Work Text:
Prompt 1. Cita a ciegas
Pairing: Rei x Yaten
—Sabes que no quiero estar aquí, ¿no?
—¿Te olvidas de que a mí también me obligaron?
El encuentro no podía ser más desastroso.
Cuando había entrado a Crown y no halló rastro de Michiru, Rei debió sospechar. Ella nunca llegaba tarde.
Sin embargo, la chica Hino no le había dado importancia, pensando que algún contratiempo la había retrasado, por primera vez, en su perfecto record. En vez de angustiarse por ello, había pedido un americano helado y fue a sentarse en un lugar junto a la ventana. Luego de veinte minutos de espera y contemplación de los transeúntes, entonces sí que empezó a preocuparse. ¿Se habría equivocado de lugar?
Estuvo por extraer su móvil para textearle, cuando una notificación de Line resonó en sus oídos y, sin demora, leyó el mensaje.
«Su nombre es Yaten Kou, es arquitecto y tiene veintiocho años. Ojos verdes y cabello plateado»
La información la había confundido, haciéndole pensar que su amiga se había equivocado de destinatario. Quiso responder, pero un segundo mensaje había llegado enseguida, haciéndole hervir las venas.
«Lo siento, Rei. Es mi cita a ciegas. Bueno, ahora es tu cita a ciegas. Te lo compensaré, lo juro. ¿Puedes hacerme este favor? Te lo intercambiaré por el Saint Laurent que te encanta ¡Sólo esta vez!»
—¡Por supuesto que no! ¿Estás loca? —había respondido por lo alto, como si la hubiera tenido enfrente. Pero la loca parecía ella, hablando sola en medio de la cafetería.
Sin perder un segundo, había oprimido la tecla de marcar. Con frustración, se vio completamente ignorada por su —ahora— ex mejor amiga y enviada al buzón por la amable señorita operadora.
Estuvo por emprender la huida, cuando detrás de ella, una voz masculina preguntó por Michiru Kahio.
Rei, en ese momento, no tuvo el corazón para ser descortés y dejarlo con las palabras en la boca, así que lo había invitándolo a sentarse y le había explicado brevemente el asunto.
De haber sabido que el tipo resultaría ser un grosero engreído que, indignado por el juego de su cita original —es decir, Michiru—, no reparó en soltarle que de igual manera él había sido condicionado para asistir a aquella cita en contra de su voluntad, la pelinegra no se hubiera detenido ni un segundo a causa de sus buenos modales. Maldita crianza de la familia Hino. Si el hombre no quería estar allí, ¿por qué no simplemente se levantaba de su asiento y se largaba?
—Mis padres enviaron a alguien a vigilarme —respondió la pregunta que intuyó en su expresión ceñuda—. La condición es que debo quedarme al menos treinta minutos en la cita concertada.
—¿Y eso que tiene que ver conmigo? Tu cita es Michiru y, ¡Oh, sorpresa! Ni siquiera vino.
—Como lo has dicho, ella no vino y se supone que ahora tú eres mi cita. Sólo permanezcamos en esta incomodidad unos minutos más. ¿Puedes hacerme ese favor?
—Así que sabes pedir favores —apuntó Rei con la mordacidad verberándole en los labios.
Yaten rodó los ojos. Odiaba que la promesa de sus padres de no volver a concertarle una cita con cualquiera de las hijas o sobrinas o nietas de las personas que formaban su círculo social, como una tácita presión porque comenzara a pensar en casarse, dependiera de la mujer de labios rojos sentada frente a él.
El fragmento introductorio de «Old Yellow Bricks» sonó y Yaten rastreó con sus ojos el origen de la inusual melodía. Lo encontró en el teléfono de la chica, el cual emitía su timbre de llamada entrante. La observó contestar y responder algunas cosas sobre una entrega de borrador y revisiones de material.
Hasta entonces, el muchacho se permitió mirarla a detalle. Era joven y bonita, bastante, a decir verdad. Sus ojazos profundos con ese toque violeta que brillaba cuando la luz tocaba su iris, eran muy llamativos. Y la coleta alta en la que se ataba su larga cabellera negra, le daba un aire desenfadado e inocente. De no ser por el instinto de rebeldía que reaccionaba en dirección contraria a las expectativas de sus padres, hubiera apreciado su amabilidad al cruzar sus primeras palabras con él y explicarle a la situación, siendo que ella también había sido puesta en aquel escenario incómodo de liarse con un completo desconocido.
—¿Te gusta «Arctic Monkeys»? —habló en cuanto ella terminó la llamada.
—Si —respondió Rei, recelosa por el tema tan azaroso que había elegido abordar—. ¿Te agradan también?
—Si, un poco —mintió, tanteando terreno— ¿Qué canción es tu favorita?
—«Do me a favor»
—Ya. Buena elección.
Un extraño silencio se instaló entre ambos. Ese mínimo intercambio había cambiado algo en la atmósfera. Rei, de repente, había sentido su molestia menguar. Y Yaten, por primera vez en todo el rato, sentía un poco de curiosidad. Hacía un tiempo que no se relacionaba con nuevas personas aparte de su círculo cercano, el cual constaba de cinco o seis personas, para variar.
—¿Fuiste a su concierto en marzo?
—De suerte, Michiru y yo apenas y alcanzamos boletos. ¿Tú?
—No me lo hubiera perdido por nada —respondió y la chica lo miró esbozar lo más parecido a una sonrisa. Su rostro relajado le pareció atractivo.
Charlaron un rato sobre el particular, el cual por supuesto, fue mucho más de media hora. Cuando el tema se agotó, Rei sonrió brevemente y se incorporó de su asiento, anunciando que se iba.
Al pasar junto a él, Yaten la detuvo.
—Oye, Rei. Ya que anunciaron que darán el próximo concierto en noviembre. ¿Te parece buena idea si vamos juntos?
—¿Allí si querrás estar?
Yaten torció los labios y sonrió por la sutil estocada.
—Querré, sí.
Rei pareció pensarlo un momento y dio media vuelta para volver a su asiento en la mesa. Sonriéndole, accedió a intercambiar información para concertar aquella futura cita.
«Tal vez la deje conservar ese Saint Laurent», se dijo pensando en la promesa de Michiru, mientras miraba a Yaten Kou, arquitecto de veintiocho años, de ojos verdes y peligris, guardar su número.
