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Odatober2022 semana 2: Literatura y escritura

Summary:

La habilidad de Odasaku es: puede escribir el futuro. Lo que escribe se convierte en realidad, pero sólo durante 5 segundos, después todo vuelve a ser como antes.

La historia ocurre cuando visita la habitación de los niños antes de irse a luchar contra Guide.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La habitación de los niños lucía como siempre, llena de garabatos en las paredes, juguetes por el suelo y envoltorios de chocolatinas en las camas. Las cortinas ondeaban con el viento que entraba por la ventana y generaban sombras en el suelo de madera. El tick-tack de un reloj de pared era el único sonido a parte de la respiración de Oda.

La diferencia con el aspecto habitual eran las cinco siluetas que deberían estar ahí y no estaban.

Oda caminó hacia los escritorios del fondo. Lentamente, cargado con el peso de las armas en sus costados y la sensación de vacío en su pecho. Vestía el chaleco antibalas y aún así sentía como si acabaran de dispararle en el corazón. Apoyó las manos sobre un escritorio, soltando el paquete de tabaco que llevaba encima.

Los cuadernos del colegio estaban esparcidos por la mesa esperando a que los niños volvieran e hicieran los deberes. Un libro estaba abierto por la página en la que alguno de ellos había dibujado caras y figuras superpuestas a las líneas del texto.

Pasó la yema de los dedos por los dibujos. Eran de Katsumi. No atendía mucho en clase, pero le gustaba pintar y tenía mucha imaginación, así que Oda siempre le regalaba pinturas y lo animaba a desarrollar su afición. Pensó que quizá en un futuro se podía interesar por un oficio artístico.

Estaba haciendo tanta fuerza con los dedos que sonaba un chirrido al deslizarlos sobre la hoja del libro. Ya no había futuro para ninguno de ellos. Ni para los niños, ni para él mismo.

Arrancó la página. Sacó un bolígrafo de uno de los cubiletes. Dudó por un segundo, un par de respiraciones, luego escribió:

KOUSUKE SATO ESTÁ VIVO

Un chico de nueve años se materializó ante sus ojos. Era igual que Kousuke, misma estatura, complexión, hasta tenía su chaleco naranja y sus gafas de sol en la cabeza. El niño se rió y posó las manos en las caderas con actitud desafiante.

Oda lo miró un momento y siguió escribiendo.

KATSUMI SUZUKI ESTÁ VIVO

YUU TAKAHASHI ESTÁ VIVO         

Dos niños con diversos accesorios en el pelo aparecieron sonriendo.

Oda les sonrió de vuelta.

SHINJI TANAKA ESTÁ VIVO

El pequeño, libro en mano y tímido como siempre, miró a los lados y se agarró del brazo de su hermano mayor.

SAKURA WATANABE ESTÁ VIVA

La menor de todos y la primera que rescató de la calle, cuando apenas tenía dos años.  Desde que comenzó a cuidar de ellos, Oda solía pensar que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, recogiendo huérfanos e intentando darles un futuro. Ahora sabía con certeza que no, no tenía ni idea.

La niña se reunió con el resto. Los cinco estaban de nuevo juntos en su habitación como debería ser. Vivos, sonrientes, incansables.

No.

No eran cinco, eran tres.

Después dos.

Después ninguno.

Oda apretó la página arrancada hasta que le tembló la mano. La puso a un lado, arrancó una hoja en blanco de uno de los cuadernos y empezó a escribir otra vez.

Uno, dos, tres… el primero ya había desaparecido.

Se llevó las manos a la cabeza en frustración. El bolígrafo se escurrió de sus dedos y cayó al suelo. La habitación estaba tan vacía que el clack-clack del plástico al rebotar sonaba como una batalla a campo abierto. Se cubrió los oídos con las palmas. Los cinco niños deberían estar llenando la estancia con sus gritos y sus risas. Sonidos de vida en vez de muerte.

Los cinco estarían vivos si nunca lo hubieran conocido.

Sakunosuke Oda poseía una habilidad: era capaz de volver realidad todo lo que escribía, aunque sólo por cinco segundos. En el momento en el que el primer trazo cumplía ese plazo, el futuro que hubiera creado con ese fragmento empezaba a desaparecer, y así en orden hasta agotar el texto. Después la realidad volvía a ser como antes.

No parecía muy espectacular, pero era un don que le había beneficiado mucho en el pasado. Le permitía desactivar las alarmas de las viviendas, dejar inconsciente e indefenso a quien quisiera, tener éxito en cualquier plan con un poco de planificación o incluso escapar de la cárcel andando por la puerta. Una habilidad muy conveniente para ser un asesino. Un regalo de la naturaleza que le permitió sobrevivir durante años.

Se había comportado como un ingenuo al tener la esperanza de cambiar su destino y convertirse en novelista. Soñaba con dedicarse a escribir sobre las vidas de las personas, así que cambió su propia vida primero. Cuando los niños llegaron, se puso una meta: se encargaría de ellos hasta que pudieran hacerlo por sí mismos y después se retiraría para cumplir su sueño. Por un tiempo pensó que haber nacido con el don de la escritura era algún tipo de señal.

Su habilidad era inútil ahora. No servía para crear vida, sólo para arrebatarla.

Se arrodilló en el suelo de la habitación. Recogió el bolígrafo y extendió la hoja frente a él con manos temblorosas. Si era lo suficientemente rápido, podría escribir las cinco frases en cinco segundos. Podría verlos juntos una vez más. Sólo una vez más.

Uno, dos, tres… dos…

Un par de lágrimas cayeron sobre los nombres. Las intentó limpiar y en cambio emborronó toda la tinta. Apretó el puño para dejar de temblar. Tenía que concentrarse.

Uno, dos, tres, cuatro… tres…

La hoja se rasgó con la fuerza de los trazos. El bolígrafo continuó su curso rayando el suelo. Desesperado, apartó el papel y siguió escribiendo en la madera. Una y otra vez. Sus dedos se tiñeron de azul al apoyarse sobre las palabras ya escritas. La tinta se mezclaba con el sudor y sus manos resbalaban. Pero no podía parar. No necesitaba ni levantar la vista, contando los segundos en su cabeza sabía que nunca llegaba a escribir los cinco nombres en el tiempo límite.

Uno, dos, tres…

Uno, dos, tres, cuatro…

Uno, dos, tres, cuatro…

—¿Odasaku?

Uno, dos, tres, cuatro…

—Odasaku.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco…

—¡Hola Dazai!

Esa era la voz de Sakura. Se paró en seco. Levantó la cabeza a tal velocidad que escuchó el corazón latir en sus oídos y los colores se volvieron demasiado brillantes a su alrededor.

Sakura estaba allí.

Kousuke ya no.

Rompió el bolígrafo sin querer. Tiró los trozos contra el suelo y, aún de rodillas, se arrojó hacia el escritorio, agarró el borde de la mesa con una mano y rebuscó por encima de la tabla con la otra. En uno de los movimientos bruscos golpeó el cubilete de los utensilios, que se desparramaron sobre su cabeza.

Volvió la mirada al suelo. Cuando iba a recoger uno de los lápices que se habían caído, una mano ajena apretó la suya y lo detuvo.

Dazai estaba en cuclillas frente a él. Le sujetaba la mano, pero estaba mirando al suelo, al borrón de nombres escritos uno sobre el otro. Fruncía los labios, el gesto de alguien que está soportando dolor y no quiere que se note.

Oda registró vagamente que Dazai había entrado en la habitación en algún momento. Era probable que hubiera acudido a propósito al enterarse de lo que había pasado, prediciendo sus pasos. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero entendió al instante que no podía dejar que lo tocara. Su habilidad anulaba las del resto de personas a través del contacto.

Soltó la mano de Dazai como si quemara. La esquivó, recogió el lapicero y volvió a escribir.

La mano apareció de nuevo, esta vez inmovilizando su muñeca. Movió el brazo hasta zafarse de ella pero en seguida lo atrapó otra vez. Repitieron el movimiento hasta que intentó empujar a Dazai con las dos manos, lo que él aprovechó para agarrárselas y acabaron forcejeando. Oda blandió el lápiz delante de su cara amenazando con clavárselo, aunque el ángulo no se lo permitía. Se incorporó para ganar ventaja, pero Dazai se abalanzó sobre él antes de que lo consiguiera, lo enganchó del cuello y lo empujó contra el armario.

—Basta, para, mírame —estaba diciendo, mientras Oda seguía intentando liberarse exasperado. Dazai le agitó la cabeza desde su posición y repitió—: Mírame, ¡mírame!

Oda lo miró. Sus caras estaban tan cerca que los jadeos de Oda hacían que el flequillo de Dazai se moviera con cada soplo. Miró al ojo que tenía descubierto, entrecerrado y lleno de convicción cuando dijo:

—No puedes traerlos de vuelta.

Eso era cierto. Oda era consciente de sus limitaciones. No estaba intentando devolverles la vida. Estaba intentando… no sabía lo que estaba intentando.

Estaba perdiendo el tiempo.

Se quedó quieto. Abrió el puño y dejó caer el lapicero. Otro estruendo de batalla perdida. Pasaron unos segundos hasta que su respiración se calmó. Dazai no dejó de mirarlo, estaba escudriñando su cara en busca de algo. Cuando lo encontró, retiró las manos y bajó los brazos.

—Nada de lo que hagas los traerá de vuelta —añadió en un susurro.

—Tienes razón —contestó Oda.

No quería traerlos de vuelta, no a este mundo. Tampoco iba a verlos nunca más, ni en este plano ni en ningún otro, no pertenecían al mismo lugar. Todos sus intentos serían inútiles. Toda esperanza se había esfumado. Iba a dejarlos descansar y cumplir con su propósito.

Guide lo estaba esperando. Algo real a lo que poder enfrentarse. Una forma mejor de usar sus habilidades, de entregarse a su verdadero destino por última vez para hacer algo con significado. La posibilidad de vengar la muerte de los niños.

Cacheó su pecho para comprobar que llevaba con él las armas y la munición. Dazai levantó las manos y las volvió a bajar, inseguro, por primera vez parecía que no sabía qué hacer. Sin embargo, no volvió a tocarlo y se apartó de su camino cuando Oda se movió.

Recogió el paquete de tabaco que había dejado en el escritorio y salió por la puerta.

Notes:

Gracias por leer.

Has hecho el mundo un poco más maravilloso.

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