Chapter Text
Leo sabía que algo andaba mal.
No con algo a su alrededor, lo que en parte era un alivio, sino más bien consigo mismo. Había algo malo con él. Era una sensación común, pero esta vez, también diferente. Es decir, claro que se había sentido mal antes. No se enfermaba muy seguido (su fuego no lo permitía), pero había tenido una cantidad de heridas considerables a lo largo de los años, por lo que el dolor no era algo extraño. La falta de comida y agua tampoco lo era, teniendo en cuenta la cantidad de veces que se le habían sido negadas, y las veces que se le había olvidado tomarlas. También estaba el insomnio y sus consecuencias, que no le eran ajenas.
Sabía lo que era sentirse mareado y que las náuseas vinieran a él con fuerza, incluso cuando no tenía nada en el estómago para vomitar. Sabía lo que era sentirse tan cansado que parecía que tu cuerpo ya no fuera tuyo, que los ojos se te cerraran contra tu voluntad en los momentos más inoportunos. Sabía acerca de la visión borrosa y doble, mucho más de lo que alguna vez admitiría; y los dolores de cabeza eran prácticamente su día a día.
Sabía todo eso, y, aun así, sabía que había algo más. Algo mayor. Lo sentía en la boca del estómago, en cada uno de sus huesos y en sus venas rellenas de fuego, que crepitaban en advertencia de algo. Un algo que Leo todavía no descifraba.
Así que decidió que tal vez lo que necesitaba era cuidarse un poco. Llevaba una corta pero constante época de quedarse hasta demasiado tarde despierto, siempre con algo entre sus dedos, sus manos casi en constante movimiento. De tomar demasiadas bebidas energéticas solo para poder seguir un poco más. De olvidar comer el desayuno, la comida y, algunas veces, la cena. A estas alturas estaba básicamente viviendo de Fonzis, lo que le recordaba bastante a su tiempo construyendo y viajando en el Argo II.
Al principio pensó que tal vez era solo eso, querer seguir construyendo, su cabeza llena de demasiadas ideas nuevas como para parar ahora. Siempre algo que hacer, algo que mejorar. Le había pasado algunas veces, tal vez muchas, pero nunca había llegado al extremo de sentirse tan extraño en su cuerpo. De sentir que había algo más que solo los síntomas familiares.
Pero luego recordó que estaba por comenzar esa época del año. La época del año en donde los aniversarios empezaban.
Habían pasado ocho años desde la guerra con Gaea. Habían pasado muchas cosas en ese tiempo, no todas buenas, pero, de alguna manera, Leo había encontrado un equilibrio. Al menos con las cosas que podía manejar, lo que no incluía las pesadillas. Aún había pesadillas. Y aunque no tantas como al principio, seguían siendo igual de vívidas y aterradoras, igual de oscuras y atrapantes. Y Leo se despertaba empapado en sudor, temblando, como si todavía tuviera 16 años y acabara de volver del vacío y la oscuridad, del dolor que había supuesto morir tan de repente.
Ahora estaba por cumplir 24 y seguía recordándolo con sorprendente claridad. No había sido así al principio, por supuesto. En aquel momento, cuando había regresado al campamento un mes después de la guerra, solo, y con el dolor y la pérdida grabada en sus ojos, Leo solo podía recordar instantes borrosos, sensaciones, cosas que por sí solas no tendrían mucho sentido, pero al juntarse mostraban una imagen clara de algo que Leo desearía con todas sus fuerzas no poder recordar. Morir y regresar era horrible, había decidido aquel instante, después de despertar encima de un Festo volador; y seguía pensando lo mismo muchos años después de vivirlo.
Eran finales de mayo, el verano estaba por comenzar y para los mortales no era más que la señal de que el mundo seguía girando. Pero para los semidioses, más específicamente para los siete de la profecía, era la época en donde se comenzaban a recordar cosas con mayor facilidad. Cosas malas en su mayoría.
En un par de días se cumplirían ocho años de que Leo hubiera terminado el Argo II y hubiera zarpado en él, con Annabeth, Jason y Piper como única tripulación. Ocho años de que los siete se hubieran reunido en el barco, de que Leo hubiera destruido Nueva Roma. Ocho años de que la guerra comenzara.
Y luego vendrían los peores aniversarios. Ocho años de que Anabeth pasara un infierno para encontrar la Atenea Pártenos y de que ella y Percy estuvieran a punto de caer en el tártaro por su culpa. Ocho años de viajar por el Mediterráneo y de cerrar las puertas de la muerte. Ocho años de pelear contra gigantes y ganar. De perder a muchos de sus hermanos y tantísimos otros semidioses. Ocho años de su propia muerte y su regreso. Y una par de semanas después, ocho años de la muerte de Calypso.
Luego estaban otros aniversarios, como los nueve años de la guerra con los titanes, en la cual Leo no había estado, pero había escuchado tantas historias que a veces le parecía que sí. Y por último, 16 años de la muerte de su madre.
Era difícil, pensaba Leo a menudo, sobrevivir. Y luego, se sorprendía a sí mismo pensando en que desearía no haberlo hecho.
Aquel primer año fue difícil. Aquel primer aniversario fue difícil. La gente se le acercaba y le daba las gracias y Leo no lo entendía. No entendía cómo alguien podía sentirse agradecido con él, porque a pesar de todo, de esforzarse, de morir, no había podido salvarlos a todos. Mucha gente había muerto en aquella colina. Entre ellos la mayoría de sus hermanos, tratando de que todos tuvieran armas. Corriendo por la mitad del campo tratando de que todo el mundo tuviera una espada o un arco, una daga o un cuchillo, olvidándose de sus propias armas y de observar sus espaldas. Y todos los días Leo se preguntaba si podía haberlo hecho mejor, si podía haber sido más rápido, más inteligente. Tal vez así la cabaña de Hefesto habría estado llena más tiempo, tal vez así, muchos semidioses no tendrían que pasar por otro aniversario de muerte, año tras año.
Pero, por poco tiempo que su madre lo hubiera criado, lo había criado bien, y Leo recibía las gracias con amabilidad, desestimándolas incluso a veces, porque sabía que no las merecía. Cada año, el primero de agosto, en la fiesta que se hacía para celebrar la victoria y honrar a los muertos, Leo recibía las gracias y las daba de vuelta, porque no solo él había luchado, y no solo él había muerto.
Y así el tiempo pasó, y aunque no se volvió más fácil, si se hizo más llevadero, y en algún momento del camino Leo había abierto su propio taller y había comprado su propio apartamento. En algún momento había hecho teléfonos anti-monstruo y muchísimos más inventos y se aseguraba de ir todos los fines de semana al campamento para visitar a Harley y a Quirón y a contarles historias a los semidioses más pequeños. Y hablaba con sus amigos y el resto de sus hermanos a diario y la vida de repente encontró un equilibrio. Uno que Leo guardaba con recelo, asustado de que en algún momento fuera a escapársele como arena entre los dedos, como todas las cosas buenas de su vida.
Un equilibrio que estaba rompiéndose.
Porque la sensación seguía ahí.
Comenzó junio y Leo se decidió a cuidarse más. Llevaba algunas semanas sintiéndose raro y aunque al principio pensó que era la anticipación a aquella época, pensó que no le vendría mal ser un poco más responsable consigo mismo, aunque no fuera mucho su estilo. Se aseguró de comer mínimo tres veces al día y de dormir al menos ocho horas, como Will siempre le rogaba que hiciera. Trabajaba hasta una hora decente e incluso comenzó a tomar el sol más seguido, aunque aquello resaltara sus cicatrices y pecas. Había comenzado a tomar algo de ambrosía y néctar, al principio solo un poco, luego más seguido, pero de igual manera en pequeñas cantidades.
Pero nada cambió. Por el contrario, pareció empeorar. Los dolores de cabeza persistieron, al igual que los mareos, más fuertes de lo que nunca Leo había sentido. La visión se le ponía borrosa de repente y tardaba un momento en regresar a la normalidad. A veces le daban náuseas tan repentinas que no tenía más opción que vomitar en el cubo de basura de su taller personal.
Algo andaba definitivamente mal.
Pero antes de que pudiera pensar en qué otra cosa hacer, llegó su cumpleaños. Hasta ahora había podido esconder con algo de esfuerzo lo que sucedía en las cenas semanales de los Siete, que normalmente se celebraban en su casa, pero esta última semana había sido especialmente complicada. Y sabía que sus amigos no dejarían pasar su cumpleaños. Siempre le hacían algo, incluso aunque Leo insistiera en que no quería nada. Desde que habían descubierto que el latino no había celebrado su cumpleaños en varios años, siempre había un paquete encima de su comedor, una invitación “improvisada” a un sitio al que Leo siempre había querido ir o un pastel y una vela que soplar al final del día. Y para ser sinceros, el hijo de Hefesto lo disfrutaba. Saber que había alguien que se preocupaba lo suficiente por él como para recordar su cumpleaños era algo que lo hacía sentir bien. Incluso después de años, seguía haciéndolo sentir que pertenecía a algún lugar. Además, el cumpleaños de Annabeth estaba a la vuelta de la esquina, y el de Jason acababa de pasar, y siempre era divertido cuando decidían celebrarlo juntos.
Este año Leo no sabía que le esperaba, porque sus amigos siempre guardaban el secreto todo el tiempo que pudieran, pero esperaba que fuera algo tranquilo, porque no quería que nadie supiera lo que estaba pasando.
Sí, tal vez estuviera equivocándose al no contarle a nadie lo que sucedía, tal vez debió de llamar a Will en cuanto los síntomas empeoraron, pero los hábitos de tanto tiempo morían con dificultad, si es que alguna vez lo hacían.
Y no quería preocupar a nadie. Tal vez no fuera nada, se repetía una y otra vez, tal vez solo necesitaba alguna vitamina, o un medicamento mortal, nada grave.
Pero en el fondo sabía que no era así.
Y aun así se negaba a contárselo a alguien. Las personas a su alrededor, Leo sabía, se preocupaban por él. Si él les decía que algo andaba mal no dudarían en creerle, no lo ignorarían o desestimarían como tantas otras personas en su niñez. Pero seguía siendo difícil. A pesar de todo el tiempo que había pasado seguía siendo difícil apoyarse en los demás, parar de creer que era una carga. No quería que se preocuparan por él. Nadie debería.
Así que se quedó callado, y despertó el día de su 24 cumpleaños con un dolor de cabeza que pensó que lo mataría allí mismo. Después de un momento, el dolor pareció subsistir lo suficiente como para abrir los ojos y levantarse, pero mientras hacía eso, su móvil sonó. El sonido lo desequilibró un poco, pero aun así estiró la mano y vio quien lo llamaba.
Era Nico.
Nico y Will vivían en Texas, más específicamente en Austin, la ciudad natal de Will. Allí el hijo de Apolo había comenzado a estudiar medicina, y estaba a punto de comenzar unas prácticas que requería la carrera. Nico, para ser honestos, había dudado en acompañarlo cuando Will se lo pidió. Se había preguntado qué iba a hacer tan lejos, si sería capaz de dejar el equilibrio que él también había construido. Por suerte, Leo estaba allí.
Él y Nico se habían hecho amigos en el barco, tal vez impulsados por ser los únicos solteros en el grupo en el que se habían visto envueltos, tal vez simplemente porque eso no era lo único que tenían en común. Al principio el hijo de Hades no soportaba a Leo, y el mecánico debía admitir que Nico lo ponía de los nervios.
Pero habían superado sus diferencias de manera lenta pero constante, con charlas en la cubierta que poco a poco se hacían más y más largas, y cuando Leo había vuelto al campamento, había sido Nico quien primero le había dado un golpe en el brazo mientras gritaba “A che cazzo stavi pensando? Uccidendoti così! Che cazzo, Leo!?”Y Leo no necesitaba hablar italiano para comprender que Nico estaba molesto.
Después de aquel arrebato y de una disculpa por parte de latino, Nico pareció calmarse, y las cosas fueron volviendo a su cauce. Él y Leo volvieron a ser amigos y fue el hijo de Hades quien escuchó, antes que nadie, lo que había pasado en aquel mes de ausencia, y fue él quien consoló a Leo cuando la historia se volvió demasiado dolorosa. Lo apoyó y se quedó a su lado cuando el resto de sus amigos tuvieron que irse del campamento y solo quedaron ellos dos.
Fue Nico, a veces solo, a veces junto alguno de sus hermanos o Will, quien lo arrastró al gran comedor, las fogatas y las actividades del campamento, alegando que Leo no podía vivir de inventos y que no era una máquina, por mucho que deseara serlo.
Y luego, cuando Nico necesito ayuda, fue Leo quien siempre estuvo allí. Y aquello hizo que notara, antes que nadie, como el hijo de Hades miraba a cierto hijo de Apolo, y no pudo evitar intervenir. Will también era su amigo, uno igual de cercano. Había sido quien le había mostrado el campamento aquel primer día y había tenido la paciencia para explicárselo todo una y otra vez hasta que Leo pudo finalmente entender lo que estaba sucediendo. En realidad, Will siempre le había tenido mucha paciencia, incluso hasta hoy, y eso era algo que Leo agradecía profundamente, porque por mucho tiempo nadie había tenido ni una pizca de paciencia con él.
Así que cuando Nico finalmente le confió lo que pensaba sobre Will (a pesar de que Leo ya lo sabía) el mecánico tomó cartas en el asunto y los encerró en la enfermería.
Will tenía turno de noche y Leo había convencido a Nico de que lo acompañara porque necesitaba algunas píldoras para dormir (lo que no era del todo mentira) y luego, sin que ninguno lo notara, cerró la puerta y le echó llave. Leo sabía que Will sentía lo mismo por Nico. Cualquier persona con ojos y un poco de sentido común podía verlo. Bueno, todos menos Nico. Así que se alejó de la enfermería ignorando las protestas de los otros dos y volvió media hora después. Al abrir la puerta, lo primero que el mecánico notó era que estaban cogidos de la mano.
Y eso lo hizo sentir increíblemente bien, incluso aunque Nico se pasara los siguientes dos días molesto con él, porque por fin, por fin, había hecho algo bien desde que había vuelto, algo bueno, algo que valía la pena. Había vuelto a ser útil.
Si, era verdad que desde aquel momento se había sentido un poco más solo en el campamento, pero ni Nico ni Will se habían olvidado de él, simplemente ahora era diferente. Y eso estaba bien. Leo había aprendido a que estuviera bien.
Así que cuando Nico tocó la puerta de su apartamento en Queens y le dijo que Will le había pedido que lo acompañara a Austin, Leo no dudó en apoyarlo y en decirle que si las cosas no funcionaban (lo que era ridículo) siempre había sitio en su casa para él.
Y le dolió despedirse de él, pero no se lo dijo, ni permitió que se viera en su rostro, porque Nico estaba saliendo adelante, estaba en la búsqueda de algo suyo, verdaderamente suyo, y, ¿Quién era Leo para impedírselo?
Pero a diferencia de lo que el latino pensó, Nico no se olvidó de él. ¿Por qué lo haría? Pensó Leo un día, nunca lo había hecho antes, y Nico era una persona a la que le costaba mucho cambiar sus costumbres. Se hablaban seguido, para alivio de Leo, y Nico siempre estaba dispuesto a darle una opinión sobre algún nuevo invento o a simplemente hablar con el mecánico todo el tiempo que este lo necesitara. Y por su parte Leo hacía lo mismo. Se apresuraba a calmar sus dudas cuando estas arrollaban al hijo de Hades, escuchaba cosas que el pelinegro no se atrevía decir en voz demasiado alta.
Y así pasaron los años, y las cosas volvieron a encontrar su equilibrio.
Hasta ahora.
Leo observó el nombre de Nico en el teléfono por un momento antes de contestar. Una vieja canción que no recordaba dónde había escuchado por primera vez pero que le encantaba, resonaba por la habitación. Se tomó aquel instante para recuperarse; ignoró su dolor de cabeza (que gracias a los dioses ya estaba disminuyendo), se sentó más derecho y se aclaró la garganta. Puso una sonrisa en su rostro, aunque Nico no pudiera verla, solo porque lo ayudaba a mentir mejor.
Era la táctica que había estado usando el último mes, la cual no era nueva, porque la había usado por muchos años antes de saber que era un semidiós. Pon una sonrisa en tu rostro y nadie sabrá nada. Haz una broma, sonríe, y nadie notará que te duele.
Sabía que era algo triste que incluso después del tiempo que había pasado, tuviera la misma filosofía de esconderse detrás de una máscara, pero no iba a negar que muy en el fondo se sentía orgulloso de la capacidad que tenía para que la gente supiera solo lo que él quería que supieran. Además, tal vez todavía se escondiera, pero ya no corría, y un avance es un avance, ¿no?
Contestó la llamada.
-¿Hola?
-Vaya, pero si es Valdez. ¿Cuántos años dijiste que cumplías? ¿30?
-Ja-Ja-, se rió Leo sarcásticamente mientras su sonrisa se volvía un poco más sincera-. Lo dice el que tiene casi ochenta años.
-Hey- dijo Nico con voz aparentemente más seria, pero Leo sabía que tenía una sonrisa en su rostro-, respeta a tus mayores, yo al menos no los aparento.
Esta vez Leo se rió de verdad.
-Claro que no, señor Di Angelo, en realidad solo aparenta unos 70.
Nico también se rió al otro lado del teléfono, mientras el dolor de cabeza de Leo subsistía del todo.
-Feliz cumpleaños, Leo.
La sonrisa de Leo se transformó en una de nostalgia al mismo tiempo que oía otro “feliz cumpleaños” a lo lejos, definitivamente de Will.
-Gracias-, les respondió un momento después, alzando un poco la voz para que Will también lo oyera.
-¿Ya sabes que haréis hoy?- le preguntó Nico.
Leo bufó divertido.
-No. Ya sabes que siempre mantienen la sorpresa hasta el final. He estado toda la semana tratando de que Piper me diga algo, pero no hay manera.
Había estado insistiendo, sobre todo, porque necesitaba saber si sería capaz de esconder su secreto durante todo el día, pero todos se habían quedado cuidadosamente callados o había cambiado el tema cuando Leo preguntaba. Incluso Hazel.
-Sabes que nos encantaría estar allí, pero…-, dijo entonces Will, y ahora su voz se escuchaba mucho más cerca.
Normalmente, Nico y Will venían de visita dos veces al año, en navidades, y en el aniversario de la guerra de la colina. Algunas veces, venían también para el cumpleaños de alguno de sus amigos, o para visitar el campamento y a los hermanos de Will. Pero este último año, los dos habían estado bastante ocupados, Nico tratando de encontrar otro trabajo ahora que había terminado la universidad y Will tratando de terminarla lo mejor posible. Por lo que Leo entendía que no podían estar allí.
-No os preocupéis por eso, Will, de verdad. Vendréis pronto igualmente-, le dijo mientras se levantaba lentamente de la cama, no queriendo desencadenar un dolor de cabeza o un mareo.
-En realidad, esa era otra de las cosas por las que te llamábamos- dijo Nico.
Lo primero que Leo pensó fue que Will y Nico no iban a poder venir este año para el peor aniversario de esa época, pero le sorprendió lo que le dijeron después.
-¿Recuerdas que Will tiene las prácticas el próximo semestre?- continuó diciendo el pelinegro. Leo solo hizo un sonido que expresaba que recordaba-. Bueno, pues resulta que le han dado la opción de hacerlas en cualquier hospital del país.
Leo avanzaba por el pequeño pasillo hacia el baño, apoyándose ligeramente en la pared mientras caminaba.
-Oh, ¿en serio?- fue lo único que atinó a decir.
-Sí-, siguió diciendo Will- y he decidido que quiero hacerlas en Nueva York.
En aquel momento estaba abriendo la puerta del baño, pero se quedó parado en el umbral pensando que tal vez había escuchado mal.
-¿Qué?
Nico, que sabía perfectamente que Leo había escuchado bien, continuó hablando como si nada.
-Lo que significa que nos mudaremos a Nueva York de nuevo. O al menos nos quedaremos allí hasta después de las navidades.
Leo notó el tono expectante que tenía la voz de Nico, como si esperara a saber cómo reaccionaría el mecánico. Pero Leo no tuvo siquiera que pensar en cómo reaccionar.
-¡Oh, por los dioses, eso es fantástico!- la sonrisa que se instaló en su rostro fue ancha y sincera, feliz-. ¡No puedo creerlo! ¿Ya sabéis donde os quedareis? ¿Necesitáis ayuda con algo? Porque yo puedo…
-Ya lo tenemos todo listo, Leo, pero gracias- lo interrumpió Will-. Alquilamos un apartamento a las afueras de Manhattan, cerca del hospital donde trabajaré.
-Ahora solo queda empacar-, dijo Nico con un suspiro exasperado, pero Leo ahora notó una ligereza en su tono que lo puso aún más feliz que antes.
-¿Ya se lo contaste a Hazel?- le preguntó al pelinegro.
-Sí, la llamé a ella y a Frank ayer.
-¿Y Jason?
-No, pensábamos llamar al resto hoy o mañana.
-Bueno, pues date prisa, como se entere de que lo sabía mucho antes que él…
Nico se rió de nuevo, al igual que Will y Leo se los imaginó juntos en algún lugar; juntos, cómodos y felices, pero no pudo evitar sentirse más feliz ahora que sabía que volverían. Tal vez Will podía revisarlo finalmente y quitarle las dudas a Leo sobre lo que sucedía...
No. No podía hacer eso.
Al menos no todavía.
Podía esperar un poco más. Al menos dejarlos llegar, que se acomodaran en su piso nuevo, tal vez dejar que Will se acostumbrara al lío del hospital…
Sí. Eso sonaba más como un plan.
Estaba a punto de decir algo más cuando su teléfono vibró. Le estaba entrando otra llamada.
-Tengo que colgar ya, chicos. Hazel está llamándome. Pero estoy muy feliz por vosotros, y me alegro mucho que volváis. Y gracias por llamar, de verdad.
-No tienes por qué darlas, Leo. Y también estamos felices de volver- Le aseguró Will.
Después de un par de rápidas despedidas más, Leo logró contestarle a Hazel justo a tiempo.
Ella lo felicitó nada más contestar y luego le aviso rápidamente que Frank y ella irían por él en una hora, así que más le valía estar listo. Ah, y que no desayunara nada, que ellos le invitaban.
Leo, que sabía que era mejor no refutarle una invitación a Hazel, aceptó sin rechistar, y cuando colgó se apresuró a bañarse y vestirse, feliz tanto por las noticias de aquella mañana como por el hecho de que el dolor de cabeza había subsistido al fin y ya nada le dolía. Esperaba que aquello le durara.
Exactamente una hora después, Hazel volvió a llamarlo, pero esta vez quien estaba al otro lado era Frank, quien le avisó que ya estaban abajo esperándolo.
Leo guardó su móvil en el bolsillo, cogió sus llaves, su billetera y observó su pequeño pero agradable apartamento antes de salir, más cómodo y feliz de lo que se había sentido en lo que parecían meses.
Al llegar a la puerta que daba a la calle y cerrarla tras de sí, vio frente a él a Frank y Hazel, apoyados contra su automóvil gris. En cuanto lo vieron se apoyaron en sus propios pies y le dedicaron dos grandes sonrisas que Leo no tardó en corresponder.
Hazel se le acercó primero, quitándose las gafas doradas de sol que llevaba y colocándolas con cuidado entre sus rizos.
-Feliz cumpleaños, Leo- le dijo, aunque antes ya se lo había dicho por teléfono, y luego le dio un beso en la mejilla.
-Gracias, Haze-, le contestó mientras le sonreía de nuevo abiertamente.
Fue entonces cuando Frank también se acercó y le dio un fuerte abrazo, deseándole un feliz cumpleaños también. Tal vez en otro momento, hace algunos años, Leo se habría sentido incómodo si Frank se hubiera acercado tanto, pero habían pasado muchas más cosas en esos ocho años, y ahora Leo no podía ni recordar porque aquello lo había puesto nervioso alguna vez.
-Gracias, grandullón- le respondió con una sonrisa también-. Bien-, continuó mirándolos a los dos-, ¿A dónde vamos?
