Work Text:
Día 2:
Prompt: Perdidos en la ciudad
Narancia corría desesperado entre las calles de Nápoles. ¿Su misión? Realmente no recordaba, solo sabía que debía proteger a la persona entre sus brazos. ¿Cómo había llegado ahí? No estaba seguro, solo que tenía que escapar de ese extraño hombre de peinado gigante y sonrisa tenebrosa.
Recordar su mirada le causaba escalofríos, por lo que cuando estuvo suficientemente alejado y seguro, pudo darse el lujo de respirar por un instante tras esconderse en un callejón oscuro. Toda esa situación se le hizo más que rara, por mucho que se esforzara en intentar recordar lo que debería estar haciendo, no tenía ni idea y aunque por instantes venían a su mente las palabras “Bucciarati”, “Misión” y “Eliminar”, se sentía más que perdido.
Se observó a sí mismo y notó que por muy extraño que fuera, su ropa era demasiado grande para alguien de su tamaño. ¿En qué pensó su mamá al dejarlo salir así? Ya le preguntaría al volver a casa, tenía que ver si el niño que estaba con él necesitaba algo y a juzgar por sus quejidos quería atención.
“ ¿Te encuentras bien?” Preguntó el pelinegro mientras trataba de que su acompañante de tan solo 4 años parara de llorar, no quería atraer de nuevo la atención de ese horrible hombre que los estuvo siguiendo.
“Quiero a mi nonna… ” Gimoteó el pequeño rubio mientras restregaba uno de sus puños contra sus ojos. “Y tengo hambre.”
“Lo siento, no sé cómo encontrar a tu nonna , pero puedo buscar comida.” dijo Narancia mientras intentaba acomodarse esa larga camisa de cuero. “¿No tienes frío? Tu ropa está toda rota.”
“Quiero a mi nonna… ” Volvió a llorar el rubio. Narancia solo pudo suspirar e intentar pensar en algún plan para callarlo, al fin y al cabo, él era el mayor y por lo tanto era su responsabilidad velar por ese niño. Fue así que tras una revisión exhaustiva de la ropa que llevaban puesta ambos, Narancia logró encontrar un par de billeteras que contenían lo que a su parecer, era una fortuna.
“Ven niño, vamos a buscar a alguien que nos lleve con la policía.” Tendiendo su pequeña mano al infante de camisa agujereada, Narancia miró por ambos lados de la calle a ver si había rastros del extraño hombre y tras verificar que estaban seguros comenzaron a caminar en búsqueda de algún adulto responsable. “Por cierto, ¿cómo te llamas?”
“Pannacotta Fugo…” dijo con timidez.
“Oh, es un lindo nombre, es como el postre. Me gusta, pero no tanto como la pizza…” con una sonrisa, apretó la mano de su acompañante cuando vio que el semáforo les permitía cruzar. “Por cierto, me llamo Narancia.”
“Como las naranjas.” Al pelinegro le alegraba que por fin el más joven comenzaba a desenvolverse un poco, por lo menos había olvidado el asunto de llorar por su nonna , así que tenía que seguir manteniendo esos ánimos, hasta que pudiera ayudarlo.
Habían pasado 30 minutos desde que comenzaron su recorrido, cuando ambos niños comenzaron a cansarse, la ropa que usaban no ayudaba en nada a la facilidad del movimiento, además el sol que estaba inundando las calles ese día, era más que tortuoso al punto de agobiar al más pequeño del dúo quien ya amenazaba con retomar su llanto si no encontraban una pronta solución.
“Odio esta ropa.” Declaró Narancia mientras jalaba al otro niño a que se pusieran bajo la sombra. No podía ser que llevaban tanto rato recorriendo la ciudad y no había ni un solo policía a la vista. “Cierto, encontré esto en los bolsillos de esta ropa, no sé si nos servirá.” Abriendo una billetera, los ojos de Fugo se agrandaron al ver la gran cantidad de billetes que contenía esta.
“Podríamos conseguir algo de beber con eso.” propuso Pannacotta con cierto aire de timidez. “Y tal vez… ropa.”
“Esa es una buena idea, ¿pero crees que nos alcance?”
“Son 10 billetes de 100 dólares, así que creo que nos da 1000 en total.”
“¿Eso es mucho?”
“Sí, tengo entendido que es mucho. ¿Podemos ir por agua?”
“¡Claro, lo que quieras!” Narancia tomó la mano del otro de nuevo y lo volvió a llevar a la luz de las calles listo para seguir con su exploración de esa enorme ciudad.
Fugo pensaba que ese niño era raro, ¿qué necesidad tenía de sostenerlo todo el rato? Por lo que recordaba, sus padres siempre le habían dado demasiada independencia, a diferencia de su queridísima abuela quien al igual que este chico, no podía soltarlo. Era una sensación rara, sin embargo, se sentía extrañamente feliz.
Tras lo que fue una rápida visita a una tienda de ropa y dejar que Fugo escogiera lo que ambos podían vestir, dejaron la vieja y enorme ropa en unos tachos de basura esperando que nadie preguntara el porqué de eso.
Una vez resuelto un problema, ambos niños optaron por dirigirse a una heladería. Fue ahí que Pannacotta recordó otra de las tantas reglas que sus padres le solían imponer, nada de azúcares, que eso incitaba al mal comportamiento… y aun así, poca o nada de culpa sintió en el momento en que compartió un enorme vaso de helado con quien estaba siendo su nuevo amigo.
“¿No están muy pequeños para comprar sin sus madres?” Creyeron escuchar un par de veces de parte de señoras que pasaban cerca, Narancia solo optó por decirles viejas chismosas.
“Deberíamos ir a un parque, quiero columpiarme.”
“Mis papás dicen que esos juegos están llenos de gérmenes y son una pérdida de tiempo.” mencionó Fugo mientras acababa un enorme vaso de malteada de fresas.
“Qué aburridos. Ven vamos, te va a gustar, puedo hacer que vayas hasta lo alto del cielo, se siente como volar.” La energía que el mayor emanaba era agradable, Fugo tan solo podía asentir a cualquier propuesta que tenía, no solo porque su acompañante era muy simpático, sino porque le generaba curiosidad experimentar esas cosas que sabía bien que sus padres le prohibían.
Fue así que, tras pagar la cuenta, y volverse a agarrar de las manos, ambos niños decidieron olvidar su labor de buscar ayuda y en su lugar, tomaron la iniciativa de comenzar a jugar.
Fugo miraba el atardecer con una gran sonrisa en su rostro mientras se columpiaba y suavemente era empujado por Narancia. Aquella sensación lo hacía sentir muy feliz, no recordaba tener amigos que hicieran eso por él; además de su abuela, sus padres jamás habían jugado así con él, por lo que esta era la primera vez que podía afirmar que se sentía demasiado feliz. Deseaba mantenerse así por toda la vida, él y su nuevo mejor amigo.
Extra:
“Ya los encontré.” Se escuchó una voz a lo lejos, un hombre muy alto de cabello blanco y ropa oscura se estaba acercando al par de niños que jugaban en una de las tantas resbaladillas del parque. “A ver mocosos, ¿dónde se habían metido?”
Narancia bajó rápidamente del tobogán, para ponerse en frente de Fugo quien miraba asombrado a la persona frente suyo. “Mi mamá dice que no hable con extraños.” dijo el pelinegro intentando sonar amenazante.
“Qué demonios…” Abbacchio, miró incrédulo al niño que estaba intentando hacerle pelea, sin embargo, considerando la situación y que tendría que explicarle mucho a Bucciarati, prefirió llevar la situación en paz. “Miren yo solo vine a buscarlos. ¿Conocen a este hombre?” Agachándose a la altura de los menores, les mostró la foto de lo que Narancia podía reconocer como el tipo raro que los siguió al inicio del día.
“¿Por qué quiere saberlo? ¿Es usted un policía?” Preguntó Narancia aún con cierta desconfianza.
“Algo así.” paciencia, al fin y al cabo, por lo que tenía entendido el peliblanco, el usuario conocido como Alessi, los había regresado a sus edades infantiles y por ende, sus recuerdos, así que no hacía falta ser un experto para saber que ellos dos no lo conocían. “¿Pueden venir conmigo? “
“Mi mamá dice que no debo irme con extraños.”
“Creo que mejor llamo a Bucciarati o a Mista.” suspiró Abbacchio mientras sacaba un viejo celular.
