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Como quieras quiero

Summary:

Shang Qinghua tiene un puesto de comida callejera con un nombre muy peculiar, un comensal llegará a probar sus platillos y tal vez algo más.

Notes:

De antemano una disculpa si hayas errores de redacción u ortográficos en el fic, mi revisión fue algo rápida.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

En pleno centro de la ciudad un hombre sintió el rugir de su estómago por falta de alimento.

Era la hora de comer en su trabajo, recientemente transferido a la oficina central para laborar bajo la mano de su tío.

No era una persona con una actitud sencilla por lo que los demás empleados temían interactuar con él, su presencia era gélida e imponente, pero a pesar de ser un punto a favor a la hora de hacer negociaciones; en este momento estaba hastiado de que las personas huyeran de él cuando les hacía una pregunta.

Una pregunta, de hecho, muy sencilla. “¿Dónde hay un restaurante cercano?”

Impotente y fastidiado pudo percibir un aroma muy característico: masa.

Volteó en la esquina y vio un puesto de gorditas, tacos, quesadillas y tortas. No era ostentoso pero al menos tenía cierta variedad.

No quiso pecar de quisquilloso y decidió que sería un lugar decente para mitigar el hambre, ya preguntará más tarde a alguien de un lugar mejor para ir diariamente.

 

—Pásele, güerito, ¿qué le doy, qué le sirvo, mi rey? —El cocinero torteaba las bolas de masa para las gorditas mientras señalaba el menú de guisos al costado. Mobei bufó ligeramente ante el apodo, miró el menú y escogió precisamente una orden de gorditas con carne deshebrada.

 

Mientras le era preparada su orden se entretuvo con el espectáculo visual de ver cómo le era realizado su platillo.

 

—¿Refresco, agua o café? Lo que quiera se lo damos, si no tenemos lo conseguimos, adelante. —Con ello Mobei pudo entender un poco más el nombre del establecimiento, ahora tenía sentido. Solicitó un café y le fue servido mientras el guiso terminaba de calentarse.

—¿Tienes leche? —Le preguntó al joven de cabellos castaños que lo atendía.

—Nada más veo si no se nos murió la vaca. —Soltando el chascarrillo fue a la hielera para revisar si el tetrapack de leche todavía tenía, afortunadamente así fue y pudo evitarse la ida al supermercado de unas cuadras, pero tendría que resurtirse.

—Sigue viva y bien sanita, tenga, recién ordeñada; mi rey. —Mobei no negará que esas frases de vendedor sexagenario le hicieron algo de gracia, le hizo recordar al padre de su mejor amigo. Sólo que era más interesante escuchar estas palabras de alguien que recién se ve en sus veinte.

 

El rubor, propio de estar al calor de la estufa, le acentuaba jovialidad y daba una pizca de ternura. El cocinero tenía unas mejillas casi tan redondas como las bolitas de masa que paseaba por sus manos. Ciertamente alguien agradable para ver mientras se almuerza.

Su comida le fue dada y la disfrutó mucho, tal vez más de lo esperado. El cocinero empezó a platicar con Mobei mientras hacía más y más gorditas, este respondía estrictamente necesario a cada pregunta que le era hecha, pero siempre contestaba. Así fue cómo supo de su pequeña travesía matutina en busca de alimentos.

Shang Qinghua no tenía pelos en la lengua ni reserva alguna cuando de seducir clientes se trataba. Desde niño su vida siempre fue vender comida en el negocio de la familia, por lo que ya había perdido toda vergüenza para halagar comensales.

Al terminar sus gorditas pagó, le gustaba la comida mexicana pero tal vez si comía diario le cansaría, de vez en cuando no estará mal. Se levantó de la silla alta en la que estaba pero unas palabras del muchacho lo detuvieron.

 

—Ojalá te haya gustado el guiso, mi rey, si no vuelves mañana me pondré triste. Estás advertido —Y ante esa amenaza, a pesar de ser dicha con una sonrisa y entre risas, Mobei cedió.

 

Los días y semanas pasaron, poco a poco había probado todo el menú, también había observado la fauna usual de clientela que rondaban aquel puesto esquinero.

Lo frecuentaban mucho, el flujo de personas era constante ya que la mayoría pedía para llevar, pero si incluso algunos se quedaban para comer en calma; siempre había un lugar vacío para sentarse.

A Mobei le llamaba la atención la forma en que Shang Qinghua atendía, resultaba agradable.

Debido a su mala cara siempre intimidaba al resto de las personas y solían evitarlo, el hecho de que fuera un hombre atractivo le sumaba puntos a la visión inalcanzable que le tenían.

A veces esto era algo a favor, pues restaba el tratar innecesariamente con las personas, pero otras veces podía ser muy solitario.

Así que recibir ese pequeño trato diario de cercanía le gustaba, le prestó más atención al cocinero con el tiempo, incluso llegaba a hacerle también una que otra pregunta.

Cuando terminaba de comer y debía regresar a su rutina, en ocasiones dejaba que la conversación se alargara un poco más.

La manera en la que paloteaba tortillas, guisaba la carne y limpiaba su área e instrumentos para cocinar era placentero. Sus manos eran algo pequeñas comparadas a su estatura promedio, a decir verdad su belleza también era algo que no hacía estallar los estándares.

Tanto sus facciones como su cuerpo podrían decirse que estaban bien aunque no sean impresionantes, su cintura ligeramente abullonada podría no hacerlo entrar en los típicos cánones de lo que es bello.

Mientras comía una de las gorditas hechas por él mismo, Mobei se dio cuenta que el muchacho era muy parecido a ese platillo.

Simple y redondeado como sus mejillas, brazos, estómago, piernas y ¿por qué no? Sus asentaderas también. Incluso el color levemente dorado y el aroma a maíz que se le había ido mimetizando al trabajar con ese material tanto tiempo.

¿Y si lo mordiera, también sabría a…? Basta, el tren mental de Mobei estaba yendo hacia lugares ridículos. Parece que tanta comida mexicana diaria estaba empezando a afectarle.

Sacudió la cabeza para deshacerse de esas ideas a lo que Shang Qinghua le llamó.

 

—¿Qué pasó, güerito? —El oficinista sintió un poco calientes las orejas por haber sido atrapado haciendo un gesto tonto como ese.

Se excusó y sacó a colación un tema que había pensado días antes. —Me preguntaba si ofrecías servicio de banquetes, el padre de un amigo celebrará su cumpleaños y le comenté que haces muy buena comida.

Habrá sido su imaginación ¿o lo rosado usual de las mejillas ajenas se había potenciado levemente con eso último? —Soy un experto con ello, sólo dime cuánto querrás y la fecha para agendarte, mi rey. —Para sorpresa de nadie, eso fue mentira. La pobre agenda mencionada no podía estar más vacía de reservas, ya que jamás le habían solicitado un banquete.

 

Pero eso no sería lo que un hábil puestero diría, si debiera engañar a un negociador de temple tiránico para vender, así sería. Este dio las especificaciones y se retiró después de pagar su almuerzo de hoy.

Afortunadamente no eran tantos pedidos, podía manejarlo. Sería el fin de semana que venía, un poco pronto pero el tiempo era adecuado.

Mobei quería tener este detalle con Tianlang porque lo apreciaba mucho, incluso más que a su propio tío. A veces podía parecerle hostigoso pero siempre fue alguien que podía apoyarlo desde que conoció a su hijo en la preparatoria.

Cuando el día del festejo llegó en la quinta rentada, el hombre mayor estaba muy feliz a lado de su esposa, admirando a Shang Qinghua armando un puesto donde sería servida la comida a manera de buffet.

Le guiñó el ojo a Mobei y alzó el pulgar para indicarle aprobación después de echarle un vistazo al joven cocinero. La mueca y oscuridad en el rostro de quien tuvo la osadía de tal regalo gourmet se hizo presente.

Vaya que sí había sido muy obvio en la plática sobre la comida y el romántico hombre se dio cuenta de lo raro que podría ser el decir halagos de su parte a alguien.

Tal vez ese casi tío pudo reconocer en su mirada el brillo de cuando se habla de una persona que se gusta.

¿Gustar? ¿Cómo es que ocurrió? ¿Habrán sido las palabras típicas para cortejar a los comensales? ¿El pequeño placer de verlo lavarse las manos cada que tocaba el dinero para no ensuciar los alimentos? ¿Cuándo le pedía echar un ojo mientras iba corriendo al supermercado porque “la vaca se había desvivido”? Quizás fue un poco de todo ello.

Quizás fue lo divertido que resultaba verlo correr atravesando la calle, o la forma que tenía para hablarle con ironía y sarcasmo a los clientes difíciles a pesar de su aspecto suave.

Suave; como la suavidad del dorso de sus manos, contrastantes a sus dedos que si bien no eran callosos, sí se apreciaba que eran su principal herramienta de trabajo y que rozaba a veces al pasarle el cambio.

Cambio. Podría decir que había cambiado su trato hacia él de los demás; por lo que quizás, y sólo tal vez, le gusta.

Volteó y vio cómo Shang Qinghua agitaba la mano para saludarlo, su mala cara cambió a una pequeña curva hacia arriba ante ese gesto. Resopló por la nariz; vaya que sí le gustaba.

¿Lo suficiente para pasar varias veces y preguntarle si todo estaba yendo bien a lo largo de la fiesta? Sí

¿Lo suficiente para ofrecerle una copa porque no sabe coquetear y es lo único que se le ocurre? Claro

¿Lo suficiente para ayudarlo a guardar el puesto? Quizás si fuesen pareja sí lo haría, no le gusta ensuciarse las manos con polvo.

Pero una vez al acabar podría invitarlo a bailar, la noche caía y Tianlang le aconsejó que sería buena idea. Le daba vergüenza pues no solía hacer ese tipo de cosas, más porque la invitación al lugar fue dada desde una propuesta profesional, no social.

Temía que se viese presionado y aceptara por compromiso, pero no contó con la gallardía del cumpleañero.

Este se había adelantado a las preocupaciones de Mobei y frente a sus ojos fue a hacerle la propuesta al muchacho. Ese hombre no le daba un respiro.

Pero como este señor ya se lo había imaginado, la respuesta fue un sí. Se veía a sí mismo como un celestino realizado.

Shang Qinghua no negará que al principio pudo sentirse intimidado por el aura del oficinista, pero como vendedor no puede doblar las manos, aún y con los huesos temblando debe poner su mejor sonrisa y orar a Dios para que no se trate de un cliente difícil.

No habría sobrevivido si no se aferrara a su pánico constante al atender, pero una vez que pasó el miedo al bromear con él y no obtener comentarios negativos, pudo apreciar a una persona abriéndose de a poco.

Lo consideraba un comensal usual en su puesto. Uno muy guapo, tendría que admitirlo.

Por ello tuvo una sensación agradable cuando al siguiente día de su primer encuentro, volvió. Parece que la advertencia había surtido efecto y ello le provocó ternura.

No creería que alguien tan serio le diese importancia a esas palabras dichas al azar.

Así que cada día se aventuró más para ver hasta dónde cedía. Hallaba satisfacción cuando sus ocurrentes y quemados chascarrillos llegaban a provocarle un cambio en su expresión.

En ocasiones notaba una pequeña curva ascendente, otras veces un ligero bufido, también había momentos donde su cabeza se agitaba de un lado a otro.

Aunque si alguien le preguntara, no sabría decir con certeza cuándo ese unilateral juego en su cabeza empezó a gustarle.

Pero puede decir, con mucha seguridad, que el día cuando Mobei le comentó que había hablado bien de su comida a otra persona se sintió muy feliz.

Ahora el saber que ese hombre trajeado tenía pena de ir a preguntarle directamente algo tan simple como bailar juntos le resultaba divertido. Quién diría que tuviese un lado así.

No se sentía muy a gusto de la ropa que llevaba puesta, era algo muy sencillo a comparación del traje que llevaba el otro pero qué más daba, no quería rechazar esta oportunidad.

Terminó de acomodar un par de cosas y caminó hacia él, podía notar lo tenso que estaba Mobei por no saber qué hacer exactamente en la pista, mover sus pies jamás había sido lo suyo.

Ambos habían bebido un poco a lo largo de la tarde, así que sólo sería cuestión de romper el hielo para dejar flojas sus extremidades.

Entonces fue cuando Shang Qinghua hizo una pregunta que jamás le había fallado para sacar a flote una conversación muerta.

 

—¿Piensas que las quesadillas deben llevar queso? —Mobei detuvo abruptamente el balanceo de pasos y miró con extrañeza a la persona con la que compartía el vals.

 

¿Esa pregunta era en serio? Si lo era o no, rio por lo bajo. El otro lo imitó y así pudieron tener la soltura necesaria para moverse más a gusto. Hablaron de todo y nada, Mobei no sabía si se debía a la pequeña cantidad de alcohol en su sangre pero se dio cuenta que nunca habían conversado tan bien.

Sin prisas por atender a otro cliente, o por la hora límite marcada para comer.

Su reconfortante plática se vio afectada por el hombre que cumplía años. Se había pasado de tragos y comenzó un concurso de beerpong improvisado, los que estaban en la pista fueron a disfrutar la algarabía del momento.

El único par que quedaba se vieron mutuamente y Mobei propuso seguir su conversación en su auto, a decir verdad prefería seguir hablando con el otro antes que beber cerveza y whiskey de un vaso donde se enjuagó una pelota sucia.

Shang Qinghua aceptó, tampoco le llamaba la atención ese juego pues no quería emborracharse, había bebido unos tragos pero todavía estaba en sus cinco sentidos.

Sería peligroso manejar en un estado peor mientras transportaba su única fuente de ingresos.

Llegaron al estacionamiento y se sentaron dentro del carro en la parte de atrás.

Era un auto muy elegante, Qinghua pensó que tal vez un día sería bueno manejar uno así y cambiar el pequeño bocho que solía usar.

 

—Bien dicen que todo se parece a su dueño, ¿verdad? Tan fino y hermoso —Se rio pero cayó en cuenta de sus propias palabras, había hecho un gran halago al oficinista. Ahora la risa trastabillaba, intentó cambiar el tema pero el otro tomó la palabra.

—¿Eso es lo que piensas de mí? —Tal vez Shang Qinghua pudo haber respondido al momento si no fuera porque con esa pregunta vino también una sonrisa un poco más amplia que las pequeñas muecas que llegaba a hacer. Y, aunque fugaz, le pareció impactante y encantadora.

 

Mobei estaba complacido, a pesar de ser consciente de su apariencia, raramente recibía cumplidos. Sobre todo de una forma tan natural, al venir de alguien que le gustaba resultó muy agradable.

Motivado por el momento, levantó su mano al rostro ajeno y peinó el flequillo castaño hacia un lado.

Verlo nervioso por lo que acababa de decir, fuera del personaje confiado que interpretaba durante su trabajo, fue gratificante.

Sus ojos redondos, sus labios carnosos, los mofletes adorables que adornaban su faz. Todo tan cerca de él.

¿Sería una imprudencia si…?

De pronto, una boca rozó la suya, como el toque de una libélula en el agua.

Avergonzados por el repentino acontecimiento, la pregunta había sido respondida.

Pero aún y con ambos teniendo la punta de sus orejas rojizas, repitieron aquello.

El contacto fue más largo, definitivamente, pero la posición no era la apropiada. Los dos se movieron ligeramente uno hacia el otro. Con este tercer beso pudieron sentir el pecho ligero.

Un hormigueo en los dientes, lengua y garganta, besar a la persona que te gusta es un placer cumplido lleno de regocijo.

Su encuentro sucedió sin intención alguna y sin embargo aquí están, con Mobei serpenteando su mano de la cintura esponjosa de Shang Qinghua hasta su espalda y con este levantando sus brazos para cruzarlos detrás de la nuca del más alto.

Movían los labios sintiendo el peso de sus respiraciones, el hormigueo aumentaba en sus columnas hasta la punta de sus dedos.

Soltaban suspiros en cada oportunidad para respirar, sus ojos estaban cerrados desde hace ya un tiempo. Cuando el choque de sus bocas ya no fue suficiente, las lenguas de ambos empezaron a tocarse, los sonidos acuosos hicieron erizar sus pieles.

Lento, sin sentir al mundo encima, las personas y las horas pueden esperar. Ahora eran sólo ellos aluzados por la luna que se colaba a través del cristal.

No había motivos ni razones para su enamoramiento, fueron las pequeñas acciones contrarias las que empezaron a formar un gusto mutuo. Tenían más oportunidades en el futuro para seguir construyendo ese sentimiento, más allá del banquillo de aquel puesto de gorditas.

Sus pechos se tocaban al inhalar, sentían el calor corporal del otro, Mobei acariciaba la nuca ajena y sus dedos se enredaban en los mechones sueltos de aquel moño mal sujetado.

La lujuria subiría si no se detenían en este momento, por lo que el mayor levantó la cabeza para romper el largo beso que dejó sus labios hinchados.

 

Miró fijamente, con su rostro serio, a Shang Qinghua. —Sí. —El cocinero no entendía a qué se debió esa afirmación y ahora era él quien lo miraba extrañado.

—Cuando empezamos a bailar preguntaste si pensaba que las quesadillas debían llevar queso. Yo opino que sí, ¿tú qué dices? —De sorpresa a una sonora carcajada. Lo había tomado completamente fuera de juego, no pensó que respondería esa cuestión, pero ahora a él le tocaba contestar.

—Ya te la sabes, mi rey. Como quieras quiero. —Se limpió un par de gotas en las esquinas de los ojos producto de la risotada previa.

Se dieron un beso casi tan suave como el primero y se dispusieron a salir del coche para volver a la fiesta, pero al llegar a la entrada de la quinta vieron una llamarada.

Parece ser que uno de los juegos improvisados de Tianlang salió mal y el puesto del cocinero estaba incendiándose. Algo sobre tirar por accidente el caldero de aceite sobrante y un hula hula de fuego.

En realidad ninguno de los dos podía procesar la explicación que decía el amigo del mayor.

Se miraron mutuamente y supieron que había un largo trecho por recorrer en esta aventura que sería el estar juntos.

Shang Qinghua creyó que tal vez podían apagar el puesto con las lágrimas que desbordaría.

Mobei creyó que golpear a un sexagenario en su cumpleaños no debería ser un delito bajo ciertas circunstancias.

Notes:

Feliz cumpleaños Chibi <3 Espero que este pequeño y humilde fic haya podido ser de tu agrado y de las personas que lo hayan leído. Algo muy soft pero próximamente se vendrán marranadas muajajaja
Lector, si te gustó agradecería que me lo hicieses saber con un comentario, opiniones y retroalimentación serán bienvenidas.
¡Gracias por leer!