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Lo conoció durante su último año de bachillerato.
Aquel año hubo un caos, que se compartió entre los miembros de tercer grado por la inquietud que causaba la universidad. Por esto, la escuela comenzó a poseer algo de vida durante el horario vespertino, en donde las personas podían cruzarse por primera vez.
En el anexo norte, que se encontraba en los límites de la escuela y que poseía la peor iluminación de la institución, se designó que los estudiantes de cursos de arte tendrían que compartir el espacio con los alumnos seleccionados para el propedéutico de derecho. El espacio escondido entre árboles se convirtió en turnos para los salones más grandes y auditorios, las salas de estudio, la biblioteca (pocas veces usada de cualquier forma), la cafetería anexa (descuidada) y los patios traseros.
Ran normalmente no se paraba allí, tomaba sus clases de rama común en los edificios del lado contrario y volvía a casa, pero necesitaba esas clases extra y mantenerse estudiando.
No tenía nada en contra de los pseudo-revolucionarios hippies de mierda . Incluso algunos de sus amigos, como la joven promesa de las artes plásticas: Manjiro Sano, estudiaban allí. Entonces, no le desagradaban solo que prefería compartir tiempo con ellos fuera de la preparatoria, cuando no se la vivían revoloteando entre los salones como si no tuvieran nada que hacer, con su ruido que no mantenían en el auditorio pues ni siquiera cerraban la puerta, con sus intromisiones en la biblioteca para fumar o sus despilfarros en las jardineras.
No estaba hablando de alguien en concreto.
No todos eran así, por supuesto (estaba seguro de que sí la mayoría pero les daba el beneficio se la duda); sin embargo había un chico en particular que reunía todas las facultades que podían llegar a exasperar a alguien; además, él se esforzaba por llevarlas a cabo cuando se encontraban.
Así que esa tarde, concluyó que alguien tenía que ponerle un alto a Nahoya Kawata y se daría el honor de ser el primero.
Se levantó, sin evitar el ruido de la silla arrastrándose por lo abrupto de su movimiento, total, eran cerca de las nueve de la noche y nadie más se encontraba en la biblioteca tan tarde; sólo él, que llevaba un par de horas intentando estudiar con una pila de libros frente a él que lo demostraba. Funcionó hasta que el músico de quinta con cabellos rizados y molestos consideró que aquel sitio era un lugar perfecto para ensayar.
—Haitani. —Nahoya tuvo la amarga idea de sonreírle aun cuando procuró mostrarle su expresión más fastidiada, quería que le quedara claro que estaba a punto de rebasar ese límite en donde consideraba totalmente necesario sacarlo a golpes de aquel lugar.
También pensó: ¿Por qué le sonreía como si fueran amigos?
Él sabía que así era, irremediablemente, su cara, pero siempre notaba algo diferente en la manera que tenía de dirigirse a él, pronunciar su nombre y luego comenzar a fastidiarlo. Lo inquietaba que lo hiciera y le enojaba más ser capaz de notarlo.
Después del saludo, Smiley volvió a concentrarse en su tarea, pasando completamente de la existencia, y disgusto, del más alto.
—¿Puedes guardar silencio? Estamos en la biblioteca. —Exigió y colocó su mano sobre las cuerdas para acallar la melodía.
—Dicen que la música estimula el estudio. —Respondió, mientras apartaba la mano del más alto del instrumento, aunque igual no hizo amago de continuar.
—La música agradable. —Puntualizó a manera de cierre.
Se dirigió de vuelta a su mesa. No entendía el afán del chico por pasar su tiempo en aquel lugar, a esa hora seguramente el auditorio se encontraba vacío o incluso podía quedarse en el exterior. No existía ningún motivo para que se metiera entre los pasillos de la biblioteca y practicara. Supuso que no valía la pena que se detuviera a pensar en sus razones, ni siquiera sabía por qué en ese momento lo meditaba.
Se sintió triunfante por el silencio, aún si tan solo unos segundos después le pareció demasiado.
Por la tranquilidad del ambiente supuso que el otro desapareció por la salida trasera.
—Así que debería dejar esto por la paz. — O quizá no. Se sentó a su lado, subió sus pies de manera descarada sobre la mesa, aunque cuidando no chocar con las libretas del rubio, y extendió frente a él la guitarra ya en su funda, para mostrarle a qué se refería. —Supongo que no tengo futuro.
Molesto, torpe, idiota, Nahoya Kawata. Puros sinónimos.
—Sé que mi opinión siempre es acertada. —Aseguró mientras cerraba, absolutamente rendido por ese día, su libro. — Pero solo hablaba de esa canción. —La anterior, que tenía notas que provocaron que su mente se tentara con la idea de salir de allí. —Demasiados cambios.
—Así que eres más de baladas tranquilas.
—Para estudiar, sí.
El de cabellos salmón, se apresuró a seguirlo a la salida de la escuela.
—Lo tendré en cuenta para la próxima.
De nuevo esa sonrisa.
Lo había visto, un sinfín de veces, caminando por los pasillos con ese grupo de chicos revoltosos con los que tocaban en algún punto perdido del pueblo algunas noches. Incluso compartieron clases en cursos anteriores en donde solo podía percibir su molesta existencia.
Pero no conocía realmente a Nahoya Kawata, no hasta ese momento. No hasta el instante en que se percató de cómo había un rastro de pecas en el que, por algún motivo, no pudo dejar de pensar ese día.
Nahoya era muy inquieto, creía que eso le molestaba de él. Lidió con la irritante costumbre que mantenía de mover las piernas debajo de su mesa mientras estudiaba, también la pésima idea que le daba de pronto de ponerse a tararear cuando todos permanecían en silencio, además de su desagradable manera de tambalear las piernas cuando sus pies no alcanzaban alguna superficie.
No se podía mantener en paz.
Justo en ese momento, revelaba su inquietud, o aburrimiento, mientras tomaba una de sus trenzas y jugaba con los mechones que se desprendían de ella.
El simplemente procuraba ignorar ese hecho. Prefería concentrarse en que tenía examen al siguiente día y por alguna razón el pelinaranja decidió comenzar a pasar las tardes a su lado.
—Hablas muy poco, Haitani. —Susurró, como si de verdad le importara guardar silencio en una biblioteca vacía. Ahora deshacía la trenza y, de nuevo, él se sentía al borde.
—Tú molestas demasiado. —Quitó su agarre con una mano y decidió mirarlo, reprochándole.
—Okay. Guardaré silencio. —Aseguró eso, pero se reía mientras se recostaba sobre la mesa.
—¿Planeas quedarte aquí?
—Sí.
Esperó que su mirada le estuviera transmitiendo lo que quería: saber por qué.
—También tengo que estudiar. —Explicó mientras se desperezaba y buscaba su mochila a un costado. —Sé que es difícil de creer para alguien tan cuadrado como tú, pero, tengo algo de teoría que repasar. Lamentablemente los exámenes no se pasan con mi amor a la música.
—Tampoco lo harán si pasas las horas jugando con mi cabello.
—Si termino de estudiar pronto, ¿me dejarás seguir jugando con tu cabello?
No.
—Probablemente.
Nahoya era lindo, de una manera extraña. Definitivamente lucía tierno y apachurrable mientras peleaba con la punta de su lapicero para poder continuar realizando sus apuntes, le sorprendió significativamente ver como mantenía sus notas escolares de forma envidiablemente ordenada.
Sólo que no podía categorizar al chico que arrastraba los pies, retaba a alumnos mayores para pasar el rato, realizaba perforaciones a su mejor amigo en clases y después abrazaba cariñosamente a su hermano gemelo como alguien tierno así sin más. Mucho menos cuando le sonreía de manera extraña con un cigarro entre los dientes, que él le arrebataba y destruía, cada que salían a tomar aire en esas singulares pero habituales tardes que compartían.
Como en ese preciso momento.
El más bajo mantenía su cabeza recostada sobre sus piernas, una costumbre más de la lista que en algún momento adoptaron. Las primeras veces golpeó su cabello con sus rodillas para que se quitara, sólo que él insistía . "Que malo eres, Haitani, déjame dormir un poco".
Normalmente, cumplía sus palabras y se quedaba dormido, mientras él disfrutaba del rato de paz, tanteando su cabello con sus manos o picando sus pecas ligeramente para hacerlo despertar.
Las jardineras del anexo eran pequeñas, pero con el espacio suficiente para ambos, los árboles que reposaban en el centro los cubrían de los últimos rayos del sol e incluso cuando llovía. Le gustaba estar allí después de clases y de pasar horas encerrado entre las paredes blancas de la biblioteca. Consideraba energético el contraste de la extensión de las canchas y el viento ligero del otoño. Sólo que ese día era particular, porque Nahoya estaba despierto, llevaba sus audífonos puestos y no conseguía ver su rostro por la hoja de notas que mantenía frente a él. Escuchaba sus murmullos repasando lo que sea que tenía allí anotado.
—¿Qué repasas?
—Secreto.
Simplemente le arrebató el papel que de inmediato el menor intentó alcanzar con ambas manos, así que se levantó de su regazo.
—¡Oye!
Vio los trazos, lenguaje musical totalmente ilegible para él.
—Es una partitura, no la entiendo.
Le devolvió molesto el trozo de papel, realmente le inquietaba no poder descifrar algo. Nahoya se rió, por supuesto ya lo sabía.
—Es la canción que tengo que tocar esta noche. Olvidé repasarla.
—Eres un irresponsable.
Smiley volvió a recostarse, solo que ahora lo miraba directamente a los ojos. En algún momento aquello comenzó a arrebatarle ligeros suspiros soñadores, porque verdaderamente sus iris le parecían de una tonalidad fascinante.
En ese momento en el rosado brillaba el entusiasmo.
— ¿Quieres aprender a leer una partitura?
Por algún motivo se detuvo a ver las pecas que caían sobre el puente de su nariz, como un trayecto de estrellas perdidas.
— Sí.
Nahoya era extrañamente reconfortante.
No le hizo preguntas cuando en lugar de encontrarse en el sitio de siempre, lo halló llorando entre las repisas más oscuras de la biblioteca. Sabía que lo encontraría, porque tenían ese plan habitual de pasar juntos el rato allí, era plenamente consciente de que el quedarse entre esos libros significaba que él se toparía con aquella faceta débil que tanto se esforzaba en esconder del resto.
Entonces, ¿por qué no simplemente se dirigió a otro lado?
—Ten. —Extendió el auricular después de sentarse a su lado. —Todas son tranquilas.
No le dijo ni preguntó nada más, como pocas veces, permaneció en silencio y tranquilo, dejó que la música dominara el ambiente. El gemelo sólo se tensó un poco ante la sorpresa de tener de un momento a otro la cabeza de Ran apoyada en su hombro, pero pasó rápidamente. Se acostumbró de tal manera que, incluso cuando de alguna manera sus manos terminaron entrelazadas no se dejó llevar por lo extraño del toque, al contrario, se habituó tan fácilmente que no quiso soltarlo más, porque incluso lo buscó entre el sueño que se apoderó de ambos y terminó con una caminata a altas horas de la noche de vuelta a sus casas.
Odiaba a Nahoya, por qué por su culpa terminaron empapados y atrapados en detención. Aunque probablemente fue también culpa suya, solo un poco, por sugerir que podrían intentar colarse a la escuela en sábado.
Había olvidado unos apuntes importantes, muy importantes, en la biblioteca.
Smiley no puso mucha resistencia y, después de que Ran lo acompañó a su ensayo en donde conoció mejor a sus insoportables amigos, se encontraron escalando la barda más baja de los alrededores de la escuela.
Aunque por supuesto algo salió mal, al parecer había directivos ese día porque tenían una reunión de consejo estudiantil; anexo a ello cayó una tormenta que los empapó en su huída, se resbalaron de manera demasiado conveniente por el pasillo que conducía a la salida y al final no pudieron hacer más que comenzar a reírse sin control.
—Ran, tus lunares. —Señaló el menor mientras con la punta de sus dedos señalaba sus clavículas que se veían claramente por la tela blanca mojada. Sobre sus hombros tenía una toalla que les dieron del gimnasio pero no era suficiente.
—¿Qué tienen? —Siguió con su labor de intentar secar los no rizos por lo húmedo, del otro, que no parecía poder mantenerse quieto.
—Son bonitos. —Se dio la vuelta, supuso para que alcanzara mejor su cabello. No porque se hubiera sonrojado y estuviera evitando su mirada. —Podría contarlos, ¿sabes?
—¿Por qué harías eso?
—Porque son bonitos. —Repitió mientras bostezaba y se rendía dejando que su cabeza cayera sobre su pecho. —Son tan bonitos como tú.
Sentía algo por Nahoya.
Al principio le generaba esa molestía que le indicaba que lo más sensato era apartar su presencia. Luego comenzó a gustarle su compañía, de esa manera en que a alguien le reconforta tumbarse en su cama tras un día cansado, sin preocupaciones. Después, lo invadieron los miedos que es natural sentir cuando inician esas sospechas de que quizá estaba enamorándose y al parecer no había nada que pudiera hacer para detenerlo.
Al final, todas esas inquietudes resultaron ser compartidas y, por algún motivo, se sentía tan feliz de que fuera así.
El lugar en donde tocaría con su banda esa noche no era muy grande, pero las hileras de focos con luz amarilla y los aromas entre los que destacaba el café, lo volvían sumamente acogedor. Aquella no era la primera velada en la cual veía a Nahoya tocar, aunque se sentía diferente por algún motivo. En su pecho crecía un constante arrebato que casi lo obligaba a ir hasta él, no sabía para qué luchaba con su deseo de estar cerca.
Las luces de alrededor bajaron para que las personas sobre el escenario resaltaran. Rápidamente se concentró en la figura que le interesaba. Él sonrió desde el escenario, de esa manera que fue siempre únicamente para él.
—Te prometí algo agradable. —Habló al público. —Después dime si podemos tener una cita, sin estudiar, en la biblioteca.
Sabía que en aquel lugar nadie además de ellos entendía a qué se refería; así que se dejó disfrutar ese momento que le pertenecía solamente a ellos dos.
Inició un delicado piano de fondo, que pronto fue acompañado por los ligeros rasgueos de su guitarra acústica.
Wise men says, only fools rush in…
Le encantaba su voz. Antes la detestaba un poco… Casi nada…
Ahora conocía lo que era escucharlo cantar solo para él.
But i can't help falling in love with you…
Se preguntaba si se cansaría de ello. Se preguntaba por qué no podía dejar de sonreír mientras lo oía.
Shall I stay?
Would it be a sin
Se preguntaba por qué de un momento a otro el miedo parecía desvanecerse entre las sílabas que le dedicaba.
If I can't help falling in love with you?
Se preguntaba si algún día se arrepentiría de amar a Nahoya de esa manera, tan inesperada, arrebatadora y especial.
Seguramente no.
Al final del show lo esperó fuera, por donde salían las bandas.
—¿Mejor? —Fue lo primero que le dijo en cuanto lo vio.
—Un poco. —Sus pasos se apresuraron a encontrarlo y envolver su cuerpo. En ese callejón, predominaba el aroma a cuero y cigarro, junto con los ruidos ahogados del bar y risas lejanas de completos desconocidos. Por algún motivo, parecía el momento perfecto para sincerarse. —Definitivamente me serviría para estudiar.
Él seguía abrazándolo cuando comenzó a hablar:
—Me gusta… —Se detuvo. —Me gustan mucho tus lunares. —Lo tomó de los costados al romper el abrazo.
—¿Sólo eso? —Lo molestó.
—Me gusta molestarte.
—¿Desde cuándo?
—Desde el día en que te transfirieron y conseguiste hacer que toda la clase te detestara por engreído. Te sentaste a mi lado y ni siquiera te presentaste. Así que me molesté e iba a encararte, mirabas al frente así que sólo ví tu perfil. — Se acercó a su rostro, lo que provocó que Ran cerrará los ojos por reflejo. Aún cuando Nahoya se detuvo a una pequeñísima distancia de la piel de sus cachetes.— ¿Sabías que tienes un rastro de lunares aquí?
Pasó sus yemas por la piel de sus mejillas hasta su cuello. El toque llegó con delicadeza, sentía como su cuerpo se estremecía de tal manera que prefirió mantener los ojos cerrados, por lo cual se sorprendió aún más cuando la sensación de sus dedos cambió por la de sus labios que depositaron una serie de besos lentos y delicados sobre su piel, siguiendo el trayecto de pequeños lunares.
Iba a reclamarle algo, no tenía idea de que, pero en ese preciso momento terminó el camino en la comisura de su boca y no pasó mucho más antes de que sus labios se encontraran por primera vez. Lo embargó una sensación dulce y tranquila que le recordaba el cielo, las estrellas y el camino de pecas que admiraba cada que sonreía.
En su mente la canción continuaba haciendo eco y parecía acompañar perfectamente el movimiento de sus labios, entre los que ambos soltaban risas de incredulidad.
Take my hand
Take my whole life too
For I can't help falling in love with you
Muy a su pesar (no lo lamentaba realmente) no pudo evitar enamorarse de Nahoya.
For I can't help falling in love with you…
