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La batalla de las cenizas de Roppongi.
2000
Un golpe, le genera cierto éxtasis el notar como la sangre brota de la nariz de su contrincante, debido a la fuerza de sus patadas. Dos golpes, el vice capitán de Roppongi Kyougoku hace un amago de levantarse, es imposible, cualquier movimiento que genera le provoca un indescriptible dolor por la llave que le realiza su hermano. Tres golpes, no puede detenerse aún cuando parece que el sujeto se ha rendido, más bien, no tiene otra opción pues flaquea en la inconsciencia.
Vértigo.
Sigue la sucesión de golpes hasta que el rostro de su oponente queda irreconocible, aunque probablemente es sólo por la cantidad del líquido vital sobre su cara. Finalmente para y ve que el cuerpo sobre el suelo dejó de temblar, más bien, de realizar cualquier tipo de amago por liberarse. Es allí en donde la rapidez con la que había estado luchando parece golpearlo en el estómago repentinamente.
El cuerpo de su contrincante da un espasmo y por la cercanía nota lo errático de la respiración. Lo sabe: Va a morir, por su culpa.
No siente remordimiento por su posible (seguro) primer asesinato, lo primero que piensa es que tiene que sacar a Rindou de allí, pero sabe que no pueden simplemente huir y dejar lo que han hecho sin más. En el mundo de las pandillas existen ciertos códigos y en ese momento, tras derrotar a los líderes, tienen que reclamar su victoria.
El resto de los miembros de Kyougoku los rodean, nota el miedo en sus miradas y aquella muestra de debilidad humana le da los ánimos que requiere para plantarse frente a ellos, ocupando así el lugar que ahora les correspondía.
Ganaron.
Notó como Rindou acomodaba sus gafas y sacudía los restos de sangre de su sudadera, como si pudiera desprender las manchas con aquel simple movimiento. Miró sus propias prendas, el blanco estaba totalmente arruinado por el rojizo distribuido por todos lados. Necesitaba cambiarse, antes de comenzar a tener arcadas.
Observó como sus manos iban igual de manchadas, sus palmas, que apenas tenían algún raspón o magulladura como las de cualquier infante que ha recibido demasiado de la vida como para siquiera preocuparse por desgastarlas. Lo tortura, sólo por unos instantes, la manera en que la sangre se desliza entre sus dedos. Talla sus manos y no desaparece, lo intenta de nuevo y sigue igual, incluso peor porque se esparce sobre su piel y entonces imagina que se hunde entre su dermis y se cuela dentro de su sistema.
Ahora fluirá dentro de él por siempre, como un castigo…
—Ran. —Lo llama su hermano menor, percibe el fastidio en su voz, aunque decide pasarlo por alto, podría lidiar con el berrinche de Rindou cuando no estuvieran en una cuerda floja. El resto de combatientes espera una respuesta.
En su interior siente como el bombeó de su sangre estalla contra sus oídos; sin embargo, sabe que consigue mantener su semblante con la expresión que quiere, levemente entusiasmado por la victoria, solo que sin exagerar, para que la gente allí reunida entienda que para ellos ganar es habitual.
—Nosotros no necesitamos una pandilla. —Afirmó. —Los hermanos Haitani ahora se encargaran de Roppongi.
El plan era simple, ellos llevarían el mando, el resto solamente funcionaría como sus nuevas piezas para jugar en aquel patio de diversión que poco a poco se iría fortaleciendo.
Su objetivo inicial retorna a sus pensamientos repentinamente. Saca a Rindou de aquí.
No necesita hacer mucho más que dirigirse a la esquina de la avenida, los edificios se mantienen con bastante vida y los carros recorren con velocidad la avenida que rodea aquel centro comercial tan afamado de Roppongi, gira cuando casi llegan al borde y nota sobre su hombro la inmensa escultura de la araña que se pierde entre las sombras, pero se levanta tras aquella batalla de ceniza.
Son cerca de las tres de la mañana así que sólo encuentran un par de policías que estaban de parte de los antiguos líderes que yacían derrotados en el suelo entre sus antiguos subordinados. Si notan sus heridas no hacen amago de intervenir de alguna manera, así que simplemente continúan caminando.
—No tenías que interferir. —Mencionó Rindou. Aparentemente no podía soportar más aquella ira que desprendía de su inmadurez.
—¿No se supone que así peleamos?
—Tú derrotaste al capitán solo.
Aquel punto era cierto, así que no agregó nada más.
No entendía que esperaba que le dijera en ese momento, ¿debía disculparse por terminar más rápido una pelea?, ni siquiera lo meditó antes de intervenir; además de que no planeaba regocijarse con ello en ningún punto. Creyó que Rindou lo entendía, lo dijo, los hermanos Haitani.
—Ve a la casa de Sakurazaka. —No era una pregunta. Igual Rindou no cuestionaba lo que le pedía, porque siempre era para mantenerlo a salvo, pero al parecer ese día estaba particularmente quisquilloso.
—¿Por qué?
—Por qué es la más cercana. —Simple, claro y obvio. ¿Por qué seguía cuestionando?
Escuchó el sonido de las sirenas, estaban demasiado cerca del márgen de búsqueda, probablemente rodearon la zona; al final, independientemente de si sobornaron a un par de oficiales, seguían estando en uno de los sitios más protegidos de Tokio, no dejarían el incidente de esa noche pasar desapercibido. Probablemente la policía montaría un gran número simulando que realizaban un operativo en torno a descubrir la verdad detrás del crimen.
No podía arriesgarse a que los atraparan en medio de su espectáculo. No necesitaba sumar aquello a la lista de favores que tenía que saldar con su padre.
El semblante de su hermano seguía sin lucir convencido.
—Yo distraigo a las patrullas. —Explicó, con la esperanza de que comprendiera de una vez por todas su plan.
—¿Por qué tú solo? —Sentiría un ligero gesto de ternura por la voluntad de su hermanito por no dejarlo solo, sino viera con facilidad entre sus palabras la manera en que lo que le inquietaba realmente era ser dejado de lado en el juego. Rindou comenzaba a desear casi desesperadamente una oportunidad para brillar por sí solo. Aquello le daba un poco de miedo, porque siempre habían sido ellos dos y él, sinceramente, se encontraba más que cómodo de esa forma.
Supuso que sus egos funcionaban de manera diferente. Aún era pequeño, mejoraría con la edad. No es como que él fuera tan solo un año mayor de todos modos.
Revolvió su cabello para dar por cerrado el tema y fingió que no le dolía la manera en que apartó su brazo bruscamente y se dirigió a la dirección que le había indicado.
Tendría que retrasar esa discusión con su hermano. El sonido de las alarmas de la policía se escuchaba mucho más cerca. Seguramente se encontraban ya frente al espectáculo sangriento que dejaron atrás.
Miró de nuevo sus manos, talló inútilmente contra su ropa. La manera en que se había secado provocó que sintiera la piel tensa y sucia. De nuevo, lo abrumó la sensación de explosión desde sus tímpanos, el choque parecía llegar hasta su cabeza y comenzaba a abrumarse.
Dio un último vistazo a la dirección entre la que se perdió la silueta de su hermano menor y se condujo hacía su propio trayecto: la galería de arte de su familia.
La luz púrpura mezclada con las diferentes tonalidades de rosa y azul lo habían mareado lo suficiente. Cruzó, mezclándose, entre la multitud de cuerpos que se movían con demasiada rapidez y en un orden inentendible para el pequeño que solamente quería volver a respirar algo de aire fresco. Pasó al lado de una mujer de vestido rojo, iba pegado completamente a su cuerpo y era tan alta que sus caderas golpeaban su cabeza mientras bailaba; al notarlo dirigió una mirada rápida a él y le preguntó: “¿Estás perdido, pequeño?”.
Sintió un enorme alivio al encontrar un adulto que podría mejorar su situación de extravío; sin embargo, en cuanto rodeó su muñeca con gran aprensión entendió que muy probablemente no lo ayudaría a encontrar de nuevo a su padre.
“¿Quieres ir al trabajo de papá?, verás lo que es divertirse como un hombre de verdad.” Puras mentiras, no encontraba lo divertido en nada de eso, solo mucha gente que sudaba y se reía histéricamente, la música tronaba en sus oídos y ya había recibido un par de caricias que lo hacían sentir incómodo tras perder a su progenitor entre ese mar de gente.
Seguro él estaría preocupado buscándolo.
La mujer lo llevó hasta un pequeño cuarto, las paredes parecían de terciopelo rojo, pero cuando pasó una de sus manos por la superficie notó que era demasiado duro. Le sorprendió cuando la desconocida apretó una superficie que sobresalía al final de uno de los sillones y el muro que estaba justamente frente a él reveló una nueva puerta. Al otro lado se escuchaban unas risas suaves y distinguió el humo que le molestaba. Su mamá también lo provocaba de vez en cuando, no le gustaba porque hacía que Sou tociera demasiado, pero entendía que su mamá tenía esa cara angustiada cuando tomaba una cajita de debajo de su cama y extendía todas las ventanas.
De nuevo el tirón sobre su brazo. Se adentraron a la habitación y la mujer seguía ofreciéndole esas sonrisas que quizá pretendían calmarlo, aunque terminaba inquietándolo aún más. Dentro vio a unos señores trajeados que le recordaron esas películas en donde predominaban los conflictos entre mafias, esas que se supone no debía ver, pero no era como que alguien pusiera mucho control sobre lo que él o su gemelo hacían.
—Hanako, ¿quién es?
Uno de los más viejos lo señaló, le extendió una de sus manos como si esperara que la tomara.
Quería salir de allí.
—Está perdido. —La voz de la mujer era dulce, no entendía porque sentía que en realidad no quería ayudarlo. Empezó a retroceder, pero ella colocó una mano sobre su espalda y luego le dio un ligero empujón para que se acercara hasta el hombre. Él era ahora quien agarraba su mano y mantenía la mirada completamente sobre él, como si lo analizara. —Es joven, llamativo y bonito. —No le gustó para nada la manera en que pronunció lo último, intentó zafarse, pero estaba realizando más presión sobre su brazo de la que creía.
—Suélteme. —Ordenó. No iba a dejar que aquel viejo lo intimidara tan fácil. Recordó las clases de judo que tomó en la escuela e ingenuamente creyó que le servirían de algo.
—¿Eres rudo, niño? —Seguía con esa manera rara de hablarle. No le gustaba tampoco la manera en que mantenía la vista sobre él. Quería que dejara de verlo, de tocarlo y que lo dejaran salir de allí.
Comenzó a forcejear.
La expresión del adulto cambió y le recordó fugazmente a la manera en que su padre lo miraba antes de reprenderlo por ser demasiado inquieto: “Si te mantuvieras quieto, no tendría que hacer esto, Nahoya.”
Así que inevitablemente tuvo miedo, toda su temeridad se bloqueó y apretó los párpados en espera del golpe.
—Hanako, ¿qué haces?
Hasta ese momento notó otra pequeña puerta al fondo de la estancia, parecía más una entrada trasera u oculta por la manera en que la madera se camuflaba perfectamente con la pared y por lo descuidada que lucía.
—Señor. —La chica de vestido rojo, Hanako, cambió totalmente su expresión. Ya no había una fingida gentileza, sino un ligero pánico. — Ya conoce los negocios de su padre.
—Dijo que ya no lo hacía.
Se acercó hasta la luz la figura de un chico, probablemente de su edad, pero mucho más alto. Llevaba encima una sudadera blanca que iba a juego con sus pantalones, sólo que estaba cubierto de… ¿sangre? Incluso parecía haber manchas en la punta de las trenzas rubias que tenía.
Los detalles eran atroces; no obstante, por algún motivo le pareció como la vista de un ángel, con su piel pálida matizada de rojo y sus ojos deslumbrantes de amatista. Lo estaba viendo a él directamente y aunque lucía cansado, en sus ojos brillaba la seguridad.
Le dijo algo en voz baja al sujeto que mantenía apresada su muñeca, sin dejar de dirigirle su mirada. Inmediatamente sintió como el agarre desaparecía, aunque pronto fue suplantado por el del recién llegado, aunque él no estaba apretando su piel, simplemente lo tomó para, por fin, sacarlo de allí.
—Y no me digas señor, no soy mi viejo aún . —Dijo a la mujer antes de que ambos salieran por la puerta escondida detrás del falso terciopelo rojo.
Lo condujo por la discoteca anexa y subterránea de la galería de arte. Todas los cabecillas de Roppongi, y bueno de Tokio en general, sabían de la clara fachada que era la exhibición artística de sus padres. Aún si su madre comenzó con aquella empresa de manera fidedigna, no necesitó de demasiada manipulación de su padre para ceder ante la idea de ocupar aquel sitio para hacer otro tipo de negocios.
Él entendía a la perfección a que se referían. Intentó ignorarlo y crecer fuera de aquel mundo, sólo que pronto se percató de que entre menos sabían él y Rindou de todo aquello, más podrían aprovecharse de los dos. A pesar de ello, albergaba la esperanza de poder hacer algo por su propia cuenta, como esa noche, incluso creía que acabar con el imperio de sus progenitores le daría una especial satisfacción.
El niño de cabellos salmón lo seguía sin rechistar. No era muy listo, supuso, eso o acostumbra seguir a extraños, ya que sabía que Hanako nunca llevaría a la fuerza a algún infante ante la evaluación de aquellos traficantes. De cualquier forma estaba más que involucrada en aquellos asquerosos planes, pero era su manera de autoconsolarse.
Sus padres de verdad merecían un alto, quizá por eso dejó que las patrullas lo siguieran hasta unas cuadras cercanas a ese lugar. Sabía que probablemente abandonarían la idea de avanzar justamente por el territorio, pero le entretenía estar probando, desde las sombras, que tanto temor causaba a las autoridades pisar aquel lugar clandestino.
—¿A dónde vamos?
Ah, entonces sí hablaba.
—¿Me preguntas eso hasta el momento en el que ya te encuentras en un callejón sin salida?
El más bajo miró a su alrededor, por supuesto que se desorientó entre la cantidad de pasillos que se mezclaban en aquel lugar. La discoteca tenía anexos diversas habitaciones subterráneas. En la parte superior, lo que era visible a la calle, se distinguía la galería, un par de tiendas e incluso una librería; en la parte de abajo existía todo un mundo oculto que te consumía entre mayor conocimiento tenías de él.
—¿Puedes llevarme con mi padre?— Interrogó mientras seguía sus pasos.
—¿Quién es?
—Hayate Kawata.
No reconocía el nombre, aquello significaba que probablemente fuera de los nuevos reclutas de su padre. No era una buena señal en lo absoluto si se ponía a pensar en el índice de subordinados muertos que tenía últimamente, demasiados encargos estúpidos a cambio de grandes sumas de dinero y ratos de entretenimiento en sitios como ese.
¿Qué tipo de enfermo lleva a su hijo a ese lugar de mierda?
—Seguro ya se fue a casa. — O está en una de las habitaciones de arriba. Su, no sabía que existía, sentido de la empatía le hizo tragarse las últimas palabras e intentar ayudar al pequeño que lucía desorientado. —¿Sabes volver a tu casa?
—Sí.
—Bien, salgamos de acá.
Una vez que tomaron otra de las puertas ocultas, su trayecto siguió por la avenida principal. Los adultos que pasaban cerca los ignoraban; agradece que el ambiente nocturno cubría, al menos a los vistazos de pasada, la sangre que aún manchaba su ropa.
Llevaba todo su recorrido en silencio, aunque de cuando en cuando Ran notaba como le dirigía una mirada, en cada una de las veces que lo miró pudo notar la manera en que frotaba inconscientemente sus manos contra su sudadera, como si quisiera desaparecer una sensación de entre sus palmas.
—¿Tienes nombre? —Preguntó para alejar el silencio. Estaban entrando a esa zona de Roppongi que parecía contrastar con los lujos de la zona. Todo condominio de ricos, tiene escondidas calles así.
—Nahoya Kawata. —Respondió sin meditar mucho.
El mayor giró a confrontarlo, ¿por qué era tan inocente?
—No des tu nombre con tanta facilidad. —Regañó mientras le daba una de las miradas más severas que podía ofrecer a esa edad, después de matar a alguien…
El peli-naranja lucía confundido, probablemente por la manera en que le pidió algo para sermonear por ello inmediatamente después. Refunfuñó en respuesta y no preguntó por el suyo, igual no planeaba decírselo.
Seguían avanzando y notó que Nahoya, comenzaba a alentar su andar. No tenía manera de saber que se debía a las heridas en su cuerpo, que le estaban provocando un verdadero dolor en los tobillos, de un momento a otro no pudo evitar caer. Los reflejos del rubio fueron bastante certeros, pues alcanzó a tomarlo por los codos antes de que se rindiera totalmente ante el suelo. Lo sentó a un costado del camino y sin pedir permiso subió la tela de sus piernas. Allí estaban, las largas marcas en la parte trasera de las piernas, aún tenían incluso rastros de sangre y la piel al rojo vivo por la fricción con la tela.
—¿Los hombres de mi padre te hicieron esto?
Pensó que había llegado en el momento justo antes de que esos enfermos le hicieran algo.
—No.
—¿Quién te hizo esto? —Insistió, sin mostrar la desesperación que sí sentía. —No te preocupes, puedo ordenar que los castiguen, diré que eres un amigo mío. Así que dime.
La ferocidad desapareció de su semblante y vio como con sus manos se cubría los brazos, como si tuviera un repentino frío que no existía en aquel lugar pues apenas y soplaba el viento. Así que supuso se trataba de esos escalofríos que despertaba el miedo.
—Mi padre. —Murmuró bajo pero conciso. Se detuvo unos instantes, dudando, antes de hacer la pregunta: — ¿Puedes hacer que castiguen a mi padre?
Eso no se lo esperaba. No por la insistencia que tenía en hallarlo antes.
—¿Por qué quieres encontrarlo? Déjalo que se pudra en este lugar.
Vio la manera en que sus labios se abrieron para hablar, probablemente dar una explicación más extensa del porqué quería deshacerse de su progenitor. Que lo entendía igual, él no requería de una lista muy grande para desear lo mismo.
Al final simplemente se excusó: —Mamá está triste cuando él no llega a casa.
Para dejarle claro que no quería responder más preguntas sobre ese tema, se adelantó a sus pasos, aún si no tenía idea de a donde se dirigían. Notó como sus pies se arrastraban contra el pavimento con enfado y la manera en que sus puños se apretaban a sus costados
Interesante.
Llegan al final de la avenida, giran en donde las lámparas tintinean constantemente, algunas incluso se mantienen completamente apagadas. Gracias a la subida que se entremezcla con callejones pequeños, nota la manera en que van perdiéndose entre calles, como si alguien les estuviera siguiendo los pasos. Se acercan a un pequeño local, las persianas metálicas están a medio cerrar, supone por la hora, pronto la ciudad dormirá casi por completo.
Un niño pequeño, de tez morena y bastante delgado sale de allí, como si estuviera esperando, y se acerca hasta ellos. Nahoya nota como conforme se acerca muestra una navaja apenas perceptible por la oscuridad, pero el chico que lo acompaña le hace una seña, que él deduce significa: “todo está en órden” y el recién llegado guarda rápidamente el arma blanca.
—Hola, Jefe. —Su semblante irradia toda la energía que a él le falta esa noche. —A Kumo lo capturaron en Sakurazaka.
—Mierda.
El más alto se distancia un poco de él, para que su informante le de los detalles de lo que sea que involucra al tal Kumo y ve como sus gestos cambian de manera perfectamente legible. Ve cómo despide al chico con un ademán bastante simple y, después de recibir lo que reconoce como un juego de llaves, le indica que lo siga para que se adentren en el callejón más cercano.
Al final del trayecto, prácticamente deslumbrando por la pintura blanca, encuentran una motocicleta.
—No sé manejarla bien aún. —Le asegura, como si se enorgulleciera de eso.
Aquella afirmación era más que posible, el vehículo era significativamente más grande que su cuerpo, pero supuso que el tener las extremidades tan largas le ayudaba. De estar en otras circunstancias probablemente se habría burlado de él.
Subió en la parte de atrás. El rubio le extendió un casco que seguramente nunca había sido puesto en uso, planeaba ignorarlo, pero le dirigió de nuevo esa mirada que resultaba implacable, se rindió, esa noche no tenía sus habituales ánimos de arremeter. Lo colocó a la fuerza y sin recibir aviso sintió la fuerza del arranque, por lo que sus cuerpos dieron tirones hacia atrás y él casi cae.
Escuchó la risa lejana del otro, como una manera de decirle: Te dije.
Cuando tuviera una motocicleta definitivamente colocaría algo para no correr tanto riesgo de caer por la parte trasera debido al impulso.
Milagrosamente, llegaron hasta Tanakawa, aún quedaba una parte del trayecto para salir de Minato; pero comprendía que el chico rubio sin nombre , no podía hacer nada más por él.
—¿Sabes usar el metro? —le preguntó, mientras le sacaba el casco e intentaba acomodar sus rizos.
Bajó de la moto y tragó con dificultad al ver el tamaño inmenso de la estación. Nunca se había detenido a pensar en lo grande que parecían las salidas del metro, no es como que sus padres lo acompañaran muy seguido a ningún lado; aunque, la mayoría de veces tenía a Souya a su lado, aquel hecho le permitía adquirir agallas de algún lado y volverse, al menos en sus pensamientos, la persona más valiente del mundo.
—No soy idiota. —Le tembló un poco la voz, pero procuró no dirigirle la mirada para que él no terminara de notar el pánico que crecía en su cuerpo.
—Me quedan dudas.
Su angustia alternaba entre decirle algo más o simplemente desaparecer al adentrarse a la estación. Al final decidió hablar y al menos soltar lo más importante: —Gracias.
Sabía que en cuanto volviera a su habitación, los recuerdos de toda esa noche lo abrumarían de diferentes maneras. Se acumularía entre sus recuerdos el movimiento de la fiesta, el hecho de que en el fondo sabía que su padre ni siquiera se percató de su ausencia, el miedo de estar encerrado entre esas paredes rojas, la extraña aparición del niño que lo salvó y ni siquiera le dirá su nombre.
Todo era demasiado extraño, demasiado para tan sólo doce años de vida.
Su acompañante le sonrió.
Probablemente era la cantidad de emociones que llevaba guardando esa noche, cosa que no acostumbraba a hacer, pero repentinamente quería que aquel desconocido se quedara a su lado o al menos tener la posibilidad de verlo una vez más…
—Sé que nos volveremos a encontrar, ushinatta-chan.
El tono de burla se quedaría grabado en su mente, junto con la afirmación, a la que por algún motivo se aferró como una promesa: Nos volveremos a ver.
2003 Inicios.
双悪, Sugoaku
Normalmente Souya se encontraba a su lado. Incluso si estaba a punto de cometer una imprudencia, él se acercaba a su lado, se aseguraba de remarcar que debería pensar mejor las cosas y lo seguía.
Esa noche no. En esa ocasión discutieron de verdad por primera vez.
El puente se encuentra alumbrado por una hilera de focos que parpadean. La luz amarillenta de los bordes provoca que su campo de visión sea intermitente. Desde que llegó al borde del cruce le pareció reconocer la motocicleta blanca a lo lejos, pero se trataba de una posibilidad entre cientos. Aunque claramente las oportunidades incrementaron al tratarse de ese territorio.
Esperaba que fuera él, así todo sería mucho más sencillo.
El límite entre Meguro y Minato le parecía una línea trazada con delicadeza. Si bien las pandillas no tenían una tensión directa, en aquel mundo todo podía pasar, así que entendía perfectamente lo irracional que era el hecho de pasarse por allí a esa hora, con el uniforme blanco que dejaba ver por completo los kanjis grabados en su espalda: 双悪, Sugoaku .
Llegó hasta donde la moto estaba estacionada, justo al final del pequeño paso, en donde entre las aceras había desparramada una considerable cantidad de basura. No poseía ninguna modificación y destacaba por la pulcritud que se demostraba en la manera en que la pintura brillaba con sumo cuidado.
—Kawata. —No se percató de su presencia hasta que habló. Hecho que debería inquietarlo. Sería así de no sentir un creciente entusiasmo por el hecho de porfin volverlo a ver.
—Haitani.
Le sonrió, su cabello lucía más corto que la última vez que lo vio y no era totalmente rubio, tenía un patrón que alternaba entre el azabache y el dorado, sin trenzar, lo cual lo hacía lucir mucho más desinteresado de lo normal. No a la manera de su hermano, como había escuchado nombrar, sino de una manera más cínica.
Ran Haitani puede matar a su adversario mientras se ríe y después apresurarse para llegar a su cita con el estilista.
—Te prometí que nos volveríamos a encontrar. —Notó que llevaba entre los dedos un bastón metálico, que no comenzó a guardar al reconocerlo. —¿Me extrañaste, ushinatta-chan?
No podía apartar la mirada de él. En sus primeros recuerdos, posteriores a la noche en que lo conoció, resaltaba la expectación y admiración que sentía por aquella persona enigmática que lo salvó. Volvió a Roppongi a buscarlo, incluso a aquel pub en donde se encontraron, pero lo evitó cada una de esas veces. Tras la formación de Sugoaku , no tardó mucho en escuchar rumores sobre él; sin embargo, seguía sin poder cruzarse con él.
Hasta ese momento, en aquellas circunstancias que no le dejaban demasiadas opciones.
Nahoya realmente lamentaba tener la orden de quitar del camino al mayor de los Haitani, era demasiado lindo.
FIN.
