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Era la boda de una familia cercana al Clan Mo, eran, se podría decir, unos primos en tercer o cuarto grado. Su territorio colindaba con la frontera Sur, así que en esa dirección iba la caravana del rey del norte y su hijo, el príncipe.
Mo Bai, el heredero, iba con poco entusiasmo por el evento, su incomodidad acrecentó cuando vio llegar una comitiva de HUMANOS al patio de armas de la caverna.
—Ignoralos— dijo el padre, —Me dijeron que son unos humanos que se han portado muy bien con tus primos.
Mo Bai arrugó la frente, su padre sabía de esto pero no sé tomó la molestia en decirle. El rey poco sabía del rencor que guardaba el príncipe hacia los humanos.
—Déjalos, si son invitados, los trataremos como tal.
El padre se fue.
Mo Bai pensaba que su padre era un blando, un sujeto que no tenía pasión por nada, carecía de la bravura de la raza demoníaca y prefería mirar con desdén a su alrededor, incluso a su propio hijo.
Aún no era el acto de recepción así que no le importó desaparecer de la vista de sus anfitriones y largarse a los pasadizos de la caverna.
Vagando por allí, en la penumbra, escuchó una extraña respiración.
—Sal de allí— dijo Mo Bai de manera imperativa.
En territorio demoníaco siempre habría alguien que querría medir su fuerza para subir un peldaño en la escala social, tenía que estar alerta. Sin embargo, la energía que percibió del otro era ¿Un tanto mediocre?
—¡Ah! ¡Señor! Yo, estaba buscado a mi grupo... Este lugar es tan grande que me perdí.
La patética voz vino de un lugar no muy lejos de Mo Bai. No sé veía mucho en esa oscuridad pero no parecía ser algo grave, sin bajar la guardia del todo, decidió ignorar a este extraño.
—¿Señor?
Mo Bai se iba, no dijo nada.
—Señor ¿Me podría indicar el camino de regreso al patio?
Mo Bai se giró, aunque continuaba sin ver al extraño con claridad.
—Mira a tu izquierda— habló recio, —vete por allí y no vuelvas a molestarme.
—¡No, digo, sí! No lo molestaré, me voy, gracias.
La menuda silueta corrió al callejón de, precisamente, la izquierda. Hasta entonces, Mo Bai percibió el característico olor a humano, un olor a muerte.
Arrugando su ceño, el príncipe no dudó en caminar dando zancadas hacia el humano, acechando como una bestia, con ganas de destruir lo que tanto detestaba, solo un poco de desahogo; el humano se percató de la sombra que lo perseguía y aceleró el paso, su respiración reverberó sutilmente contra las paredes del callejón.
El demonio lo alcanzó.
—¡Ah, perdóneme si lo molesté!
Mo Bai empujó al humano contra la pared rocosa y de algún sitio vino un rayo de luz que alumbró la cara asustada del humano, fue entonces que Mo Bai perdió la fuerza para cometer su crimen...
No fue la mirada de idiota temeroso del humano, eso quiso creer el príncipe, fue el rayo de luz que recorrió su cuerpo al tocarlo, eso lo paralizó.
