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Perro Viejo

Summary:

Gellert Grindelwald nació con una extraña enfermedad cardiaca que lo ata a un bote de pastillas cada que sus emociones lo sobrecogen. A veces piensa si fue esa la razón por la que sus padres lo abandonaron en un orfanato, mas gracias a un extraño en una cafetería a media noche, que le arrebata su medicamento, descubrirá las razones detrás de su medicación.

Beta reader: @maribeldiaztraduc

Notes:

Hace un mes intenté donar un riñón. Me descubrieron daño severo por una hipertensión de años que no sabía que tenía. Ahora estoy en medicación. Esta historia nació en uno de esos momentos donde me llevo una pastilla a los labios.

Como aclaración, el Gellert que tomo en esta historia tiene cuarenta y cinco años, y es el de Mads Mikkelsen. Ustedes pueden imaginar el de Depp si así gustan. Además, Gellert es top/activo en esta historia.

(See the end of the work for other works inspired by this one.)

Chapter 1: Callejero.

Chapter Text

Observó las gotas de café caer desde el filo de su taza hasta los dedos que la sostenían. Con la mano temblorosa libre, colocó la pastilla entre sus dedos, acercó a sus labios y en compañía de un sorbo amargo de cafeína, tragó el medicamento. Respiró profundo, tratando de escuchar el latir acelerado de su propio corazón sobre las quejas de la mujer; esquivó cada palabra hecha cuchillo, conteniendo ese dolor en el pecho cada vez que parecía no complacerla.

—¡Gellert! ¿Podrías escucharme por lo menos una vez!—, la mujer azotó sus palmas en la mesa de madera, tintada una parte de madera caoba oscura y la otra de la luz amarillenta de una bombilla sobre la cabeza de Gellert, parpadeando incrédulo también que él pudiera calmarse con Maurice hecha fiera. Todo gracias al medicamento—. ¡Estoy harta de vivir contigo! ¡Parecemos dos extraños que se han visto por más de quince años!

Calmado, resopló el último aliento que guardó en sus pulmones, vestigio de la técnica de meditación que le habían recetado para esos momentos donde ni su esposa le daba paz. Giró el rostro hacia ella, hablando con sorna.

—¿Y qué propones, Maurice? ¿Que vayamos a terapia, a algún gurú del amor que escuchas en la radio y que mágicamente acaben nuestros problemas, resultado de mi enfermedad?—, ella le sostuvo la mirada sin rechistar—. Lo que vivimos no es causa de ninguno, sólo de ésto…—, señaló su corazón—, que me hace débil cada día más—, corrió una lágrima en la mejilla femenina y él tuvo el impulso de imitarla—. No hay mucho qué hacer, sólo esperar.

Batió la lágrima con la palma y dando la vuelta, tomó su abrigo junto a las llaves—: tienes razón. No puedo esperar trucos nuevos de un perro viejo—, sus tacones hicieron eco mientras caminaba fuera del departamento y se perdían en la noche londinense.

Solo, Gellert se llevó las manos al rostro. Aún temblaban y el calor volvía de a poco a sus extremidades. Hundió entre sus palmas, conteniendo sin éxito las lágrimas, permitiéndose llorar por todo lo malo que pasaba. Cruzó por su mente si sus padres, aquellos que lo dejaron en el orfanato, estaban contentos con todo el sufrimiento, las decepciones, el abandono que sufría por esa enfermedad que lo ataba a un frasco de pastillas cada medio día o más, si Maurice empezaba a hartarse de él.

Necesitaba salir, sentir que él no era el único estancado, imposibilitado de ser una persona normal. Aferró su chaqueta al cuerpo para salir del edificio, dudando al último escalón antes de pisar la calle. ¿Por dónde habría ido Maurice? Recordó la dirección de la casa de su amistad más cercana y viró en sentido contrario. No deseaba encontrarla.

Anduvo algunas calles sin rumbo, cuidándose de los pocos transeúntes con dudosas razones para estar fuera de casa; incluso se cuidó de una casa con altas barandas en el portón principal, única protección de tres perros guardianes, mostrando sus colmillos a Gellert. Sus labios delgados lanzaron una sonrisa irónica al pensamiento de ser esos canes mejor tratados que él.

Ellos tenían un hogar, un dueño que les cuidara. Y él, sin haberse dado cuenta hasta que Maurice lo dijo, era sólo un perro viejo y callejero, esquivando las sombras de la soledad y el frío abrazo del abandono.

Frotó sus manos juntas al sentir cómo el calor se escapaba de nuevo. Buscó con la mirada para encontrar una cafetería abierta. Cruzó la calle que le separaba hacia ella, buscando un lugar dónde sentarse entre la docena de mesas vacías. Una campanilla sobre la puerta anunció su llegada.

Le sirvieron el té que ordenó a los pocos minutos. Sus ojos azules le devolvían la mirada desde el otro lado del vidrio, donde se dibujaban claros a pesar de ser nítida la vista del exterior. Acunó la taza con ambas manos, capturando el calor, porque si las manos enfriaban demasiado, debía tragar de nuevo una pastilla. La idea de consumir consecutivas las pastillas le aterrorizaba; pensaba que esa misma cura lo mataría en algún momento.

Trataba de calmarse, concentrado en el ondear del té entre sus manos, pero elevó la mirada cuando la campanilla sonó de nuevo: gris era cada hilo en el traje de ese hombre. El abrigo, el sombrero, los guantes negros y la barba castaña acompañaban la silueta del hombre sentado en la barra, justo frente a él en la mesa, observando el perfil del otro. La solitaria mesera se acercó al hombre, preguntando por su orden. El extraño ordenó lo mismo que Gellert, apurando a que mesera desapareciera por la puerta de la cocina de cafetería.

Tensó el cuerpo cuando aquel observó en su dirección. Bajo el ala de su sombrero gris, dos zafiros brillaban como cielo de medio día. Enderezó el cuerpo sobre el banco de la barra, irguió y con paso seguro, acortó el espacio entre ambos. Gellert no pudo decir una palabra cuando el extraño se sentó frente a él, inclinándose sobre la mesa y en un susurro, le contó:

—Los muggles hacen un té maravilloso.

Muggles.

Gellert frunció el ceño, sintiendo el calor yéndose de cada extremidad suya. El nerviosismo comenzaba a adueñarse de él, infectaba sus pulmones como un virus y sentía la falta de aire más pronunciada conforme pasaban los instantes. Viró hacia la ventana, buscando ayuda, y el claro reflejo de la calle se había ennegrecido, como una sombra hambrienta tragándose cada rastro de luz.

Levantó del asiento trotando hacia la barra, buscando acercarse a la mesera y pedirle ayuda, mas eran un par de bombillos quienes hacían malabares con las luces y sombras en esa habitación a punto de ser tragada por la oscuridad. Llevó su mano al pecho, buscando el frasco de pastillas para tragarse las veinte que sobraban si era necesario.

Abrió el pote, se lo llevó a la boca y antes de poder sentir el sabor amargo de la píldora, una mano le abofeteó, proyectando todas hacia el suelo, lejos de Gellert.

—¿Siguen usando esas cosas?—, le dijo el extraño. Lo tomó de las solapas de la chaqueta e hizo mirarlo a los ojos zafiro—. ¡Deja de consumirlas!

A Gellert le faltaba ya el aliento, su rostro estaba lívido y los labios morados. Comenzó a llorar en ese momento tantas lágrimas habían mojado sus mejillas esos cuarenta y cinco años de vida.

—¡Por favor!—, tomó por las manos al extraño, apretando sus muñecas aún cerca del cuello de su chaqueta—. ¡Si no las tomo, moriré!

Aquel apretó los ojos, enfurecido, y le gritó a la cara—: ¡morirás si sigues reteniendo tu magia!

Le falló la conciencia, le falló la respiración, le falló ese corazón marchito desde niño y todo el calor se desprendió de su cuerpo. Él mismo se desprendió del mundo, girando sus ojos y entregándose a esa sensación de abandono, conocida pocas veces al estar sin el medicamento.

Dejó que su cuerpo cayera al suelo, escuchando en sus oídos los últimos latidos de su corazón, compás marcando los últimos momentos de su vida. Ritmo lento, pesado, profundo. La oscuridad le absorbió, sus pulmones dejaron de moverse y en la cúspide de su calma, la anunciante de su muerte, sintió el desalojo de sus penas y nervios. Un instante de silencio llenado de nuevo por sus propios latidos, sus pulmones llenándose ya no de aire sino de fuego, un calor como rayo encendiendo las gotas de su sangre al correr por sus venas.

Se postró sobre sus antebrazos, los ojos infectados de sangre, la boca ardiente, un sabor extraño en la garganta subiendo desde el fondo del esófago hasta salir en forma de grito mutado en llamarada.

Y antes de que pudiera incendiar la cafetería, el extraño los hizo desaparecer.