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Barbanegra. El Kraken. El Terror de los Siete Mares. Edward no recordaba la última vez que había oído su verdadero nombre en voz alta. Ni siquiera sabía si aún quedaba alguien con vida que pudiera asociar su existencia a esas seis letras en ese orden específico.
A pesar de su fama de bestia sanguinaria, lo único que Edward realmente disfrutaba de una buena batalla era la confusión, que, cuando era afortunado, le permitía escapar de todo por un par de días. Hasta que alguien de su cardumen (generalmente Izzy) lo encontrara, o que él mismo se sintiera tan perdido que no viera más opción que volver.
La pelea de la madrugada tenía pinta de haber sido bastante intensa, a juzgar por los gritos, los disparos de los cañones, las maldiciones en italiano y la velocidad con la que las aguas comenzaron a teñirse de rojo. Edward no se había quedado suficiente para confirmarlo, ni había tenido las ganas de. Se limitó a nadar y nadar hasta que sus tentáculos pidieron a gritos un descanso, y luego, al notar que había tierra cerca, un poco más.
La mayoría de las personas del mar preferían alejarse de la tierra por seguridad: no solo por miedo a toparse con seres humanos, sino porque cuando de alguna forma terminaban atascados en tierra firme, volver al océano con el peso muerto de las colas era un dolor de agallas.
Sin embargo, ninguna de esas dos posibilidades asustaba a Barbanegra. Los cefalópodos podían desplazarse sobre la tierra de ser necesario: es decir, no era una tarea agradable, pero técnicamente podían hacerlo. Y en ese punto de su vida, la perspectiva de encontrar a un humano que optara por pelear en lugar de huir al encontrarse frente a él y darse cuenta de lo que era, resultaba más entretenida que atemorizante. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Una emboscada? Unos cuantos versos de algunas de las canciones antiguas de su pueblo eran más que suficiente para hacerlos saltar al agua y dejarse hundir cómo piedras.
En ese momento, sin embargo, lo que de verdad quería era algo distinto. El qué , exactamente, no estaba seguro, pero el canto de las aves, el calor del sol en su piel, el oleaje acariciando las puntas de sus tentáculos y ese silencio se sentía como algo un poco más cercano.
—¡Caballero! ¡Disculpe, caballero!
Si algo le había enseñado la vida a Edward, era que las cosas buenas no suelen durar (eso, y que algunos humanos pueden tardar cuatro minutos en el agua antes de ahogarse por completo), por lo que ante la llegada de lo que podía ser desde una pequeña molestia hasta una amenaza a su vida, solo dejó escapar un suspiro desganado.
Corriendo torpemente sobre la arena (tarea que su único zapato probablemente complicaba más que facilitar) se acercaba un hombre rubio, con el rostro enrojecido por el esfuerzo físico, ataviado en un traje azul cielo que, a pesar de estar cubierto de suciedad y rasguños, era una de las cosas más bonitas (hechas por un ser terrestre) que Barbanegra había visto en su vida. Era un secreto, pero él apreciaba las cosas humanas bonitas: incluso tenía una colección, en una pequeña cueva seca, de cosas que rescataba de los barcos que su cardumen hundía. Todas eran inservibles para seres como él, pero el simple hecho de tenerlas lo hacía sentirse un poco más vivo.
Mientras el hombre rubio se acercaba más, El Kraken se preguntó si existiría alguna manera de quitarle la ropa a su cadáver sin romperla.
El hombre estaba cada vez más cerca, lo suficiente para que Barbanegra pudiera ver la expresión de su rostro. Lucía extremadamente feliz, como si acabara de descubrir una mina de oro. Hasta que de pronto, estando solo a un par de metros de las rocas donde el calamar se encontraba, se detuvo en seco, y su sonrisa fue sustituida por una expresión de horror.
Ahora vienen los gritos, pensó Edward. Los actores cambiaban, más no la escena.
Pero eso no fue lo que pasó.
—¿Es usted real, cierto? —preguntó, tratando de recuperar el aliento.
Barbanegra parpadeó un segundo, confundido. Eso también era nuevo .
—Hasta donde tengo entendido, sí.
El rubio dejó escapar un suspiro ruidoso, visiblemente aliviado.
—Gracias al cielo. He escuchado que los periodos largos de soledad hacen que uno pierda la cabeza. Temía que ese fuera el caso.
—Bueno, me alegra informarle que no lo es —respondió Edward, decidiendo que, si eso era un juego, él también iba a jugar. Y la simple perspectiva de hacerlo le provocó una chispa de interés que no había sentido en años .
—¡Me alegra tanto que sea así! Bueno… Quiero decir, me alegra no estar solo, no que usted se encuentre varado en esta isla. Supongo que también le dejaron aquí esos piratas italianos, ¿cierto? ¡Jesús, son unos salvajes! ¡Incapaces de sostener una charla civilizada! ¡Y a usted ni siquiera le dejaron su ropa! — Exclamó, con tanta y tan genuina indignación, que Barbanegra se sintió ligeramente culpable por querer reír.
—No es el caso. Me crucé con esos piratas, sí, —dijo con una sonrisa, recordando los gritos y el fuego de la noche anterior —pero llegué aquí por mis propios medios.
El rostro del hombre se iluminó ante esa última declaración. Fue en ese momento que Edward cayó en cuenta de que el tipo de verdad no tenía idea de quién era. O de qué era. Por un par de segundos, se preguntó cómo diablos era eso posible, hasta que recordó que sus tentáculos, los cuales estaban semiocultos entre unas rocas, solían mimetizarse con el entorno de forma instintiva. La revelación le resultó deliciosamente refrescante: por primera vez en su vida tenía la oportunidad de probar, aunque fuese solo por unos minutos, qué se sentía ser tratado como un humano y no como un monstruo de mar.
Solo esperaba no tener que matar a ese agradable hombre al final de esa pequeña aventura. Apenas llevaba unos minutos conociéndolo, pero ya le agradaba más que la mitad de su cardumen.
—¿Entonces tiene un barco? ¿En dónde lo tiene anclado? He estado dando vueltas por la costa y no lo he visto.
—No, no tengo un barco —respondió Edward, tratando de no reír.
—¿Una balsa, entonces? —preguntó, buscando con los ojos dicha balsa.
—Tampoco. Llegué aquí a nado.
Edward no era un conocedor de encajes y telas finas, pero para él, la expresión de sorpresa del humano valía más que su costoso traje.
—¡Oh! Vaya… Debes tener un físico admirable… —murmuró, dejando que sus ojos se deslizaran por su torso por uno o dos segundos antes de caer en cuenta de sus acciones y enrojecer con violencia.
—Algo así —respondió Ed, esta vez sin poder contener una pequeña carcajada. Podríamos decir que vivo en el mar.
—¡Qué coincidencia! ¡Yo también soy un hombre de mar!
—Oh, en serio.
—¡Sí! Tal vez mi apariencia no lo delate, pero soy un pirata. Se me conoce como El Caballero Pirata. Seguramente ha oído de mí.
Edward no había oído de ningún Caballero Pirata , pero su información sobre los asuntos humanos estaba bastante desactualizada. Y el humano se veía tan entusiasmado… Decidió que una pequeña mentira no haría daño.
—Eh… Me parece que sí. He escuchado cosas… Uh… Impresionantes sobre El Caballero Pirata.
Edward decidió que mentir había sido la mejor opción al ver cómo el hombre se sonrojaba nuevamente, ocultando su sonrisa tras su mano derecha.
—¡Vaya! Wow… Yo… Eh… Sí, ese soy yo… El temido capitán del Revenge… Pero por favor, no deje que mi fama lo intimide, señor… ¡Cielos! ¡Ni siquiera le he preguntado su nombre! ¡Qué son estos modales!
—Soy Edward — Respondió la criatura del mar tras titubear unos segundos. Su propio nombre le sabía extraño, pues hacía más de una década que no lo enunciaba en voz alta.
—Bueno, mi nombre es Stede Bonnet. Es un placer conocerle, Edward.
Stede extendió su mano, y Edward la contempló en confusión por unos segundos antes de intuir que se trataba de un saludo humano. Decidiendo que lo más prudente era imitarlo, eso hizo: extendió su mano derecha.
Y entonces Stede vio las garras. Luego, su mirada se deslizó nuevamente por su torso, no de la misma forma que la primera vez. Y siguió de largo, hacia donde estarían las piernas de un humano.
Su cuerpo de El Kraken se tensó, listo para huir o pelear.
Y durante unos segundos, en esa playa solo se escuchó el sonido de las olas al romper contra la arena.
—Vaya. Yo… Había oído hablar de tu gente, pero creí que eran solo leyendas —murmuró El Pirata.
“ Tu gente ”, pensó Edward. Una elección de palabras inesperada, igual de curiosa que ese humano.
—Bueno, pues como dije al inicio, hasta donde tengo entendido, soy completamente real.
—¿Vas a matarme?
Edward meditó su respuesta por un par de segundos, antes de finalmente decir —no — con total honestidad.
Y al instante, fue como si el alma de Stede volviera a su cuerpo.
—Gracias a Dios… Yo… Oh, Cristo. Lamento si esa fue una pregunta grosera.
—Nah, está bien. Me parece una duda razonable. Yo en tu lugar preguntaría lo mismo.
Tal vez. Tal vez en su lugar hubiera huído. O intentado arrancar su cabeza a cambio de oro y gloria, como cientos de humanos habían hecho ya. Era imposible saber qué clase de hombre sería de ser uno, pero podía soñar en ser como Stede.
—Aún así, quiero disculparme. Sé que no es excusa, pero los piratas tienen una terrible fama tratando a los… Uh, ¿cómo se refieren a sí mismos entre los de su especie?
—Personas de mar.
—Gracias. A las personas de mar. No me sorprendería si…
Si Edward dejó de escuchar por varios minutos las palabras de Stede no fue por falta de interés. Todo lo contrario, él era uno de los seres, dentro y fuera del mar, más cautivadores a los que había conocido. Pero cada palabra, cada microscópica interacción era tan nueva y fascinante que resultaba difícil de procesar.
Así que Edward estuvo respondiendo en piloto automático, hasta que Steve extendió una mano de forma tentativa, y eso lo hizo espabilar. Notando el cambio en su lenguaje corporal, Stede retrocedió.
—¡Lo siento! Eso fue muy descortés de mi parte.
—No, está bien —respondió Ed. Cada segundo que pasaba, ese curioso humano lograba volverse más interesante ante sus ojos. —Puedes tocar. Si quieres, claro.
Los dedos de Stede eran los dedos humanos más suaves que Edward había tocado en su vida. Tal vez el hecho de que estuviera vivo era parte de la razón, pero sospechaba que era algo más que eso. Y su toque era gentil, como si temiera lastimarlo.
El humano dejó escapar un jadeo de asombro, lo que hizo a Ed darse cuenta de que, sin querer, había quitado el camuflaje de sus tentáculos. Ahora se veía negros, como si estuvieran tallados en obsidiana o en la noche misma.
—¿Cambian de color?
Edward extendió uno de sus tentáculos hacia Stede, hasta que la punta tocó la tela de sus pantalones. Un instante después, dicho tentáculo era del mismo turquesa que la tela. El pirata dejó escapar un jadeo de asombro.
—¡Wow! ¡Eso es asombroso!
—También puedo hacer que cambien de textura —informó Ed, ansioso de presumir. Ese truco había dejado de sorprender a su cardumen hacía una década.
—¿De verdad?
—Sí. Adelante, tócalo.
—¡Santo cielo! Se siente como… ¡Vaya!
Después de preguntar sobre sus tentáculos, Stede pasó a preguntarle a Edward sobre la vida en el mar. Y luego, al descubrir que Edward sentía cierta fascinación por los objetos humanos, ofreció responder todas sus preguntas al respecto.
Así, pasaron horas. Y probablemente hubieran pasado más horas, de no ser por los rugidos del estómago de Stede.
—¿Por qué no comes? —preguntó Edward, suponiendo que esos ruidos significaban lo mismo en un humano que en una sirena.
—Bueno… Esos italianos no me dejaron más que la ropa que traigo puesta. Y no quiero arriesgarme a adentrarme en la isla y que mi tripulación no me vea cuando vengan a buscarme.
—Oh…—Edward apenas logró ocultar la decepción en su voz. —¿Ellos vendrán por ti?
—¡Por supuesto que sí! Mis hombres jamás abandonarían a su capitán.
—¿Cuándo?
—Bueno… Eso no lo sé. ¡Pero estoy seguro de que vendrán! Solo tengo que esperarlos y… ¡Oh! ¡Debería hacer fuego! Claro, así podrán verme desde lejos… Permíteme un momento, iré a buscar algunos leños.
Mientras Stede recolectaba leña, Edward atrapó algunos pescados. Stede tardó casi dos horas en prender la fogata, pero cuando logró, pudieron rostizar el pescado. Era la primera vez que Edward probaba algo cocinado, y debía admitir que sabía exquisito.
—¡Oh, esto no es nada! Deberías probar los guisos de Frenchie.
—¿Quién es Frenchie?
—Es el cocinero de mi tripulación. Y el músico. Mis hombres tienen muchos talentos.
El saber que ese tal Frenchie era solo el cocinero hizo que el resto del pescado le supiera mejor a Edward.
Fue una fortuna que la fogata no se apagara durante la noche, no solo porque sirvió para cocinar el desayuno (más pescado), sino porque la tripulación de Stede no apareció esa mañana, y encenderla nuevamente hubiera sido una odisea.
Tampoco aparecieron durante el resto del día, ni al siguiente, ni al siguiente, ni tampoco al siguiente, pero el optimismo de Stede Bonnet se mantenía intacto.
Edward, por otro lado, apenas había pensado en su cardumen en esos días. Pasaba los días y las noches en la orilla del océano, compartiendo en las horas más calurosas del día la pequeña carpa que él y Stede habían montado con algunos palos, palmeras y parte de la ropa de Stede.
—¡No, no! ¡No! ¡Qué haces! — Había gritado Edward, horrorizado al ver como la hermosa tela turquesa era desgarrada.
—Este traje ya está arruinado por el sol y la arena. Era uno de mis favoritos, a decir verdad, —murmuró con melancolía —pero tengo mejores en mi barco.
—¿Mejores que este?
—¡Sí! Tengo uno de seda roja francesa que te sentaría de maravilla.
Edward soltó una carcajada.
—Mi gente no usa ropa.
—¿No te da curiosidad saber cómo te verías?
Ed se encogió de hombros.
—Lo intenté un par de veces, con cosas que rob… que encontré por ahí. Pero siempre las rompía por accidente. Mis garras no son buenas para los botones y lazos y esas cosas. Además, no tengo piernas.
—¡Pero podrías usar camisas! Y sacos. ¡Yo puedo ayudarte a vestirte!
El entusiasmo en la voz de Stede era contagioso, pues el rostro de Edward prácticamente brillaba cuando preguntó:
—¡¿En serio?!
—¡Por supuesto! También podría hacer algo con tu cabello. ¡No es que tenga algo de malo como está ahora! Pero, tal vez…
El entusiasmo de Edward había caído junto con la noche al darse cuenta de lo imposible que era llevar a cabo todas esas cosas. Stede era distinto a todos los humanos que conocía, pero parecía ser la única excepción a la regla. Tal vez lo era.
Izzy probablemente lo hubiera llamado “estúpido” a secas, pero eso no era cierto. Las palabras que Edward tenía en mente eran “ingenuo” y “bueno”. Y “encantador”.
Esa noche, mientras dormía, soñó con otra vida, en la que él tenía dos piernas en lugar de ocho tentáculos, y dedos callosos en lugar de garras. Soñó que era un pirata que recorría los siete océanos, y que Stede lo llamaba su otro capitán.
Cuando despertó, Stede estaba dibujando en la arena.
—¡Ed! ¡Buenos días! ¡Venga, tengo algo que mostrarle!
El dibujo no era uno de los múltiples talentos de Stede Bonnet, pero con su explicación, los garabatos de arena comenzaron a tener sentido.
—Tengo planeado mandar a instalar un pequeño elevador a un costado del barco, para que pueda subir y bajar del barco cuando lo desee. Y en la proa hay suficiente espacio para un pequeño estanque. Mis hombres y yo lo llenaremos de agua de mar con cubetas. Mientras tanto, podemos subirle y bajarle en uno de los botes, y creo que mi bañera es lo suficientemente grande para usted.
Toda la explicación era una locura…
Pero Stede hablaba con tanta convicción, que resultaba sencillo dejarse llevar por la fantasía.
—¿El estanque no está muy lejos del elevador?
—Estará a unos doce pies, pero también pienso colocar barandales a lo largo del bote. Creo que también serán útiles si alguien se marea, lo que no pasa seguido, pero…
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Ambos llevaban diecisiete días en la isla cuando vieron a El Revenge acercándose a la costa.
—¿Es ese mi barco? —Stede entrecerró los ojos, tratando de distinguir mejor la figura a la distancia. —¡Es el Revenge ! ¡Es mi barco! ¡Son mis muchachos! — sonriendo de oreja a oreja, miró a Edward, quien sintió un pinchazo en el corazón que no supo identificar. — ¡Sabía que mi tripulación no me abandonaría! ¡Lo sabía!
—¡Felicidades! Por fin podrás salir de esta isla.
Stede asintió, extasiado. A Ed no le hubiera sorprendido si hubiera comenzado a dar saltitos en su lugar. Su alegría, a diferencia de la de Edward, no era fingida.
—¿Vendrá conmigo, cierto?
Barbanegra sabía que era una idea estúpida. Que decir que sí tal vez podría costarle la vida. Pero mientras Stede lo mirara con esos ojos brillantes, incluso si le pedía que lo acompañara al fin del mundo, Ed probablemente diría que sí.
—Por supuesto.
Epílogo
Mientras Oluwande ayudaba a Stede a llevar a Ed a la bañera, el resto de la tripulación observaba la maniobra a una distancia prudente.
—Esto es una mala idea. No, esto es una terrible idea —murmuró Lucius.
—Yo les dije que nos alejáramos cuando lo escuchamos, pero nunca me hacen caso — masculló Black Pete.
Nadie respondió.
—Si nos quedamos sin comida, podemos comérnoslo —sugirió Buttons después de unos minutos.
—El capitán tiene un libro de recetas con calamar. No sé leer, pero creo que tiene dibujos —comentó Frenchie.
Jim, decidiendo que había tenido suficiente de esa mierda, se fue a afilar sus cuchillos.
