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Capítulo 1 - Listo como un postre
Existe un pequeño pueblo en algún lugar del mundo donde las primaveras y los veranos no se pueden diferenciar, y donde el otoño y el invierno traen consigo muchas sorpresas. En otoño las hojas se tiñen de rojo y naranja, y en invierno las tazas de té son sustituidas por chocolate caliente. Es un lugarcito abrazado por las montañas y por el bosque, y si sigues unos kilómetros derecho llegarás al mar. La gente de ese pueblo es tan normal como la de cualquier otro sitio, con sus quehaceres y sus deberes y un montón de tareas que siempre los tienen viviendo al segundo.
Así es de hecho también la vida de Frank Iero. El chico tiene tan solo 16 años y su vida ya es totalmente igual a la de cientos de personas más, tiene un trabajo en una cafetería con un salario decente y vive con su madre en una pequeña casa que cada año se llena de hielo hasta por la chimenea. Pero Frank Iero tiene algunas cosas que le hacen ser diferente, y ser diferente en un lugar donde todos son iguales no es buena idea.
También está Gerard Way, un pelirrojo que se mudó al pueblo hace medio año y hasta el día de hoy se gasta las tardes en una cafetería porque es adicto al café aunque no lo quiera admitir, tiene 17 años y una habilidad estupenda para ser ignorado que lleva perfeccionando desde siempre.
Y luego está el invierno de Bellemount, tan frío y crudo que todos ruegan porque termine pronto y con él se lleve el hielo y los temblores de piel.
Gerard se levanta al segundo después que el timbre que anuncia el fin del día suena, con avidez recoge sus libros de biología y química y los mete a su mochila, asegurándose de cerrar perfectamente cada cierre y guardar las cosas importantes hasta el fondo. Una vez todo cargado al hombro sale fuera, sin tardarse más de 5 segundos en hacerlo todo, y encaminándose en el estrecho pasillo del colegio. Se mantiene callado y su vista apenas y se levanta del suelo, sus oídos agudos a espera de cualquier cosa y las manos en los bolsillos tratando de no hacer sonar las pocas monedas dentro.
Escucha risas detrás de él y los cabellos detrás en su nuca se erizan, lame sus labios y procura caminar más rápido. Ya está cerca de la salida.
-¡Hazte a un lado, estorbo!- Su cuerpo se estrella contra uno de los lockers, su costado derecho es quien absorbe el golpe y suspira una vez el grupo de James se aleja entre risas y empujones hacía la salida. Gerard se arregla la ropa, ignorando las miradas curiosas y llenas de burlas de las chicas a un lado del locker. Tiene ganas de llorar o golpear algo, pero se recuerda que se le está haciendo tarde. Recoge sus cosas del piso y acelera el paso.
Apenas y hay sol en el pueblo durante esta temporada, tienes que llevar gruesas chamarras y botas altas porque no sabes en qué momento puede nevar, además las madres preocupadas por que no cojas un resfriado te mandaran poner otro suéter, una bufanda, un par de guantes y si tienes la mala suerte que tiene Frank, también un gorro.
El pelinegro sale corriendo del colegio, al ser bajito y delgaducho le es fácil esquivar a los demás, así que está fuera de ese infierno en pocos segundos. Una vez fuera sigue corriendo y solo se detiene para mirar a ambos lados de la calle para cruzar, pero como siempre, son muy pocos los coches a la vista. Sigue corriendo y no es hasta que ha dejado el colegio dos calles atrás que se saca el gorro de borlas navideñas y se enfunda el que es parte del uniforme, de un rojo igual de brillante. Sigue caminando calle abajo con los oídos atentos a cualquiera que pueda estar siguiéndolo, con las manos ocupadas amarrando los lazos del delantal a juego del gorrito. Calle tras calle camina a paso firme, hasta que llega a un local de ventanales donde se lee la inscripción “café de nieve”, al entrar una campanita en la parte superior de la puerta anuncia su llegada y las miradas de otros dos chicos se giran a verle.
-Buenos días Jared, buenos días Molly. –saluda entrando a la cafetería, sus mejillas y nariz están rojos por el frío y solo dentro se siente tranquilo bajo la calefacción y el vapor de agua. Los dos chicos tras el mostrador le saludan, la chica preparando un expreso para uno de los dos únicos clientes en el lugar.
-¡Hey, Frank! El señor Owens quiere que nos quedemos una hora más tarde, ¿está bien para ti?
El pelinegro no lo piensa mucho, el dueño de la cafetería, el señor Owens, es un hombre de unos 67 o algo así, con el pelo cano y una sonrisa tan cálida que nunca los años lograron borrar. El chiquillo asiente y de inmediato se pone a limpiar el mostrador.
Gerard se esconde detrás de unos árboles para no ser visto, escucha las pisadas en la nieve venir en camino. Reconoce las voces y rehúye las risas, se sienta esperando que los arboles logren tapar el color rojo de su cabello. Los chicos le pasan de largo y escucha bromas vulgares hacia otros de sus compañeros de muy mal gusto, pero Gerard no puede decir nada porque lo descubrirán y probablemente le vuelvan a abrir el labio, de nuevo. Así que guarda palabras y resguarda su integridad física manteniéndose oculto, hasta que de nuevo les pierde de vista.
Algunas calles más abajo entra a su sitio favorito aparte de su casa: es una cafetería que no importa en qué estación del año estés siempre luce preparada para recibir a papá Noel. Hay un árbol de navidad con lucecitas siempre prendiendo y apagando, con adornos y esferas navideñas devolviéndote el reflejo cuando las ves. También siempre huele a dulce y a bombones, lo que le abre el apetito a Gerard de un café con chocolate típico de la cafetería.
Se escabulle a su mesa habitual, la que queda en la esquina y a un lado del ventanal con vista a la calle pavimentada en nieve de la nevada de anoche. Se deshace de los guantes pero esconde la nariz dentro de la bufanda, esperando que el calor del local lo caliente pronto.
No pasa desapercibido por mucho tiempo cuando al minuto después la empleada castaña de sonrisa alegre se acerca a él con una copia del menú y una libretita. No es necesario que Gerard vea la carta, pues una vez la mujer está frente a él ya sabe que va a pedir.
-Hola, bienvenido a Café de nieve… -está a punto de pasarle el menú cuando Gerard la interrumpe.
-Solo quiero un café con chocolate.
-Muy bien, un café con chocolate será. –La chica sonríe y lo anota en el cuaderno antes de volver a la barra.
Gerard saca de su mochila un bastidor pequeño, apenas del tamaño de una hoja de papel, donde unos trazos esconden el más hermoso retrato que está cobrando vida. Comienza por delinear un poco las elipses en los ojos y matizar las líneas que serán los labios, levantando de vez en vez la vista para observar a la imagen del retrato de carne y hueso.
Frank friega las ultimas tazas de café cuando Molly llega y le embarra un poco de crema batida con azúcar en la punta de la nariz.
-¡Oh, Frankie, ahora estás listo como todo un postre!
-Molly –rechista el chico riendo, quitándose con un dedo la blancura dulce para llevársela a la boca.
-Sabes que estoy bromeando –dice ella.- Ahora, ¿podrías llevar esto a la mesa del fondo?
Frank asiente y toma la bandeja que contiene una espumosa mezcla entre café y chocolate caliente con diminutos malvaviscos flotando en el. El aroma es tan dulce que Frank puede imaginarse saboreándolo en su boca.
En ese lugar todo es siempre tan tranquilo y cálido que hace que el más chico se olvide de lo horrible y frío que es afuera; los cafés calientes siempre serán mejor que un batido de fresa escurriéndote por la frente, o un pastelito de nuez también lo será que el lodo en sus jeans. Por eso no piensa en su trabajo como algo tedioso, de hecho cuando está ahí no piensa en nada más. Una dulce parte de su realidad siempre será mejor que afrontar la parte amarga de ésta.
Coge la bandeja y la lleva con ambas manos hasta esa mesa del fondo, no es un lugar grande así que son pocas mesas y dentro del local solo hay 3 clientes. Lleva la bandeja a la última mesa, esa que está a un lado del ventanal y da vista a la nieve y la calle. Conforme se acerca mira curioso al chico que esconde su rostro al tenerlo agachado mientras dibuja algo, su cabello es rojo de un tono brillante aunque de las raíces se le comienza a notar el negro natural. Cuando por fin está frente a él, el chico parece no darse cuenta de su presencia y sigue dibujando. Son apenas algunas partes esenciales de un retrato, como la barbilla, el cabello, los labios y los ojos, pero eso es suficiente para despertar la curiosidad de Frank en un segundo. Se lame el labio inferior en busca de la pieza metálica de su piercing y comprueba que está en el mismo lugar que lo tiene el chico en el dibujo. Frank está absorto mirando el papel donde un par de ojos parecen devolverle la mirada desde un espejo.
Gerard pronto empieza a sentir el calor inundarle el cuerpo desde la nariz hasta la punta del dedo gordo, así como su lengua ya puede saborear el rico sabor con tan solo oler el aroma desprendido en el local. Pero decide concentrarse en el bastidor y el lápiz que tiene en sus manos dando detalle al chico del rostro bonito. Se deprende de la realidad delineando las cejas, tratando de hacerlas lo más perfectas posibles: ni muy desnudas, ni muy tupidas; volteando cada poco rato hacia el frente para poder ver al chico y gravarse más de sus facciones para plasmarlas en el dibujo. Está tan absorto en el papel que no se da cuenta de las pisadas que se dirigen al frente, y no es hasta que se le ha olvidado como luce el puente de su nariz cuando alza la vista de nuevo en busca del chico pelinegro de la sonrisa bonita, y resulta que éste está frente a él.
-Hola –saluda Frank, esperando que el chico no se moleste por haber estado fisgoneando en sus cosas.- ¿Ordenaste un café con chocolate?
Gerard le mira, es la primera vez que lo tiene así de cerca y después de siempre haberlo visto a metros de distancia ahora no sabe qué se supone debería de hacer. Le toma un segundo memorizar los preciados detalles de cada facción para agregarlos al bastidor más tarde, y otro segundo antes de tapar con sus brazos el boceto. –No, ¡Digo sí! Perdón, ¿qué?
Frank reprime una sonrisa y repite, con su vos bajita de siempre.
-Que si has ordenado un café con chocolate.
Gerard asiente y Frank se lo pasa, poniéndolo frente de él tratando de que no se derrame y caiga sobre el dibujo. Gerard lo esconde más bajo sus brazos con una sonrisa nerviosa.
-Qué lindo dibujas. –No sabe de dónde vino eso, pero se atreve a decirlo y por alguna razón no se siente mal por haberlo hecho. Gerard le mira, nervioso de que el chico de sonrisa bonita pueda estar burlándose de él, pero se da cuenta de que no lo hace.
-Gracias... –es la única respuesta que sale de sus labios, tan sencilla pero suficiente para que Iero vuelva a sonreír.
-Ojalá lo disfrutes. –Gerard se queda incrédulo decidiendo si el chico se ha referido al café o al dibujo, pero cuando está dispuesto a añadir otro gracias el pelinegro se ha alejado de su mesa.
Regresa su vista al dibujo, donde ese par de ojos son tan erróneos porque no les ha impreso la luz que desprenden los verdaderos, y mucho menos esa sonrisa capta la hermosura de su verdadero poseedor. Los malvaviscos en el café comienzan a hincharse pero Gerard solo sigue viendo sus colores, su mente vagando en cualquier otro sitio menos en beberse el arcoíris.
Sin pensarlo realmente levanta la mano como si deseara pedir algo más, su pie golpeando con nerviosismo al suelo y su mente preguntándose un ¿qué estás haciendo? Que no quiere responder porque ni él mismo sabe la respuesta.
Cuando el pelinegro regresa a su mesa no hace nada por esconder el bastidor ni mucho menos se preocupa por sonar tan raro como en realidad es, tan solo deja que sus labios se abran con la misma rapidez con la que su corazón palpita contra su pecho.
-¿Podrías compartir un café conmigo? –Pregunta, y al segundo después todo su ser se arrepiente como siempre lo hace, ahora aún más nervioso sabiendo que el chico se reirá de él o se asustará. Lo que no se espera es que esa sonrisa bonita vuelva a aparecer en los labios del chico bonito cuando contesta con un tímido:
-Eso me gustaría…
Y entonces Gerard también sonríe.
