis no desiste a la hora de intentar treparlo o derribarlo volviendome loco, calcetines con nuestros nombres bordados colgando de la repisa… y hasta muerdago sobre el umbral de la puerta del que me aprovecho siempre que puedo para besar a Raquel.
Igual si me he venido un poco arriba. Pero no me arrepiento ni un poco. Me muerdo el labio y encogo un hombro.
Son las primeras Navidades que pasamos juntos. Solo quiero que sean especiales. A lo largo de mi vida me he perdido demasiadas como para no querer vivir estas al máximo. Y no es que yo sea la persona más navideña, de hecho, durante años no lo he celebrado por decisión propia, pero esta vez, con Mateo, Paula y Raquel… Me hace especial ilusión.
—Cuesta un poco si te soy honesta —la miro atento y bajo el volumen de la tele— con todo el calor y la humedad, es raro… Pero si que me ha hecho pensar…
—¿Antes?
Ella asiente y vuelve a beber tranquilamente.
—¿En qué pensabas? —alargo mi mano y acaricio suavemente con mis dedos su brazo apoyado en el respaldo del sofá.
—En las Navidades pasadas…
Elevo mis cejas desconcertado ante su respuesta.
—Un poco dickensiano ¿No?
Vuelvo a acariciarle tratando de que no se ofenda con mi comentario y esperando que continue.
—Cuando te haces adulto las Navidades no suelen ser… —se queda callada, pensativa— Se convierten en nostalgia y a veces, cuando recuerdas esos años, cuando piensas en los que ya no están… Las ausencias en la mesa, duelen un poquito.
Yo trago saliva con esfuerzo sabiendo a lo que se refiere. Yo también extraño a mis padres y mi hermano. Suspiro. Sus ojos están ligeramente humedecidos y mi única reacción es apretar mi mano en su brazo. Raquel respira hondo, cabizbaja. Lo último que yo quería con todo este espíritu navideño era hacerle sentir mal.
—Lo siento, Raquel, no quería… Me voy a quitar esta estúpida camisa y si —ella alza la mano para que me calle y me sonríe.
—Está bien. Tranquilo. Osea, la camisa es feísima cariño, pero me recuerda a los jerseys que usaba mi padre cuando era una niña.
Rápidamente mis labios se curvan cuando mi imaginación vuela y puedo ver claramente —gracias a alguna que otra foto que he visto— a Raquel de niña, con un flequillo, dos coletitas y una adorable sonrisa mellada acompañada de unos ojos grandes y curiosos.
—¿Cómo era?
—¿Él qué?
—Tus Navidades. Esa en la que te habías perdido antes…
Su mirada se vuelve a reencontrar con la mía.
—Pensaba… Estaba acordándome de la primera Navidad de Mateo, en concreto.
Sus ojos se iluminan y probablemente los míos también. Aunque hemos hablado mucho de la infancia de Mateo y la Navidad anterior —al estar separados— durante horas estuvimos hablando por teléfono y me contó muchas de ellas —incluidas las buenas con Alberto y las ya no tan buenas— así como sus tradiciones, siempre estoy encantado de escucharlas, de saber más.
—Y de prácticamente la última lúcida de mi madre.
Su labio tiembla y agacha la cabeza. Yo no dudo en acariciarlo con mi pulgar y sigo un camino con este para secar la lágrima que le ha traicionado y surca su pómulo. A la vez, con la otra mano sigo acariciando su brazo. Segundos después, Raquel respira hondo y vuelve a levantar su mentón para mirarme con tanta intensidad que casi olvido como se respira. Es como si pudiera conectar con su alma a través de sus ojos. Es como si ella pudiera saber todo de mí —que estoy seguro que lo hace—con solo mirarme. Joder, no puedo creer que haya tenido tanta suerte en mi vida. No puedo quererla más.
—Paula se enfadó conmigo por… Su padre —me empieza a explicar haciendo que vuelva a la conversación—, pero mi madre salvó la Navidad, después de un pequeño lapsus acabamos los cuatro tumbados en mi cama viendo películas de dibujos animados convirtiéndolo en una nueva tradición y comiendo galletas hasta el punto que los dos se quedaron dormidos y a mi madre y a mi se nos olvidó la cena… Así que al día siguiente comimos la cena de Nochebuena.
No puedo evitar reír. Esa anécdota no me la había contado nunca. Como me hubiera gustado estar allí, con Mateo siendo un bebé regordete al que le hubiera dado el biberón y cambiado los pañales todas las veces que le tocara, ayudando a Paula a montar Legos que Papá Noel había dejado como regalo la noche anterior, después de emocionada dejarle un vaso de leche y galletas que Raquel y yo nos hubiéramos encargado de beber y comer mientras los niños dormían.
—Luego ya no volvieron a ser igual, mi madre cada vez estaba peor —musita, distraída, probablemente recordando más detalles—, Paula seguía irascible con el divorcio, la casa nueva, su hermano… Pero bueno, yo al menos tenía a Mati… —baja la voz y yo sé a la perfección que se siente culpable por que yo no pude disfrutar de muchos de esos momentos, como por ejemplo cuando unos cuantos años después “Papá Noel” le dejó unos sables láser o su primera bicicleta, la que Raquel se encargó de enseñarle a montar.
Yo sonrío con ternura dejando mi imaginación volar y ella suelta un pequeño ruidito justo antes de volver a hablar.
—¿Cómo eran las tuyas?
—¿Mis Navidades? —Raquel asiente— ¿Cuáles? ¿Cuando era niño o…?
—Nunca me has contado nada de cómo eran...
Por supuesto se refiere a esas en concreto. Ella ya sabe cómo fueron cuando era más mayor y solo estabamos Andres y yo y mi hermano mayor me obligaba a ir a alguna fiesta en fin de año o de lo contrario me comería las uvas solo en casa. Igual que en Nochebuena que siempre iba a cenar al restaurante chino más cercano mientras seguía preparando el golpe de la fábrica de moneda y timbre, sabiendo que sería un buen lugar para estar solo. Y también sabe que una vez llegué a Palawan no volví a celebrarlas en mucho tiempo, simplemente siendo un ermitaño. Con los años, eso cambió gracias a las esporádicas reuniones con la banda sobre todo en estas fechas. Aunque este año hemos decidido vernos únicamente para Fin de año, supongo que ellos también han entendido que esta vez me apetece que para Navidad seamos solo nosotros cuatro.
—No sé, pasé muchas en el hospital —ahora es ella quien casi arrepentida por sacar el tema busca mi mano, la que tengo apoyada en mi pierna, y la acaricia cariñosamente.
—¿Y cuando estabas en casa?
—Pues lo típico —encojo un hombro—, intentar que mi hermano mayor me hiciera caso para hacer puzzles o jugar a canicas, empacharnos de mazapanes y turrón y… ah, nosotros éramos más de Reyes Magos.
—Ah sí ¿eh? En mi casa también. ¿Cual era tu favorito?
—Baltasar, por supuesto —contesto tomándolo muy en serio—. ¿El tuyo?
—Melchor.
—¿Por qué a nadie le gusta Gaspar? —pregunto.
Suelto una risa cómplice completamente relajado, y un momento después retomo el tema; me puede la curiosidad saber porque si eran más de Reyes porque estamos celebrando la llegada de Papá Noel.
—Todo cambió cuando nació Paula, pensamos que abriendo los regalos el veinticinco disfrutaría más las vacaciones escolares… Luego con ella más grande ni siquiera le gustaba ir a la cabalgata de Reyes, le daba miedo perderse entre tanta gente —yo asiento pero no digo nada, era un miedo totalmente justificado— así que, mi madre y yo seguimos igual con la llegada de Mateo.
De pronto, nos quedamos en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
—¿Crees que a mi me pasará lo mismo? —pregunta confundiendome sin saber a que se refiere cuando vuelve a hablar— Lo de mi madre… Que una Navidad sea la última que recuerde sin saberlo, que me olvide de nosotros…
Yo trago saliva compungido, sin querer pensar en ello, pues la simple idea de que eso suceda me aterra.
—Yo no dejaré que lo hagas —murmuro y me inclino para besarla con todo el amor que le proceso—. No voy a permitir que nos olvides.
Mientras nos dejamos llevar, entre beso y beso, la mano de Raquel vuelve a perderse en mi barba más tupida, acariciándola lentamente hasta romper el contacto de nuestros labios.
—Oye, ¿Qué has querido decir antes con lo de la barba? —frunce el ceño— ¿Qué es lo que tienes preparado para mañana?
—Ah, eso… He alquilado un traje de Papá Noel.
Raquel separa su cara de la mía para poder mirarme perpleja ante mi confesión, dicha con total tranquilidad, como si no tuviera importancia alguna.
Por lo visto, la he dejado sin habla.
(...)
Creo que no había estado tan nervioso… Ni atracando la fábrica de moneda y timbre. Ni siquiera cada vez que la idea de pedirle matrimonio a Raquel flota por mi cabeza.
Ya es casi medianoche, la hora prevista para tomar un chocolate caliente y comer unas galletas viendo una película, hasta quedarnos dormidos. O hasta que los niños lo hagan. Aunque esta vez, hemos modificado la tradición un poco y en lugar de nuestra cama, hemos adaptado el sofá del despacho con un montón de cojines y mantas. Yo estoy terminando de recoger después de haber cenado tranquilamente la receta del pollo al horno de Mariví de la cual Raquel se ha encargado.
La miro de reojo mientras dejo un trapo en la encimera de la cocina y no puedo evitar sentir un cosquilleo. El ruido de sus tacones al caminar hacia mi no me distraen a la hora de repasarla de arriba abajo sin ningún tipo de vergüenza. Está noche está más guapa que nunca. Y como huele. El olor de su perfume es simplemente droga par.
Me acerco a ella y dejo un beso en su frente mientras la rodeo entre mis brazos. Las risas de Paula y Mateo llegan desde el despacho. Todavía no me puedo creer que esos dos, formen parte de mi día a día. Que yo sea su padre. Vuelvo a mirar a Raquel y ahora beso sus labios, recreándome en ellos. Segundos después, ella se separa lentamente de mí, alisando la corbata contra mi pecho. Porque aunque hemos cenado los cuatro en casa, hemos decidido vestirnos más elegantemente que de costumbre.
Antes de que pueda decirle nada, Mateo nos llama gritando a pleno pulmón y eso hace que Raquel se muerda el labio. Tal vez no debería haberle permitido comer caramelos a escondidas y si se ha pasado con el dulce.
—Está excitadisimo —comento agarrandole la mano y yendo hacia el despacho—. ¿Debería hacerlo ya, no? O mejor espero a que esté distraído con la película…
Raquel se frena antes de entrar y se gira para mirarme mientras con la punta de sus dedos acaricia mi cara.
—Sergio, ¿Estás seguro de esto?
Yo asiento sonriendo y agarro sus manos para besarlas.
—Lo tengo todo planeado, saldré por la puerta del jardín para llamar a la puerta principal.
—Afuera hace casi treinta grados mi amor, te vas a asar —me interrumpe intentando convencerme pero yo sacudo la cabeza negando.
Ella rueda los ojos y se encoge los hombros en un gesto que parece indicar un «tú verás». Los dos entramos en el despacho y tal y como han hecho los niños, nos descalzamos. Nos sentamos en el sofá —yo lo más cerca de la puerta— y Mati le da al play.
—¿Pesadilla antes de Navidad otra vez? —Paula se queja mientras come turrón que yo mismo me encargue de conseguirle, lo cual le hizo muy feliz.
Desde luego, no sé como le entra después de todo lo que ha cenado.
—Es tradición —Mateo que durante la cena llevaba una camisa con una pajarita y unos pantalones parecidos a los míos y ya se ha puesto el pijama igual que su hermana, se acurruca contra su madre y ella no tarda en empezar a acariciar su pelo.
Por un segundo, me he sentido desubicado, casi fuera de lugar. Sin embargo Raquel no tarda en posar su mano en mi pierna y apretar, impidiendo que piense más de lo necesario.
En ningún momento estoy pendiente de la película, ni de las caricias de Raquel, ni de las risas de Mati o las quejas de Paula. Y viendo que él está completamente concentrado en lo que pasa en la pantalla, me escabullo lo suficientemente rápido y guiado por las luces de colores que iluminan nuestro hogar hasta nuestra habitación donde me espera el traje de Papá Noel que he guardado en el armario.
Unos quince minutos después, consigo ponerme el traje completo, incluido la barba blanca, el gorro, el cojín para fingir una tripa falsa y unas gafas sin graduar redondas y minúsculas que se aguantan en mi nariz.
Joder si que da calor todo el traje.
Antes de salir de casa y con cuidado de no hacer ruido, recojo los regalos pequeños —que Raquel y yo habíamos comprado juntos y alguno que ella no sabía— y los guardo en el saco de terciopelo rojo. Cinco minutos después estoy llamando a la puerta. Las ganas de ver la cara de Mateo son superior al calor que estoy pasando. Solo por vivir ese momento, merece la pena que sienta como la camisa y la chaqueta se adhieren a mi espalda empapada en sudor.
Aunque si tardan más probablemente me desmaye.
En el instante en que Mateo abre la puerta sorprendido, las gotas que se deslizan por mi cuello, dejan de importar. Ahora únicamente puedo fijarme en los ojos de mi hijo. Una mezcla de ilusión —o eso quiero creer— y estupor porque no se lo esperaba para nada. Mira hacia todos lados, tal vez buscando a mi yo real, pero por evidentes razones no me encuentra. Paula se está aguantando la risa y Raquel le clava el codo en las costillas justo a tiempo cuando Mateo las mira y yo paso al interior de nuestra casa, empezando mi propio show.
Honestamente, pensaba que me iba a costar meterme más en el papel, pero no es la primera vez que actúo, de hecho en todas ellas Raquel ha tenido algo que ver, directa o indirectamente.
—¡Ho, ho, ho! Feliz Navidad —grito, haciendo mi voz mucho más profunda.
Yo busco la mirada de Raquel para que me eche una mano e interactue un poco, ya que Paula sigue intentando contenerse y Mateo se ha quedado sin habla.
—¿Qué… Qué haces aquí Papá Noel? —pregunta, en un tono demasiado forzado para mi gusto.
Me acerco hasta el enorme árbol que preside el salón y empiezo a abrir el saco.
—Estaba leyendo mi lista de los niños que se han portado bien y Mateo —él sonríe— estaba en ella, así que he decidido presentarme personalmente para darle unos cuantos regalos.
—Que detalle —murmura Paula, ganándose una mirada de su madre—, Papá Noel.
—Ten cuidadito señorita —digo profundamente—, tal vez mis elfos y yo hayamos decidido dejarte carbón.
—Eso es de los Reyes Magos —interviene Mateo.
Carraspeo sin saber que decir después de haber metido la pata.
—Somos amigos —me encojo de hombros—, me han prestado un poco de su carbón para quien se porte mal y tú no eres uno de ellos, ¿Verdad?
—Yo este año me he portado super bien —contesta contento—. ¿Me has traído la Nerf que pedí para jugar con mi papá?
—Tendrás que verlo.
—¿Y el microscopio?
—Ay Mateo, calla ya —Paula pierde la paciencia—. Yo pedí…
Antes de que siga hablando y comiencen una discusión, empiezo a sacar paquetes de todos los tamaños, dejándolos al lado de los que ya habíamos preparado Raquel y yo bajo el árbol un rato atrás. Mientras Paula y Mateo empiezan a destripar los envoltorios la mirada de su madre está casi atravesandome.
—¿No te has pasado un poco? —me susurra, pues si fuera por ella Paula y Mateo habrían tenido la mitad de regalos.
Yo respiro agitado, temiendo que ella se vaya a enfadar. Pero que coño, es la primera Navidad que voy a pasar con mi hijo… Y el dinero no es ningún problema. Por lo menos no ha pedido nada imposible como un bebé o un dinosaurio. Aunque sí es cierto que estoy en el equipo de Raquel a la hora de educarlos, no podemos consentirlos y permitirles todo por mucho que tengamos el dinero suficiente. O más que suficiente. Ella sacude la cabeza negando cuando me encojo de hombros ante toda respuesta y me deleito viendo como abren regalos.
—¿Unos calcetines?
Paula rueda los ojos en nuestra dirección.
—Esperaba, no sé, las llaves del coche…
—Sigue soñando, cariño —le contesta Raquel.
Si hubiera sido por mí, probablemente sí que se lo hubiera regalado. Ahora mismo le esperaría aparcado con un lazo en la entrada. No es el caso. Raquel no me dejó.
—¡Calzoncillos de Star Wars! —grita Mateo contento abriendo uno de los paquetes.
Raquel se acerca a mi y me susurra al oído:
—No te pongas celoso, tú también tienes unos.
—No destripes mi… Los regalos de Sergio —murmuro y me separo abriendo un poco el cuello de la chaqueta roja tratando de que me llegue aire. Me va a dar algo.
—¡Buaaah, unos vaqueros de Zara! Justo los que quería —Paula sonríe en mi dirección—. Gracias Ser… Papá Noel. Toma mamá —le lanza un paquete— Este pone que es para ti.
Raquel se une a nuestros hijos para abrir los paquetes con el mismo ansia que ellos. Los calcetines de piezas de sushi han sido todo un acierto a juzgar por la forma en la que grita y me los enseña a diferencia de la reacción de Paula. Pronto, todo el suelo está lleno de papel de envolver y mis ojos luchando por no derramar ni una lágrima. Soy un sentimental, que le voy a hacer. Pero es que ser testigo de la ilusión de mi hijo por tener unas nuevas palas para la playa, unas pistolas nerf —con las que ahora está disparando a su hermana— o el microscopio y un par de libros que se que deseaba, me hace realmente feliz. No tengo palabras. Es simplemente, el amor de familia que me calienta el corazón y que en el fondo, siempre había deseado. Es volver a sentir el cariño que experimentaba con mis padres cuando era un niño… Tener lo que ellos tenían con Raquel.
Si sigo así, estoy seguro que me doleran las mejillas de tanto sonreír al ver a Mateo parpadear varias veces con una caja entre sus manos. También la Navidad es eso, volver a ser un niño. Y yo me perdí muchas como para ahora no estar deseando montar ese halcón milenario de Lego con mi hijo.
—Hey —desvío la mirada cuando escucho a Raquel a mi lado—. ¿Estás bien?
Mis labios se curvan bajo la barba falsa y asiento. Sus brazos cruzan como pueden mi cintura, apoyando una de sus manos en mi pecho mientras Paula y Mateo están distraídos con los regalos.
—Estás sudando —ella enarca una ceja.
—Voy a devolver este traje ya mismo —murmuro, sabiendo que tenía razón, que la temperatura no era la ideal para esta vestimenta.
—¿No puedes quedártelo un poquito más?
Me separo lo suficiente para mirarla juntando mis cejas en un gesto entre contrariado y sorprendido.
—¿En serio? ¿Papá Noel? —Raquel se muerde el labio y asiente— ¿Tu padre no hizo esto cuando…?
—Nunca —me responde antes incluso que acabe la frase.
—Entonces si —le doy un pico rápido—, pero sin la barba que pica.
Ella suelta una carcajada, baja su mano que estaba acariciando mi espalda y me pellizca el culo, separándose de mí antes que los niños nos descubran.
Raquel vuelve junto a ellos, recogiendo el papel y amontonando sus regalos —entre ellos el álbum de fotografías de nuestra familia que le he preparado y que le ha hecho emocionarse y el perfume de Armani que suele usar junto a varios productos para tomarnos un baño relajante juntos— y yo me quedo pasmado mirándoles.
(...)
Me asomo a la habitación de Mateo, iluminada con una tenue luz para la lectura y le veo con la mirada fija en uno de sus nuevos libros cuando de pronto le asalta un bostezo.
—Creo que ya es hora de dormir, enano —comento, ya vestido con unas bermudas y la camisa navideña de manga corta. Aún así sigo acalorado.
Él pega un pequeño respingo y yo me acercó mientras se queja del susto que le he dado. Mati deja el libro en la mesita y cruza sus piernas poniendo recta su espalda contra el cabecero. Me siento en el borde del colchón a su lado y repaso la mirada por cada rincón, fijándome en los detalles. En la foto de nosotros dos viendo la bioluminiscencia este verano pasado que cuelga en la pared junto con un poster de la tabla periódica y otro bastante divertido del gato de Schrodinger saliendo de una caja. También me fijo en el terrario donde vive Newton, su gecko. En lo ordenado que está todo y en los diferentes regalos de Navidad amontonados encima del escritorio.
—¿Qué te parece si mañana empezamos el puzzle de cinco mil piezas?
—Siii —grita emocionado. Sabía que el puzzle del mapamundi le encantaría—. Y también podemos jugar con los coches teledirigidos, podríamos hacer un circuito por toda la casa… Y con las pistolas…
Yo sonrío contento y asiento. Me emociona participar en sus juegos. No solo en los educativos.
—Pero ahora a dormir.
—Vale.
Me inclino para darle un beso de buenas noches mientras él ya se ha quitado las gafas dispuesto a dormir. Rápidamente cruza sus brazos alrededor de mi cuello y me abraza con fuerza.
—Gracias por todos los regalos, papá —susurra—. Bueno, y a mami también pero… —se separa para mirarme de cerca— Sabía que Papá Noel eras tú —termina bien bajito, compartiendo un secreto.
Yo me quedo callado y se forma una arruga entre mis dos cejas cuando le escucho.
—Pero…
—No quería que te pusieras triste por saberlo, pero también quería que supieras que han sido los mejores regalos de toda mi vida —me vuelve a dar un beso en la mejilla y se deja caer hundiendo su cabeza en la almohada, completamente agotado— y la mejor Navidad —sus ojos se están empezando a cerrar inevitablemente.
—También la mía —me separo de él acariciándole el pelo de la frente—.
—Buenas noches, papá. Te quiero.
—Y yo a ti, hijo —susurro antes de salir de la habitación y cerrar la puerta detrás de mí.
No sé si ha sido toda la carga emocional de este día o que realmente mi temperatura corporal se ha descontrolado por culpa de ese maldito traje de terciopelo rojo, pero me noto la piel ardiendo y lo que más agradezco en el mundo ahora mismo es haber elegido esta casa sin duda alguna, o concretamente la piscina.
Sentado en el borde tomo nota mentalmente para hacerle saber a Paula la gran idea que fue hacerle caso. Sonrío, abrumado y tratando de gestionar todas esas sensaciones, viendo las ondas que se forman en la superficie del agua con cada movimiento de mis pies bajo esta mientras pienso en todo y en nada.
El jardín apenas está iluminado por las luces navideñas y las luces de la piscina mientras que el cielo a esa hora de la noche está oscuro, a excepción de las estrellas que habitan en él; y eso acompañado del silencio que me rodea simplemente me hace estar en paz. Tranquilo. Relajado.
—Hey, estás aquí, Papá Noel —la voz de Raquel me saca de ese trance cuando sus dedos acarician mi nuca y se queda de pie a mi lado, descalza—. ¿Qué haces?
—Refrescarme un poco —encojo un hombro.
—Pero para eso puedo ayudarte yo.
Enarco una ceja.
—¿Todavía no sabes que tú me provocas el efecto contrario?
—Ah, pero no de esa forma.
Y antes de que pueda replicar ni decir nada, Raquel —con una sonrisa maligna— intenta empujarme al agua. Y lo consigue. Sólo que yo he sido más rápido y he forcejeado con sus manos lo suficiente para llevarla conmigo. No puedo evitar soltar una carcajada al salir a la superficie con Raquel quejándose y chapoteando, tratando de golpearme en el hombro a ciegas gracias a que su pelo le impide verme, totalmente pegado a su cara. Yo la sostengo por la cintura —aunque la piscina no es lo suficientemente profunda para que no haga pie— y ella aprovecha para echar su cabeza hacia atrás para de esa forma apartar su pelo húmedo. Ese simple gesto acompañado de sus piernas cruzando mis caderas y elevando su pecho, me provoca una nueva oleada de calor imposible de mitigar ni tan siquiera con todo el agua que nos rodea.
Relamo mis labios sintiéndome cohibido ante su intensa mirada y mis ojos viajan directo a sus pechos, deleitándome con la vista de sus pezones endurecidos contra la tela de su vestido. Rápidamente vuelvo a subir la mirada hasta su cara y compruebo como ella me sonríe divertida, juguetona. Raquel se eleva lo suficiente para acomodarse con la ayuda de mis brazos, sin soltar el agarre de sus piernas, probablemente siendo consciente de la excitación que empieza a crecer bajo mis pantalones. Mis manos bajan hasta su trasero clavando mis dedos en sus nalgas, pegandola más a mi mientras me inclino hacia ella y la beso con devoción a la vez que me muevo con ella —casi flotando— hacia el bordillo en el que antes estaba sentado.
—No sé cómo lo hacemos —separa sus labios de los míos y vuelve a besarme varias veces mientras entierra sus dedos entre mi pelo mojado— pero siempre acabamos bañándonos vestidos.
Yo sonrío y sacudo mi cabeza sin soltarla, atrapada entre la pared de la piscina y mi cuerpo. Me encantan las gotas que resbalan por su nariz y como su piercing brilla por culpa del reflejo de las luces y del agua.
—Es tú culpa.
—No, no. Siempre me acabas tirando tú.
—Porque no puedes conmigo… Estoy —la sigo sujetando con un brazo sin esfuerzo alguno y con el otro intento sacar el músculo del bíceps— fuertote.
Ella hace una mueca intentando no reír y eleva las cejas con evidencia.
—Vale, si quisieras…
La carcajada de Raquel no se hace esperar y para borrar mi cara de indignación me regala un besito, corto y rápido en los labios. Pero ambos sabemos que ella podría patearme el culo siempre que quisiera.
—Conozco todos tus puntos débiles —me muerde el labio y sin que me haya dado cuenta ha bajado una de sus manos hasta mi costado donde clava su dedo indice justo donde tengo cosquillas, haciéndome brincar—. Todos —esta vez la mano se mueve hasta mi bajo vientre justo antes de separarse de mi.
—Tienes razón, no puedes conmigo porque no quieres —es lo único que atino a decir, embelesado por su caricia, soltándola sin previo aviso.
Ahora la diferencia de altura es más que evidente aunque no tardo en poner solución. Sin decir nada, le agarro de las piernas y le ayudo a sentarse al borde de la piscina. Yo me coloco entre estas, posando las manos en sus rodillas y besando el interior de su muslo mientras ella con sus uñas me acaricia la cabeza, enredando sus dedos en mi pelo.
—Y también tenías razón en lo otro —alzo mi mirada buscando la suya.
Ella me mira sin comprender a qué me refiero, apartando levemente la mano.
—Casi me desmayo del calor.
—Te lo dije —chasquea la lengua y me peina el pelo hacia atrás.
Yo vuelvo a bajar mis labios frotando su piel húmeda con ellos y los deslizo acariciandola mientras mis manos arrugan parte de su vestido al aferrarse a él, subiéndolo levemente. Desde luego, no podía imaginar mejor forma de terminar la noche que con un baño nocturno, en pleno invierno. O si. Haciéndole el amor a mi mujer, claro. Pero por ahora eso tendrá que esperar.
—Pero tu eres un cabezón —me tira del pelo cuando mis dientes rozan con más presión de la que quiere permitirme y junta levemente sus piernas.
—Ha merecido la pena —le contesto con mis pupilas dilatadas—. Me ha dicho que han sido los mejores regalos de su vida… Aunque sabía que era yo todo el rato.
Hago un mohín y ella se calla un nuevo «te lo dije» porque aunque me había dicho que Mateo se olía algo de la realidad navideña, yo no quise escucharla. Quería creer que aún podía vivir esa ilusión, con lo que no contaba es que mi hijo es el más listo de todos.
—Pero no quería romperme la ilusión —encojo un hombro.
Raquel no se corta a la hora de reírse y sacude su cabeza negando. Aprovecho que ha aflojado sus piernas para separarme y con la ayuda de mis brazos, salir del agua para buscar unas toallas que hay en una de las hamacas y cubrirnos a ambos. Aunque el clima es tropical, la temperatura por la noche ha bajado considerablemente y empapados aunque no tengamos el frío propio de esta estación del año, se hace más notable. Me siento a su lado y nos cubro a ambos mientras ella se apoya en mi pecho.
—Para mí, también ha sido una de las mejores noches de mi vida —murmuro contra su pelo.
—¿Lo dices por la vajilla duralex o por los calzoncillos de Star Wars?
Yo suelto una carcajada profunda y durante unos segundos me distraigo con las caricias de sus dedos sobre mi brazo mientras hablamos de los múltiples regalos que nos hemos hecho entre nosotros y a los niños y lo muy especial que ha sido la noche. Inolvidable. Segundos después, queriendo expresar todo lo que siento, respiro hondo y expulso el aire por la nariz. Sus ojos se clavan en los míos y con el pulgar delineo la silueta de su mejilla.
—Lo digo por ti y por los niños —digo sinceramente retomando la conversación—. Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo.
—Sergio —jadea, emocionada y yo amo como suena mi nombre en sus labios con total naturalidad—. Tú… —se toma su tiempo, completamente abrumada— Eres todo lo que necesitamos en Navidad para ser felices.
Sonrío de la misma forma que ella y nos besamos pausadamente, disfrutando de ello hasta quedarnos sin aire. Al separarnos, succiono levemente su labio inferior y sigo con mis manos en su cuello.
—De todas formas, el año que viene… Tal vez podríamos viajar a Laponia.
—¿En serio?
—En serio, ¿Te parece normal este calor en plena Navidad? Es antinatural…
Ella asiente lentamente. No es la primera vez que lo hablamos, después de todo Paula ha estado recordando estos días sus tradiciones en Madrid, el salir a comer churros con chocolate con sus amigos, patinar sobre hielo o ir a Cortylandia con Mateo y eso es algo que nunca podríamos hacer en el sudeste asiático.
—¿Y qué haríamos allí?
Yo me levanto y ayudo a Raquel a hacerlo, frotando sus brazos para evitar que su piel se erice y luego la cubro con mi brazo por encima de su hombro atrayendola a mi.
—Pues conocer al verdadero Papá Noel —digo mientras vamos hacia el interior de casa.
—Sergio estás obsesionado, no te hacía tan navideño de verdad…
—Me ha invadido el espíritu… —le resto importancia— Pero también haríamos más cosas… —carraspeo— por ejemplo, iríamos a patinar sobre hielo y fingiría que lo hago mal —es mentira no me haría falta fingir— y aprovechándome de mi torpeza, me agarraría a ti y te robaría algún beso.
Raquel sonríe relamiéndose los labios y luego escucha atenta como le cuento que también alquilaría una casa en medio de un bosque, haríamos una guerra de bolas de nieve con los niños, veríamos juntos nevar frente al fuego de la chimenea y también algo menos navideño y privado, como escondernos bajo una manta para hacer el amor.
Dejo la toalla colgando de una silla en el porche y me quito la ropa húmeda para quedarme solo con los calzoncillos de Star Wars de color negro con un sable rojo que le cruza y la silueta de Darth Vader en un lado que Raquel me ha regalado esta misma noche, criticando de paso mi gusto por los de «abuelo». Ella me repasa de arriba abajo y se muerde el labio.
—Estás contento o el sable láser es con relieve —me señala y yo me averguenzo cubriendo mis partes.
Ella rueda los ojos y tira de mí yendo hacia la habitación rápidamente.
—Sergio —yo me giro para observarla una vez dentro—, me encanta tu plan para el próximo año… —yo asiento— pero al final, el lugar es lo de menos mientras estemos juntos.
Ella se pierde en el baño y yo la sigo con la mirada viendo como se quita la ropa mojada. Tiene razón, como siempre. Da igual donde estemos, el frío o el calor que haga, si lo que quiero es que estemos juntos.
No cabe la menor duda que mi Navidad son ellos.
Que son mi mejor regalo.
