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Saca con brusquedad los guantes de cuero de sus manos, poco le importa el barro que salpica sobre el suelo. Nada que un breve hechizo no arregle.
La soledad de los vestidores de Gryffindor le permiten continuar quejándose sin la letanía de Takemichi sobre que: “Simplemente era un partido amistoso, que lo deje estar”, una y otra vez mientras en su interior los deseos de ahorcar, no en el contexto que imagina, a Ran Haitani incrementan.
El maldito Slytherin había hecho trampa, no podía asegurar de que forma, pero estaba completamente convencido.
No, no estaba en una irremediable etapa de negación en la que en realidad le inquietaba el contacto físico entre ellos. NO.
Podía admitir que en ocasiones ganaba de manera genuina y, aunque le molestaba, por la paz de su equipo se guardaba de la manera más sutil que podía la cantidad de insultos que quería dirigir al buscador del otro equipo. Ese día no, no con la sonrisa altiva que le dirigió una vez que terminaron sobre el césped al caer ambos de las escobas por intentar atrapar la snitch demasiado cerca del prado, el Haitani, cubriendo su cuerpo por ambos lados con sus piernas, porque hasta se atrevió a caer sobre él consiguiendo que perdiera parte de su aire, por el impacto no por su cercanía , mientras le mostraba triunfante la pequeña pelotita dorada que reposaba en su mano.
Después de recibir unas palmadas de consuelo de parte de Baji, que estaba enojado pero haciendo grandes esfuerzos por contenerse y regaños de Souya que llegó desde las gradas para insistir en que: “No podía arriesgarse así”, salió del campo para permitir que su pulso se nivelara.
Demasiadas emociones en solo unos segundos y, lo que más le irritaba, era que no terminaba de comprender a qué se debía la inquietud de su corazón dentro de su pecho y la manera en que su mente lo torturaba, rememorando la manera en que el sudor caía sobre los costados de su rostro y sus ojos púrpuras brillaban extasiados por la energía del juego, él sobre su cuerpo…
Estaba comportándose demasiado adolescente, pensó.
Así que desquitó sus emociones dando vueltas sin sentido sobre la cancha para regresar a los vestidores ya que todos habían desaparecido para la cena, bueno, casi todos.
Su primer instinto fue tomar la varita al escuchar los ruidos, le gustaba la manera en que la madera rojiza resplandecía bajo la luz amarillenta de la carpa; podría disfrutar molestando a quienquiera que sea la persona que se escabulló a los vestidores de Gryffindor porque seguramente creyó que no había nadie.
Sólo que entonces por la entrada de la carpa apareció una figura alta, que reconocía completamente, con su cabello pelinegro (recordaba que el año anterior tenía un patrón rubio) atado en una coleta alta que no se descuidaba, sólo él buscaba hechizos para hacer que siempre luciera bien. El color verde de su túnica, aun la de quidditch, fue la última señal que le confirmó de quien se trataba la interrupción.
Ran Haitani.
—Oye, Smy, necesito preguntarte algo. —Dijo mientras se sentaba en uno de los largos bancos que había en esa estancia, completamente relajado y como si se tratara de un comentario casual entre dos amigos.
—¿Qué quieres?
—No tengo pareja para el Baile de Navidad.
Ran Haitani, uno de los chicos más populares, en cada aspecto imaginable, ¿no tenía con quien ir al baile?
—¿Y?
—Ve conmigo. —Pidió.
No necesitaba ser objeto de burla de los Slytherin tan tarde. Creyó que ese tipo de riñas las habían dejado después de que pasaron a tercero y cuarto año respectivamente, y terminaron ordenando sin magia toda la biblioteca sin siquiera oportunidad de darle un vistazo a la sección prohibida, al menos no ese día.
—¿Por qué?
—Por qué tampoco tienes pareja —No necesitaba conocer de dónde obtuvo esa información, tal vez de verdad aquel arácnido inquietantemente rosado que lo acompañaba a todos lados hacía de su espía y encontraba cierto placer en torturar gente, específicamente a él.
—Puedo no ir. Pasar la noche entre un montón de gente dando vueltas por allí, realmente no me entusiasma. —Ni siquiera había pensado en asistir al baile del día siguiente hasta que él lo mencionó.
No es como que incluso fantaseaba con la posibilidad de ir con él y por ello rechazó cada una de las insinuaciones de ir con alguien más. Para nada, porque ellos se odiaban, más o menos.
—Pero irías conmigo. —Hizo un especial énfasis, mientras se acercaba a él. Antes de permitir que le contestara, colocó sus brazos alrededor de su cuerpo, consiguiendo que su cuerpo chocara contra el guardarropa. En esa posición la diferencia de alturas se notaba mucho más. No entendía que esperaba para apartarlo de un rodillazo en la entrepierna. De hecho,debería…
Cómo si leyera sus pensamientos, cosa que probablemente era posible si prestaba especial atención a sus gestos, el más alto se separó de él. Consiguió recuperar la sensación de su espacio personal.
—Sigo sin ver ninguna ventaja. —Aseguró.
—No planeo insistir, Nahoya. Sólo creo que sería divertido. — El chico tomó sus cosas en una clara señal de que abandonaría el lugar y daría aquel tema por muerto.
No, no será tan débil como para caer en la red de manipulación de aquel Slytherin. Eso pensó, pero al parecer de verdad su boca era más rápida que su cerebro.
—De acuerdo, no veo por qué no.
Así que allí estaba, evadiendo las preguntas de Kazutora y Yuzuha que parecían prestarle especial atención ese día. Afortunadamente se libró de ellos en cuanto Mikey apareció con el uniforme escolar, con la clara intención de aparecer así al baile, aún cuando él era el campeón de Hogwarts.
Aprovechó la distracción para salir de su sala común y condujo sus pasos hasta las cocinas, para su increíble fortuna, encontró a Souya, en un momento perfecto en el que podría preguntarle si estaba cometiendo algún error.
Él nació con la parte de sus neuronas compartidas en donde dominaba la decencia, así que tomaba en serio sus consejos.
Souya acomodó el cuello de la camisa y la colocó hasta el cuello muy a regañadientes. Su ropa iba a juego con la de su gemelo, idea de su madre a la que no se pudieron negar por el entusiasmo que parecía causarle, sólo que su túnica de gala tenía una tonalidad guinda y la de su gemelo azul noche.
—¿Qué tan mala idea crees que es? —Cuestionó tras contarle que de alguna manera terminó con planes de ir al baile, incluso con pareja.
—No creo que sea mala idea. Rin dice que le agradas.
¿Rin?
—No sé si el juicio de Rindou Haitani sea el más objetivo, es su hermano.
—Mi juicio sobre ti es objetivo. —Souya era tan lindo, de verdad parecía creerlo. —Además, ¿no llevas enamorado de él desde que evitó que aquella bandada de billywigs te picaran?
—Eso pasó en el primer año y no es por eso. —Se apresuró a señalar.
—¿Lo admites? —No entendía de donde adquirió esa capacidad de ser tan inquisitivo, quizá se juntaba demasiado con los Haitani.
—Sou, sabes debo irme, ¿quedé de verlo hace quizá unos diez minutos?
—Eres un hijo de puta, con el perdón de nuestra madre.
En realidad no iba tarde, de hecho quería llegar puntual y huir antes de que su hermano menor consiguiera hacer que dijera algo vergonzoso.
Después de eso, investigaría como realizarse un cruciatus a sí mismo, lo merecía.
Por algún motivo quedaron de verse en la torre de astronomía. Ran mencionó algo de entrar triunfantemente y llamar la atención al ser, a ojos de la mayoría, declarados rivales.
Existía tal aseveración sobre su relación por qué discutían muchas veces antes y después de cada partido de quidditch, se lanzaban encantamientos cuando se cruzaban en los pasillos, quizá los de Ran eran mucho más sutiles, y estaba seguro de que el Haitani era quien había metido un boggart a la sala común de Gryffindor, en venganza por el leve hechizo que le hizo a su cabello. No obstante, igual ellos dos pasaron juntos una infinidad de castigos durante sus primeros años, llegaron a compartir clase en cuarto cuando Ran se apañó a repetir esos cursos porque quería reforzar; además, de todas las veces que se cruzaron durante la noche, aún sino se hablaban y sólo distinguían sus figuras y los colores de los uniformes a lo lejos, conscientes de la manera en que ambos estaban rompiendo las reglas, pero sin delatarse jamás.
No podía asegurar que no se preguntó bastantes veces que es lo que hacía cuando se escapaba en la madrugada, conociéndolo probablemente practicaba todo tipo de hechizos, legales e ilegales, en los baños del último piso o algo así…
Aunque, él en realidad no lo conocía.
De hecho, creía que Ran consideraba su existencia una más entre toda la gente que lo rodeaba. Normalmente saltaba ante las situaciones que le aquejan sin pararse a pensar si había un motivo lógico para actuar, normalmente, con Ran no podía porque su ligereza y carácter indescifrable lo obligaban a frenar.
—¡Smiley! — Ran sonrió a su dirección, no de la manera altanera con que lo hacía después de que lo vencía al jugar o la sarcástica cuando cruzaban miradas por los pasillos, esta vez lucía entusiasmado.
Ese dato lo emocionaba y se reprochó al instante.
La túnica blanca lo cubría hasta los tobillos y la llevaba sobrepuesta en los hombros, de manera que la camisa traslucida que le cubría hasta el cuello, era completamente visible. Su piel pálida parecía resplandecer entre tanto blanco, junto con su cabello oscuro que coronaba con armonía en un moño que lucía con un par de mechones sueltos a propósito.
Tenía que decir algo, seguramente, pero sus ideas no alcanzaban a conectar y se sentía tan estúpido por eso. Para su suerte, lo salvó de aquel aprieto, el mismo que lo había envuelto en aquel problema, al tomar su mano y dirigirlos rápidamente al gran comedor.
Entre la expectación de la gente que aguardaba el ingreso de los campeones del torneo y el habitual revuelo de cualquier evento, consiguieron un lugar entre las mesas más cercanas a la pista, en donde los aguardaban sus amigos.
Haruchiyo Akashi colocaba, asquerosamente en su opinión, caramelos de miel que desprendían destellos entre los labios de Takemichi, que le pedía que parara porque se empalagaría pronto. Eso hacían ellos, empalagar . Su gesto de fastidio lo compartía con Kazutora que planeaba jugarle alguna broma a su capitán en conjunto con Baji que seguramente terminaría causando un incendio; a su lado, su hermano veía una especie de encantamiento que el Haitani menor había realizado sobre una servilleta e intentaba copiarlo.
—Así que al final te atreviste a… —Lo que fuera que Rindou iba a pronunciar como bienvenida murió en sus labios por el encantamiento silenciador, sólo que no vio la varita de nadie cerca.
—Hola, Rin. —Saludó, su hermano mayor.
—Hechizos no verbales. —Señaló Nahoya al reconocer una de las clases que más ansiaba tomar cuando llegara a sexto año, claramente lo intentó veces anteriores, pero sin demasiado éxito.
—¿Quién crees que es el mejor en la clase?— Lo golpeó con su hombro ¿amistosamente?
—Necesitaría comprobarlo.
—Sí, Nahoya, puedo tratar de enseñarte. —¿De verdad era tan obvio con sus palabras? El más alto tomó su silencio como una afirmación. —Tengo libre el resto de las vacaciones.
¿Pasó de no tener ningún tipo de intercambio formal con él a concretar una reunión que los hacía ver como amigos?
Asintió entusiasmado, por las clases, y, antes de poder caer en cuenta de su actitud, la sala se quedó en silencio para recibir a los campeones de ese año. Vio como la marcha la abría la campeona de Beauxbatons Hinata Tachibana a quien acompañaba la bateadora de Slytherin, Senju Akashi, el hermano de la albina vitoreó más que nadie cuando la vio entrar, probablemente esos dulces tenían algo más que miel…; detrás de ellas, Kanji Mochizuki de Durmstrang iba con Chifuyu Matsuno, lo reconocía porque normalmente Souya estaba acompañado de él cuando se colaba en la sala de Hufflepuff; finalmente, Manjiro Sano de su propia casa iba prácticamente arrastrándose del brazo de Draken, que miraba a Mikey como si no fuera un pequeño monstruo difícil de contener.
El vals que daba inicio a la velada comenzó y la música inundó todo el gran salón, que a diferencia de como lucía normalmente estaba decorado de tal forma que parecía el exterior helado y brillante por el hielo y la nieve; aunque sin el abrasador frío.
Los campeones y sus acompañantes dieron los movimientos iniciales, antes de que el resto de parejas se unieran, él disfrutaba ver sufrir a Mikey que, como él, tenía dos pies izquierdos con los que Draken lidiaba de la mejor manera que podía.
—Bueno, también quiero ser el centro de atención un rato. —Aseguró su propia pareja. Los segundos valiosos que tardó en comprender a qué se refería le costaron ser arrastrado por el par de manos enguantadas de blanco hasta la pista.
—No, no, no… Mierda. —Se estaba burlando de él, mientras acercaba sus cuerpos y colocaba sus manos de manera que le dejó claro que él guiaría el baile, eso no lo dejaba más tranquilo. —No sé bailar, Haitani.
—Sólo sígueme.
Da un par de pasos enfrente, lo que provoca que el se mueva hacía atrás, siguen con esa simple sucesión un par de momentos más mientras avanza la canción en la que predomina una melodía de piano calmada. En cuanto adquiere mayor confianza con ese movimiento, el más alto comienza a extenderse por la pista, aún mantiene una de sus manos sobre su cintura y con la otra, que sostiene su palma, marca la dirección del baile. Al igual que las demás parejas, sus cuerpos permanecen muy pegados y descubre que no le molesta, al igual que en el campo de quidditch. Lo que realmente le inquieta es la manera en la que parece escuchar más su corazón que las notas a su alrededor.
No le deja mucho tiempo para concentrarse en eso, pues Ran decide que ya se habituó lo suficiente como para comenzar a experimentar más con sus recién adquiridas (o descubiertas) habilidades de baile; por lo que hace que den un par de vueltas y luego lo hace solo con su cuerpo y le anima a seguirle el juego para que lo haga también. La música no cambia realmente su tono, calmado, pero ellos de un momento a otro se encuentran en una sincronía que hacía parecer que sus pasos se complementaban perfectamente.
Le gustaba el sonido de la risa de Ran. Le gustaba tanto como la manera en que agitaba su cabello después de un partido y le decía: ¿cómo se siente perder, Kawata?, o como las veces en que durante el desayuno se sentaba a su lado en una mesa que no era la de las serpientes y le rodeaba los hombros, como si se conocieran, como si fueran amigos, como si él estuviera intentando, durante tanto tiempo, acercarse a él…
—Te odio. —Aseguró mientras se sentaban de nuevo con un par de bebidas, de las que no quiso hacer demasiadas preguntas al ver como el nuevo del equipo de Slytherin, Ryusei, vaciaba una sospechosa poción mientras Yuzuha y Pah distraían a los profesores que se encontraban cerca. Esa noche todos parecían llevarse particularmente bien.
—¿Por enseñarte a bailar?
—Por tus cambios de actitud.
Más bien, por la manera en que él quizá comenzó a notar cierto comportamiento; sólo que no podía darlo por seguro, si se equivocaba quedaría coronado como el idiota esa noche y no estaba seguro de querer ser así, ¿su gryffindor interior?, estaba bien enterrado junto con su dignidad, de momento.
—No creo que tengas derecho a hablar sobre eso. —Replicó. Habían seguido bailando la música más animada que siguió durante la noche y aún así su cabello seguía perfectamente acomodado en su lugar, lo cual no le daba una excusa para tocar los mechones azabache que seguramente eran suaves y olían dulce, lo cual era una lástima.
—Yo siempre he sido igual contigo. —Le aseguró con completa confianza de que era verdad.
—¿Detestable?
Quería decir que sí, pero no creía que tuviera mucho sentido por el simple hecho de que se encontraba allí, como su pareja, para uno de los momentos más cursis de toda su época escolar.
—¿Por qué me pediste que viniera contigo?
—Quizá te lo diga más tarde.
Ambos engulleron la bebida púrpura de un trago, probablemente tendrían necesidad de lo que fuera que tenía revuelto para llegar a “más tarde”
Apachurró sus cachetes con una mano y él se apresuró a mover el rostro para que dejara de tocarlo. Los dos se reían como si sus intercambios no fueran torpes sino lo más gracioso del mundo.
—¿Ya estás menos estresado?— Ran hacía eso, de tocar su cabello y aplastarlo, de nuevo.
—¿De verdad lo parezco? —Por su parte, le quitaba los guantes que llevaba y los colocaba sobre sus manos, mientras se reía por la diferencia de tamaño de sus manos.
—Eres un gryffindor: un libro abierto, sobre todo cuando estás enojado.
—Quizá solamente es que tú me observas demasiado. —Dijo sin querer.
Ahora parecía que comenzaba a arriesgarse, tanteando en esa cuerda floja de la que podría caer en cualquier momento y estamparse contra la realidad, aquella en donde se estaba generando ilusiones a partir de lo que él consideraba puras suposiciones erradas.
Aún había una parte de él que prefería creer que Ran nunca lo había visto realmente, quizá simplemente le parecía entretenido, pero aquello no era un consuelo en lo absoluto reconfortante.
—Seguramente lo hago.
Abandonó los guantes en la mesa y pasó a tomar sus dedos entre sus manos, uno por uno, como si estuviera asegurándose de que era real. No entendió a qué se debía, pero dejó que sus manos se juntaran poco a poco, al no recibir ningún tipo de arrebató de parte del mayor, siguió hasta que se entrelazaron.
Cuando llegó de nuevo a su cuarto el agotamiento se apoderó de él, pero sólo lo suficiente como para que aventara el cuerpo de Kazutora a su cama y con un hechizo rápido bajara todas las cortinas que colgaban del dosel. Sin embargo, sus pensamientos no tenían la intención de que el cansancio lo dejara dormir.
Al cerrar sus ojos, y ya sin sentir la pesadez de la poción sobre su cuerpo, podía ver entre sus pensamientos sus dos trenzas cayendo sobre la túnica de bordes verduzcos. Le llegaron a la mente dierentes flashazos de todas las veces que dirigía su mirada a donde sabía que se encontraba, la manera en que su mano era cálida junto a la suya, como sonreía y jugaba cuando bailaba, la manera elegante que tenía de decir cualquier cosa, sobre todo los insultos.
Cuando pasó un rato en el que seguía sin conciliar el sueño decidió hacer lo mismo que las demás noches de insomnio: salir a hurtadillas. Le resultaba especial la manera en que los pasillos y escaleras vacías del castillo conseguían relajar su habitual inquieto espíritu.
Además albergaba una pequeña esperanza de poder encontrarlo.
La fiesta terminó con ambos abochornados y sin decir gran cosa, aun cuando las palabras parecían aguardar por ambos. Incluso podrían insultarse, lo que fuera, pero decidieron no hacerlo y volver cada quien a su sala común. Supuso que era un mutuo acuerdo en donde el asunto sucedió, pero no hablarían nunca de ello.
Entretenido, tanto como usar aguamenti para provocar que alguien se resbalara en el gran comedor. Divertido, una vez; un recuerdo, de una vez.
Suspiró porqué seguía esa espinita que le decía que por favor dejara de ser tan imbécil, casi sentía como esa voz le ordenaba que corriera a la sala de Slytherin a hacer algo , lo que fuera.
Inconscientemente, sus pasos lo condujeron justo allí. Aunque igual no tenía manera de entrar; aunque, si volvía a su cuarto al día siguiente estaría arrepentido y no intentaría nada más, así que lo más lógico era que se sentara en el suelo frío de las mazmorras a esperar una señal.
Quizá alguno de los fantasmas pasará justo en ese momento para enseñarle a entrar.
Vio una silueta, envuelto en una túnica blanca que reconoció. Ran estaba recargado sobre una de las paredes completamente dormido.
Bien, era su señal, mucho más directa de lo que imaginó.
Se acercó y percibió como a su alrededor había un hechizo que mantenía el ambiente caliente.
—Entonces, esto es lo que haces cuando desapareces—aseguró, sin intención de despertarlo, solo para mencionarlo al aire.
—Cuando hay mucho ruido en la sala común, sí. —Ran abrió los ojos con algo de disgusto.
Nahoya se sentó a su lado, sin mirarlo.
—¿No amanecerás con un terrible dolor en tu espalda?
—Aprendí varios hechizos que ayudarán con eso, hay pociones también. —Mantenía los ojos cerrados, como con intención de volverse a dormir en cualquier momento.
—Eres un alardeador.
—Te gusta que sea un alardeador. —Soltó con una sonrisa caprichosa y sin notar del todo lo que estaba diciendo.
Nahoya jugó con los bordes de su capa unos momentos. Eso de comprender y enfrentar sus propios sentimientos no era su fuerte, prefería confrontar otras cosas, incluso los T.I.M.O.S. para las que debería estar estudiando, le resultaban más llamativos en ese momento.
—Sí, Ran, me gusta eso de ti… —Admitió. Bueno si se concentraba en lo positivo, le ganaría en confesarse. —Y no es todo lo que me gusta de ti.
Me gusta jugar contigo. Que revuelvas mi cabello y discutas.
Me gusta tu gesto concentrado cuando estás tomando notas por un lado y dejando que una vuelapluma lo haga por el otro.
Me gusta tu interés en las criaturas mágicas y como esa horrible acromántula me persigue por sugerencia tuya.
Me gusta como te queda el verde y que eso nos de una excusa para molestarnos básicamente desde que nos conocemos.
Me gusta que te considero tan increíble, que no me puedo terminar de imaginar que tu sientas algún interés por mi.
—Me gustas, Haitani. —Ahora sí lo miró. —Muy a mi pesar.
Y probablemente eso era lo que buscaba desde el principio, la confesión de sus sentimientos sin duda ayudarían a su ego a incrementarse, quizá un poco más que si fuera cualquier otra persona porque se jactaba constantemente de lo detestable que era y ahora acababa de confesarle que en realidad estaba enrabiado consigo mismo por lo atractivo que le pareció desde siempre.
—Nahoya, eres tan tonto.
Por su lado, Ran no iba a dejar que le ganara. Si el menor se confesó primero, entonces él tendría que darle el primer beso, así que eso hizo, sobre su nariz; luego, el segundo, en sus cachetes; el tercero, en su frente, y una sucesión más de pequeños y fugaces besos que cubrieron todo su rostro, menos sus labios.
Se levantaron y comenzaron a caminar por toda la escuela, sin prestar realmente atención al camino, las escaleras se movían y ellos seguían las direcciones que les marcaban.
—Entonces, ¿admites que no hice trampa?
Sus voces se perdían entre la inmensidad del castillo.
—Por supuesto que hiciste trampa.
—Que terco.
Su conversación demostraba lo mucho que habían puesto atención en el otro.
—¿Si vas a enseñarme a hacer hechizos no verbales?
—¿Por eso me dijiste que te gustaba? ¿Para tener un tutor de sexto año?
—Sí. —Un golpe, al parecer Nahoya podría ser su nuevo objeto de práctica. —No, no, mentira.
Se sentía como un inicio.
— ¿Quieres desayunar en la mesa de Gryffindor mañana?
—Sólo porque Yuzuha me cae bien.
FIN.
