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Osamu no dudó en irrumpir en la habitación de su hermano gemelo, quien llevaba un rato lamentándose en voz alta. El peli-gris de los Miya conocía demasiado bien a Atsumu como para saber que la razón por la que se estaba quejando así era que quería su atención y consuelo. Además, estaba muy acostumbrado —como para no— y ya sabía más que de sobra lidiar con la situación.
—¿Qué te pasa ahora? —Bueno, tampoco es que tuviera la mayor delicadeza del mundo, ¡pero al menos iba a ver a su hermano! ¡Eso ya era bastante!
—Estaba pensando.
—Eso no suele salir bien.
—Estaba pensando en Omi.
Vaya. Eso sí que no podía echárselo en cara y tenía muchas otras oportunidades en muchos otros momentos para poder chincharle. Le comprendía bastante puesto que le pasaba lo mismo antes de comenzar su relación con Suna y Komori, así que sería bastante hipócrita meterse con él por ello. Además, no era la primera vez que su hermano pensaba en exceso sobre ese tema. Le preocupaba un poco, pero genuinamente no comprendía por qué no intentaba dar un paso más. No era por echarle nada en cara, pero es que tal vez Sakusa era así de seco con Atsumu incluso sintiendo algo por él en el fondo —muy en el fondo—. ¿No hay veces que la gente usa el tratar mal a quien le gusta como mecanismo de defensa? O incluso como forma de “ligar”.
—¿Te apetece hablar del tema? —Osamu optó por tomar asiento en la cama para así tener más cercanía con el rubio.
—Es que no sé… Siempre te estoy diciendo lo mismo, ¿sabes? Es un bucle y me repito mucho.
—Pero que sea lo mismo no significa que no tengas derecho a expresar lo que sientes —y Atsumu sonrió por la respuesta que acababa de darle su hermano.
—Supongo que tienes razón, sí. Es que hay veces que parece como que puede haber oportunidad de que sea recíproco, pero luego vuelve a tratarme súper borde y me da el bajón. Es un tira y afloja constante. Si se lo dijera directamente podría acabar este sinvivir, ya sea para bien o para mal. Pero es que me da tanto miedo… —Una vez acabó de hablar, se pasó las manos por la cara a la par que soltaba un gruñido de desesperación.
—Es normal que te asuste, pero no lo descartes, ¿vale? Tómate tu tiempo para procesarlo y se lo dices cuando te sientas preparado.
—Gracias, Samu. Solo en momentos como este podría llegar a reconocer que eres el gemelo bueno.
Y se dedicaron una pequeña sonrisa.
—Vamos a hacer galletas, venga.
—¿Qué? ¿Así, de repente?
—Sí, ¿por qué no? Así no estás todo el rato pensando en Kiyoomi y tienes la mente ocupada en otra cosa. Además, no todos los días puedes tener una clase magistral de repostería del gran cocinero Osamu Miya.
—Eres idiota.
—Pero así me quieres.
—Pero así no me queda más remedio que quererte —le corrigió levantándose de la cama.
i love you bitches
komorin necesito que me ayudes
en una cosa por favor
sunarin ♡: inviten
komorin ♡: askjkjdabd dime
atsumu está cada día más rayado
con el tema de sakusa, necesito
algo certero que le haga ver que
es correspondido
sunarin ♡: omg samu preocupado por
atsumu, hot
komorin ♡: hot.
y no te preocupes
yo me encargo, jé
gracias os amo os como la cara
y lo que no es la cara
;P
—¿Quieres dejar el móvil ya, joder? —La protesta de Atsumu vino con premio: un puñado de levadura en toda la cara.
—Me cago en tu puta madre, Tsumu.
—¡Pues es la misma que la tuya!
—Que te den por culo —y no dudó en devolvérsela—. Ni se te ocurra lanzarme nada más, que la comida no está para desperdiciarla.
Tras un gruñido por parte del rubio, siguieron con la receta. Solamente quedaba juntar todos los ingredientes y remover para que quedase una masa compacta. Osamu decidió en nombre de los dos que eso sería tarea suya ya que tenía muchísima más agilidad y así podrían tardar bastante menos; mentiría si dijese que no le estaba empezando a dar hambre al tener tan presente el olor a chocolate. También aprovechó para fingir concentración y mirar con detenimiento a su hermano, quien escribía en el móvil bastante distraído. Al menos parecía que estaba un poco mejor que antes, así que se alegraba mucho.
—Ahora quién es quién está con el móvil, ¿eh?
—Pero yo no tenía nada que hacer, pesado. Además, estaba contestando al grupo del equipo, era importante.
—Ahá —el peli-gris dejó con cuidado el bol de la masa encima de la mesa.
—¡Que es verdad! ¿Qué era lo que estabas haciendo tú? Seguro que no era tan importante como lo mío.
—Unas gestiones. Ya lo verás, y espero que pronto.
La cara de Atsumu no iba a funcionar con su gemelo. Por muchos pucheros y expresiones de cachorrito que hiciese no iba a ceder. Tampoco le apetecía volver con el tema de Sakusa, no cuando ya había conseguido que se distrajera un poco.
—Que dejes de mirarme así, cansino. Vamos a hacer la forma de las galletas —Osamu cortó de raíz el contacto visual girándose hacia la encimera de nuevo.
—Creo que mamá tiene un molde con forma de corazón, ¿lo usamos? Así recuerdas lo muchísimo que quieres al mejor gemelo de los dos.
—¿No ves egocéntrico que coma galletas pensando en mí? “Solo en momentos como este podría llegar a reconocer que eres el gemelo bueno” —quiso hacer referencia al comentario que hizo el rubio cuando se encontraban en su habitación, con una sonrisa burlona en los labios.
Atsumu rodó los ojos y, sin darle una respuesta, comenzó a rebuscar hasta dar con el molde amoroso. Por suerte para ambos, los siguientes pasos de la receta pudieron realizarlos sin ningún inconveniente: lograron colocar las veinte galletas con forma de corazón en la bandeja a la par que se iba precalentando el horno.
—Ahora solamente falta esperar unos quince minutos para que se hagan, aunque diría de empezar a revisarlas cuando pasen diez —el Miya de cabellos grises explicó a la par que cerraba la puerta del electrodoméstico.
Pero no recibió respuesta. Lo único que notó fueron unos brazos rodeándole desde detrás, estrujándole con cariño. Atsumu buscaba darle un abrazo. Por eso mismo, se giró para correspondérselo.
—Gracias, Samu. Me has ayudado mucho.
—No tienes que darlas, idiota.
—Tienes que esperar a que se enfríen un poco, mendrugo. Verás como te da una indigestión por las ansias.
—Qué aguafiestas eres, Osamu. Yo solamente quería ver si estaban buenas.
—Pues te aguantas.
Atsumu tuvo la intención de replicarle a su hermano, pero tocaron al portero. Fue corriendo a ver de quién se trataba, ya que el telefonillo tenía cámara incorporada, y soltó un suspiro cuando lo supo. Tampoco es que fuese muy difícil, puesto que lo que se veía en la pantallita era una frente y las características cejas de Komori. Por la izquierda se podía apreciar un poco a Suna mirando su móvil de forma desinteresada, aunque tenía medio cuerpo fuera del plano. No podía ver a nadie más. Así que nada, solamente eran los novios de su hermano que venían a hacerle una visita. Abrió sin siquiera descolgar para decirles algo y volvió hacia donde estaba.
—Son tus novios, así que ve tú a recibirles.
El rubio no comprendió la sonrisa divertida que esbozó Osamu mientras se iba hacia la puerta, pero le restó importancia. Estaría contento por ver a sus parejas.
Dudaba entre si subirse a su habitación o no, pero decidió sentarse en el sofá y esperar para saludarles —al menos iba a ser educado—. Escuchó cómo se abría la puerta y, automáticamente, cómo sonaron besos sonoros en los labios. Saludos llenos de risas y otro un poco más recatado. ¿Acaso había alguien más? Los OsaSunaKomo NUNCA se hablaban con esa timidez. De todos modos, solamente se limitó a fruncir el ceño y esperar.
Su aguarde duró más bien poco.
—¡Atsumu! Ven aquí, que alguien quiere verte —pudo oír a su hermano gritarle desde la entrada del apartamento.
Con pesadez y refunfuñando entre dientes, el susodicho se levantó del sofá para comenzar a caminar hacia donde se encontraban los tortolitos.
—Juro que como Suna vuelva a chantajearme con otra foto de las suyas, le echo ahora mismo de c… Oh —se interrumpió a sí mismo nada más ver de quién se trataba—. Omi.
—Hola, Miya.
—¿Cómo… ¿Cómo es que has venido? —Le era inevitable trabarse, estaba demasiado nervioso, y buscaba con la mirada a su gemelo para intentar sentirse un poco más seguro; éste le observaba con los brazos cruzados y una sonrisa ladina.
—Estuve hablando con Komori gracias a que Osamu le dijo una cosa.
—¡Ah, claro! Hicimos galletas. Decía el experto que había que esperar a que se enfriaran, pero yo creo que ya se pueden comer. ¿Quieres una?
—No. Te quiero a ti.
Ahí fue cuando Atsumu se dió cuenta de cuáles fueron las misteriosas gestiones de Osamu, y también de que les iba a estar eternamente agradecido tanto a él como a las benditas galletas.
