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Kuroo Tetsurou y Tsukishima Kei no sabían nada de la vida del otro. Aun así, tenían dos cosas en común. La primera, es que ambos estaban bastante agobiados y en periodo de adaptación: Kuroo, por su parte, acababa de entrar como becario en una empresa de marketing y le daban trabajo de más, por lo que estaba demasiado estresado; Tsukki, por la suya, estaba haciendo un máster para especializarse en Prehistoria que le estaba consumiendo la existencia. La segunda, es que los dos iban todos los días y a la misma hora al mismo parque para escuchar música y evadirse un rato de la realidad.
Nunca habían hablado entre ellos. Simplemente, se hacían compañía mutua sin necesidad de explicaciones. Disfrutaban del silencio de sus voces, pero de la plenitud de las canciones que sonaban en sus auriculares.
Los días pasaban, uno a uno. Cambiaron de mes y, con ello, se notaba aún más la nueva estación en la que se encontraban. La brisa de otoño con sabor a hojas secas y gotas de lluvia bailaba a su alrededor. Y, junto a todo aquello, sus corazones sentían cada vez más calor cuando compartían los minutos en aquel rincón.
Difícil de explicar, difícil de reconocer; ¿cómo podía ser que les gustase una persona que ni siquiera habían llegado a conocer? No sabían ni cómo se llamaba el otro. Tal vez fuese el aura que se transmitían, tal vez fuese el hecho de respetar ese rato sin pronunciar palabra que necesitaban para estar mejor, tal vez fuese todo eso sumado a una atracción física inevitable.
Pero no se atrevían a dirigirse la palabra. Llegaban, tomaban asiento al lado del otro, escuchaban unas seis canciones y se levantaban a la vez para marcharse a casa, cada uno hacia la dirección contraria. Esa era la rutina que tenían establecida, como si se hubiesen puesto de acuerdo de manera inconsciente.
¿Llegaría el día en el que decidiesen romper con ese hábito diario para por fin hablarse?
Lunes. Ya era casi final de mes, así que hacía un poco más de frío que otros días. De nuevo se encontraban los dos sentados en el mismo banco, disfrutando de su música para poder evadirse. Lo que sí hacían de vez en cuando, por no cambiar costumbres, era mirarse de la manera más disimulada, intentando que el otro no le pillase. Parecía que estaban jugando al “Un, dos, tres, pollito inglés” pero, en vez de quedarse quietos cuando el contrario mirase, tenían que apartar la mirada. Ya se habían hecho expertos en el juego, así que no pensaban perder.
Pero, en uno de sus “turnos”, Kuroo no pudo evitar agachar la mirada hacia la pantalla de Tsukki. Lo había encendido para comprobar la hora, pero también se veía el widget de Spotify que mostraba la canción que estaba sonando. No se lo podía creer. Ya era demasiada casualidad. ¿En serio estaban escuchando la misma canción? Crush Culture de Conan Gray estaba reproduciéndose en su móvil, al igual que en el del rubio. ¿Acaso sería el destino? ¿Acaso la letra le estaba soltando una indirecta porque Tsukishima era su crush y tenía que decirle algo de una vez por todas? Se sentía especialmente atacado, pero sabía que tenía razón. Además, ¿qué perdía por hablarle? Llevaba muchísimo tiempo queriendo hacerlo, pero nunca se atrevía a ello porque prefería respetar su momento de tranquilidad. Era el momento perfecto. Hasta la brisa se lo susurraba.
—La canción que estás escuchando es muy buena —le dijo por fin, tras darle un pequeño toque en el hombro y captar su atención.
El contacto de miradas les hizo perder(se) por partida doble. Ese “Un, dos, tres, pollito inglés” acababa de terminar para siempre; ya no habría más partidas. ¿Para qué jugar a esa estupidez cuando podían mirarse sin necesidad de esconderse? Por mí y por todos mis compañeros —aunque solamente fueran dos—.
—¿Te gusta Conan Gray? —Aunque se mostrase tranquilo, Tsukki por dentro estaba siendo devorado por los nervios—. Es uno de mis artistas favoritos.
—De los míos también —y fue ahí cuando Kuroo levantó el móvil con la pantalla encendida para que pudiese ver que estaban escuchando la misma canción.
Kei se subió las gafas por el puente de su nariz y esbozó una pequeña sonrisa. Tetsurou se paró a pensar en que era la primera vez que le veía sonreír. Ojalá lo hiciese más veces, pensó.
—Una grata coincidencia.
—Yo creo que el destino ha querido ponernos una indirecta… o más bien una directa —comentó bromeando el muchacho de mirada felina, aunque realmente sí que lo pensaba un poquito.
—O tú te estás montando una película increíble —la curvatura ladina de los labios del rubio indicaba que lo estaba diciendo para meterse con él, pero que no iba en serio.
—Ouch, eso dolió.
La risa que salió de los labios ajenos sí que fue música para los oídos de Kuroo. Ya no necesitaba ninguna canción siempre que pudiera escucharle así. Y se abrió paso a una conversación mucho más fluida. Gracias a esa canción, ambos pudieron hablarse por fin y comenzar a conocerse; no tenían ni idea de lo importantes que se volverían el uno para el otro.
Martes. Había pasado un año. Ya era casi final de mes, así que hacía un poco más de frío que otros días. De nuevo se encontraban los dos sentados en el mismo banco, disfrutando de una alegre conversación para poder evadirse. Lo que sí hacían de vez en cuando, por no cambiar costumbres, era ponerse algo de música mientras tanto.
—¿Qué estás escuchando? —prácticamente ronroneó Kuroo, echándose sobre el hombro ajeno.
— Crush Culture, ¿y tú? —la respuesta que Kei le dio le hizo sonreír de manera inmediata.
Otra vez el destino le estaba hablando. Estaban escuchando de nuevo la misma canción. Llevaban un año siendo amigos, pero estaba más que claro que había algo más entre ellos. Algo que nunca eran capaces de decirse.
—La misma.
—Me estás vacilando —hasta Kei se rió porque no se lo podía creer; era demasiada coincidencia.
—No. Estamos escuchando Crush Culture a la vez, igual que hace exactamente un año.
—¿En serio llevas contando el tiempo que llevamos hablando, Tetsu?
—¿Cómo no voy a contar el tiempo que llevo hablando con la persona que me gusta?
Parecía que el tiempo se había detenido por completo. Solamente resonaba la canción en los cascos de cada uno. Kuroo estaba demasiado nervioso por lo que acababa de soltar, no tenía intención de que fuese así de repentino, pero seguro que el destino estaba muy satisfecho con ello. Tsukishima, por su parte, estaba haciendo todo el esfuerzo del mundo para no tener la cara roja como un tomate; no lo consiguió. Tomó aire antes de hablar.
—No lo sabía. —Sentenció, odiándose de forma instantánea por la respuesta de mierda que acababa de darle.
—¿Tal vez porque no te lo había dicho?
—Cállate, idiota.
Tetsurou tuvo la intención de replicar, pero sus palabras se vieron interrumpidas y murieron en los labios de Kei. No podía ni creer que se estaban besando. Por fin. Normalmente se solía identificar con las canciones de Conan Gray bastante, pero aquel día descubrió que tener un crush no había sido tan malo, y menos aún cuando esa persona se convirtió en quien más quería.
Se despidieron del parque. No sabían cuándo iban a volver: las cosas habían comenzado a mejorar poco a poco en sus vidas, y en ese momento mucho más al descubrir que ambos tenían los mismos sentimientos. Tal vez irían de visita para recordar viejos tiempos. Tal vez se pasarían por allí en alguna ocasión especial.
No tardaron en agarrarse de la mano con delicadeza para emprender su camino hacia algún lugar para cenar, tenían mucho que celebrar. La brisa de otoño les dijo adiós con una de sus mayores sonrisas, esperando poder volver a encontrarles en muchísimos sitios diversos, pero siempre juntos.
