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Something bought you here: fate, destiny... a horse

Summary:

ªªªªªªªªªªªªªª

Notes:

Disfruten de los ñoños.

Work Text:

El caballo estaba a punto de desfallecer. Astrianna no sabía cuánto tiempo llevaban corriendo, pero hacía mucho que se habían internado en lo más profundo del bosque.

Se retiró el pelo de la cara por quinta vez consecutiva. No le había dado tiempo a peinárselo antes de salir corriendo. Hizo que el animal aminorara la marcha hasta detenerse y se desmontó para acariciarle el lomo intentando agradecerle que la hubiera sacado del lio en el que se había metido. Tenía la respiración acelerada, puede que siguiera asustado de su piel brillante y de su cabello, que había adquirido un tono rojizo tan resplandeciente que parecía estar en llamas.

Miró a su alrededor intentando situar dónde se encontraba. Habían corrido en línea recta sin mirar atrás. Sin pararse a pensar a dónde se dirigían. Los árboles, casi tan altos como en su hogar, la rodeaban por completo. Las hojas que no habían logrado mantenerse en las copas estaban esparcidas por todo el suelo, creando una alfombra de tonos ocres y amarillentos. Los helechos y arbustos casi rozaban las rodillas del caballo tan altos y espesos como eran. Por un momento, Astrianna se sintió cerca de casa. Al igual que su compañero, tenía la respiración acelerada, la cabeza le iba a toda velocidad. Intentó calmarse. Hasta ahora su único instinto había sido correr y correr y alejarse todo lo posible, aunque todavía no sabía de qué. Ni si quiera sabía si corría verdadero peligro, pero la habían advertido tanto sobre ello que huir había sido la única solución que se le había ocurrido. Los hombres que había dejado atrás podrían aparecer en cualquier momento. O no. Todo había sucedido tan rápido que no se había parado a ver si la seguían o si habían continuado con su fiesta como si nada hubiese pasado. Lo más probable es que se hubiesen olvidado de ella en el momento que cruzó la puerta para largarse de ese antro.

El calor que irradiaba su piel y su pelo se fue calmando, adaptándose al frío otoñal que cubría el ambiente. Ya era noche cerrada, pero el rocío se mantenía posado en las hojas, haciendo que el ambiente fuera húmedo y que el frío le calara hasta los huesos. Su piel se volvió más tenue y su temperatura se enfrió. El brillo que emitía comenzó a apagarse, eliminando la única fuente de luz de la que disponía y llevándose con ella la adrenalina y la furia de la pelea que la habían dominado hasta hace poco, dejando paso a la confusión. No sabía dónde estaba, tampoco si la perseguían. Intentó calmarse. Hacía años que no se dejaba llevar por sus emociones como lo había hecho esta noche. Años de trabajo intentando controlarse y controlar su aspecto, para echarlo todo a perder por un estúpido borracho.

Cerró los ojos con fuerza y apretó tanto las manos convertidas en puños, que notó como las uñas se le clavaban en la carne. Cuando sintió que su piel comenzaba a brillar de nuevo, se relajó. Tenía que dar de beber y comer al caballo. Buscó una fuente cercana de agua y acercó al animal para que pudiese calmar su sed. Astrianna sintió la tentación de montar de nuevo y salir corriendo de allí, pero ambos necesitaban descansar. Puede que ella más que su compañero. No le gustaba estar tan expuesta y huir en una noche tan oscura como aquella le permitiría esconderse mejor, pero el caballo no parecía tan convencido. Le miró a los ojos y pudo ver la súplica silenciosa que le hacía. Los animales nunca habían sido su fuerte, pero hasta ella sabía que el pobre bicho se había ganado con creces un merecido descanso, al menos durante una noche. Le acarició el lomo y las crines y pudo notar que estaba mucho más calmado.

De repente, se sintió muy sola. Hacía más de un año que no veía a sus padres ni a sus amigos. La tristeza le golpeó como un puñetazo en el estómago y cayó de rodillas mientras su piel se volvía grisácea, perdiendo todo el color, y el pelo se le oscurecía hasta ser más negro que el cielo que la cubría. Se permitió sentirla durante unos instantes. Pero tenía que deshacer el nudo que se le había formado en el pecho. Retiró las lágrimas que habían comenzado a caerle por las mejillas y se levantó. Tenía que despejarse la cabeza y solo conocía una manera de hacerlo.

Una brisa de aire se levantó y el dichoso pelo volvió a taparle los ojos y cubrirle la boca. Si no encontraba algo para hacerse una coleta rápidamente iba a tener que cortarlo entero. Sus manos se dirigieron casi sin quererlo al par de dagas que llevaba atadas a cada muslo y comenzó a lanzarlas. Los objetivos que se proponía cada vez resultaban más difíciles, pero cuánto más pensara en eso, menos lo haría en su casa. Atravesó la hoja más baja de un arbusto, partió en dos una rama situada casi cuatro metros por encima de su cabeza y acabó con el mosquito que llevaba rondándola como a un farol hacía un buen rato. El sudor no tardó en aparecer por su frente y su nuca, haciendo que el cabello se le pegase a la piel y, cuando estuvo a punto de acercarse al caballo para recoger su arco y comenzar a practicar con él, lo escuchó. Había algo cerca.

En otra ocasión, en otro ambiente. En su casa. Nadie podría haberla sorprendido de esa manera, aunque todavía no sabía si se trataba de un mortal o de un animal. Agarró con más fuerza de lo normal las dagas que aún tenía en su mano, ya que se le resbalaban por el sudor que empezaba a cubrir su piel. Comenzó a ser consciente de que la noche era ahora más cerrada, no había luna, todo estaba en calma y la temperatura había descendido más de diez grados. Intentó retomar el control de su aspecto y camuflarse con el paisaje.

Las hojas a su espalda volvieron a moverse, esta vez acompañadas de un puñado de ramitas que se rompían bajo el peso de algo o de alguien. Entre que escuchó el ruido y lanzó la daga pasaron menos de dos segundos. Y la daga encontró su objetivo en la mitad de tiempo. Ash sintió que el silencio que se produjo después fue eterno, pero la calma de la noche no tardó demasiado en ser interrumpida por un alarido de dolor que hizo que los pájaros abandonaran sus nidos y que el caballo se agitara allí donde lo había dejado. Astrianna se alegró de haberlo atado.

Los gemidos de dolor no tardaron en llegar después del grito. Tampoco un golpe seco cerca de donde había lanzado la daga. Astrianna comenzó a acercarse lentamente. Estaba lejos de casa y tenía que tener cuidado, pero también sabía que ninguna criatura demasiado peligrosa emitiría esos quejidos tan ridículos si la hubiesen herido. Se acercó al arbusto con suma lentitud y cuidado. Comenzó a apartar las ramas y las hojas dejando a la vista…nada. No había nada. Estaba segura de que el gemido provenía de ese mismo sitio. Pero no había rastro de ninguna criatura herida ni de su daga.

Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, algo le agarró el tobillo y la hizo caer golpeándose fuertemente la cabeza y la espalda. La vista se le nubló un segundo, pero su instinto y sus años de entrenamiento en seguida salieron a flote. Su camuflaje cayó en el momento que su cuerpo volvió a su tono natural. Su pelo iluminó los árboles que la rodeaban y Astrianna sonrió, sintiendo de nuevo la adrenalina que la había invadido en aquella pelea de posada. Quizá había pasado demasiado tiempo sin pelear. Se sentía fuerte y, sobre todo, se sentía furiosa. Furiosa por haber dejado que la sorprenderían, furiosa porque las emociones se habían apoderado de ella y de su aspecto y furiosa por sentir un miedo terrible de estar lejos de su casa.

Se levantó de un salto y tardó poco en localizar la mano que la había agarrado y derribado. Aprisionó la muñeca contra el suelo con su pie y el dueño de la mano volvió a gritar de dolor y a retorcerse para liberarse. Astrianna pudo mirar por fin a su atacante a la cara. Su piel dorada y su pelo del color del fuego iluminaban levemente la escena como si de repente alguien hubiese encendido un par de farolillos. Fue rápida. Desenfundó la segunda daga a la vez que pasaba la pierna que no estaba presionándole la muñeca por encima de su atacante y se sentaba a ahorcajadas sobre su pecho, inclinándose y presionando la daga contra el cuello. Estaban tan cerca que sus narices casi se rozaban. La elfa solo tuvo que mirarle un instante a los ojos para saber que era humano. Los ojos castaños le devolvieron una mirada cargada de confusión, miedo y enfado. Ash sintió el acero de su propia daga, sujeta por el extraño, clavándose en su garganta. Era rápido. Sonrió. Todo pasó en apenas dos respiraciones, antes de que el cabello brillante, pegado previamente a la frente por el sudor, volviera a caerle sobre la cara, quitándole visión.

    —¡Joder! Se acabó.

Astrianna se olvidó de la persona que estaba debajo de ella mirándola con extrañeza, y se irguió para poder apartarse el pelo de la cara. Intentó cogerlo todo de una sola vez para cortarlo. Inhaló y exhaló profundamente a la vez que contaba hasta cinco en voz baja. Le gustaba su pelo, pero estaba resultando demasiado molesto ahora que no conseguía despejarlo de su rostro.  Justo antes de que la hoja rasgara su larga melena por debajo de las orejas una mano sujetó la suya. El enfado de la elfa por su propio pelo le había hecho olvidar que estaba sentada encima de un extraño que acaba de atacarla. Se sintió estúpida por ¿quinta vez? Había perdido la cuenta ya. Desde luego no estaba siendo su día. Maldijo en un susurro y decidió que quizá sería mejor volver a Evermeet. Allí por lo menos no cometía tantas gilipolleces.

Miró la mano que la sujetaba por la muñeca, se zafó en un rápido movimiento. Y alzó las cejas mientras volvía a mirar a los ojos al joven que yacía debajo de ella.

    —Pe- perdona. N-no quise… hacerte da…daño —. Hablaba con la voz entrecortada. Como si le costase respirar. Y puede que ese fuese el caso. Ash no supo por qué, pero se levantó con cuidado sin dejar de mirarle a los ojos y se puso de rodillas a su lado. Sin bajar la daga ni un solo momento. El chico, el joven, el… ¿hombre? -se le daba fatal calcular la edad de los humanos- miró hacia su propio costado, mientras hacía una mueca de dolor. Ash echó un vistazo rápido para comprobar donde había acabado su daga. La mancha de sangre no era demasiado extensa, pero sí había sangrado lo suficiente como para dejar un cerco de color rojo oscuro en su propia pierna, la que había tenido a ese lado del joven. Parecía un corte superficial.

 

  —Yo sí quise hacerte daño— le respondió en común para que pudiera entenderla —.Pensaba que serías un animal o algo que quería atacarme. Aún no estoy segura de que no lo seas —. A pesar de las palabras de desconfianza, se acercó al caballo que seguía atado al árbol. Allí rebuscó en su bolsa y encontró algunas telas que podría usar como vendas y algunas hierbas que le calmarían el dolor —. No te muevas. Esto te va a escocer—. El joven ahogó un grito y cerró los ojos y los labios con fuerza. No sabía muy bien por qué hacía esto. No le debía nada al chico. Ni si quiera le conocía. Pero le había herido sin motivo y eso no era para lo que la habían entrenado.

El naranja brillante de su cabello se torno rojo oscuro, como si quisiera emular la sangre que, aunque poca, seguía manando de la herida. Vertió agua para lavarla y el corte resultó ser más profundo de lo que había sospechado. No entendía como se había movido después de acertarle con el cuchillo y mucho menos de dónde había sacado la fuerza para derribarla. Quiso achacar esto último al despiste que la había rodeado desde que había tenido que salir corriendo. Presionó durante unos minutos las hierbas contra la herida antes de vendársela. El chico apenas conseguía abrir los ojos, mientras ella trabajaba en su herida, parecía más inconsciente que despierto, como si no pudiese enfocar bien con la vista. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. Él giró la cabeza hacia el lado contrario para no mirarla y ella intentó hacer lo propio. Pero cuando la herida estuvo tratada se quedó sin excusas.

    —Ya está. ¿Puedes levantarte? —El joven intentó incorporarse, pero un gruñido se escapó entre su mandíbula cerrada y volvió a tumbarse sobre las hojas húmedas.

La oscuridad volvió a inundarles ahora que la luz de Ash había dejado de brillar. La familiaridad del ritual que suponía curar una herida había conseguido calmarla lo suficiente para que su cabello volviese al rubio habitual y que su piel hubiese dejado de brillar con tanta fuerza. Se puso de pie y desde atrás, agarrándole por las axilas, consiguió ponerle en pie. Le cogió el brazo e hizo que se lo pasara por los hombros, le ayudó a caminar hasta que estuvieron al lado del caballo, donde le tumbó al pie de un árbol mientras le daba la bolsa para que la usara como almohada.

Astrianna no necesitaba dormir, pero sabía que los humanos sí. Y más después de haber perdido algo de sangre. Se mordió la lengua antes de expresar sus pensamientos sobre lo débiles que eran. El joven se acomodó y cerró los ojos. Cuando ella ya pensaba que se había quedado dormido, éste, con una sonrisa en los labios, murmuró:

    —Por favor, no me remates.

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