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Villa de Rodorio
Caminaba por aquella pequeña villa sin saber cómo había llegado allí en primer lugar. Aunque si podía afirmar que, de alguna manera extraña, le resultaba familiar. ¿Habría estado allí en alguna otra vida, quizás? Sacudió la cabeza, provocando que la brisa fresca de primavera meciera su larga y lacia cabellera de un rojo tan intenso como el fuego. Exactamente como sus peculiares ojos.
— ¡Oye! Te he estado llamando desde hace una hora, ¿acaso no me escuchas?
El muchacho de unos 24 años volteó apenas su rostro sobre su hombro al observar que tras la venia corriendo otro hombre, de su misma edad y largos cabellos ondulados y dorados y vivos ojos cerúleos. Un poco más atrás de aquel llegaba un segundo sujeto que parecía que se quedaría sin aire por la marcha acelerada que llevaba su amigo. Su cabello, apenas a la altura de los hombros y ligeramente ondulado, era también rubio. Cuando finalmente lo alcanzó, el rubio prácticamente se abalanzó encima del pelirrojo, provocando que este lo empujara violentamente, sacándoselo de encima. Los dos muchachos helenos parpadearon confundidos al ver la por demás extraña actitud del pelirrojo.
— ¡¿Por qué haces eso?! —Exclamó, furioso, el rubio heleno de ojos verdes — ¡Se supone que era tu mejor amigo!
Solo entonces el galo volteó sobre si para ver de frente a los dos helenos. Su rostro, sin embargo, conservaba la misma expresión fría e imperturbable. Aquella sin embargo fue toda su respuesta a la 'provocación' del griego, puesto que rápidamente volvió a darles la espalda y continuó su camino. Milo, Santo Dorado de Escorpio, se quedó viendo la figura de quien había creído era su mejor amigo, hasta que la mano del Santo de Leo en su espalda le hizo volver la mirada a su compañero. Aiolia, quien tan solo segundos atrás había explotado de ira hacia el pelirrojo, pareció comprender que este probablemente había atravesado la misma experiencia que ellos mismos, hasta que, de una manera u otra, lograron reconocerse. Y reencontrarse. Es decir, había encarnado en un cuerpo sin recuerdos de quien había sido antes de ese hecho. Y, por ende, sin recuerdos de sus amistades o conocidos.
—Regresemos a la posada... —sugirió el Santo de Leo —Es probable que debamos regresar al Santuario y hablar con Atenea y el Maestro Shion...
—Temes que nosotros no hayamos sido los únicos... —afirmó más que preguntar el de Escorpio — ¿Hay algo que no me hayas mencionado, Aiolia?
El de Leo no respondió la pregunta, sino que, al cabo de unos minutos, reiteró su sugerencia. Milo bufó sonoramente denotando su descontento antes de asentir y dar la espalda al camino por el que, momentos antes, se marchara su mejor amigo. Quien, al parecer, no parecía tener idea siquiera de quien era.
Jamir, Tíbet, mientras tanto...
Un joven de 14 años, cabellos rojizos hasta la cintura atados en una coleta suelta y baja y ojos amatistas ingresó en la inmensa torre que habitara desde que su maestro y Santo Dorado de Aries, lo acogiera como su discípulo. Utilizando sus habilidades de teletransportación, subió al cuarto piso de aquella torre, ingresando a una pequeña habitación en la que se encontraba recostado y profundamente dormido un hombre de la misma edad que su maestro, largos cabellos lacios y rubios y ojos azules, normalmente cerrados. Aquel era también un Santo Dorado, como Mū. Kiki dejó una pequeña bandeja solo con un vaso de agua y una jarra junto al hindú aun dormido y se levantó, dispuesto a marcharse. En ese momento, le oyó emitir un quejido apenas audible, para luego llamarle y, sin siquiera incorporarse, preguntar dónde se encontraban.
—Estamos en el Tíbet, señor... ¿Debería informar al maestro Mū que ha despertado?
El rubio parpadeó confundido por un instante y, finalmente, abrió los ojos. El más joven ni siquiera atinó a moverse de su sitio, consciente de que el hombre frente a él no intentaría hacerle daño. Pasados unos segundos donde solo se miraron fijamente, Shaka volvió a cerrar sus ojos, al tiempo que volteaba hacia un costado, donde el discípulo de Aries le había dejado el agua momentos antes. Bebió un par de sorbos para luego, y aun sosteniendo el recipiente de cristal en sus manos, devolver la mirada a Kiki.
— ¿Puede recordar algo...? ¿Recuerda al menos a mi maestro Mū?
—Tú debes de saber que es imposible para un Santo olvidar. No importa cuántas vidas, cuantas reencarnaciones pueda haber tenido. Sus recuerdos viven en la Armadura que le fue confiada... Y tú y tu maestro son los encargados de mantener vivas las Armaduras...
Bajó la mirada a la altura de las muñecas del muchacho. Aun sin verlo por tener los ojos cerrados, podía saber con certeza que Kiki debía de tener sus brazos cubiertos en vendajes casi hasta la altura de los codos. Parte de la técnica de reparación de Armaduras, fueran de Bronce, de Plata o Doradas, era utilizar su propia sangre y verterla sobre estas para 'revivirlas' antes de la reparación.
— ¿Todas las Armaduras Doradas están aquí? Permíteme ayudarles, por favor...
Kiki negó en primer lugar, señalando que su maestro había preferido dejarlas bajo la custodia de un 'buen amigo'. Por otra parte, admitió que no estaba seguro de que fuera la mejor idea dejar que hiciera tal cosa aunque, para ser honesto, dudaba que fuera suficiente solo con él, su maestro y el Santo de Libra. El Santo Dorado de Virgo no era alguien habituado a demostrar emociones; sin embargo, no pudo evitar una sonrisa apenas sutil cuando se percató de que el menor se cubría el rostro al darse cuenta de su desliz.
—Puedes llevarnos allí, ¿verdad?
Una vez más, el pelirrojo se vio sorprendido y, sin poder evitar un leve tinte de preocupación en su rostro, le preguntó al mayor si se encontraba en condiciones de ser teletrasportado. O, mejor dicho, si toleraría dicha técnica hasta llegar a Rozan.
—Dudo que, si alguna amenaza recayera en este momento sobre el Santuario, o sobre la Tierra, nuestros enemigos estén dispuestos a esperar a que estemos en condiciones, jovencito...
—Kiki...
Dijo el joven lemuriano, provocando que Shaka, quien ya se había adelantado, alzara su rostro, con los ojos cerrados, sobre su hombro. Su ceja izquierda estaba ligeramente fruncida, como cuestionando a su acompañante con ese simple gesto. Sin embargo, sonrió más tarde y dijo:
—Sí, te recuerdo. Aries no ha tenido más aprendices desde que le conocí. Ahora dime algo, Kiki... ¿Tienes idea de que sucedió aquí?
—La... La señorita Atenea pidió a su tío que sus almas fuesen revividas. Sin embargo, y a pesar de que Hades accedió a dicho pedido, lo hizo bajo una condición...
—Entonces no soy el único que ha olvidado su pasado. O, al menos, gran parte de él...
Kiki lo miró con una mueca de tristeza no solo en sus ojos, sino en todo su rostro, sabiendo que, aunque mantuviera sus ojos cerrados, el Santo Dorado de Virgo podría 'verle' de algún modo. Sacudió la cabeza al ver al rubio preparado para marcharse y sonrió, haciendo un leve movimiento con su cabeza, indicándole que lo siguiera.
Rozan, China, momentos después...
—Aquí nos tiene...
Dijo, con su acostumbrada frialdad, el galo pelirrojo, adelantándose a los restantes siete hombres que lo acompañaban. Se detuvo a espaldas del anciano de curiosa piel violácea, sentado en posición de loto y sosteniendo un bastón sobre su regazo. Abrió por completo los ojos para luego levantarse, aun sin ver de frente a sus acompañantes; a sus camaradas Dorados. Precisamente, a escasos metros de su posición, se hallaban las Doce Armaduras Doradas ensambladas. Aquello, obviamente, sorprendió a los ocho guerreros y, esta vez, el primero en adelantarse a sus compañeros fue el italiano custodio del Templo de Cáncer, Mascara Mortal.
—No veo al resto aquí, Maestro; sin embargo, si están sus Armaduras...
— ¿Nos buscabas, Cáncer?
Cuestionó entonces una voz calma y visiblemente oriental, a espaldas del grupo. Todos ellos voltearon hacia el dueño de la misma, manifestando diferentes reacciones a su presencia. En realidad, solo el siciliano de cabello revuelto azul oscuro, piel morena y ojos azul-violáceos mantuvo la misma expresión acre en su rostro. El resto de los Santos les ofreció sonrisas amistosas, a pesar de las circunstancias. Es decir, algunos aún estaban confundidos respecto del motivo por el que estaban allí. Shaka, Mū y el Santo faltante, Aiolos de Sagitario, los saludaron con una leve inclinación de sus cabezas. Luego, el mayor entre todos ellos junto a Saga de Géminis y solo después de Dokho de Libra, de cabello castaño a diferencia del rubio de su hermano menor y Santo de Leo decidió finalmente saciar la duda que ocupaba las mentes de todos los hombres allí presentes.
— ¿Qué está sucediendo, Maestro Dokho? ¿Hay algo por lo que debamos preocuparnos?
—No en realidad, Aiolos... —dijo el Anciano Maestro —Pero nuestra Diosa me ha encargado convocarlos aquí...
Volvió de manera discreta la mirada hacia las Armaduras y, ofreciéndoles una sonrisa a sus compañeros, explicó:
—Solo... necesito su ayuda. Ellas reclaman a sus legítimos dueños. Pero requieren también de reparación. Y Atenea me ha encargado conservarlas aquí a la espera de nuestra próxima batalla...
No completamente convencidos, especialmente algunos hombres como Cáncer y Géminis, los Santos Dorados se dirigieron hacia donde se encontraban sus respectivas Armaduras. Dudaron un instante en proceder con la primera 'fase' de la reparación hasta que vieron a los asiáticos realizar un pequeño pero profundo corte en sus muñecas, vertiendo lentamente su sangre sobre Aries, Virgo y Libra, respectivamente. Volvieron entonces su atención a sus respectivas Armaduras y, tras meditarlo brevemente, imitaron las acciones de sus camaradas.
Una luz dorada intensa y cegadora los invado por varios segundos. Durante ese lapso, también se dio otro curioso hecho. Imágenes que parecían pertenecer a vidas y batallas pasadas cruzaron a través de la mente de cada uno de los hombres, hasta que todos ellos abrieron abruptamente los ojos –que algunos ni siquiera recordaban haber cerrado-, al mismo tiempo en que aquella luz desaparecía por completo. Su inmediata reacción a la culminación de ese breve procedimiento fue buscar sostén en su compañero más próximo. Los de mayor resistencia, sin embargo, fueron los Santos de Virgo, Aries, Sagitario y Géminis; quizá, porque sus Cosmos eran de los más poderosos. Volvieron la mirada a Dokho y este, sonriéndoles sincera y casi paternalmente, preguntó:
—Ellos, nuestros amigos de Bronce, nos aguardan junto a Atenea. ¿Creen estar listos ahora?
La respuesta, por supuesto afirmativa, fue unánime.
