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El viernes de Kara había sido pésimo.
Todo lo que podía haber salido mal, salió mal. Y para más remate, su ansiedad no la había dejado tranquila durante toda la semana y había decido llegar a su límite ese mismo día.
Una cosa es lidiar con un mal día por sobrecarga de cosas en el trabajo, y otra muy distinta es tener un mal día por eso y además sumarle una crisis de ansiedad fuertísima debido a tus innumerables traumas del pasado.
Eso agotaba a cualquiera. Hasta a la superheroína más fuerte del mundo.
Desde hace mucho tiempo no le sucedía un episodio como este. Estaba segura de que la última vez fue días antes de casarse con Lena y de eso ya habían pasado cinco años. Tanto a ella como a su esposa les había tomado tiempo hacer las paces con los acontecimientos de sus pasados que les habían dejado secuelas hasta el presente. Tuvieron que hacer mucha terapia, individual y en pareja, para poder ir dejando atrás la culpa y dolor de cosas que jamás habían estado en sus manos. Y aunque les tomó un par de años, lo habían conseguido.
Por lo que volver a tener una recaída siempre era desagradable, aunque fuera mucho menos grave que en años anteriores. Suspirando, Kara apagó su computador en la oficina y salió por la ventana directa a la casa que ella y Lena tenían justo a las afueras de la ciudad.
No quería preocupar a su esposa con su mal ánimo, pero sabía que una actitud sana era comunicarle a Lena que quizá necesitaría de su ayuda ese día. Ambas habían aprendido hace mucho que pedir ayuda no estaba mal, especialmente si se lo pedías a las personas que te amaban.
Sabía que solo ver a la pelinegra podría ayudarla a sentirse más tranquila, porque así había sucedido muchas veces en el pasado. Así que si no se sentía cómoda para hablar esa noche, solo se limitaría a pedirle a Lena que la sostuviera, y estaba segura que ella lo haría sin pensarlo dos veces.
Kara apresuró su vuelo cuando pudo ver la casa de ambas en el horizonte y en cuestión de segundos estaba posándose sobre el balcón que tenían en su dormitorio. Lena había diseñado los planos de la casa con dos balcones: uno estaba en la habitación de ambas y el otro más que un balcón, era una pequeña terraza en el piso superior donde a veces les gustaba pasar el rato. Kara lo había encontrado un detalle hermoso.
Suspirando otra vez y todavía luchando un poco con la rapidez en la que iban los intrusos pensamientos en su mente, puso su dedo en el escáner de huella digital que le permitía el acceso a su hogar y que Lena había insistido en instalar en todas las entradas a la casa como parte del sistema de seguridad y entró.
Lo primero que notaron sus sentidos fue el aroma que impregnaba toda la habitación. Era el perfume de Lena mezclado con el shampoo que usaban al bañarse. Poco a poco, el peso en el pecho que Kara había sentido que la ahogaba todo el día comenzaba a disiparse.
Luego notó que la habitación estaba en silencio y que solo la iluminaba la luz que tenían cada una en su mesita de noche, lo que significaba que Lena ya estaba acostada. Kara sonrió un poquito, le gustaba saber que su esposa ahora tenía mejores horarios de sueño.
Dirigió su mirada a la gran cama king que ambas compartían y la escena que encontró le derritió un poquito el corazón, y calmó todavía más la ansiedad que la había acompañado durante gran parte del día.
Ahí, en medio de la gran cama y envueltas entre las mantas, estaban Lena y la hija de ambas, Lori, durmiendo plácidamente y viéndose tan tranquilas que los ojos de Kara se llenaron un poco de lágrimas.
Seguramente Lori le había pedido a Lena que le leyera un cuento antes de dormir y ambas habían caído rendidas ahí mismo. A Kara no le molestaba en lo absoluto. No había nada más en el mundo que pudiera superar la felicidad que le entregaba irse a dormir al lado de las dos personas que más amaba, escuchando el suave latido de sus corazones y sabiendo que ambas estarían ahí cuando Kara despertara.
Uno de los brazos de Lena estaba abrazando protectoramente la barriguita de Lori que dormía en posición de estrella, ajena a todo lo que sucediera a su alrededor, y Kara no se resistió el impulso de tomarles una foto y ponerla de fondo de pantalla en su celular.
Una vez listo eso, se dispuso a realizar su rutina nocturna rápidamente, y minutos después estaba recostándose al otro lado de su hija y estirando su mano hasta posarla sobre la de Lena, abrazando entre ambas a Lori.
El mero contacto piel a piel con ambas logró silenciar por completo los intrusos pensamientos que habían aquejado a Kara durante todo el día, así como también eliminar del todo la tensión por ansiedad que había experimentado en el cuerpo.
La última vez que Kara tuvo una de estas crisis, Lori todavía no estaba en los planes de ambas, por lo que la kriptoniana no tenía ni idea de que su hija podía, al igual que Lena, servirle de lugar seguro y ayudarla a relajarse, pero agradecía haberlo descubierto hoy. Aunque eso significara haber tenido un pésimo viernes.
Sonriendo, Kara se acercó un poco más a Lori y escondió su rostro en su largo cabello castaño. Olía a su bebé y a una mezcla del perfume de Lena y del de ella, seguramente debido a que estaban durmiendo en la cama de ambas. Cerró los ojos y se permitió descansar por primera vez desde que se había levantado aquella misma mañana.
Kara sabía que las recaídas y los días malos eran parte del proceso de sanación, y que podían suceder incluso años después de iniciado aquel camino, y aunque fueran agotadoras mental y físicamente hablando, sabía también que podía hacerles frente.
Porque ya no estaba sola. No mientras tuviera a Lena y Lori a su lado. Ambas eran su hogar. Su lugar seguro en el mundo.
Eran su paz.
