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Apuesto mi vida

Summary:

Slice of life de la vida de Reiner, Marcel y Porco, desde la adolescencia hasta el comienzo de la adultez.

Notes:

comisión para @enteincorporeo que subo en caps para robar más ahre uno por día será, a menos que me olvide jajaj

síganme en twitter y manden pm si quieren consultar de las comisiones(?

disfruten.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Verano del '17

Chapter Text


AHORA, ¿TE ACORDÁS CUANDO TE DIJE QUE ESO ES LO ÚLTIMO QUE VERÁS DE MÍ?

¿ T E  A C O R D Á S  C U A N D O  T E  H E R Í  T A N T O ,  H A S T A  E L  L L A N T O ?


 

—¡Dejá de mojarme! 

—No seas maricón, estás en una pileta.

—Pero me mojás el pelo, pelotudo.

Porco le hizo burla. Cuando Marcel se descuidó, se le tiró encima, hundiéndolo por completo.

—¡Arghhh, BASTA! —Marcel se tiró sobre él también, tratando de ahogarlo.

—Mi mamá mandó ensalada de fruta y– —Reiner levanta de la vista del suelo a la vez que se detiene—. ¿Y Porco?

Marcel lo suelta y el otro sale, dando una bocada de aire.

—¡Te voy a matar! —grita.

—Y pidió que no gritemos tanto.

—Cómo rompe las pelotas —murmura Porco y su hermano lo codea—. ¿Qué? ¡Es verdad!

Reiner reanuda la caminata, bajando la mirada a sus pies otra vez para no tropezar, fingiendo que no escuchó nada.

Llega hasta la pelopincho y deja los vasos en la mesa de plástico, después vuelve a meterse. Los otros dos se acercan a tomar la ensalada.

—Tenemos que darle las gracias a la señora Braun cuando nos vayamos —dice Marcel, devorando la comida.

—Mamá siempre la hace con manzana —se queja Porco.

—A mi mamá no le gusta con manzana —murmura Reiner, flotando cerca de ellos.

—Tu mamá es una tonta —devuelve él.

—¡Ey! —reprende otra vez Marcel.

—¡Es de una película! —se excusa—. Además, Reiner sabe que estoy jodiendo.

—Lo sé… —el otro responde apenas, aunque sabe que no está jodiendo.

La tarde está cayendo, aunque es solo el sol, porque la tarde terminó hace largos minutos. Son casi las nueve de la noche cuando los tres deciden que ya fue suficiente juego en la pileta.

Los dos Galliard se despiden y Reiner comienza a guardar las cosas que estuvieron usando. Pone una lona sobre la pileta y después entra a su casa.

—¿Ya se fueron los chicos? —pregunta Karina cuando Reiner deja los vasos de la tarde en la cocina.

—Sí, recién.

—Están re grandes los chicos —sigue ella hablando—, no lo había notado antes, pero Marcel te sacó una cabeza y Porco está casi tan alto como vos.

—Ah, sí, supongo… —él le resta importancia—, voy a bañarme.

—En un rato está la comida.

Reiner sube veloz las escaleras al piso superior. 

Por supuesto que notó lo grandes que están. Notó muchas cosas esa tarde.

Como que Marcel estaba extremadamente alto y que ya no le quedaban rastros de la niñez, sino que sus rasgos eran cada vez más afilados y apropiados para un casi-adulto de diecisiete.

O que Porco estaba más delgado y que la piel de su estómago se estaba pegando más a sus músculos, revelando que todas las horas extras en la escuela jugando al básquet estaban dando resultado.

Otra cosa que notó esa tarde fue que cada vez le era más difícil alejar sus ojos de los cuerpos ajenos y, ahora se da cuenta, de que también le es difícil– por no decir imposible, alejar su mente de ellos.

Es la sorpresa, se miente, hace meses que no veo de cerca a Marcel, por eso no puedo dejar de pensar en él.

¿Y qué hay de Porco? Lo ve todos los días en la escuela.

 

Le molesta que Reiner tenga una pelopincho, porque esa es una excusa perfecta para los ratones de sus padres para no comprar una. Seguro vas a estar más tiempo en la de Reiner que en la tuya, es un desperdicio.

Porco no entiende porqué su familia tiene el delirio colectivo de que es amigo de ese. Ni siquiera le cae bien. En la escuela no hablan, Porco finge que no existe. No sabe si Reiner hace lo mismo, porque ni siquiera se fija en él. 

Lo malo es que tiene una pelopincho. Si no la tuviera, podría fingir por completo que no existe.

—¿Vamos a lo de Reiner? —pregunta Marcel mientras desayunan. Él toma el mate que dejaron sus padres antes de irse a trabajar. A Porco no le gusta, no entiende porqué todos lo toman. Está seguro de que su hermano finge que le gusta porque sabe que a Marcel le gusta fingir que es un adulto también. Ridículo.

—No hace tanto calor —mitad verdad, mitad excusa. Todavía no hace tanto calor. El otro lo mira con una mueca—. ¿Qué?

—Van a hacer casi cuarenta hoy.

—Tenemos aire acondicionado.

—Hacé lo que quieras —se encoge de hombros—, yo me voy en un rato.

Le molesta que Marcel vaya sin culpa a la casa de Reiner. Lo hace quedar mal si no va él también.

¿Mal con quién? Ni le importa quedar mal.

Termina yendo con su hermano.

Es raro ese día. Porco no puede descubrir porqué, pero es raro. Reiner está inquieto, le da la impresión de que habla más de lo normal. O capaz siempre fue así y no lo notó porque nunca le da bola.

Toda esa semana es asquerosamente calurosa y la pasan con el otro, en su pelopincho.

La semana siguiente empieza con calor, pero a mitad del día se nubla y comienza a soplar viento frío. Porco sigue acalorado, no quiere salir del agua. Reiner tampoco sale, pero debe ser porque tiene más frío fuera, que dentro. Está casi del todo sumergido, solo su nariz y sus ojos asomando.

—Ahora vengo —dice Marcel en un momento. Los dos menores lo siguen con la mirada mientras el otro se va a su casa, contigua a la de Reiner.

Pasan largos minutos esperándolo, capaz media hora. 

—¿Crees que va a regresar? —pregunta Reiner, la primera frase dirigida a Porco desde que comenzó el verano.

—Qué sé yo —son palabras mágicas, porque Marcel regresa, vestido con ropa de calle. Porco frunce el ceño—. ¿A dónde vas?

—Voy a ver a unos amigos, vuelvo más tarde —responde y sigue de largo de la casa de Reiner.

Los dos lo vuelven a seguir con la mirada, en silencio. 

 

En algún momento, Reiner llega a una bifurcada. Es una noche en que se cortó la luz y no tiene literalmente nada para distraerse. Entonces, se pone a pensar.

Ya había llegado a la conclusión de que quiere ser como Marcel. Alto, con un cuerpo bien formado, una personalidad carismática y agradable. Es inteligente también. ¿Quién no querría ser como Marcel Galliard?

Pero la bifurcada antes mencionada aparece en su cabeza por culpa de una chica. Una “compañera” de clase, término que Marcel había utilizado cuando la presentó. Reiner no se acuerda de su nombre, aunque tampoco le importa.

La primera impresión que ella le da es que está desesperada. Riendo demasiado de los chistes malos de Marcel, acercándose demasiado a él, tocando su brazo cada dos por tres. Podría disimular un poco.

—¿Están saliendo? —escucha a Porco preguntarle y Reiner no puede evitar levantar la oreja.

Marcel bufa y ríe, parece un poquito avergonzado—, eso quisiera ella. Es solo una amiga.

—¿Amiga? La presentaste como compañera —ríe Porco como si lo hubiera enganchado en una mentira—, ¿cómo la vas a presentar la próxima? ¿Novia?

—Callate, envidioso —Marcel lo hunde en el agua.

Y Reiner piensa. 

Porco es muy perceptivo con la gente, sabe que odia a la gente desesperada. Sabe que él le hubiera sacado el cuero apenas se diera vuelta. Pero no lo hace.

Entonces, ese es su parámetro de que, capaz, la chica no actuó así. Solo Reiner lo interpretó de esa manera.

Lo cual lo lleva– ¿por qué lo interpretó así? ¿Por qué atacar fue su primer instinto?

Esa sería una incógnita que lo acosaría durante todo el verano hasta que ve a Marcel besando a esta chica. Es ahí cuando Reiner se pregunta, ¿quiero ser Marcel o quiero estar con Marcel?