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tengo ganas de ser aire, y que me respires para siempre

Summary:

o en donde dibujas a tu alma gemela días antes de conocerla.

Notes:

Hii, soy pésima con los tags, con los títulos y sobrevivo según mi devoción a mis pixeles,,, todo bien.

Tropes: soulmate / kimono

Pondré el mismo texto que en twitter porqué aún no se bien como manejar bien ao3: en la narración se menciona la ceguera, antes de escribir investigué e hice mi mayor esfuerzo por tratar el tema con respeto y realismo uwu

Aclaraciones sobre las almas gemelas en este au: cuándo estás a punto de encontrarte con tu alma gemela dibujas su retrato, sin importar si tienes experiencia en ello o no; días después, te encuentras cerca de ella, pero pueden no cruzarse, encontrarse, coincidir... en fin. (Sé que suena a que termina mal, pero NO)

Canción del título: Soñé - Zoé

Último, dejo acá la playlist de la week: Playlist uwu

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

 

Quería llorar o al menos eso supuso, por la manera en que sus labios temblaban y sus dientes presionaban el interior de sus mejillas en busca de contener una reacción que mostraría lo frustrado que se sentía. Él no deseaba mostrarse así, sencillamente por qué no ayudaría el poner a su hermano, que esperaba asustado afuera de su cuarto, en aquella situación tan irremediable.

Si él mismo estaba atrapado en esa oscuridad para siempre, ¿de que le servía continuar desprendiendo sus grises hacia la gente que vivía a su alrededor?

Abrió la puerta. Más bien, quitó el seguro, pero supuso que el click que sonó claramente debido al anterior silencio, sería señal suficiente para su gemelo y entendería que podía entrar. 

Por supuesto que lo hizo. 

No pasó mucho hasta que sintió como la cama a su lado se hundía por el peso de su cuerpo,  ahora se sentaba a su lado y palmeaba nervioso el edredón. Seguro Souya pensaba en que decir, más bien, sobre-pensaba porque ya había tenido tiempo para eso desde que él decidió huir de la muestra de arte sin dar más explicaciones que: “tengo un asunto de la universidad”.

Como si no compartieran clases y él supiera perfectamente que no tenían asuntos pendientes esa semana, como si no fuera peligroso que se volviera solo y repentinamente, aun si podía percibir casi a la perfección los movimientos de la ciudad. 

Nahoya mantenía la hoja arrugada en sus manos, apretaba entre sus puños la textura como si eso fuera a provocar su desaparición. No quería sentirlo, porque aborrecía tanto el hecho de que ni siquiera podía apreciarlo. No podía ver el retrato de su alma gemela, incluso cuando él mismo lo dibujó con una facilidad que haría que cualquiera olvidara el velo translúcido detrás del cual se escondían sus iris, esquivando su visión, negándole los colores del mundo. 

—¿Quieres que te lo describa? 

—No. 

Quería llorar, pero no iba a hacerlo. Aquello era tan simple como tomar el papel y colocarlo en un cofre, encerrado en lo profundo de su armario, que reconocía completamente tras años recorriendo sus paredes de madera con las yemas de sus dedos. Le era familiar de punta a punta, como todo sitio que necesitara aprender a reconocer sin un guía. 

—Vamos, Sou. Si volvemos ahora alcanzaremos a escuchar el concierto de Inui. 

Quizá era más sencillo destruirlo y superarlo con el tiempo; no obstante, lo guardó, como si mantuviera la esperanza de algún día poder verlo.  

 


 

El saxofón acompañó los bajos de la melodía hasta el final, acompañando, llevando las notas hasta su extinción; de mano de la interferencia que provocaba la radio, por supuesto. 

Entró la voz de los interlocutores que anunciaban un par de datos sobre el clima. En ese momento, el chico presionó el botón de play con la punta del pincel y manchando el aparato en el acto. De alguna manera conseguía que todos sus materiales terminaran salpicados de pintura. 

No importaba, ahora el cassette corría con libertad y podía volver a concentrarse. 

Quizá estaba un poco embargado por el aroma del aguarrás, pero le parecía que aquel día mezcló los óleos de manera sublime. 

Al terminar y admirar su cuatro, concluyó que bastaría para la entrega intersemestral. Entonces, con un par de pinceles enredados en el cabello para sostenerlo en un moño, otros (limpios) dentro de los bolsillos y unos últimos, entre los dedos, Ran Haitani pintaba en su acogedor estudio y al mismo tiempo conseguía lucir como una de las personas más elegantes de esa ciudad. Desenredó el paliacate que sostenía los cabellos rebeldes que peleaban por hacerse hacia adelante y cubrir su frente, se quitó el overol y con un vistazo rápido se aseguró de que su camisa se viera lo suficientemente decente. Una gabardina igual ayudaría con eso, aún si quizá no lo cubría bien del frío invernal del exterior. 

Justo cuando estaba guardando sus cosas escuchó los golpes insistentes en la puerta. 

—Rindou, faltan diez minutos para la hora límite. —Gritó mientras pausaba la música, podría reconsiderar el ir con su hermano a la escuela, era tan impaciente. 

—Ve tu maldito reloj, Ran. Vamos retrasados. 

Y quizá él era un poco impuntual.  

Cuando salió del estudio notó que su hermano había optado por abandonarlo. Sintió una molestia que se extinguió cuanto los copos comenzaron a caer sobre la acera, el viento frío le hizo acurrucarse contra sí mismo, si ya iba tarde bien podía retrasarse un poco más y pasar a comprar chocolate caliente. El dulce líquido de cacao valía la reprimenda que le daría su asesor y el probable disgusto del chico con el que tenía una cita, músico misterioso y promesa de la facultad de música: Nahoya Kawata. 

Ka-wa-ta, repasó las sílabas de su apellido en su mente mientras imaginaba un río extendiéndose frente a él, cruzando un amplio campo. Ya no veía la acera ni la gente, era un vasto torrente de agua que parecía perderse entre un cielo que, por alguna razón, imaginó con unas claras tonalidades rosadas que le recordaban el amanecer.

  




Colocó su bolsa sobre uno de los pupitres de la sala vacía. Su asesor, Izana Kurokawa, decidió que como venganza por llegar tarde tendría que convencer al alumno de colaborar con él absolutamente solo. 

La persona frente a él aguardaba, lucía diminuto entre el inmenso salón y delante del intimidante pianoforte. Su cabello rosado era lo primero que te obligaba a prestar atención a su existencia en ese espacio. Supuso que era sólo eso, su inclinación de pintor que al final convivía con esa tendencia a prestar atención a esos colores que sobresalían. 

—Hola. 

Como respuesta a su saludo tuvo que conformarse con un asentimiento que le indicaba que se sentara. 

—Ve al punto. —No notó molestia en su voz, quizá solo cansancio, pero realmente dudaba que fuera por él.  

—Hay un proyecto que me encargaron. —Inició, procuró mostrar convicción en su voz. En realidad, sí estaba entusiasmado. Llevaba su vida intentando acercarse a generar aunque fuera un poco de ese sentimiento que precedía al afamado momento en que una persona dibujaba a su alma gemela para conseguir encontrarla tan solo unos días después. —Debo intentar plasmar en una pintura la sensación de visualizar a tu alma gemela, los patrones que preceden a esa explosión de inspiración que te lleva a dibujar a alguien que ni siquiera conoces. 

—Claramente eres alumno de artes. —Fue el único comentario que recibió del chico, mantenía la cabeza recargada sobre sus brazos que reposan cruzados sobre la mesa. 

—¿Por qué el tono despectivo si tú también lo eres? —Tenía una fidedigna curiosidad por eso, por él, había muchos rumores sobre el pianista ciego e iracundo de segundo año. 

—Tiendo a odiar bastantes cosas de mi mismo, por eso no me importa decirlo a los demás. —Se levantó. —Entonces, tu proyecto. —Le animó a continuar, aunque Ran vio la sonrisa sarcástica en su rostro.

Igual ya estaba allí, sí obtendría una negativa al menos lo habría intentado. 

—Y creo que esa sensación, el antecedente, el impulso, incluso el ambiente, es más posible de entender para...

—Para una persona que nunca podrá ver a su alma gemela, entiendo. —Completó. 

Ahora que si lo decía con ese tono...

—Fue tu idea, me imagino. Ran Haitani, ¿no eras paisajista? 

Así que lo conocía. Él era muy consciente de que también gozaba de cierto renombre en la universidad, incluso se atrevería a asegurar que dentro del ambiente artístico de aquel pueblo; pero por alguna razón le entusiasmaba que él lo conociera. 

—A mi hermano le gustan tus pinturas. —Explicó el pelinaranja. —Dime, ¿por qué quieres hacer este proyecto?

—Quiero entender el asunto de las almas gemelas. 

—Entonces no has dibujado a la tuya. —No era una pregunta. 

—No. He esperado por eso... Un buen tiempo. —Admitió.  

—¿Por eso te hiciste pintor? 

No entendía de qué manera el chico lo estaba analizando tan fácilmente. No parecía que fuera la primera vez que hablaban, se dirigía a él con una seguridad que podría llevarlo a pensar que se conocían de antes. 

Igual, no le dio demasiadas vueltas, había algo especial en las charlas sinceras con desconocidos. Aunque suponía que después de ellas ya no eran así realmente, se trataba más de un asunto de confidentes. 

—Al principio sí.  Añoraba tanto poder atrapar ese retrato con... 

Se dio cuenta de lo que estaba diciendo y se detuvo. Hablaba con tanto entusiasmo de poder ver a su alma gemela. No sabía si tenía que disculparse al respecto, ¿acaso eso no sería peor?

—Ran, no te hagas la vida imposible. Si me tratas con condescendencia me molesto. Así que sólo sigue hablando.

—Quería estar a la altura del retrato de mi alma gemela. —Se sinceró. —Dicen que cuando la plasmas, llega una sensación que te hace saber que no se trata de un momento de inspiración. Conectas. Una imagen perfecta aún si nunca has tomado un lápiz en tu vida. 

—Parece que ya sabes lo suficiente. 

—No es así. Háblame más de ello. 

—Tengo una mejor idea. Te ayudaré, te diré cómo fue para mi y todas las preguntas raras que quieras hacerme, pero tienes que hacer algo primero. 

Dejó el asiento vacío y se dirigió hasta el banquillo del piano. Era claro que aquel salón le resultaba totalmente familiar por la soltura con la que se movía. En general, toda la presencia de Nahoya resultaba así, medio imponente y medio inquietante. 

Una vez frente al piano, sus dedos leyeron el pentagrama en braille que reposaba en el atril. Ran seguía sus manos con suma atención. 

—Intenta pintar esto. —Pidió y entonces comenzó a tocar. 

 


 

No bastó una sesión. 

Ahora, Ran consideraba que tenía un nuevo reto porque terminó con un sinfín de bocetos que no lo convencían, cosa que pocas veces pasaba. 

Contemplaba la idea frente a él y la desechaba de inmediato al seguir escuchando la melodía del piano y sentir que no conseguía plasmar de manera adecuada la belleza de la música. 

Conectar. 

La seguridad de comenzar a entender el sentimiento que albergaba la música se complementa con otros momentos, como el gesto de llevar el café tal como a Nahoya le gustaba cada mañana que pasaba allí; el caminar por los alrededores de la universidad para despejarse y averiguar que su sonrisa podía ser más que sarcástica. Los trazos de sus lápices se nutrían del hecho de que descubrió que le gustaba la voz de Nahoya y la manera en que su cabeza se meneaba por estar tan inmerso en las notas. 

Habían pasado básicamente todo su semestre así. El proyecto final estaba casi listo, pero se aseguraba que algo le faltaba, así que siguió yendo a escucharlo al salir de clases, día tras día con esa misma excusa. 

Tenía una carpeta de siluetas que cada vez se parecían más y más a un retrato del de rizos y comenzaba a entender lo que existía detrás de las inmensas palabras: alma gemela. 




 

El chico a su lado se quitó el auricular. La canción terminó y Ran esperaba con curiosidad lo que Nahoya le iba a decir. Al final él lo había citado esa mañana. Se levantó más temprano que de costumbre para no llegar tarde, cruzó la pequeña plaza y recorrió la universidad con la curiosidad consumiéndolo para que cuando llegara y se anunciara el chico le pidiera simplemente que se sentara a su lado. No pasó mucho más, colocó uno de los audífonos frente a él y se recostó sobre el suelo del pequeño escenario de aquel auditorio. 

Ya habían hecho eso antes, por horas, solo sentían la presencia del otro a su lado. A veces charlaban, a veces solo se mantenían así, rozando sus manos. 

—¿Terminaste el cuadro? 

—Sí. Hoy es mi día de entrega. 

Parecía que le costaba continuar. Descubrió que con el pasar del tiempo, también consiguió leer algunos de sus movimientos, sus gestos, incluso la manera en que cambiaba su respiración. Le gustaba la manera en que Nahoya le ayudó a encontrar otra manera de percibir al mundo a su alrededor. 

—Ran. 

—¿Si?

—Quiero responder a tus preguntas raras ahora. 

—Bien. —Planeaba girar su cuerpo para observar sus reacciones, pero en lugar de eso buscó la mano del gemelo y la tomó entre la suya.—La verdad es que cuando vine a verte no estaba seguro de si ya habías dibujado a tu alma gemela, pero con tu manera esquiva de tratarme entendí que si. En ese momento sólo quería preguntar: ¿Cómo fue?

No le sorprendió que Nahoya usara sus dedos para recorrer sus brazos. Él podía ver a Nahoya y él en cambio se concentraba en sentirlo, allí, a su lado. Sabía que la intensidad de cualquier mirada era equivalente al cariño de su tacto. 

—Un desastre. Puedo recordar eso, los nervios y la expectación. No fue como si el mundo se detuviera, en realidad parecía que iba más rápido. Yo quería que parara, porque mis manos seguían trazando un dibujo que nunca podría mirar. Estaba destrozado por la añoranza y al mismo tiempo tan lleno de calidez,  no había nadie físicamente allí, solo él dibujo, pero se sentía como si me reconfortara. —Sus manos seguían agarradas. —Actualmente, solo puedo asociar esa sensación a algo- alguien más. 

El recorrido de sus dedos se detuvo y Ran no preguntó más. En donde las palabras quedaron vacías la sinceridad detrás del silencio descansaba entre ambos. 

Se mantenían en el frío suelo de madera, Nahoya se removió como si planeara levantarse, iba a seguirlo de no ser por como se detuvo y ahora su rostro se encontraba a centímetros del suyo. 

Nahoya preguntó: —¿Crees que habría bastado que te dijera eso cuando nos conocimos? —La mano,  con la que no estaba sosteniendo el peso de su cuerpo, acariciaba delicadamente su mejilla. 

—No. —Respondió con total sinceridad. Rememoró la pintura que presentaría, la cantidad de espirales rosadas, de tonalidades suaves, que parecían seguir una melodía musical. Levantó un poco el rostro para pronunciar sobre sus labios: —Sólo habría podido imaginar a qué te referías, ahora lo entiendo. 

No supo quien cortó primero la distancia por completo, simplemente mantenía para sí la certeza de que cuando lo besó entendió el verdadero sentido de los colores en el mundo. 

 


 

Años después

 

Creyó que podría reconocer su forma. La sensación del papel arrugado en el fondo del baúl. 

Tanteó con sus manos la superficie que mantenía sobre si unos cuantos discos, folders con papeles para trámites que le había organizado Souya, incluso el walkman que Ran usaba continuamente cuando iban a la universidad junto con una colección de cassettes que alguna vez pertenecieron a la madre del rubio. 

Lo encontró.  Una pequeña bolita de papel que años atrás había apretujado en medio de un colapso de sus emociones. 

—Ran. 

Reconoció el sonido de sus pasos sobre el suelo. Era cauto, ligero; se movía como si su cuerpo se deslizara delicadamente. Sintió como se sentaba a su lado sobre la fría extensión de madera. Seguramente observaba sorprendido aquellos objetos que podrían recordarle la época donde se conocieron. 

Le extendió la hoja. Escuchó como comenzaba a desdoblar el papel. 

—Espera. —El ruido se detuvo. —Es el dibujo de mi alma gemela. —Notó la tensión en su cuerpo. Aún le sorprendía el grado en que podía entender las reacciones del cuerpo del chico. —No creas que quiero encontrarla ni nada. Sólo, ¿la describirías para mí? 

—Claro, cariño. 

Ran tomó su mano. Amaba la forma en que buscaba la manera de mostrarle que lo entendía: con la transparencia de sus palabras, con la sinceridad de su tacto. 

Terminó de desdoblar la hoja. 

Ran Haitani vio un retrato de sí mismo, en donde apenas se alcanzaban a ver parte de su torso, aunque su rostro se mostraba completo. Llevaba el cabello atado en un moño que dejaba varios mechones sueltos, su cara se encontraba sombreada en varias partes, sobre todo en las mejillas, probablemente aludiendo a manchas de pintura. Cómo lucía las tardes en las que pasaba horas pintando en su estudio. Llevaba puesto un kimono, una de las prendas que acostumbraba a usar cuando se quedaba en casa. 

Quizá lucía así el día que Nahoya lo dibujó. 

—Oh. —La exclamación de sorpresa inquietó al más bajo. —Aguarda un momento. 

Ran se levantó abruptamente y salió de la habitación. Nahoya escuchó los ruidos de las prendas que eran desprendidas del clóset. 

—¿Ran? —Se propuso a salir de aquel pequeño cuarto que les hacía de bodega en el departamento que compartían. Siguió la línea de las paredes para no cruzarse con el desastre que dejaba Ran en el estudio al pintar, hasta que llegó a la habitación de ambos. 

Chocó contra su cuerpo al adentrarse. Iba a disculparse, no estaba seguro de porque, pero entonces el chico comenzó a besarlo. Mantenía su rostro acunado entre sus manos y notó el sabor de las lágrimas que se estaban mezclando entre sus labios. 

—No creo que sea necesario que te describa la imagen. 

Entendió a qué se refería en cuanto siguió besandolo. Era como una verdad que existía entre ellos desde que conectaron al enamorarse. 

El chico tenía encima una tela delgada y fría encima, entre la cual condujo sus manos, para explicarle de esa forma cada uno de los matices del dibujo. 

Allí estaba, esa sensación de torbellino a la que sucedía una completa calma, como cada uno de los momentos que compartía con su alma gemela.

Notes:

Así que bueno, ¡por fin subí a ao3!, sin morir en el intento!! (gracias por eso kev)

No tengo mucho que decir, fuera de que agradezco si alguien llegó hasta acá <3 , postearé el resto de mis días aquí, solo que poco a poco.

Aquí mi twt en donde básicamente soy una escorpio con luna en cáncer: @sunshineofvere ;

de nuevo: gracias uwu.

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