Work Text:
La frase se extendió por el campo celeste de la mañana mientras su voz se quebraba. Las mejillas aún le arderían horas después.
Las chicharras cubrían con un concierto de puro verano el jardín trasero de su amigo. Parpadeó un par de veces en un intento de ganar tiempo. No sabía si lo había escuchado bien. Al mirarle de reojo, le vio tan feliz que no pudo decir nada. Los ojos le brillaban tanto como el sol. La conversación de luces que había entre ese enorme astro de allá arriba y el fragmento de luz que se sentaba a su lado —en forma de adolescente pelirrojo— era todo un espectáculo digno de contemplar. Además, la semillita de sandía que se le había quedado sobre el labio húmedo de tanto comer le daba el toque perfecto en la imperfección de las cosas.
Volvió pronto al mundo real cuando el joven le echó un vistazo tan enigmático como repleto de curiosidad, haciéndole pegar un respingo del sitio.
—¿Qué? —musitó entonces por lo bajo. Debía cerciorarse de lo que acababa de oír. No podía meter la pata. No con él.
—Ay, perdona —dijo el chico con una risita—. A veces no se me entiende bien. Decía que si alguna vez habías dado un beso, Kenma.
Negó frenéticamente, haciendo que la cortinilla de flan que eran sus cabellos se sacudieran. Hinata rio entonces, llevando los puños cerrados al pecho.
—¿Y querrías darlo?
Después de varias horas de tren, muchos paisajes tras las ventanas sucediéndose uno tras otro, unos saludos y mucho agotamiento, sus pies le habían llevado hasta Miyagi. Y a pesar del cansancio que todo ello le procuró, éste no fue la razón por la cual sus manos comenzaron a temblar, haciéndole perder todas las fuerzas.
No contestó. La mirada gatuna se perdió entre las florecillas que crecían en el césped, tan silvestres como el espíritu de estrellas de su lado.
—¿Puedo darte uno, Kenma?
Era como una mermelada de estrella y mandarina. Tan dulce, que impresionaba cómo jamás se cansaba de su sabor. Tan soleado, que deslumbraba. Tan despreocupado que solo podías reír, procurando que las mariposas no se desperdigasen al relajar el cuerpo entre carcajadas secretas. Los suspiros eran la escapatoria perfecta para los cometas que brotaban cada vez que le tenía cerca.
Él, por su parte, se había convertido en un tomate. Los ojos de miel se abrieron de par en par, pero no se atrevió a mirarle. Hizo los mayores esfuerzos por ocultar el cosmos que se sacudió en su interior mientras se balanceaba ligeramente sobre el porche.
—Los besos no son caramelos, Shouyou…
—¡Claro que no! —exclamó con risitas de campana—, ¡seguro que son todavía mejores!
No tenía ni idea, así que no podía contestar. Pero tampoco lo ponía en duda. Debían ser cálidos. O fresquitos, si se daba el caso en que la otra persona acabara de comerse media sandía de golpe. Incluso sin sandía o helados, debían ser lo más dulce del mundo.
No negaría la curiosidad. Estaba ahí, ferviente y vívida, por mucho que los nervios la solapasen.
Tres años de amistad, y seguía poniéndose de los nervios cada vez que le tenía cerca.
—Seguramente —esbozó con la mirada perdida más allá de la zanja que les separaba del mundo real. En ese diminuto jardín de delicias y preguntas espontáneas, Kenma Kozume comenzó a sentir cómo su cuerpo levitaba con ligereza.
—En ese caso —contestó Shouyou sin desdibujar su sonrisa—, ¿no quieres saber cómo es?
Claro que quería. Estaba claro. Desde el centro de su pecho brotaban las chispitas, perdiéndose en la inmensidad de su cuerpo. Quería conocerlo. Y querría que fuera con él. Solo con él. Pero, ¿qué posibilidades tenía de algo así? Seguro que estaba bromeando. Shouyou era así.
Kenma se encogió de hombros sin mirar a su amigo a la par que jugueteaba con una margarita de tonos anaranjados. Una de tantas como florecían, libres y felices, anunciando el esplendor de la naturaleza. Las flores, la hierba y los pájaros; todos se dejaban llevar. Todos ellos volaban sin un propósito más allá de la simple existencia. Vivían, se refugiaban del dolor y se abrían a la vida.
¿Por qué él no podía ser igual?
El calorcito del verano incipiente, que se daba la mano con los últimos resquicios de primavera, le refugiaba como una mantita agradable. Al acercarse hasta él, Hinata Shouyou le sonrió con ganas.
—Me gustaría vivirlo en el futuro —dijo el muchacho, acomodándose a su lado—. Debe ser tan bonito.
—Algún día lo harás, seguro —musitó el chico de corta melena—. Y ese día, la otra persona será la más afortunada del mundo.
—¿Ah, sí? —dijo Shouyou, alzando una ceja—, ¿por qué?
Los finos dedos del muchacho seguían acariciando los finos pétalos de la flor, cuya rama parecía encorvarse hasta él. Las pequeñas cosas se solían dejar mimar de ese modo. A él, que no le faltaba cariño en ese momento, le llenaban los gestos como ese. Volcó todo su afecto en el destino incorrecto pero, al menos, podía expresar su magia.
Ojalá esa flor hubiera sido tan cálida y bonita como él. No habría sido una caricia fugaz. ¿O quizás sí? Bueno, todo era…
Todas las ideas se callaron de pronto cuando la mano de Shouyou se posó sobre la suya.
—¿Por qué, Kenmi? —insistió el pelirrojo con un tinte desconocido para Kenma hasta el momento. Suave, curioso… Y enternecido.
—Porque… —Consciente de que no podría evadir la respuesta mucho tiempo más, Kenma decidió liberar sus palabras cuánto antes—. Porque debes besar bien.
—Oh —Ante la mueca de asombro del chico, Kenma no pudo evitar reír por lo bajo—. ¿Eso crees?
La semillita de sandía seguía decorando su labio inferior. Mientras asentía lentamente, miró de soslayo la tan afortunada pepita. Shouyou, que parecía no notarla, levantó ambas cejas anaranjadas con una chispa tan traviesa como genuina.
—Claro —admitió Kenma, incapaz de sincerarse más. De lo contrario, la leña ardería de pronto.
—Pues a ver si me lo dicen cuando lo haga. ¡A lo mejor lo hago fatal!
—Lo dudo mucho.
Hinata Shouyou tenía un don. Él no lo sabía, pero tenía un poder increíble entre sus manos. Era capaz, como nadie, de deshacerle en dulzuras. Cuando le hablaba, la suavidad orquestaba cada bocanada, haciéndole descubrir nuevas formas de comunicarse. Como amigo suyo que era, Kenma era capaz de hacerle ver sus fallos, claro, pero siempre con cuidado. Tampoco es que Shouyou tuviera demasiados defectos. En realidad, no le veía ni uno.
—Me pregunto quién me lo dirá —continuó murmurando el chico de cabellos cítricos—. O si lo hará. A lo mejor le da palo decirlo.
Qué casualidad que Shouyou pensase en eso, pues era justo lo mismo en lo que Kenma llevaba años cavilando. Quién le robaría su primer beso. No el suyo propio, claro: eso era irrelevante. Lo importante era saber quién tendría la suerte de sentir sobre su piel el roce suavito con sabor a mandarina y magia. Suspiró con la mirada algo perdida mientras se agarraba con nerviosismo el bajo de la camiseta.
—Te lo dirá si hay la suficiente confianza.
—Ah, claro —dijo el muchacho, algo despistado—. ¡Pero hay algo más importante!
—¿El qué?
—Es que estaba pensando… —Mientras hablaba, Shouyou se le acercó un poco más—. En cómo debes hacerlo tú.
—¿Yo?
El vello de la nuca se le erizó ante esas palabras con tanto ímpetu como las mejillas se acaloraron.
—Seguro que lo haces genial. ¡Con lo tímido y blandito que eres!
A pesar de la vergüenza, a Kenma se le escapó una débil risita.
Solo era así cuando Shouyou estaba presente, pero no le desagradaba en absoluto que el chico tuviera esa perspectiva. Era suya; tan solo le pertenecía a él. A su Shouyou Hinata.
—No sé yo… —esbozó Kenma con la cabeza gacha. A su lado, el chico suspiró largamente con un mohín adorable. Hasta para eso tenía gracia.
—Seguro que la gente blandita lo hacéis con cariño.
—Como tú, entonces.
—¿Blandito yo? —dijo el chico mientras se señalaba a sí mismo—. Pero si soy… No sé cómo soy. ¿Cómo soy, Kenma?
¿Debería ser honesto? Sí. Sería lo mejor.
—Hm… —Kenma se encogió en el sitio mientras sentía las mejillas arder—. Te empeñas en volar hasta conseguir tu sueño, y no todo el mundo es capaz de algo así. Y eres bueno, gracioso e interesante. Y guapo, y divertido…
—Anda —exclamó el joven, sonriéndole—. Yo pensaba justo eso de ti.
A esas alturas, Kenma no sabía cómo seguía respirando.
—¿El qué, exactamente? —musitó con un hilo de voz.
—Todo eso, ¡y mucho más! —exclamó Hinata—. Lo sensible que eres. Inteligente, reservado… ¡Y sabes cómo tratar a todo el mundo!
—Eso no es cierto —protestó por lo bajo el teñido.
—Sí lo es, Kenmi —dijo el chico mientras llevaba una mano a sus cabellos de oro—, si no, nunca me habrías hablado de vuelta aquel día. No todo el mundo es como tú, créeme.
No le quedaban palabras en el cajón del elogio. Tampoco en el de la verdad, y menos aún en el del disimulo. Su mirada lo dijo todo. Expectante y emocionada, la vista felina se entornó con timidez y ternura hacia él. Su Shouyou. Tras suspirar, la leve sonrisa que le mostró hizo que Hinata le sonriera de vuelta. Así, en mitad del silencio, los dos chicos se dijeron todo lo que las palabras limitaban.
—La persona que se lleve un beso tuyo sí que será la más afortunada del mundo.
De haber estado en una película de Studio Ghibli, a Kenma se le habría erizado el pelito de flan hacia arriba como un gato asustado. Pero solo era la realidad; en la que, por suerte, pudo tapar bien el vello erizado de los brazos. El sonrojo en las orejas, ya no tanto.
—Cómo exageras —musitó con la voz seca.
—Ni pizca.
Kenma jugueteó con la hierba que crecía hasta la tabla en la que ambos se sentaban.
—¿Es que querías ser tú? —susurró entonces.
—¿Eh?
—No creo que tengas razón en eso, Shouyou. Pero… —Kenma aspiró aire, cogiendo fuerzas para lo que estaba a punto de hacer—. Si eso es lo que quieres, yo… Puedo dártelo.
Si eso era lo que Shouyou deseaba de veras, se lo ofrecería sin reservas. No por sí mismo. Por él. Por la promesa que se hizo a sí mismo tiempo atrás.
“Todo lo que estuviera en su mano.”
Aunque no entendía el por qué alguien como Shouyou querría algo así por su parte.
—¿En…? —balbuceó el pelinaranja—. ¿En serio?
Asintió justo antes de agazaparse en el sitio.
—Claro —susurró, como si dejase volar la palabra en una burbuja. Había seguridad en ella, pero también algo de miedo.
¿Y si no le gustaba? ¿Y si no lo hacía bien?
El rostro de Hinata se convirtió entonces en una exposición de las más livianas y profundas emociones. Del asombro y el shock pasó a una ligera sonrisa, que embelleció a los segundos con una luz ilusionada e impaciente. Kenma, por su parte, titubeó. La inseguridad se lo zampaba a paso de gigante. Pero solo bastó con un leve gesto para que todo cambiase.
Sus manos eran como plumas. Pequeñas, fuertes y perfectas. Ambas acogieron su rostro ovalado con cuidado y cariño mientras el chico, que no dejaba de sonreírle, se le acercó un poco más.
—Gracias por la oportunidad —susurró el chico, soplando su aroma sobre los labios temblorosos de Kenma.
—A ti por…
Shouyou no le dejó terminar la frase. En cuánto el chico imprimió los labios sobre los suyos, se volatilizó del mundo terrenal.
Kenma apresó la ternura entre sus labios a medida que iba hundiéndose en cada uno de sus gestos. El sudor frío de la frente solo fue una de tantas reacciones como tuvo su cuerpo. Los latidos desbocados, el vértigo en el pecho y la sensibilidad a flor de piel fueron las más importantes. Sin embargo, ninguna se podía comparar a los sentimientos que guardaba por el chico, que le besaba de vuelta con más dulzura de la que cabría imaginar.
Las manos le temblaban, pero solo lo notó por cómo éstas vibraban sobre sus rodillas. Toda su atención se centraba en la conversación sin palabras. En los gestos tímidos, suaves y algo torpes por parte de ambos. En cierto momento quiso llevar su mano hasta los cabellos anaranjados, pero se detuvo.
Todo parecía demasiado irreal.
Era más agradable de lo que siempre pensó. La lentitud, la suavidad… Todo era tan bonito. Aunque, tal vez, que fuera él y no otra persona del mundo tenía su cierta importancia. La nube de magias en la que se fundió le hizo tardar en reaccionar cuando el adolescente se separó de él. Al abrir los ojos, se topó con la expresión más encantadora del mundo. Le costó aterrizar. El cosquilleo en los labios se unió al vértigo y el levitar que se amoldaban en él, haciéndole viajar a otras dimensiones en ese diminuto rincón del mundo en que solo existían ellos.
—Tienes… —dijo Shouyou, llevando una mano hasta sus labios— una pepita. Pero ya está, ya la he…
—¿Puedo darte otro?
Hinata no parecía esperar dichas palabras. Seguramente, tampoco esperaría encontrar el deseo brillante que se reflejaba en sus ojos de miel. El chico no dijo nada. Se limitó a asentir con una seriedad tan férrea, que Kenma solo pudo cerrar los ojos, volcándose de lleno en él.
Dejarse llevar era algo que Kenma Kozume nunca había hecho antes, menos aún de esa manera. Pero su cuerpo no respondía ya a su mente. Era su instinto, el deseo de fundirse de nuevo en algo tan delicado, tan esponjoso. Las manos se alzaron hasta la nuca del chico, en la que reposaron justo antes de navegar por los cabellos anaranjados. Shouyou, a su vez, llevó los brazos hasta sus hombros.
Su contacto era tan cálido y cariñoso que Kenma pensó que se fundiría de un momento a otro. Esa vez, el beso fue más profundo. Menos fugaz, aunque igual de cohibido. Con el paso de los segundos, sin embargo, ambos comenzaron a confiar en sí mismos. Se acercó un poco más hasta Shouyou, llevando entonces una mano a la ancha espalda, que acarició con un deje de timidez por tres porciones de anhelo. Mientras se dejaba besar con más ahínco, Kenma comenzó a comprender muchas cosas.
La primera era lo mucho que había soñado con ese momento. Lo había imaginado tantas veces, que se había convertido en una idea recurrente en sus fantasías rutinarias. Lo segundo, lo increíble que podía ser. Que estaba siendo. Porque era real. Estaba viviéndolo de veras. Su corazón latió con más fuerza al pensar en ello. Y lo último, pero no por ello lo más importante, fue admitirlo. Darle razón al fuego que siempre crepitó en su interior y que, aunque aceptaba, no quiso enfrentar hasta ese mismo instante.
Él, Kenma Kozume, estaba profunda e inequívocamente enamorado de ese chico, Shouyou Hinata. Un girasol que resplandecía con brillo propio.
El baile del sol sobre sus labios profundizó al sentir cómo ambas lenguas se reconocían con cuidado. Se removió con inquietud, haciendo que el pelinaranja se despegase de él al momento.
—¿Te molesta? —oyó decir al chico de pronto. Kenma, que abrió los ojos lentamente, encontró tan enternecedor el brillo preocupado en los ojos cobrizos que tantos suspiros le habían arrancado, que solo pudo llevar una mano a la mejilla sonrojada de Hinata mientras negaba con la cabeza.
—¿A ti? —preguntó sin dejar de fijar su mirada sobre los labios brillantes del chico.
—Qué va —susurró Hinata, bajando la mirada con una timidez que derritió a Kenma, haciéndole sonreír por lo bajo—. Me gusta bastante.
—Vale.
Volvió a sus labios en un suspiro, deseando más de él. Necesitaba sentirle aún más cerca. Dejó que las mariposas, hasta ahora encerradas en una jaula de cristal, se desperdigasen como píxeles en una pantalla mientras acogía el rostro redondito entre sus manos con todo el amor posible.
De algún modo, se acababa de pasar el último nivel. Uno al que creía que jamás llegaría. Aunque también se podía ver de otro modo.
Tal vez, acabase de iniciar una nueva partida.
Shouyou se separó despacio, como hacían los pétalos de una flor al abrirse por la mañana. Con esa ligera reticencia que, en sus labios, se volvía puro almíbar. Kenma quería seguir saboreando dicha dulzura, pero abrió los ojos con atención mientras se veía reflejado en la mirada cobriza del chico. Éste le sonreía con tanta ternura como picardía. Kenma se estremeció sin poder disimularlo, lo cual hizo reír al pelinaranja.
—¿Puedo darte otro más? —le preguntó el joven sin quitarle ojo de encima. A la par que hablaba, los menudos y fuertes dedos pasaron entre los mechones dorados, llegando hasta la raíz azabache antes de pasar por su barbilla, que sostuvo con delicadeza entre caricias. Obnubilado por las emociones y sensaciones que colapsaban en su interior, Kenma asintió. La mirada se le entornó, hechizada por palabras y actos pero, ante todo, por él. La forma tan perfecta de sus rasgos. Sus grandes ojos de bosque otoñal. Su preciosa sonrisa, de la que conocía ahora su calor. Necesitaba aplacar la sed de él de nuevo.
—Puedes dármelos todos, Shouyou —susurró con el poco aliento que le quedaba—. No me cansaré nunca de…
No fue capaz de acabar; y no solo porque la vergüenza lo arropase de golpe. Hinata Shouyou le mordió con ímpetu el labio inferior antes de besarle con una pasión que dejó de una pieza a Kenma. Junto al beso, Shouyou no solo se llevó sus palabras. Su corazón, su espíritu y fuerzas se fueron de la mano, dejándose fundir entre los suaves labios que le besaban una vez tras otra. Cada vez más seguros, más atentos. En un momento dado, notó cómo Shouyou sonreía. Eso le hizo sonreír también a él, que se separó por unos instantes de sus labios para contemplarle durante unos segundos.
Shouyou clavaba su vista sobre él pero, entonces, Kenma cerró los ojos. Apoyó su frente sobre la del muchacho, al que escuchó reír de bien cerca mientras sus manos se unían. Las mariposas, los latidos y los fuegos artificiales se unieron en un fuego que traspasó su cuerpo. Kenma no conocía los confines de lo que el amor podía crear en un simple cuerpo, pero cada sensación lo llenaba de vida a oleadas.
—Eres increíble —susurró, sin querer guardarlo más tiempo para él—. Siempre lo has sido.
—Kenma… —Sintió removerse al chico mientras frotaba la nariz redondita con la suya—. Eso debería decirlo yo.
El teñido sacudió la cabeza, aprovechando para jugar más con sus caricias de miel. Las mejillas y orejas le ardían. La respiración agitada descontrolaba al resto de su cuerpo y, sin embargo, jamás había sido más feliz.
—Shouyou…
—Kenma.
—¿Sí?
—No, dime.
Envueltos en risas tímidas, los dos chicos se miraron entre sí. No necesitaba decir nada. Su sonrisa se lo dijo todo. Hinata Shouyou siempre entendió el idioma de sus silencios, por lo que supo que era su turno para hablar.
—Si quieres, Kenma… —musitó el chico mientras posaba un besito sobre su nariz antes de volver a hablar—, y solo si quieres, ¿eh? Pero…
Hinata se trabó entonces, incapaz de continuar. Kenma alzó la mano, esperando que las caricias sobre rostro y cabellos calmasen un poco a su chico. Suspiró de alivio al ver cómo lo conseguía. Siempre supo cómo ayudarle a calmarse, de una manera u otra.
—Dime —murmuró, ladeando la cabeza ligeramente—, sin prisa. Tengo todo el tiempo del mundo si es por ti.
La mirada emocionada del chico despertó las luces más nítidas de su interior.
—Si quieres —soltó finalmente el chico en una bocanada—, puedes darme muchos más. Todos los que te queden en el mundo. Si quieres…
Cuando se ponía nervioso, Shouyou repetía las mismas frases un par o tres de veces. Kenma, enternecido, besó su mejilla lentamente antes de asentir sin dejar de sonreírle.
—Por supuesto —esbozó con ternura—. Todos los que tengo son solo para ti.
Cuando reía, el pelinaranja iluminaba el mundo. Solían ser risas inmensas, esplendorosas; un sol bañándolo todo con su claridad. Esa fue, por el contrario, una rendija de luz. Un rayo abrumado por la timidez y la felicidad, que provocaba en Kenma los suspiros más profundos.
El rubio también rio. Lo hizo por lo bajo, como el ronroneo adormilado de un gatito contento, dejándose amansar por las cosquillas que su Shouyou le hacía tras la oreja. Al mirarse entre risas, el calorcito del pecho le sobrecogió. Los hilos de oro que unían sus corazones y los suspiros de alivio al liberarse le dejaron sin fuerzas. Se echó lentamente sobre el hombro del joven, que le arropó en un abrazo hasta resguardarle del mundo.
—Kenmi…
—¿Sí?
La voz de campanita que resonó a su oído fluyó como un susurro repleto de curiosidad, animándole a abrazarse a él con más ganas si cabía.
—¿Lo…? —balbuceó el pelinaranja—. ¿Lo he hecho bien?
Al reír por lo bajo, Shouyou rio con él. Ambos se fundieron en un mar de cosquilleos y miradas fugaces al separarse unos centímetros. Lo justo para que Kenma pudiera navegar por el brillo de ámbar que eran sus ojos. Lo ideal para que, mientras acariciaba el suave rostro del chico, asintiera con plena confianza.
—Mejor que nadie en el mundo.
—Seguro que no.
Shouyou no dejaba de sonreír. El viento dorado acariciaba los mechones de su cabello de atardecer pidiendo caricias que ofrecería sin reservas. Era tan esponjoso como el resto del chico.
—Seguro que sí —musitó Kenma mientras acariciaba entonces los labios del chico—. Tus besos son como pastelitos.
—¿Eso es bueno o malo?
Sus manos eran caprichosas. De los cabellos pasaban a las mejillas y, desde ahí, a los brazos musculosos del muchacho. Querían abarcarlo todo; tanto como él deseaba sentir a Shouyou en su máxima cercanía.
—Es perfecto.
Shouyou se acercó hasta él, entregándole besos de mandarina por el rostro ruborizado.
—Tú también lo haces súper bien.
—¿En serio?
Preguntó genuinamente, pues no lo esperaba. Los nervios le habían traicionado en un par de ocasiones. Menos mal de la bondad de Shouyou; tal vez otra persona no habría querido…
Pero sí quería. Shouyou Hinata quería sus besos. Se lo demostró de nuevo al inclinarse hacia él con cuidado y cariño, más lentamente que antes. Más pausado, más blandito. Al notar de nuevo el calor de los labios ajenos —que hizo propios al momento—, solo quiso dejarse llevar por su vendaval de melodías. Al separarse, los dos apoyaron la frente del otro antes de que Shouyou frotase la mejilla contra la suya, haciéndole reír. Cuando el joven colocador tomó aire, el aroma de las flores silvestres se coló en su interior. La suavidad de las manos de Shouyou, que no dejaban de reconocer sus rasgos ovalados, su cuello y sus orejas sonrojadas, lo dejaba sin palabras. El vértigo que siempre se sacudió en su interior lo hacía entonces de veras, más que nunca. Parecía celebrar su propio Matsuri interno, a rebosar de fogatas y luces, al dejarse mimar por el chico que tantos sueños protagonizó durante esos tres años.
Al parecer, la magia sí era algo real.
Al apoyar la barbilla sobre el hombro del chico, dejándose descansar sobre él, Shouyou llevó una mano a sus cabellos de oro y carbón, acariciándolos con un cariño inédito para Kenma. Al igual que el resto de emociones que el chico sembró en él desde que se conocieron, todo era un maravilloso descubrimiento. Y no podía tener más suerte que vivirlo a su lado. Se abrazó con más ímpetu a él, acogiéndole con todo el cariño que albergaba en su interior. Shouyou le imitó entonces al apoyar la mejilla sobre su cabeza sin dejar de mimarle.
En el jardín de la familia Hinata, las chicharras cantaban al sol su concierto de nostalgias y felicidad etérea. El verano lamía ya con fuerza el inicio de los tres meses que pensaba quedarse. Las flores silvestres se mecían al compás de la brisa calurosa. Y, también, dos chicos se abrazaban sin querer separarse jamás el uno del otro. Ambos se hundían en la fragilidad del momento, dejando que tan solo el silencio les acompañase. Las emociones blanditas los acurrucaban entre sí. De vez en cuando una palabra, una caricia o un beso asomaban entre sus sonrisas, convirtiéndoles en tímidas chispas que, al cruzarse, se volvían aún más brillantes. Aún sin acabar de creérselo, Kenma besó la mejilla de melocotón del chico antes de que éste hiciera lo mismo sobre sus labios sin dejar de sonreírle.
—Qué bien que hayas venido a pasar el verano conmigo, Kenma.
Al suspirar, sacudió el nido de emociones que guardaba en su pecho. El joven teñido dejó que las mariposas salieran de él hasta envolverlos. Casi habría jurado que una de ellas se posó entonces sobre la naricita redonda de su Shouyou, haciéndole cosquillas. Ante la irresistible imagen de su hermosura, Kenma se lanzó a acariciarla con un dedo mientras ladeaba la cabeza, sonriente, justo antes de volver a besar sus labios una vez más. Una que, esperaba, fuera la siguiente de una infinidad que reservaba sólo para él.
—Y que lo digas, Shouyou.
