Work Text:
Eddie Munson había nacido tres veces aunque para él solo contaban las dos últimas, sus renacimientos como él los llamaba. El primero fue al poco de quedar bajo custodia de su tío. El hombre tenía que trabajar y no podía permitirse una niñera así que dejó a Eddie en la biblioteca y le pidió que se quedara ahí hasta su regreso. En aquella época el apartado de cómics y novelas gráficas no tenía mucho material, así que tras revisar los pocos ejemplares se puso a ojear otras secciones. En un rincón olvidado había una caja con donaciones y un arrugado papel que indicaba que podían cogerse, gratis, los ejemplares que se quisiera. Entre libros de autoayuda y novelas románticas demasiado manoseadas, yacía casi oculto con parte de su portada rota, un manual de Dragones y Mazmorras. El primero de muchos. Su segundo nacimiento, renacimiento, fue la primera vez que escuchó una canción de heavy metal, pero esa era una historia para otro momento.
Aquella tarde su problema con su primer renacimiento y uno de sus amores tenía forma de cría listilla de once años y lengua viperina. El día que Eddie Munson conoció a Erica Sinclair se juró que no tendría hijos.
—Esto apesta, Munson. ¿No puedes darme algo mejor? Es más, ¿no podéis, alguno de vosotros, hacer algo más? Menuda panda de perdedores.
—Erica…
—Erica nada, Lucas. Esto es patético. Toooodos vosotros —dijo la cría señalando a todos y cada uno de los miembros del Fuego Infernal—, apestáis. Desde Vecna, al que por cierto no habríais derrotado sin mí, no nos has presentado un rival a la altura, melenudo. Mi Lady Applejack merece una compañía y enemigo a su nivel.
Eddie se recostó en su silla evaluando las notas de la partida y la mirada desafiante de la niña. Era perfectamente consciente que había rebajado la dificultad de sus enemigos finales para hacerlo accesible a su grupo de jugadores. También debía reconocerse que desde que había empezado a salir con Chrissy su atención se había repartido y dedicaba menos tiempo al D&D. Se levantó lentamente, apoyando las manos en la mesa, manteniendo la cabeza gacha aportando teatralidad a su intervención. Encaró a la mesa en la que sus siete jugadores lo miraban fijamente.
—Está bien, Sinclair junior.
Erica frunció el ceño por la alusión.
—Mis disculpas, querida Lady Applejack. Hagamos un trato. Ya que mis partidas te aburren y no crees que tus compañeros den la talla, tráeme tu propio grupo y te prepararé una campaña que no olvidarás en tu vida.
La niña se levantó de su asiento, levantó la barbilla, rodeó la mesa y extendió una mano que Eddie no dudó en aceptar y estrechar con convencimiento. De camino a casa, Lucas, Mike y Dustin intentaron persuadir a Erica. Sabían lo difícil que era conseguir alguien que quisiera unirse al club. Ella convencida de su misión y esperando recibir a cambio la campaña prometida, hizo oídos sordos a los ruegos de los mayores. Si su semielfa era fría y temible en el campo de batalla, ella no lo era menos en la vida real. Iba a conseguir un nuevo grupo sin el lastre de los chicos y les demostraría de qué estaba hecha.
—Así que le has prometido una campaña a la hermana pequeña de Lucas.
Chrissy estaba tumbada bocabajo en la cama de Eddie con las piernas en alto balanceándolas mientras pasaba a limpio sus apuntes.
—Solo si consigue una compañía nueva. Así que no tengo por qué preocuparme, no va a encontrar suficiente gente. Creo que a los únicos que nos gusta Dragones y Mazmorras ya estamos en el Fuego Infernal. Así aprenderá a valorar a los otros y se le bajarán los humos.
Satisfecho al creer que su propuesta aplacaría las quejas de Erica, siguió afinando su guitarra. Tenía ensayo al día siguiente y quería tenerla lista antes de salir a dar un paseo con Chrissy y dejarla en casa.
—Oye, Eddie.
—Dime, guapa.
—¿Yo podría unirme al grupo ese?
—¿Qué grupo? ¿El de Erica? —levantó la cabeza para ver a Chrissy mirarlo con atención—. ¿Por qué querrías hacer eso?
—No sé, me sabe mal por ella. Pobre, es la más pequeña. Además le pones tantas ganas que llevaba tiempo pensando que quizás sería divertido probar.
—Primero, el único sentimiento que no puedo asociar a Erica Sinclair es lástima o cualquiera parecido. Esa niña nos enterrará a todos con una sonrisa en su rostro.
—Eres un exagerado…
—Y segundo, si quieres, claro que puedes unirte, aunque siendo solo dos, no podréis hacer nada.
—No te preocupes por eso.
Eddie sabía que cuando caminaban de la mano por los pasillos del instituto la gente lo miraba peor de lo habitual. Le importaba un pimiento, sinceramente. Solo le preocupaba que la tomaran con Chrissy por haber dejado al capullo de Jason Carver para salir con él. Al final resultó que nadie era capaz de estar a malas con la dulce Chrissy Cunningham. Se preguntarían qué había visto en él pero seguían tratándola igual, tanto en clase como en los ensayos de animadoras. Lo que aún no sabía es que su novia tenía su propia manera de conseguir lo que quería.
Los jueves por la tarde, las animadoras y la banda practicaban juntos. Ese día Chrissy estaba especialmente motivada por lo que tenía en mente y se notó en sus piruetas. Se llevó varias alabanzas del entrenador y de sus compañeras. Aprovechó el descanso tras la primera parte de la coreografía para acercarse a las gradas.
—¡Eh, Robin! ¿Puedes bajar un momento?
Había visto a la trompetista salir de la formación y subir un par de niveles en las gradas. Estaba de espaldas a la pista, agachada. Con tanto ruido no la oyó, así que la animadora decidió subir a buscarla. Solo cuando estuvo lo bastante cerca se dio cuenta de que no estaba sola. Había dejado el gorro en el suelo y la trompeta en el banco. Seguía de cuclillas y tenía su mano entrelazada sobre el regazo de Nancy Wheeler.
—¡Oh, Nancy! No te había visto.
Las dos chicas se giraron de golpe al oírla pero se relajaron en seguida al reconocerla.
—Hola, Chrissy.
—¿Preparando algún artículo nuevo?
—Que va… solo estudiaba. Luego tenemos noche de cine en casa de Robin así que he pensado que podía esperarla aquí.
—¿Puedes estudiar con tanto ruido?
—Nance es capaz de concentrarse en cualquier sitio.
La animadora volvió a fijarse en las manos cogidas de ambas y cómo el dedo de Nancy jugaba con un hilo de los mitones blancos de Robin.
—Escuchad, no sé si sabéis que hubo algo de tensión ayer en la partida del Fuego Infernal.
—Algo dijo Mike en casa… —comentó Nancy.
—Dustin se lo debe haber dicho ya a Steve porque lo ha mencionado antes en el coche —añadió Robin.
—La cosa es que bueno, ya sabéis que a veces los chicos son un poco tontos.
—Unos completos idiotas —afirmaron las otras dos chicas.
La sincronización de la pareja la hizo sonreír y confiar aún más en su corazonada.
—Erica está sola y un poco frustrada con los demás. Se ve que no se lo toman en serio y Eddie le ha dicho que le preparará una campaña para ella si logra un equipo nuevo. Ya sabéis que no hay mucha gente interesada en Dragones y Mazmorras por aquí…
—No me extraña. Entrar en ese club es como colgarte del cuello el cartel de nerd —resopló Robin.
—Pues yo había pensado en unirme a Erica. ¡Puede ser divertido! Ser otra persona y vivir aventuras, ¿qué tiene de malo? Es como hacer teatro. Robin, ¿tú no habías hecho teatro?
Nancy volvió a concentrarse en sus apuntes queriendo obviar la conversación. Nadie sabía que ella había jugado con los chicos hacía años y se lo había tomado muy en serio, pero claro, eso fue antes de entrar en el instituto. Quería que siguiera siendo un secreto escondido y enterrado. Por su parte, Robin intentaba que en su historial no colgaran más títulos aparte de los que ya tenía.
—Robin, ¿no te gustaría probar? Por Erica. Por demostrar a los chicos que nosotras también podemos machacar monstruos.
La trompetista quiso poder ser como Nancy y hacer ver que la conversación no iba con ella. Ya tenía suficiente con ser la friki de la banda, no tenía claro querer meterse en otra historia que socavara su imagen más aún, pero cuando Chrissy tocaba las teclas, sabía cuáles tocar. Habría sido una gran trompetista de habérselo propuesto, pensó Robin.
—Lo pensaré pero solo si se une alguien más. ¿Nance?
—Ocupada. Periódico, estudios, mi novia, o sea tú. Imposible. Y Holly. A veces tengo que cuidar de Holly. No puedo, lo siento., Chrissy —ofreció una sonrisa tensa como disculpa para declinar la invitación.
La mayor de los Wheeler había logrado esquivar la bala o eso creía. Robin y Chrissy volvieron a sus ensayos dejando la invitación en stand by. Una vez solas, Nancy sabía cómo distraer a Robin para que lo último en lo que pensara fuera en D&D y el equipo de Erica.
Sin embargo, la propuesta volvió la tarde siguiente. Robin estaba en el Family Video y se acordó mientras le contaba a Steve qué tal había ido el ensayo y eludía los detalles de sus noches de cine con Nancy. Le hacía más que feliz que Steve llevara tan bien que su mejor amiga y su ex salieran juntas pero no iba a alimentar su imaginario dándole información que no era de su interés ni participar en comparaciones absurdas.
—Me podía esperar una rebelión de la mini Sinclair. Mucho ha tardado de hecho. Lo que no vi venir es que de todo el mundo, Chrissy fuera la primera en unirse.
—Se le habrá pegado de Eddie.
—¿Y tú qué vas a hacer? Siempre te estás metiendo con los chicos y llamándolos pequeños frikis o nerds de sótano.
—Porque lo son, pero esto es distinto. No es unirse a una partida como si fuera la única opción de ocio un sábado por la tarde: es crear un equipo que supere a los nerds. Es tentador pero no pienso dar el paso hasta que no recluten al menos a alguien más.
—No sé, Robin. Esos chavales llevan muchos años jugando a eso y es como… tiene muchas normas y reglas y tiran dados y ni siquiera entiendo aún lo de los dados.
Robin puso los ojos en blanco y se negó a responder a su amigo. Que Steve no entendiera el funcionamiento tampoco le sorprendía. Ella misma tenía solo nociones muy vagas sobre en qué consistía pero si algo tenía claro es que si los tontos amigos de Eddie podían, ella era capaz de machacarlos.
—La cuestión es darles una lección y una cura de humildad a esos chavales. Todos necesitáis una colleja a tiempo antes de que os convirtáis en idiotas sin remedio.
—¿A quién eztamoz dando una lección?
Por la puerta entraba Dustin con su característica sonrisa llena de planes que solo podían significar dolores de cabeza para Steve.
—De hecho, Henderson, eres uno de los que está apuntado a la clase para esa lección —afirmó con una sonrisa lobuna Robin.
La expresión del más joven pasó de la picardía a la confusión. Miró a Steve pero este se limitó a encogerse de hombros y hacer un gesto dando a entender que no quería saber nada del tema. Dustin se acercó al mostrador sin desviar la mirada de los inquisitivos ojos de Robin.
—No eztaráz hablando de la pataleta de Erica, ¿verdad? Porque zi ez azí, eztá bien jodida. No hay nadie al que le guste el D&D que no ezté ya en el Fuego Infernal. Lo que eza enana nezezita ez una compañía potente, con experiencia y fría como la evaluación de una profezora de fízica que azpira a una plaza en la univerzidad y quiere zalir del inztituto. La única perzona azí en todo Hawkinz que no forma parte ya del Fuego Infernal ez Nancy.
—Perdona, ¿qué? —preguntaron Steve y Robin a la vez.
Orgulloso de ser una vez más el único que poseía la información, Dustin dejó su mochila sobre el mostrador y se paseó ante ellos con las manos a la espalda.
—La verdad, chicoz, me decepcionáiz. ¿Cómo puede zer que zin zalir con Nancy zepa máz cozaz de ella que vozotroz?
—Relaja ahí, Henderson. La conociste antes, simplemente —se defendió Steve.
—Déjate de rollos y medallitas y cuéntame eso —exigió Robin.
—No zé, Robin. Ez que quizáz tu novia no quiere que lo zepaz y quién zoy yo para…
—Coge la peli que quieras, la pago yo. Solo una. Y ahora habla.
—Una peli por un secreto tan bien guardado…
—Una peli por día para el finde. Tres malditas películas, Henderson y ahora desembucha.
La sonrisa de Dustin se amplió al ver que la tarde le iba a salir mucho más productiva de lo que esperaba.
—Nancy jugó trez campañaz con nozotroz antez de dejarlo al entrar en el inztituto porque ze creía demaziado mayor y guay para ello. La verdad ez que era realmente buena, una láztima.
Tras exigir algún detalle adicional, Robin se dirigió a su bolso, dejó sobre el mostrador el precio del alquiler de las películas y se quitó el chaleco del uniforme a toda prisa.
—Steve, cierras solo. Aún me debes cuatro días. Tengo algo que gestionar. ¡Nos vemos!
Al pasar junto a Dustin le levantó la gorra para revolverle el pelo antes de volver a ponérsela. No era lo ideal pero le alegraba haber encontrado al fin el modo de cobrarse todas las veces que Steve se había ido antes porque tenía una cita.
De no haber sido de aquel domingo en el que Nancy la llamó por la tarde para decirle que tenía la casa vacía hasta la cena, Robin habría podido afirmar que nunca antes había pedaleado con tanta rapidez. En su cabeza había formulado ya varias maneras de cómo quería encarar la conversación pero lo cierto fue que cuando llamó al timbre de los Wheeler estaba sin aliento y tuvo que darse unos momentos antes de poder decirle nada a una atónita Karen.
—Hola y perdone señora Wheeler. ¿Está Nancy?
—Hola, Robin. Está en el garaje ayudando a Holly con un proyecto. ¿Quieres un vaso de agua?
—Sí, por favor.
Acompañó a la mujer hasta la cocina y bebió hasta dos vasos antes de sentirse lo suficiente recuperada como para ir al garaje. Tal y como le había dicho la matriarca de la familia, las dos hermanas estaban trabajando en una de las mesas del garaje. No le costó mucho adivinar que estaban con el archiconocido volcán de ciencias.
—Buenas tardes, señoritas científicas.
—¡Robin!
Holly dejó lo que estaba haciendo y corrió a abrazar a la chica. A la pequeña le encantaban las visitas de Robin. En ocasiones traía su trompeta o le llevaba películas de dibujos para ver el fin de semana. Nancy le sonrió con cariño y se quitó los guantes de jardín que llevaba puestos.
—¿Habéis acabado ya lo de la erupción? —se interesó.
—¡Sí!
—Entonces falta decorarlo bonito. Holly, ¿por qué no traes unos cuantos algodones y bastoncitos para las orejas? Verás qué chulo queda.
La niña se fue corriendo a buscar lo que le habían encargado. Satisfecha de haber manejado tan bien la situación dio un par de pasos para acercarse a su novia y la besó. Nancy se puso de puntillas para pasar sus brazos por su cuello y acercarla más.
—¿Tan tarde se nos ha hecho?
—Oh, no. Salí antes.
—¿Has dejado a Steve cerrando un viernes? Pobrecito.
—Que se apañe —respondió Robin besándola de nuevo casi olvidando el motivo de su visita.
—¿Te quedas a cenar y…?
—Si me lo pides así… —sonrió encantada por la invitación—, pero antes tenemos que hablar de una cosa.
Nancy se apartó confusa. No es que no hablaran, por supuesto que lo hacían pero Robin no solía anunciarlo, simplemente le planteaba cada pequeña duda o incertidumbre que la carcomiera por dentro y entre las dos la despejaban.
—Ha llegado a mis oídos tu pequeño y sucio secreto, Nance y, la verdad, no sé muy bien cómo sentirme —anunció Robin cruzada de brazos.
Las cejas de Nancy se dispararon hacia arriba totalmente sorprendida. La sorpresa dio paso a la confusión y su ceño no tardó en fruncirse intentando descifrar de qué le estaba hablando. No llevaban mucho saliendo y habían cosas que no sabían la una de la otra pero nada que pudiera ser considerado un sucio secreto. De hecho, lo más sucio de la vida de Nancy en ese momento, según a quién preguntaran, sería el hecho de que salieran juntas y ni siquiera lo ocultaran.
—Robbie… si es una broma, no tiene gracia. No sé de qué me estás hablando.
Robin volvió a acortar la distancia entre ellas y se inclinó para susurrar al oído de su novia.
—No me habías dicho que habías sido una elfa en Dragones y Mazmorras. ¿Te cabrá aún el disfraz?
Nancy se apartó un par de pasos completamente enrojecida antes de pegarle en el brazo a su novia que sonreía con picardía.
—¡¿Quién te lo ha dicho?!
—Se dice el pecado, no el pecador.
—Qué vergüenza… los mataré a los cuatro.
—Uno es tu hermano.
—Ese será el primero, por si acaso.
Riéndose, Robin atrajo a Nancy y la abrazó mientras ella ocultaba su rubor y bochorno contra el pecho de su novia.
—¿Está bien? —preguntó preocupada la vocecita infantil de Holly.
—Sí, sí. Es un abrazo de felicidad. Tu hermana va unirse a una compañía de aventureras conmigo y unas amigas.
—¿Qué? ¡Yo no he dicho tal cosa!
—Mon amour, creo que no tienes alternativa dadas las últimas revelaciones.
—Te odio, Robin Buckley. A ti y a tu informante misterioso al que machacaré en cuánto descubra quién es.
—¿Pero aún sigo invitada a cenar y…?
Nancy le pegó en el brazo antes de estirar de su camisa hacia ella y besarla enfadada.
—Ayúdanos con el volcán y quizás te ganes la segunda parte de la invitación.
El matrimonio Wheeler estaba ya resignado a que su casa fuera un centro comunitario. Si no era Robin entrando o saliendo de la habitación de Nancy, eran los chicos bajando al sótano con Mike. Su único consuelo era que cuando Holly empezara a llevar amigos a casa, Nancy ya no estaría y no se unirían los conocidos de sus tres hijos a la vez.
El sábado por la tarde era un día especialmente cotizado. Nancy seguía arriba con Robin. Tras la comida había llegado la pandilla y ocupado el sótano. Holly por suerte estaba entretenida dibujando y no había empezado a rondar a sus hermanos mayores pidiendo atención.
Dustin había traído una de las película que había alquilado cortesía de Robin. A su lado Max y Lucas estaban zampando palomitas incluso antes de que Mike hubiera encendido la televisión.
—¿Alguien ha avisado a Eddie de que va a tener que pensarse la campaña finalmente? —preguntó Mike.
—¿Por? Ayer eran solo Erica y Chrissy. Chrissy ni siquiera sabe jugar —respondió Lucas.
—Robin ze lo eztaba penzando pero me dijo Zteve que no ze uniría zi no conzeguían a alguien máz.
—Precisamente por eso. Robin ha convencido a Nancy. Le está enseñando lo básico ahora mismo.
—Mierda —masculló Dustin—. No creí que Nancy cedería. Zubestimé el poder de una novia.
—¿Asustados, chicos? —se jactó Max—. ¿Cuántas más necesitan?
Los tres amigos se miraron entre ellos antes de responder.
—En teoría con eso tendrían suficiente. Cuatro jugadoras no está mal, aunque solo dos de ellas sepan jugar y Nancy esté desentrenada.
—Robin ez inteligente, no le coztará pillarlo. Mierda. Lo ideal zigue ziendo cinco pero ni de coña van a dar con nadie máz. Han tenido mucha zuerte de que a Robin le guzte tocar los huevoz.
Mike puso finalmente la película y se espachurró al lado de Dustin. No llevaban ni diez minutos cuando Max se levantó y colocó el cuenco de palomitas sobre el regazo de Lucas.
—¿Quieres que paremos la película? —le preguntó Lucas.
—Ah, no. No os preocupéis por mí, dudo que baje pronto.
—¿Vaz mal de vientre? —se interesó Dustin confuso.
—No, idiota. No voy al baño. Voy con Robin y Nancy a que me enseñen qué tengo que hacer.
—¿Qué? ¿Estás hablando de Dragones y Mazmorras? —Lucas no salía de su asombro—. ¡Si nunca has querido unirte!
—Bueno, las circunstancias han cambiado perdedores. Nos vemos.
La pelirroja trotó escaleras arriba dejando a sus tres amigos atónitos. Dustin lamentó que cada vez le recordara más a Robin en el mal sentido. Cuando llegó a la habitación de las chicas llamó dos veces a la puerta para avisar antes de asomar la cabeza. Robin y Nancy estaban estiradas sobre la cama y tenían un par de libros abiertos. La trompetista tenía un papel delante parcialmente escrito.
—Hola, chicas.
—Hola, Max. ¿Va todo bien? —dijo Nancy.
—Quiero unirme al grupo de D&D y dejar mal a los chicos.
—¡Ese es el espíritu! Coge papel y boli, estamos con las clases y razas y cosas —respondió Robin no muy segura aún—. Luego iremos a casa de los Sinclair para hablar con Erica y quedar un día también con Chrissy.
Aprovecharon el fin de semana para hacer varias reuniones de chicas. Erica tenía muy claro lo que necesitaban y Nancy lo que creía que mejor se adaptaría a cada una de ellas según su nivel de conocimiento de juego y personalidad. Acordaron que sería solo una campaña para que Eddie se pusiera las pilas y los chicos bajaran sus humos. El domingo por la noche salieron de casa de los Sinclair con una copia de sus fichas y teniendo claro cuál sería su papel, solo faltaba la confirmación.
El lunes transcurrió con normalidad. Eddie se sentó con los del Fuego Infernal, Chrissy charlaba con el equipo de animadoras, Robin revisaba partituras con la banda y Nancy artículos con los del periódico. No era algo voluntario ni intentaban hacer ver que no se conocían, solo seguían con sus rutinas; eran ya demasiados años y les costaba cambiar sus dinámicas, al menos durante el almuerzo. En cuanto sonaba el timbre de regreso a las clases, como si un imán los uniera, volvían a orbitar unos alrededor de los otros. Eddie pasaba su brazo por los hombros de Chrissy que entusiasmada le hablaba de una pirueta nueva que estaban preparando. Robin chocaba su hombro con Nancy y comentaban algo de las clases o elegían de antemano la película que verían más tarde.
—Ey, Robin, ¿vendrás luego a casa? —preguntó Mike.
—Hoy no, les toca en casa de Robin, tonto —respondió Max con suficiencia.
—¿Y tú cómo lo zabez? —quiso saber Dustin.
—Sois tan poco observadores… los lunes, miércoles y viernes Robin tiene ensayo de la banda y van a su casa. Los otros días están en casa de los Wheeler.
—¿Debería preocuparnos que nos tengas tan controladas, Max? —dijo Nancy con una ceja alzada rozando su mano con la de Robin aprovechando que había mucha gente en los pasillos y nadie se fijaría más de lo habitual.
—Solo soy observadora —aclaró la pelirroja encogiéndose de hombros—. Después de clase iré a casa de Lucas, os llamo cuando llegue Erica. ¿Tenéis el número de Chrissy?
—Puedo conseguirlo en el ensayo. Los lunes y viernes son conjuntos —respondió Robin.
Sin más conversación y con Mike, Lucas y Dustin pisándoles los talones, las chicas se dividieron para ir a sus clases.
Cuando sonó la última campana del día, todas las puertas de las clases del Hawkins High se abrieron dejando salir a torrentes de alumnos con ganas de salir del edificio o dirigiéndose a sus actividades extraescolares. Robin fue a dejar los libros en la taquilla y coger la funda de su trompeta. Notó una presencia a su lado cuando estiraba con cuidado del estuche y sin asomarse a la puerta supo quién era. La cerró con una sonrisa en la cara.
—Ey —saludó sonriente a Nancy.
—Ey —le respondió la mayor de los Wheeler—. ¿Cuánto tiempo os daban para estar en el gimnasio?
—Diez minutos.
La chica consultó su reloj de pulsera y echó una mirada al pasillo en busca de algo.
—Tendremos que espabilar entonces —sentenció Nancy antes de coger la mano de Robin y llevársela al baño de chicas.
En general solían ser discretas en el instituto pero en cuánto acababan las clases y los pasillos se vaciaban de compañeros a veces se dejaban llevar un poco. Así que cuando salieron del baño tras una sesión rápida de besos se encontraron de cara con Erica Sinclair.
—Buf, en serio, controlaos que sois muy mayores ya.
—¿Has venido a ver a Eddie? —preguntó Robin.
—Sí. Cuanto antes sepa el melenudo que tengo compañía, antes se pondrá a trabajar en la campaña. Además, como es un idiota, le facilito que vea nuestras fichas. No tendrá excusa para no darme algo a la altura.
A veces tenían que recordarse mentalmente que aunque Erica tratara no solo de tú a tú sino muchas veces como inferiores a otros, seguía teniendo once años. La dejaron seguir su camino y ellas se fueron a sus actividades a las que ya llegaban tarde entre una cosa y otra.
Unas horas después disfrutaban del visionado de The breakfast club acurrucadas en la sala del televisor. A los padres de Robin no les gustaba tener el aparato en el salón principal ni el comedor, así que habían adaptado una pequeña habitación solo para ello. Su hija agradecía la iniciativa ya que le daba la suficiente intimidad para ver películas con su novia y hacerse carantoñas sin estar a la vista. Estaban tumbadas en el sofá, con Nancy entre los brazos de Robin intentando concentrarse en la película. El intento era la clave ya que de vez en cuando sentía los labios de su novia en sus hombros dejando una ristra de besos.
—Robbie…
—¿Mmmm?
—Pensaba que íbamos a ver de verdad la película.
—¿Qué insinúa señorita Wheeler? ¿Acaso hay algo que la distraiga? —disimuló juguetona.
Nancy se giró sin soltarse de su brazo y pasó sus brazos tras el cuello de Robin para atraerla en su beso.
—Nos vamos a perder la película, Nance…
—Como si no hubiéramos perdido el hilo hace un rato.
Ninguna se tomó la molestia de detener la película, solo se perdieron en los brazos de la otra, en sus besos y sus caricias. Al menos un rato.
—¡ROBIN! UNA AMIGA TUYA AL TELÉFONO.
La voz de la señora Buckley interrumpió su sesión de besos y sobresaltó a las chicas. No queriendo hacerla esperar, no fuera a ser que le diera por asomarse, Robin saltó del sofá y se fue al salón a atender la llamada.
—¿Quién es?
—Pues no lo sé, hija. Cógelo y averígualo. Solo dijo que era tu amiga.
Robin puso los ojos en blanco y cogió el auricular. Quería acabar con eso rápido y poder volver con Nancy.
—¿Sí?
—Buckley, tenemos luz verde. Dice el master que en un par de semanas empezamos. Me parece poco tiempo pero… ¿Os va bien una sesión de evaluación el domingo por la mañana?
—¿Erica?
—¿Quién va a ser? Espabila, Buckley y deja de magrearte con Wheeler si eso te va a volver tonta del culo.
—No estaba… Llamo a Chrissy y aviso a Nancy. Si alguna no puede ese día, te digo algo.
—Será rápido. Solo quiero asegurarme de que tenemos claro a lo que vamos a jugar.
Tras quedar varias veces, llegó la sesión inicial de la nueva campaña. Esa tarde se reunieron las chicas en la sala que el instituto dejaba para las partidas del Fuego Infernal. Erica había llegado con sus libros y su libreta bajo el brazo. Robin revisaba uno de los libros que Nancy le había quitado a Mike. Max llegó hablando con Chrissy, ambas con las manos vacías. Además de Eddie como Dungeon Master, los chicos del Fuego Infernal también habían querido estar presentes. Munson ya estaba en la cabeza de la mesa con todo el material listo.
—Hola —saludó con alegría Chrissy a su novio antes de darle un beso y sentarse a su lado.
—Eddie no te dejes comprar… —le advirtió uno de sus amigos.
—Tíos, que es mi novia. Cortaos.
—¿Podemos empezar? No tengo todo el día —reclamó Erica.
Max se deslizó y se sentó junto a Chrissy mientras Robin y Nancy ocuparon los asientos de enfrente dejando a Erica encarada con Eddie.
Para sorpresa de los chicos, la partida fue bastante fluida. Las chicas controlaban sus personajes mejor de lo esperado. Se notaba la mano de Erica y Nancy cuidando los detalles en la creación de cada uno. La pequeña del grupo seguía dirigiendo a su Lady Applejack con fiereza junto a la paladín de Nancy. Chrissy era la que se tomaba la partida con más ligereza y canturreaba de vez en cuando como barda del grupo que era. Max y Robin charlaban entre ellas, una era la exploradora del grupo y la otra, para sorpresa de los chicos, la clérigo.
—En serio, Buckley. Tú de todas llevas al clérigo del grupo.
—Hay muchas diosas a las que venerar, Munson.
Como Mike estaba delante, intentó que no se notara mucho la mirada que le lanzó a la chica que se sentaba a su lado. Cuando empezaron los combates, la partida se puso interesante.
—Vale, y ahora quiero…
—Nena, nena. Ya has usado tu acción y tu acción adicional. Salvo que vayas a moverte, no puedes hacer nada más — interrumpió Eddie a su novia.
—En realidad sí puede.
—Buckley, soy el master, he jugado bardos mucho tiempo y llevo el suficiente tiempo en el D&D para saber que no puede.
—Chrissy tiene un feat que le permite ejecutar otra acción siempre que no sea una que haya realizado ya durante su turno. Puedes comprobar el nombre del feat en su ficha y la descripción del mismo en el manual de juego, sección feats, creo que entre las páginas 242 y 253. Apostaría más hacia los cuarenta que los cincuenta, pero ahí no podría afirmarlo al 100%.
Robin sonreía y miraba fijamente a Eddie retándole a comprobarlo. Giró la ficha de Chrissy para confirmar que, en efecto, tenía ese feat y él había dado luz verde. Ante la atenta mirada de sus chicos, cogió el manual y fue directamente a las páginas que la chica había indicado. 244 en concreto.
—Buckley, eres clérigo. Preocúpate de tu personaje. Chrissy, adelante.
—No te preocupes, Munson. Robin controla su clérigo y sabe lo suficiente de los demás para que no intentes colárnosla —advirtió Erica orgullosa de su equipo.
Hasta donde sabían, Robin nunca había jugado ni mostrado interés por el D&D pero había interiorizado todo lo que afectara a la partida y esa no fue la única vez que le recordó a Eddie algo sobre las normas o el funcionamiento de un objeto o hechizo.
Conforme pasaron las partidas, las chicas demostraron que sus personajes no solo estaban bien construidos a nivel de estadísticas, se compenetraban a la perfección con el resto de la compañía y les habían otorgado una profundidad narrativa que los chicos, más centrados en ser competitivos frente a sus enemigos, solían dejar de lado. Eddie no quiso admitirlo en público, pero en privado sí le reconoció a Chrissy que disfrutaban de las interacciones de las chicas y quería ver hasta donde eran capaces de llegar. Pronto, la campaña de Las Solistas, como se hacían llamar aunque funcionaran juntas en perfecta armonía, empezó a desplazar la del Fuego Infernal. Los chicos también querían saber cómo continuaba la aventura de ellas, así que aceptaron sin problemas dejar en stand by su propia aventura. La curiosidad pudo incluso con Steve que se unió al público algunos días harto de oír hablar de la partida. No se enteraba de la mitad de cosas pero para eso tenía a Dustin a su lado como apuntador.
La semana previa a la última sesión, Eddie estuvo socialmente desaparecido. Utilizaba cada rato libre para preparar y revisar cuestiones de la partida. Al principio de la campaña se lo había tomado con calma, pero en seguida notó que las chicas llegaban con los deberes hechos y empezó a tomar notas de cómo se organizaban, qué combinaciones de ataques hacían y sus puntos débiles como compañía. Estaba sentado en el tráiler cuando oyó que alguien golpeaba la puerta. Esperaba que no fuera Max y la bromita del “vecino, ¿tienes sal?”. La pelirroja llevaba un par de semanas interrumpiéndolo a propósito cuando se sentaba a preparar la partida.
Por suerte, su visita era más alta, rubia y más de su gusto. Chrissy llevaba una bolsa a cuestas y esa sonrisa radiante que tanto le gustaba a Eddie.
—He pensado que no habrías cenado aún y me venía de paso.
—¿Te he dicho ya que eres un ángel?
—¿Siempre que intentas resaltar que eres un demonio? Cosa, que por cierto, es mentira.
Chrissy se puso de puntillas para besar la punta de la nariz de su novio y se invitó dentro. La chica había estado las suficientes veces ahí como para saber donde estaba todo. No es que hubiera demasiadas alternativas, a fin de cuentas. Eddie limpió lo que pudo mienttras su novia colocaba un envase de patatas fritas con bolsitas de salsas al lado. Dos hamburguesas envueltas y una ensalada para ella. Tras la cena, se movieron a la habitación de Eddie.
—Eddie, ¿no podrías darme algún consejo para mi personaje?
—No creo que Erica quiera ventaja desleal en su campaña.
—No de lo que estás preparando, si no… de bardo a barda.
—¿Ya te sientes cómoda como barda?
—Mi novio me ayuda a sentirme menos patosa. Las chicas también son geniales. Dedican mucho tiempo a mirar cosas y me echan una mano cuando se me olvidan cosas o no sé qué hacer.
Eddie salió un momento y regresó con una palangana con agua fría y un tubo de crema.
—No… está muy fría, Eddie.
—Sin discusión, tuviste entrenamiento ayer. Sumerge los pies mientras te pongo la crema en las rodillas y luego me encargo de tus tobillos. Si dejas que te cuide y evitemos que te lesiones, luego puede que te dé algún consejo. De bardo a barda.
—¿Y tú qué ganas con eso?
—Que mi novia no se haga daño dando saltos, que esté relajada y quizás algún que otro beso como pago por mis servicios.
—Los besos son siempre gratis. Cuando acabes me dejas la crema esa y me encargo de tu espalda. Tienes que dejar de preparar partidas encorvado en el suelo.
La partida decisiva, el gran final llegó antes de lo que todos querían. Lady Applejack había salvado un par de partidas, Max había sido resucitada ya una vez, Chrissy secuestrada y la magia de Robin logró evitar que cayera la paladín de Nancy. Ya no había más medias tintas, en esa batalla se decidiría el destino de su compañía y tal y como había prometido Eddie, no iba a ser sencillo.
En aquel momento la situación era complicada. Max estaba al borde de la muerte, Chrissy no sabía qué hacer y a Robin le quedaba poca más vida que a Max. Solo Erica y Nancy resistían buscando el modo de derrotar a su enemigo.
—Nancy, tu turno —cedió Eddie.
—Retraso el turno.
—Nancy, no —la amenazó Erica.
—Nancy, sí —se reafirmó en su decisión.
—Nance, no… —imploró Robin.
—Estoy esperando… ¿Retrasas o no el turno, Wheeler mayor?
—Retraso mi turno.
—¡Nancy! Tiene dos turnos tras el tuyo, si no eliminas a alguno de sus secuaces, solo la suerte evitará que mate a Max y dejé totalmente fuera de combate a Chrissy.
La mayor observó de nuevo el tablero, la posición de sus compañeras, cuánta vida les quedaba y los turnos por delante.
—Voy a hacerlo. Necesitamos a Robin.
—¡Venga ya! Ya cuidarás a tu novia más tarde, mejor perder a una que a dos.
—Nance, en serio, está bien. No pasa nada si me matan —insistió avergonzada por oír a Erica llamarlas novias delante de todos.
—No. Robin es nuestra sanadora. Va a matarla primero y luego rematará a Max. Chrissy no puede usar más hechizos y sus ataques cuerpo a cuerpo no son significativos. Necesitamos a Robin cuidando nuestras espaldas para que pueda curarnos y tener una oportunidad. Retraso mi turno e interpongo mi escudo con mi reacción si alguien intenta atacar al personaje de Robin.
Lo habían hablado. Tras varias partidas habían observado que Eddie no solo era más blando con Chrissy sino que, al ser la que más a la ligera jugaba, tendía a subestimarla por lo que tenía su ficha menos controlada. Sabían que como amante del drama y conocedor de los puntos fuertes y débiles de cada clase, que su objetivo sería dejar fuera de juego cuanto antes a Robin. Creían que no solo quería eliminar a la sanadora del grupo, sino descentrar a Nancy con ello. Habían decidido seguirle el juego. Con Nancy haciendo ver que haría lo que fuera por defender a Robin, desviaban su atención de Chrissy que tenía un objeto que le permitía recuperar hechizos si permanecía cierto número de rondas sin actuar ni recibir daño. El plan funcionó a la perfección. En su primer ataque mandó a la lona a Max y con el segundo intentó eludir, sin éxito, la defensa de Nancy a Robin. Chrissy gritó de alegría cuando volvió a ser su turno y con sus hechizos recargados, levantó a Max y curó a sus compañeras ante la atónita mirada de su novio.
—El jodido bardo —exclamó Dustin igual de sorprendido que Eddie.
Al final fue Robin la que se sacrificó por Nancy para que la paladín diera la estocada final al jefe final y lograran superar la campaña.
—Síííí —gritó eufórica Erica—. Buen trabajo compañeras.
—Has servido bien, te echaré de menos —dijo con solemnidad Robin a la figurita del clérigo.
—Eddie nos dejará revivirla para la próxima partida, ¿no? Pierdes mucha tensión dramática si mi paladina pierde a su clérigo.
—Ah, ¿que vais a querer jugar más? —preguntó sorprendido Eddie.
—Claro, cariño. Las Solistas solo acabamos de empezar. Siento habértela jugado pero no podía dejar que te acordaras que habíamos encontrado aquella tiara tan chula en la casa que saqueamos.
—No, no. Tengo que reconocerlo. Buena partida, chicas. Ya hablaremos si dejo que el personaje Robin vuelva, cómo o si se tiene que pensar un personaje nuevo. Quizás un no muerto clérigo… —se planteó en voz alta Eddie—. De momento, Lady Applejack, ¿va a seguir con el Fuego Infernal o debo entender que se separa para viajar solo con su nueva compañía?
—¿Tú los has visto, melenudo? Estarían perdidos sin mí.
—¿En serio vas a volver a jugar a D&D, Nancy? —le preguntó su hermano.
—A corto plazo, no. Acabad vuestra partida y según lo que nos ofrezca…
—VA A JUGAR. Necesito a mi paladín, Wheeler mayor. Conseguiré que revivan a Robin sin que sea un bicho raro, en la partida me refiero. En la vida real…
Para Eddie Munson, Dragones y Mazmorras había sido su primer renacimiento. La partida con las chicas le recordó que uno debe reinventarse constantemente. No volvería a infravalorar a su novia y los cerebros malignos de las chicas. La próxima campaña les costaría más y se arrepentirían de haber creído que era tan fácil acabar con él.
