Work Text:
Prompt 5. Vida doméstica
Pairing: Rei x Yaten
—Yaten, amor, despierta…
La voz adormilada, acompañada de un par de palmadas aletargadas en la espalda masculina, no fueron lo suficientemente convincentes como para devolver Yaten de su mundo de sueños. Y Rei, vencida por su propia somnolencia, sucumbió al clásico engaño de los «cinco minutos más».
—Cariño, ya son las ocho, tu padre nos matará si llegamos tarde —escuchó la doncella a lo lejos, percibiendo el sello de un beso en su mejilla izquierda.
Luego de varios segundos, Rei por fin abrió sus ojos y se encontró con una vista de lo más satisfactoria: su amado esposo con el torso descubierto, yendo de un lado al otro del closet para extraer diversas prendas. Con una sonrisa, se removió entre las sábanas, sin ganas de dejar de contemplar aquella vista.
Al sentirse observado, el menor de los Kou se volvió a mirar a su musa, quien yacía con sus cabellos negros desperdigados por toda la almohada. Adoraba verla así, con sus facciones naturales y relajadas por el descanso, mostrando ese lado desenfadado, dócil y perezoso que formaba parte del universo insondable e infinito de su ser.
—¿Te gusta lo que ves?
—Muchísimo.
Yaten sonrió por su coquetería.
—Me voy a la ducha, miss Hino —anunció, dirigiéndose al cuarto de baño.
El que dejara la puerta semiabierta fue una clara invitación a unírsele y Rei abandonó su lugar en el lecho que compartían desde hacía ya tres años, y fue tras él. El cantante sintió las manos de ella colarse por su abdomen y el abrazo en que lo encerró al entrar bajo la lluvia de la regadera.
Disfrutó un poco de los besos que su mujer depositó en sus omóplatos y se giró para ser él quien la encerrase entre sus brazos. Besó sus mejillas, su frente, su nariz, y Rei se deshizo en las risas que le encantaban.
En uno de sus usuales gestos de adoración, exclusivos sólo para ella, Yaten la ayudó a lavar su largo cabello. La sacerdotisa, en reciprocidad, enjabonó el ancho de su espalda.
El agua tibia corriendo entre sus cuerpos y el toque de sus pieles húmedas, pronto encendió su deseo y aquello terminó con una de sus sesiones de sexo en la ducha. Tendrían que resarcir esos minutos extras para salir a tiempo al almuerzo con Takashi Hino.
Generalmente, los fines de semana ninguno de los dos tenía trabajo.
Yaten, compositor y arreglista de tiempo completo para Three Lights y algunos otros artistas de la agencia, desaparecía los sábados y domingos para dedicarlos a su vida personal y marital. Si acaso, la inspiración lo abordaba en ese inter, siempre contaba con su propio estudio en casa.
Rei, por su lado, tampoco asistía a su trabajo en la embajada. Se había graduado en Relaciones Internacionales y había aplicado para entrar al servicio público en el área cultural de aquella institución japonesa. Desde entonces, se desempeñaba en un cargo de dirección.
La decisión de involucrarse en el ámbito gubernamental provocó que el trato con su padre se reanudara, dado que se veían frecuentemente en eventos sociales y políticos. Ello los llevó nuevamente a congeniar y, desde hacía un tiempo, a reunirse de manera familiar en algún desayuno, almuerzo, comida o cena. Esta ocasión era lo segundo e iban con poco tiempo de antelación.
Apresuraron su arreglo personal y apenas consiguieron salir una media hora antes de la cita. Yaten esperaba que el tránsito fuera amable con ellos y no le quitara la marca perfecta de puntualidad ante su suegro. No es que al senador Hino le fueran a enfurecer unos minutos de retraso, pero el menor de los Kou quería mantener su imagen de yerno sensato, intachable y confiable que se había ido ganando durante todos esos años de conocerlo.
A Rei le dio mucha risa verlo contener el aire todo el trayecto al restaurante y soltarlo con alivio, hasta que consultó su reloj de mano y corroboró que llegaban con dos minutos de anticipación. No se lo había dicho, pero se consideraba la mujer más afortunada del universo por tener a un hombre que, en detalles que parecían banales o imperceptibles, le mostraba su adoración y devoción por ella.
Feliz, se enganchó a su brazo y caminó junto a él hasta la mesa reservada. Allí, Takashi Hino los esperaba con su siempre templado semblante.
Almorzaron, charlando de una variedad de temas que fueron de la próxima renovación del Congreso, al último éxito de Yaten en la radio, a la casa de vacaciones en Miyakojima y, finalmente, hasta cuándo se iban a decidir a ampliar el clan familiar.
—Confío en que cumplirás con tu deber, hijo.
Rei quiso carcajearse por la expresión inquieta de Yaten al sentir la presión colateral de su padre, ya que ella había eludido el asunto con un ambiguo «ya veremos».
Concluyeron la reunión familiar y despidieron al senador frente a su coche, donde su chofer ya lo esperaba. A su hija la besó en la mejilla y a su yerno le palmeó la espalda, gesto que Yaten siempre interpretaba como de aprobación. Su imagen parecía seguir intacta.
—Debemos correr por el regalo de Chibi Chibi —dijo el peliplata en cuanto trajeron su auto y abrió la puerta del copiloto para que Rei subiera.
Aquel día habían sido invitados también a la celebración del cuarto cumpleaños de la pequeña hija de Serena y Seiya. Por la incompatibilidad de agendas y cargas de trabajo, les fue imposible buscar algo en la semana previa.
Incorporándose a la avenida principal, Yaten se enfiló a una plaza comercial cercana.
—¿Qué se supone que debería gustarle a una niña de cuatro años? —indagó el compositor, atento a la luz del semáforo que titilaba un amarillo, a punto de cambiar a rojo.
Rei amaba verlo manejar. La expresión seria y concentrada que esbozaba al atender el camino y maniobrar con el volante, plus, el panorama de su línea de perfil y atractiva mandíbula, la extasiaban.
—Hino, ¿me estás escuchando?
—No, estoy ocupada enamorándome por enésima vez de ti.
—Boba —soltó el ojiverde por toda respuesta, eludiendo el latido que arremetió en su pecho por el asalto verbal. Pasara el tiempo que pasara, esa mujer lograba aturdirlo con unas cuantas palabras o tan sólo con un gesto.
Hicieron una parada por café en un drive-thru: un ice americano para él, un latte con menta para ella.
En el centro comercial, buscaron una juguetería como su primera opción, más no se decidían entre un conejo parlanchín o unos patines.
—¿No está muy pequeña para los patines? —meditó la mujer.
—Algún día tendrá que aprender—resolvió Yaten por toda lógica.
—¿Y si vemos algo de ropa? El invierno está por venir.
El hombre consintió y se dejó llevar a la sección infantil, donde su querida esposa miraba uno que otro conjunto, uno que otro abrigo y uno que otro gorro.
—¿Todo eso? —inquirió él, notándola indecisa entre las prendas, lo que significaba que no quería renunciar a ninguna.
Rei, sabiéndose descubierta, asintió con un puchero. Yaten hizo un gesto afirmativo con los dedos, concediéndole el capricho.
—Creo que también deberíamos regresar por el conejo —enunció el ojiverde, ocupándose de pagar en la caja. La sacerdotisa, abrazada a su espalda, emitió un sonido en acuerdo.
Con los múltiples regalos para su sobrina, la pareja cruzó media ciudad hasta la residencia Kou-Tsukino, donde ya se celebraba la fiesta de cumpleaños de la primogénita. Todo su círculo cercano se había dado cita en el lugar: Lita y Andrew, Minako y Taiki, Amy y Richard, los padres y familiares de Serena, y algunas otras amistades de Seiya.
El éxito de la tarde: Chibi Chibi quedó encantada con el famoso conejo parlante.
Cuando fue el momento de regresar a casa, Rei decidió que ella manejaría. Con el ajetreo de todo aquel sábado, estaba segura de que Yaten, a esas horas, ya se sentía cansado. A pesar de que sus habilidades sociales habían mejorado, era una característica de su personalidad el sentirse rápidamente abrumado y drenado de energía ante la prolongada convivencia con varias personas. Y ese día, en particular, se había esforzado el doble de lo normal.
Sin embargo, Yaten no se lo permitió, empecinado en la idea de que, mientras ella estuviera en su compañía, él la llevaría a donde sea que tuvieran que ir. Y, por supuesto, la doncella no podía más que derretirse por su dulce trato y acceder a su deseo.
Al volver al departamento, Rei guardó el gran pedazo de pastel enviado por Serena en el refrigerador, pensando en que tendría que terminárselo sola, pues su maridito no era muy fan del betún. Le costaría un par de semanas de natación intensa quemar todas esas calorías.
Yaten se deshizo de su chaqueta y la abandonó en el respaldo del sillón. Dirigiéndose a la cocina, arremangó su camisa y lavó sus manos en el fregadero con la intención de preparar té de lavanda con leche. Hino solía tener problemas de sueño si bebía cafeína a esas horas, así que el té era una mejor opción.
—Debemos ir al super, ya no tenemos té —indicó, vertiendo la última porción herbal.
—Mañana podríamos ir, si quieres —propuso la pelinegra, extrayendo un par de tazas de la alacena.
Yaten asintió en acuerdo con la idea y dejó reposar la tetera, aprovechando ese par de minutos para ir a la habitación a ponerse una camiseta y el pantalón de su pijama. Al retornar, encontró a su esposa tirada en el sofá, mirando la televisión con las piernas volando sobre el reposabrazos. Le pareció una tierna niña pequeña.
Terminó su tarea con el té y, en una charola, llevó el par de tazas hasta la mesita de la sala. Al notarlo llegar, Rei abandonó su posición y lo ayudó para que la bebida caliente no se derramara y causara algún accidente.
Ambos bebieron de la infusión y se abandonaron al descanso, luego del agotamiento que implicó sus actividades de ese sábado. La guardiana de marte buscó su lugar favorito entre los brazos de su amado, quien reaccionó en automático, acunándola en su pecho.
—Mañana es seis —mencionó Rei, manipulando el control de la televisión en busca de algo qué ver—. Toca pagar la tarjeta y el servicio del coche.
—De acuerdo, lo transfiero. Recuérdame mañana antes de que salgamos al súper.
—¡Mira! Acaban de subir «White chicks» al catálogo —señaló emocionada, ubicando la película que la hacía morir de risa desde sus quince.
—Ponla —incitó conocedor de que, por milésima vez, quería mirar la cinta.
—¿En serio?
—Si.
—Te amo, mi vida, mi amor, mi cariño… —consintió la doncella, repartiéndole besos en las mejillas, nariz y labios.
Yaten rio y se dejó hacer.
Una vez que su esposa dio play, la atrajo hacia él para mirar la película juntos. No prometía que no se quedaría dormido a la mitad, pero entregado como era con todo lo que amaba, Yaten estaba convencido de que haría todo lo que estuviese a su alcance por hacer a Rei feliz.
Todo por ella y su deleitable vida en común.
