Work Text:
Abrió la puerta de su departamento y notó que ignorar el desastre no haría que dejara de haber cajas sin desempacar por todos lados. Normalmente se empeñaría en no descansar hasta que su habitación se viera menos como un relajo de recién mudado y más como un nuevo hogar decente; pero con el alcohol como principal huésped de su mente no contemplaba demasiado sus opciones. Al menos era lo suficientemente capaz de entender que si lo intentaba abollaría una pared o destruiría la colección de bolas de nieve de su hermano.
Decidió salir, otra vez esa misma noche, solo que ahora simplemente daría una caminata por los alrededores de Meguro. Los cerezos decoraban los senderos cerca del río y con la calma de sus pasos lograría apreciarlos bien, a diferencia del camino de vuelta al departamento, en donde Kazutora aseguró que era una increíble idea regresar aún cuando ambos estaban rebasados por el alcohol.
Una cosa más a su lista de decisiones irresponsables que por algún motivo no terminaron matándolo.
Entonces de nuevo, al pasillo de luces intermitentes, lo dominó el ruido del manojo de llaves cerrando con vehemencia la entrada del recién adquirido apartamento. No creía que a alguien le interesara vaciar las pocas pertenencias que guarda en aquel espacio de escasos cincuenta metros cuadrados, pero no pretendía descubrirlo a la mala tampoco. Al final él lo sabía mejor que nadie, del trabajo lo transfirieron a Tokio precisamente por el disparo del crimen organizado en la capital.
Por lo que con su mudanza obligada, la necesidad de oxígeno y la adrenalina de la anterior fiesta abandonando su sistema, se sentía un poco miserable. A pesar de ello, no podía catalogar ese día como uno malo, no después de haber visto a sus amigos tras años de separación; la sonrisa calmada en el rostro de Draken, que en cuanto lo vio simplemente le habló como si no hubiera pasado tanto tiempo; la energía inagotable de Kazutora que le contaba velozmente todo, absolutamente todo, lo que había pasado con sus conocidos desde su partida; la serenidad en el rostro de Chifuyu que regañaba constantemente a Kazutora por no dejarlo estar tranquilo, mientras acariciaba el cabello de su prometido, Inui Seishu, que permanecía recargado sobre su hombro y de cuando en cuando depositaba besos en su mejilla, sumamente atento a cada conversación.
Ellos estaban bien, así que él también. Aún si las ausencias en la mesa resultaban más que claras, parecían poder llevar la situación a la perfección, él no tenía por qué hacerlo de manera diferente. Ser transferido de vuelta a la capital no era la gran cosa, no tenía ningún motivo lo suficientemente fuerte para detestar esa decisión, de hecho, amaba la ciudad y sus inmensos edificios, el correr con rapidez de los carros cerca de las aceras, el movimiento que le permitía no tener que concentrarse en nada en concreto pues su mente paseaba por todos lados.
Todo ello iba a la perfección con su personalidad. Todo estaba bien.
Al llegar al puente, rememoró otro gran detalle de la noche, aunque aquel evento se desarrolló cuando ya tenía bastantes copas encima, recordaba el rostro del pelinegro a quien en un impulso (totalmente común en él) le pidió su número.
Sacó su celular.
01:00 am
¿Qué tan decente era marcarle a alguien a esa hora?
¿Qué tan decente era él?
Marcó. Sólo lo intentaría una vez.
Uno, dos, tres tonos, pronto entraría el buzón de voz; pero entonces la llamada se conectó y recibió un profundo silencio del otro lado de la línea.
—Hola. —Decidió comenzar—Lamento llamar tan pronto. Me quedé pensando en ti.
—Lo siento, cariño. La sex line no está entre mis hobbies .
Hablaron apenas unos minutos, nada demasiado controversia o profundo, y aunque a la conversación la acompañó el ruido de las bocinas, pudo reconocer que aquella no era su voz.
—Mierda, número equivocado.
Terminó la llamada y verificó que de hecho los dígitos coincidían con los de la caligrafía del chico del bar. Lo que cualquier persona normal haría es dejarlo estar y superar la vergüenza con algún otro recuerdo o atribuir el incidente a su estado de ebriedad, pero Nahoya no. Devolvió la llamada para al menos disculparse con la persona a la que seguramente despertó.
—Perdón. —Dijo en cuanto volvieron a descolgar.
—¿Te pasaron mal el número, eh? —Escuchaba el golpe del viento al otro lado de la línea. Al parecer no era el único irracional que salía a esas horas.
—Parece ser que sí. —Pateó una roquita del camino, como un niño haciendo una rabieta porque las cosas no salieron como esperaba. La cantidad de gente que caminaba a lo largo del puente, era un constante recordatorio de que volvió a un sitio en donde todo seguía en movimiento, incluso a esa hora. Aunque fuera más como un valseo que comenzaba a perderse entre la oscuridad.
—Bueno no se que esperas que te diga. —Habló la voz del desconocido. El tono transmitía cansancio. —Lo siento, supongo.
El desánimo en sus palabras le recordó bastante como él mismo se sentía, aún cuando a su alrededor existía una explosión de rosa que bordeaba el agua y lo invitaba a observar la inmensidad del río que se extendía por debajo de la construcción.
—Una pena porque en realidad soy bastante atractivo. — Debería considerar dejar de tomar más allá de su límite.
—Los hechos no están muy a tu favor. —Le aseguró la voz en la línea, con un tono ahora neutral, bastante. No conseguía formar aún una imagen del interlocutor, al menos imaginaba que era joven. — Ahora… Si me disculpas.
—¡Espera! —Algo, ¡el alcohol!, hizo que lo detuviera de colgar. —Mi hermano, alguna vez leyó una historia en donde dos desconocidos se enamoraron después de hablar porque tenían el número mal.
Sí. Al día siguiente obligaría a Kazutora a acompañarlo a alcohólicos anónimos y después tomarían hablando de lo ridícula que fue la sesión.
—Ahora entiendo porque te dieron mal el número…
Silencio, más del tipo en el que se dejan suspendidas las palabras porque esperas otra contestación. Probablemente era su manera de preguntar por su nombre.
—Nahoya. —Contestó.
Más viento de la otra parte de la línea. Los ruidos de la ciudad parecían llegarle lejanos, no como los de su lado, en donde cualquier intromisión se escucharía más que claramente
—Me suena… —No tenía idea qué tan común era su nombre. —En fin, Nahoya. —Puntualizó. —¿Por qué llamaste inmediatamente a alguien que recién te había dado su número?
—No marqué inmediatamente. —Por el arrebató se escuchó el golpe que sus codos dieron contra el barandal que lo separaba del agua, seguramente helada, del fondo.
—Claro que sí. Arrastras las palabras. —Aclaró. —Seguro estás ligeramente ebrio, con ese éxtasis que hace que cualquier idea parezca lo suficientemente buena, aunque en realidad es brutalmente mala. —Podía notar la vanidad en sus palabras. Hábitos de gente que está acostumbrada a tener la razón. —¿Entonces?
—En mi defensa, hace horas que terminó la fiesta, pero me aburrí en mi casa…—Recordó las paredes ladrillo que dejó atrás. —Departamento. —Corrigió, como si fuera una importante diferencia.
Las personas parecían haber decidido dejar de recorrer esa parte de la ciudad, de un momento a otro. El silencio lo abrumaba , ese cambio lo abrumaba , sentir como sus sentidos iban volviendo para dejarlo con una sensación de vacío… Lo abrumaba . — Como sea, ya que nos conocimos de esta particular manera. ¿Te gustaría salir?
—Espero que solo seas así cuando estás ebrio. —Una risa y el sonido de un cuerpo moviéndose sobre algo que podía imaginar como roca, ¿concreto?
—¿No el alcohol saca lo mejor de la gente?
—Lo peor. —Corrigió.
—No veo qué tiene de malo.
—¿Qué tal si soy un criminal y te asesino? —. Cuestionó el otro, de nuevo con esa neutralidad que Nahoya comenzó a tomar como indicio de que jugaba. — ¿Saldrías con un criminal?
—Sí es lindo… —Suspiró y se frustró al notar que no traía su cajetilla en los bolsillos de aquella chamarra.
—Me sorprende que sigas vivo.
Vivo… Era un rollo filosófico en los que prefería no meterse demasiado, porque entendía la manera en que su mente se abrumaba con facilidad por ese tipo de cosas. Aún así, en ese instante parecía correcto considerar que no sentía que su cuerpo respondiera precisamente por la vivacidad de su interior. Se sentía como programado y no tenía idea de cuánto tiempo llevaba sintiéndose así.
Mierda, ¿qué tenía la madrugada que ponía tan existencial y sincera a la gente?
—A mi también a veces.
—Entonces… —Así que ahora comenzarán con las muletillas, bien. —¿Eres de ese tipo?
—¿Homosexual? —Inquirió mientras daba la vuelta sobre sí y en lugar de prestar atención al río miraba el cielo y su carencia de estrellas.
—Psicópata.
—Quizá un poco de ambos. ¿Tú? —Bromeó.
—También.
—Ahora. —Mejor seguía caminando, como antes, a donde sea que la avenida lo llevara. Con suerte encontraría algún sujeto buscando problemas. —¿Qué ibas a preguntarme?, ¿Del tipo de los que…?
—De los que intenta coquetear con quien se le ponga enfrente.
—No. —Conforme avanzaba notó que cada tanto pasaban apenas un par de personas a su lado, totalmente sumergidas en sus propias direcciones. Colocó el altavoz. —De hecho soy muy malo, por si no es obvio. Realmente no hablo demasiado de mí y eso parece intrigar a la gente.
—¿Desconfianza?
—Falta de interés. Lo más relevante que puedo decir de mi es que tengo un gemelo, y eso es porque Angry es increíble.
—Angry…
Quizá le intrigaba un poco que un extraño meditara sobre el apodo de su hermano.
—¿Tú tienes hermanos?
—Tenía. —No era necesario preguntar más. Incluso siendo una incógnita el uno con el otro, había cosas que se transmitían sin explicaciones, como una simple palabra que afirmaba algo que podía comprender un poco, porque él también tenía un hermano.
—¿Tú qué clase de tipo eres?
—Del tipo sentimental. —Se notaba, si era capaz de percatarse sólo con su voz, que decidió dejar atrás la neutralidad, no podía siquiera imaginar lo que transmiten sus gestos, su cuerpo, su mirada…
—Oh.
—A veces puedo hablar de mi. —Continúo, como si respondiera a cada una de los cuestionamientos que él hizo antes. — Según las circunstancias.
Quería verlo, como el tipo de curiosidad insana que no podría saciar hasta que lo enfrentara cara a cara.
—¿Podríamos establecer las circunstancias?
—Nop. —Otro movimiento. ¿Inquietud?, ¿fastidio?,¿curiosidad?, ¿burla?
—¿Por qué?
—No hay manera de que nos crucemos nunca. —Le aseguró él. Podría afirmar que de manera cruel y contundente , pero ¿tenía derecho a establecer de qué manera se dirigía a él un completo extraño?
— No es como que vayas a morir mañana o algo . —Al día siguiente iba a reprochar cada una de sus palabras. Consideraba que podía ser un idiota en su estado normal, incluso ebrio, pero cuando lo abrumaba la quietud y esos suspiros atorados en la garganta por agotamiento, se comportaba peor que como un imbécil, se volvía sincero, por lo tanto débil. —Podríamos salir a algún lado, estamos en la misma ciudad.
Bendita clave LADA.
Silencio absoluto. Corroboró que siguiera la llamada en curso, apagó el altavoz y colocó sobre su oído el teléfono en el momento justo.
—De hecho, probablemente lo haga hoy.
“ No es como que vayas a morir mañana o algo”.
Miró la calle que lo llamaba, las farolas continuaban brindando su luz de manera incesante, los vehículos corrían a toda velocidad por el limitado (inexistente) tránsito, a lo lejos el agua permanecía en quietud, la luna se asomaba sin estrellas y los edificios morían poco a poco con las luces apagándose como un sinfín de velas que se desvanecen por la fuerza del brutal viento.
Repentinamente pensó que quizá podría encontrarlo, antes de que fuera tarde, quizá ya lo era; pero no podía quedarse así.
Misma ciudad. La clave de inicio del teléfono indudablemente era del mismo distrito.
“De hecho, probablemente lo haga hoy”.
—¿Salir conmigo?
—Eres demasiado pendejo. —De verdad era muy transparente.
Instintivamente empezó a mirar a su alrededor como si lo fuera a ver pasar por la calle, como si siquiera conociera su rostro.
—Otro de mis encantos. —No podía dejar que la conversación muriera, y él precisamente era tan malo en seguir una charla sin caer en sus hábitos de volverse demasiado pesado. Afortunadamente su compañía al otro lado del teléfono parecía ser quien mediaba. — Hablamos mucho de mí. Cuéntame algo, lo único que sé sobre ti es que tienes problemas.
Le sorprendía que no quisiera cortar la llamada. Toda esa noche en realidad, parecía bastante irreal. Dejó que sus dedos apretaran la piel de su brazo, al menos tenía que asegurarse de que aquello no era resultado de los desconfiguros de su inconsciente.
—¿Tú no?
—Más de los que crees. —Su voz se apagó un poco, pero se recompuso rápidamente. —Pero no me hacen pasar vergüenza. —Se burló.
—No me importa demasiado. —El motivo del que hablaban, la fiesta, su transferencia, su vida en concreto. Todo ello parecía pasar a segundo plano en un instante. Sabía que en realidad lo estaba evadiendo. Su mente quería sumergirse en la tarea de encontrar a un desconocido, con el que terminó hablando por accidente en la madrugada, y evitar que se suicidara, como una manera de protegerse a él mismo.
—Se nota.
—¿Me dirás en dónde estás? —Mantuvo el tono de toda la conversación, sabía cómo no dejar entrever sus preocupaciones.
—No. —Sonaba demasiado definitivo.
—¿Qué tal si lo adivino?
Necesitaba un punto de partida.
—Tienes un chance.
Optó por lo seguro, su propia ubicación. —Centro de Meguro.
De nuevo no habló.
—Acerté. —Aseguró. Aún entre una infinidad de posibilidades…
—¿Acaso eres un oficial de policía?
—No. —Era detective, así que supuso que no mentía.
—¿Entonces a qué te dedicas?
—Tengo un restaurante. —Era medianamente mentira. El local era de su gemelo y aún no se inauguraba.
Viento, demasiado y con los ruidos de la ciudad demasiado ahogados. Era un lugar alto y le ayudaría muchísimo si por allí no hubiera una considerable sucesión de edificios que tenía que descartar.
—¿En serio eres un delincuente? —Preguntó. Caminaba lento porque de nada le valía cansarse antes de tener un detalle más.
—¿Quién no?
Él, que pasó su adolescencia en una pandilla, no podía debatir contra eso.
Escuchó el chasquido de un encendedor. Ceniza. Sería demasiada coincidencia si justo en ese momento la viera caer, aún así buscó como si fuera capaz de captarla.
No pasó.
—¿Importante al menos?
—Por supuesto. —No tenía una imagen mental de él, pero podía visualizar una sonrisa altanera… y cansada.
De alguna manera, veía los labios delgados, la piel pálida, la mandíbula fina. En ese momento, su mente ya estaba mezclando recuerdos.
—Podrías mantenerme.
—No lo haría. Suenas como alguien que es caprichoso. —Inhalaba. Él podía ver ( imaginar, confundir ) el humo saliendo de entre sus labios.
—Tú como un egocéntrico.
—Lo admito. —Quedaron sin decir nada un momento, él seguía debatiendo en la manera en que debería conseguir más información sin que pareciera un interrogatorio. Al menos a esas alturas de la noche, contaba con la certeza de que no iba a colgar, parecía no querer hacerlo y que de alguna manera indirecta (que quizá imaginaba) le pidiera no dejarlo lo obligaba a apresurarse. —No querrías vivir así…
Los motivos. No le parecía un momento para sentarse a pensar en las condiciones en las que se encontraba como para fumar en alguna azotea y confesarse ante él, una persona aleatoria que terminó marcándole por accidente.
Aún así, se detuvo en una banca que bordeaba la acera.
—¿Por qué lo haces?
—No tuve muchas opciones.
—¿Y ahora?
—Ahora no vale la pena siquiera ponerme a pensar en ello. —Otro suspiro. No quería comenzar a contarlos, porque entonces inevitablemente se encaminará a una cuenta en retroceso. —Sonará estúpido, pero siempre hice lo que era mejor para mi hermano, aunque parece que escogí mal en algún punto porque ahora él está muerto.
Lo entendía. Cada mal momento que pasaba Souya, se lo atribuía a sí mismo inmediatamente, no solo para lidiar con el dolor por él, sino porque genuinamente lo consideraba su deber, uno que no le pesaba y al que se entregaba gustoso, porque la felicidad de su hermano menor lo valía. A pesar de ello dijo lo que cualquier externo aseguraría.
—Él no te culpa.
—Eso no me importa. Puedo lidiar con que me rete, el problema es que ya no está para hacerlo. —Debía poder decir algo. —Comenzamos esto juntos, hace tanto tiempo que ya ni siquiera recuerdo claramente cómo veía este mundo en ese entonces. Sé que entiendes que seguir solo no tiene mucho sentido.
Y era terrible, o quizá no, pero lo entendía . Simplemente no podía darle la razón y dejar que cayera al vacío.
—No te importa que me dejarás un trauma si mueres.
Por el ruido de su garganta, el humo se atoró por la sorpresa. Lo disimuló de manera casi perfecta. ¿Era el segundo? ¿Con cuantos cigarros contaba su reloj?
—¿Por qué habría de hacerlo?, creí que te dejé claro que no soy una buena persona, no considerada al menos.
—Bueno no diría que yo si.
Se levantó y comenzó a desesperarse al ver las puntas de los edificios, tan inalcanzables e iguales.
—Nahoya, estoy seguro de que estás intentando encontrarme. —No transmitió ningún reproche e igual no planeaba dejar de tratar aunque así fuera. Podría negarlo, aunque para él ya era suficiente señal el que no cortara, como una petición que probablemente no sentía que tuviera el derecho de hacer.
Aunque eran solo suposiciones, ¿qué podía saber él, que no entendía la configuración de sus propios sentimientos, sobre la manera de expresarse de alguien más?
—Tú no harías lo mismo.
—No. —Aseguró tajantemente. —Quizá a ti sí. Eres entretenido.
Aunque para eso tendría que conocerlo... O no.
No tenía ni una mínima idea de que estaba haciendo, pero simplemente no podía retroceder.
—No preguntaré sobre como te entretienes, dejaste claro que eres un criminal y no quiero que esta charla sea sobre tus métodos de tortura favoritos.
Sólo un detalle más, sabía que quería dárselo.
—Eso me animaría, ¿no crees poder hacer el sacrificio?
—En lo absoluto. —Momento de perder un poco la cabeza y ser más directo. —Puedes hablarme de algo más que te guste, ¿el desmembramiento humano es tu única pasión?
—Me gusta tocar el violonchelo.
Perfecto.
—¿Armado con piezas humanas?
—Eres insoportable. —Escuchó la manera en que paseó el celular de un lado a otro, probablemente, por el ruido de la fricción.
—Dime más.
De nuevo una posibilidad entre miles. ¿Escuelas de música?, ¿un auditorio?, si estaba en su casa… Probablemente se tornaría en algo realmente imposible a menos que hiciera la pregunta directamente, pero eso podría provocar que sus emociones lo dominaran. Aquel debía mantenerse como él último recurso.
—Comencé a los seis. No lo dejé hasta hace unos meses.
—¿Por qué?
—Mi hermano era la única persona para quien tocaba.
Se escuchó un ruido, como si el teléfono fuera colocado sobre una superficie, probablemente él es quien ahora está en el altavoz.
Su voz ahora le llegaría más lejana, quizá ya no podría intentar descifrar lo que transmitían sus palabras. Sabía que todas aquellas confesiones no se darían en ninguna otra circunstancia. —Seguro él aún puede oírte.
—No creo.
Probablemente, él tampoco tendría otra oportunidad así.
—Yo puedo, ¿crees que podrías…? —El resto de la pregunta estaba implícito, como tantas cosas en aquella extraña conversación. Sentía como si la plática comenzará a terminarse.
—No lo cargo a todos lados. Pesa. — Algo, lo que sea. —Aunque hay uno dentro.
Era muy ambiguo el dentro. Pero a él le daba el inicio de todas las pistas que necesitaba.
—No nos cruzaremos nunca así que no podré burlarme de ti.
Cuando escuchó lo que seguramente era el aparato siendo levantado de la superficie rocosa se alivió. Escuchaba los pasos en un espacio vacío, como en la mayoría de las azoteas, percibió el ruido de una pesada puerta de metal rechinando. Escaleras de metal y el bajar de los pasos. No era fuera así que podía descartar escaleras exteriores para incendios. Luego, su caminar parecía caer sobre una superficie más suave. No había llaves, ni una tarjeta desbloqueando una entrada. Podía descartar un edificio de departamentos o al menos pasarlo a segundo plano.
Una puerta deslizándose, una primera luz encendiéndose que dio inicio a una sucesión de ruidos similares. Muchos focos, un espacio grande, no muy protegido pues se accedía solo con una puerta corrediza.
La música empezó sin ningún aviso. Lógicamente llegaba de forma vaga y con interferencia; aunque eso no le importó. Se detuvo de su impulsivo recorrido mental que consistía en rememorar cada una de las academias de música con auditorio que conocía por esa zona.
Reconoció la pieza músical y en ese preciso momento le parecía muchísimo más deprimente. Apretó los párpados, no tenía una orquesta de acompañamiento, pero no era necesario, no con la manera en que las notas parecían trazar el vuelo de un ave, con la perfecta sucesión en la que emanaban del instrumento y luego caían. Cada movimiento sobre las cuerdas transmitía el dolor que se acallaba en su interior y, por esa desnudez de los sentimientos, consiguió entender porque era una parte de sí mismo que guardaba sólo para alguien de su completa confianza.
Imaginó , el cabello rubio amarrado velozmente sobre su cabeza, con mechones que se desprendían de todos lados y sin trenzas como habitualmente… ¿Imaginó? No. Recordó.
El ritmo se intensificó y el volumen también. Reconoció el eco de un auditorio, imaginó (recordó) los dedos finos sosteniendo el arco que arremetía con brusquedad contra las gruesas cuerdas, por frustración. Ya no parecía ser de esa manera, al contrario, seguramente apenas y ejercía presión.
La canción terminó y ya sólo necesitaba confirmar algo.
—Que te quedes sin palabras es suficiente para mi. —De nuevo su voz, que ahora parecía ser estúpidamente reconocible. Se esforzó en convencerse de que era su mente que estaba asociando desesperadamente en busca de una manera de conectar todos los puntos dispersos que poseía.
—¿Sería pasarme pedir que te describas?
—Sí. —Igual inició y Nahoya comenzó a dirigir sus pasos de vuelta a aquel puente. —Soy sumamente atractivo. —Por supuesto que comenzaría de esa forma. —Seguro más alto que tú, hablas como alguien que es de baja estatura. — ¿Cómo habla alguien así? —Mis ojos son violetas, como los de mi madre. —Mierda. —Rubio, como mi padre. Mi piel es más pálida, por herencia de mis abuelos. Mi hermano tenía una tez más morena. —No le importó correr. —Mi complexión hace que parezca escuálido, pero no lo soy,mis extremidades son finas, aparentemente delicadas. Tengo un par de lunares sobre la clavícula… — Y en el cuello, justo en el punto en donde su cabello caía desprendiéndose por estar mal sujetado. —Entrar en más detalles ya me parece vergonzoso.
A lo lejos ya notaba el camino de cerezos que parecían brillar llamándolo.
—Tienes mucha autoestima.
—Eso significa que hiciste un retrato perfecto de mí.
—Sí. —Ya estaba cerca. —Realmente me gustaría verte.
—No pasará. —Escuchó de nuevo como cambiaba de lugar. Pronto pasó por las escaleras y la puerta de la azotea. —Tu turno.
Pasó de largo por entre los árboles y se adentró en la primera abertura a la derecha, la calle iba cuesta arriba, pero la escuela de música se encontraba justo en la esquina siguiente. Un edificio lo suficientemente alto como para que desde la azotea fuera posible ver como la primavera se extiende bordeando el agua.
—Mi cabello es anaranjado o rosa, no sé, un tono entre esos dos. Mis ojos son completamente rosados.
—Como las flores de cerezo.
—Sí. Mi madre solía decir eso.
—Algo lindo tienes al menos. —Tenía que saberlo ya y de ser así ya no tenía tiempo. —Puedo ver las flores justo ahora.
—Sabes que podrías vivir sin tu hermano.
La respuesta fue inmediata y realmente no esperaba otra, solo necesitaba tiempo. —No. Pasaron meses. Lo intenté.
—¿Y seguro que quieres dejar de hacerlo?
Silencio.
Forzó el candado de la entrada trasera con facilidad, supuso que tenía licencia para hacer algo así.. No podía ser otro, pero aún así existía esa incertidumbre de que no fuera el correcto, con cada paso podía sentir la desesperación que le recordaba que se acababa el tiempo.
—No sé. Pero quedarme a pensarlo es una tortura… No puedo más solo. Ni se te ocurra decir una incongruencia como que no estoy solo, Nahoya. No sabes quien soy.
—Tú tampoco sabes quien soy.
Subió las escaleras rápidamente. Mientras aprovechaba el silencio al otro lado de la línea, aunque se trataba de una cantidad considerable de pisos, la fatiga la notó hasta que se encontró frente a la puerta metálica, estaba entrecerrada así que sólo requería un empujón. En ese momento, él chico al otro lado de la línea decidió seguir hablando.
—Por supuesto que sé quién eres. —Se detuvo a punto de atravesar la puerta. —Nahoya Kawata, antiguo capitán de la cuarta división de la Tokyo Manji Gang. Créeme. —El micrófono estaba cerca de sus labios, porque su voz le llegaba mucho más clara que antes. —No te interesa salvarme.
Entonces abrió la puerta con decisión y, por supuesto, allí estaba.
Aunque ya lo sabía, quizá desde que comenzó a asociar su voz a su imagen, que ni siquiera vio suficientes veces; o probablemente, la certeza llegó cuando tocó el chelo, solo que no había manera de que el chico supiera que alguna vez lo oyó a escondidas, a penas vio su imagen desde un ángulo que sólo permitió que viera parte de su rostro, el cabello desacomodado y las marcas sobre su cuello al encontrarse de espaldas.
Sabía que él era Ran Haitani, el dueño de Roppongi, invadiendo la sala de música de Meguro y él, por algún motivo, no hizo nada al respecto la primera vez que lo encontró allí hace años, si hacía cuentas quizá tendrían alrededor de quince años. Ran no se percató de su presencia y él salió apresuradamente, como si fuera él quien irrumpiera en el espacio de alguien más.
Así eran las memorias de sus encuentros: incompletos y muy lejanos, podrían haber seguido siendo insignificantes si no hubieran hablado esa noche.
Aprovechó el breve instante de sorpresa que ganó con su aparición para correr hasta donde se encontraba y tomarlo de un brazo, con delicadeza, no quería que reaccionará por reflejo y su peso se desbalanceara.
Le sorprendió gratamente ver que ni siquiera hizo un esfuerzo por zafarse o por concluir el plan que llevaba meditando seguramente desde que inició aquella noche, o antes, desde que su hermano murió. Tenía muy poco contexto de la situación. En realidad, poseía muy poco conocimiento de quién era realmente Ran Haitani, más allá de los recuerdos sueltos que evocaba su nombre; no obstante, podía tantear con la idea que obtuvo de la persona con la que habló durante dos horas en una coincidencia muy extraña y abrumadora, así que simplemente le dijo:
—Hola, Haitani. Creo que nunca nos presentaron oficialmente.
Él, Nahoya Kawata, detective con una carrera que iba en picada y que se esforzaba a diario por auto-convencerse de que su monótona vida era algo con lo que tenía que estar feliz. Él vio llorar a Ran Haitani, un extraño al que conoció esa madrugada por accidente.
