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—¿Cuánto tiempo crees que tendremos que cuidarla? —preguntó Elliot sin despegar la vista del volumen reciente de "Holy Knight", sus ojos recorrían las oraciones, pero ya no ingresaban en su cabeza. Este era el momento en el que debía hacer una pausa, así que cerró el libro y esperó la respuesta de Leo.
—Shh, ya vamos en la parte interesante.
Había hablado en el momento equivocado. Estaba claro que no le iba a decir nada hasta que terminara su lectura. Bufó y se levantó de su lugar para poner el libro en el estante correspondiente que no se encuentra muy lejos de sus lugares.
Cuando lo puso en el espacio vacío, Elliot no se movió de dónde estaba. La pregunta que le hizo era genuina, se preguntó cuánto tiempo tenían que cuidar al bebé falso, un huevo llamado Emerald —nombre propuesto por Leo y que fue del agrado de los dos—. Nunca se imaginó estar en esa situación y no le resultaba molesto, decidieron turnarse para cuidarla y así el trabajo de llevarla a todos lados no se les haría pesado. Lo pensó un rato y, tal vez, no saber por cuánto tiempo tendrían que estar con "su hija" era bueno porque así podría disfrutar todos los días como si fueran el último, estarían sin arrepentimientos para cuando llegara el momento de despedirse.
En la distancia pudo ver que aún le seguía leyendo el libro a Emerald. Tal vez quería terminar el capítulo y luego los dos saldrían de la biblioteca para ir al salón donde estaba el piano, ahí sí podían hablar todo el tiempo que quisieran sin tener que preocuparse por ser ruidosos.
¿Será que ya se estaba encariñando? Podía ser y no se le hacía extraño. Leo ya había hecho un horario en el que le leía libros y paseaban por el jardín de la academia. Hoy era de esos días, por eso es que estaban en la biblioteca, se acercó a ellos y él ya había cerrado el libro.
—Tenemos que cuidarla dos semanas, a menos que suceda un inconveniente.
Lo dijo en un susurro. Elliot volteó a todos lados y ellos eran los únicos en la biblioteca. Bueno, pudo ser que estaba previniendo que alguien más llegara y los escuchara. Dos semanas y era el tercer día. Ya los dos estaban acostumbrándose a la presencia de Emerald, incluso recordó el primer día en el que presentaron a su hija. Leo, a pesar de sentirse nervioso, pudo hablar y verlo tan confiado hizo que él pudiera completar sus palabras. Hasta pudo sentir algo extraño cuando lo vio tan alegre, él también lo estaba y quiso que rozaran sus manos, pero enfrente de toda su clase, eso solo era un deseo. No lo haría y ni siquiera sabía por qué esos pensamientos tan de repente, no es como si sintiera algo por Leo, claro que no.
Él solo era su sirviente.
O puede que la aparición de Emerald hiciera que empezara a analizar sus sentimientos. Quizás ella le estaba dando valor y aún no tenía ninguna respuesta. No obstante, Elliot aún se sentía extraño, era un inexperto que no sabía qué hacer y a veces veía que Leo estaba pasando por lo mismo, pero lo disimuló cuando buscó en una biblioteca pública libros sobre crianza que él también leyó. Su bebé falso estaba creando cambios.
—Elliot, ¿te pasa algo?
Cuando escuchó de repente la voz de Leo supo que se adentró mucho a sus pensamientos. Tenía una mano extendida, una señal de que ahora a él le tocaba cargarla, apenas estiró su brazo, como si quisiera asegurarse de que todo estaba siendo real, su mirada lucía algo preocupada, pero pudo ver su sonrisa cuando tomó a Emerald.
—No… nada —respondió—. Vámonos.
Muchas cosas estaban pasando por su cabeza, algo abrumado por todos sus pensamientos y no eran por su poca experiencia cuidando bebés, sino por sus sentimientos, confundido. No le quiso decir nada, pero pudo notar la preocupación que sentía de verdad y estaba inseguro sobre decirle. Miró de reojo a su bebé, cubierta con una cobija morada. Al parecer ya había llegado la hora de su siesta; una hora en la que acordaron que dormiría.
Llegaron al salón. Sin embargo, su hija seguía durmiendo, así que no podían tocar el piano, la despertarían. Elliot se sentó en la banca y Leo se acostó en el sillón.
—¿De qué trataba el libro?
Con su voz, Leo se giró hacía su dirección.
—Las aventuras de la protagonista en diferentes lugares con el fin de encontrar lo que ha perdido —contestó y Elliot tuvo la impresión de que estaba dudoso, notó que frunció un poco el ceño—. Aún no logro saber qué es lo que quiere recuperar, supongo que todavía no llego a esa parte.
—O tal vez ya lo mencionaron y lo olvidaste.
—No, eso no puede ser.
Sacudió su cabeza a los lados. Decirle que lo había olvidado fue innecesario, Leo era buen lector y se podía acordar de la trama de sus libros leídos aunque haya pasado mucho tiempo. No dijo más después de eso, él tenía la vista fija en Emerald y luego vio que cerró sus ojos. Bueno, podría aprovechar el silencio para pensar, poner sus ideas en orden y tal vez componer una canción. Si era malo con las palabras, podía tocar para los dos.
Suspiró. ¿Por qué estaba pensando en eso?
…
Ya se había cumplido la primera semana cuidando a Emerald y Elliot se seguía sintiendo inseguro, con los pensamientos de si estaba haciendo bien su trabajo. Leo no parecía tener esas ideas, él estaba dando su mejor esfuerzo. Los dos seguían cumpliendo una rutina, con la diferencia de que se estaban haciendo más cercanos de lo que ya eran al descubrir nuevas facetas de ellos mismos.
Hoy había decidido sincerarse. Decir todo lo que sucedía en su mente y era por eso que había algo diferente en él. No, más bien estaba distraído, como si apenas se diera cuenta de todo lo que sucedía a su alrededor.
Lo citó en los jardines de la escuela, quería hablar con Leo. Era raro, él lo seguía a todos lados, y ahora con Emerald aumentó su tiempo juntos. Solo que su encuentro coincidió con el mismo día en el que le pidieron acomodar libros en la biblioteca y le dejó a su hija. En el lugar donde estaba veía a grupos de estudiantes de su mismo grupo con sus huevos y muñecos. Parecían no tener dificultades, los envidió por eso. Era su bebé falso y los dos estaban actuando como si fuera de verdad, pudo ser para conseguir una excelente calificación.
Se recargó en la pared y ahora centró su vista en Emerald. Acarició su pequeño rostro y sonrió. Solo con mirarla se convenció a sí mismo de que estaban haciendo un gran trabajo; que debería hacer lo posible por dejar ir todos sus miedos. Todo iba bien. Los libros de crianza y su conocimiento empírico fueron de ayuda.
—Terminé de leer el libro —habló Leo y se sentó arriba de la jardinera—. Emerald logró tener su final feliz.
Se giró para ver a Leo. Frunció el ceño, eso sí que no se lo esperaba. Entonces se acordó de la vez en la tomaron un huevo, le dibujaron el rostro y Elliot se encargó de buscar una caja y una cobija. Lo que le faltaba a su bebé falso era un nombre.
"¿Qué tal si se llama Emerald?" Eso fue lo que le dijo Leo todavía concentrado en su libro. No le había dicho el porqué de ese nombre, pero a Elliot le gustó cómo sonaba. Estuvo de acuerdo.
—¿El nombre de nuestra hija es el de la protagonista del libro?
Sintió extraño al decir la palabra "nuestra", casi como si se le hubiera revuelto el estómago y tuviera ganas de vomitar, eso solo eran ideas suyas. Fue raro y a Leo pareció no importarle, solo sonrió.
—Si ella llegara a leer el libro tendría la respuesta de por qué se llama así.
Suspiró. Eso podía responder su pregunta. No era un bebé real, pero Elliot imaginó que su hija ya tenía la respuesta porque escuchaba a Leo leerle el libro, quizás no entendía la trama, pero entre las palabras distinguía su nombre y tal vez las cualidades de la protagonista.
—Estoy seguro de que ya tiene la respuesta.
—Cuidar a Emerald no ha sido fácil.
Cambió de tema. Elliot seguía viendo enfrente. No le respondió de inmediato, pensó en que estaba de acuerdo. Hubo días en los que se sintió desesperado por no saber qué hacer para atender a su hija, entraba en pánico. Al menos Leo tenía una habilidad especial para darse cuenta y él le daba consejos. Siempre tenía las palabras adecuadas para tranquilizarlo, fue por eso que las dos semanas haciéndose cargo de ella ya estaban por concluir sin ningún inconveniente. Eran muy responsables porque Leo, como su sirviente, no iba a permitir que olvidara a su hija, le estaría reprochando su falta de interés.
—Fue pesado —afirmó Elliot después de un rato—. Pero estuviste ahí siempre.
Silencio.
Por decir eso ahora quería correr lejos para deshacerse de la vergüenza por la forma en la que Leo lo miró, no podía ver sus ojos por los lentes que llevaba, pero por su boca pudo deducir que estaba sorprendido, ladeó un poco la cabeza.
¿Acaso dijo algo raro? Creería que sí.
—Decir eso no es propio de ti.
Siempre arruinando los momentos. Si soltaba esos comentarios, decirle todo lo que sentía por él sería un trabajo imposible. Hasta pensó en la tonta idea de tomarlo del cuello de su camisa y besarlo, eso en definitiva sí sería muy extraño porque estaba claro de que no haría algo así, ni siquiera supo por qué esos pensamientos. Su imaginación ya estaba dándose un gran viaje.
—Idiota, estoy siendo sincero.
—¡Yo también te quiero!
Levantó una ceja. ¿A qué vino eso? Por un momento creyó que le iba a corregir el uso de una mala palabra en presencia de su hija y en su lugar soltó un comentario sarcástico. Lo vio con una sonrisa en la cara. Estaba disfrutando de la situación, se molestó. Quería que se pusieran serios de una vez para ser honestos.
—¡Maldita sea, Leo! —habló en un tono alto para no asustar a Emerald si hubiera gritado. El mencionado borró cualquier rastro de su sonrisa, parecía asustado o solo estaba fingiendo—. En este tiempo que he estado contigo y con nuestra hija, me he sentido extraño. Como que despertó una parte de mí que no conocía e hizo darme cuenta de que mi visión de ti está cambiando.
Lo demás lo dijo en un tono de voz más calmado. Trató de tranquilizarse, en su mente había creado un discurso mejor, pero lo olvidó y solo estaba improvisando. Si se reía o salía corriendo no le importaba, pero en vez de eso Leo tenía su vista enfrente y movía uno de sus pies. El silencio fue incómodo. ¿Por qué no decía nada? ¿Actuó precipitado? ¿Habló de algo que no debió? Ahora quería que ya soltara algo, aunque fuera uno de sus comentarios sarcásticos o que lo regañara por su mal comportamiento en presencia de Emerald.
—No digas groserías enfrente de ella —pidió.
Elliot vio como él se bajaba de la jardinera y se colocó enfrente de él. Sonrió con lo que dijo, ya se había tardado. Aunque ante su intento de declaración, Leo siguió sin decir algo. Empezó a desesperarse, incluso él ya no lo estaba viendo, sino que se acercó para tomar la cuna y cargar a su bebé. El rostro de Leo se suavizó. Tenía una mirada muy dulce viendo a Emerald.
—Para, harás que se me suba el azúcar.
Esperó que su tono de voz demostrara que lo estaba diciendo de broma. Casi dos semanas y Elliot no podía acostumbrarse a la dulzura de la imagen. Estaba siendo muy cariñoso y ¿cómo no serlo? Era su hija.
—Tú siempre arruinando el ambiente.
Quiso refutar. Decirle que eso era una mentira, no estaba arruinando la escena, hasta le hubiera gustado tener una cámara para recordar este momento y de cuando los dos cuidaron un bebé falso. En vez de eso sintió como el cabello de Leo le hacía cosquillas en su mejilla cuando se acercó y rápidamente se alejó para estar a su lado.
Elliot no supo qué fue lo que acababa de pasar. En vez de eso se tocó la mejilla, sorprendido y volteó a verlo, todavía seguía con Emerald.
—Necesito tomar una foto.
Tal vez habló en un tono lo suficientemente alto para que Leo lo escuchara porque tomó su muñeca con su mano libre y empezaron a caminar. Elliot se preguntó a dónde lo llevaría, al salón de música no; se dieron cuenta de que a ella le da miedo el sonido del piano, a un salón de clases no porque ya habían terminado y estaban en su hora libre antes de irse. Al ir caminando, sin soltarlo, empezó a pensar que, tal vez, él sabía que la relación de ellos había cambiado desde la llegada de Emerald, y como ninguno de ellos se había enamorado antes, era difícil ponerle nombre a sus sentimientos. Ahora pudo entender por qué en su intento de declaración no respondió, sino que buscó cambiar el tema.
—No hay cámaras en la escuela, Elliot —dijo y se giró hacia una de las estanterías para tomar un libro. Seguramente estaba iniciando una nueva lectura.
¿Esa era la razón por la que estaban ahí? En ese caso pudieron seguir al aire libre en vez de estar en un lugar cerrado. Nunca lo entendería.
—¿Me trajiste solo para eso? —susurró.
Tuvo que disimular su molestia porque estaba Emerald y no quería que los escuchara discutir, habían hecho el esfuerzo para ya no pelear tanto por cosas sin importancia. Se encogió de hombros y luego salió de la biblioteca, Elliot fue atrás de él.
—Dices que tu visión de mí ha cambiado. —Asintió, al parecer el momento que más esperaba por fin había llegado—. ¿En qué sentido?
Se detuvo. Elliot no se movió de su lugar, en medio de los pasillos iban a sincerarse. Leo hizo una buena pregunta.
«¿En qué sentido?» se repitió y trató de buscar una respuesta.
—En que no te veo como un sirviente, nunca te vi de esa manera, aunque me engañé a mí mismo creyendo que sí.
Le hubiera gustado ver su expresión en ese momento, pero no sé volteó. No había dicho algo malo y vio como Leo alzó su cabeza, estaba mirando el techo. Sus dos manos estaban ocupadas, una sostenía la cuna y la otra un libro. Puede ser que la razón por la que fue a la biblioteca era para leerle una última vez a Emerald. Eso lo entendió.
—¿Qué estás tratando de decir?
¿No había hablado lo suficientemente claro? Bufó, no podía hablar directamente de sus sentimientos, era difícil. Hizo una respiración profunda varias veces y acomodó sus ideas antes de hablar.
—¡Qué te quiero! —gritó de una manera en la que no espantara a su hija—. ¡Te quiero a ti y a Emerald!
Su respiración se aceleró al decir eso. Leo giró su cabeza al lado derecho, como si esperara que dijera algo más. Algo que no iba a pasar hasta que le diera una respuesta. Al menos logró una reacción de su parte. Y no le estaba mintiendo, después de pensarlo mucho supo de qué se trataba aquel sentimiento extraño.
—¿Escuchaste eso, Emerald? —preguntó Leo y llevó la cuna a su oreja simulando que su hija le decía algo—. Sí, yo también lo quiero.
Se volteó y vio su sonrisa. Si no fuera porque sus dos manos estaban ocupadas le hubiera gustado abrazarlo, tal vez más adelante. Se conformaba con el beso en la mejilla de Leo, estaba seguro de que fue eso. Los últimos días cuidando a Emerald iban a ser los mejores. Estar juntos todo el tiempo y hacer lo posible por su bienestar reforzó el lazo que ya tenían. En definitiva, su bebé les abrió los ojos de alguna manera y ahora solo seguían su camino en el pasillo, ya no tensos, ni ocultando sus sentimientos.
Los tres se querían y eso era lo importante.
