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En Tiempos de Guerra

Summary:

La guerra empezó de una forma distinta para cada une. Y cada une la vivió de una manera diferente.

Notes:

Esta historia está basada en la Guerra Civil Española y en las historias que mis abuelos me han contado sobre ella. Sé que prometí mucho angst, pero al final he tenido que bajarme un par de marchas porque me estaba pasando. Espero que disfrutéis del sufrimiento, supongo. Es broma (más o menos) pero sí que espero que os guste. Es el primer fic que consigo terminar y el primero que publico, así que estoy un poco (muy) de los nervios.

Also, este fic se lo dedico a sugamari por ser le primere en llorar 🫶🏻

Y si queréis los leemos en twitter :)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

     La guerra empezó de una forma diferente para cada une.

     A Kenma le pilló jugando a las cartas con sus abuelos. Bokuto estaba haciendo un muñeco de trapo para su sobrino, mientras este le miraba expectante. Kuroo se enteró mientras arreglaba una de las sillas del comedor junto a su padre. Y Akaashi se encontraba leyendo junto a la pequeña lámpara que alumbraba su habitación, estaba tan sumido en la historia de Escarlata O’Hara y de cómo la guerra llegó a su vida, que no se dio cuenta de que también llamaba a su puerta. De una manera bastante literal. 

     En ese momento Keiji no sabía la suerte que tenía de que su dormitorio fuese una pequeña habitación interior, sin ventanas que dieran a la calle y que mostraran la luz que había en ella. Cuando los soldados del bando nacional entraron en su casa fue todo muy rápido: abrieron la puerta como si de una sábana se tratase, revolvieron el salón en busca de armas mientras dos soldados apresaban a los padres de Keiji. Fue entonces cuando el muchacho se dio cuenta de que algo no iba bien, oyó a su madre gritar y ella nunca -nunca- levantaba la voz. Se oía acallada a través de su puerta cerrada, pero la pudo entender perfectamente.

    —¡Estamos solo nosotros! ¡Mi hijo murió hace un año!

     Keiji no entendió por qué o a quién mentía su madre, pero supo que debía de haber una buena razón para ello. ¿Qué debía hacer? Lo primero que se le ocurrió fue esconderse bajo la cama después de recoger cualquier cosa que diera pie a pensar que en esa habitación vivía alguien: la foto con sus chiques en la plaza del pueblo, las cartas que intercambiaba con Tetsuro (a pesar de vivir a dos calles de distancia), el libro que estaba leyendo y, por supuesto, la lámpara aún caliente.

     Esperó bajo la cama, guardó silencio durante lo que pareció una eternidad, hasta que escuchó cómo unas pisadas fuertes se acercaban a su habitación. Silencio. Por un momento Keiji pensó que todo había acabado, pero entonces alguien abrió la puerta. Se llevó la mano a la cara para taparse la boca y la nariz, tenía miedo de emitir cualquier sonido por inaudible que fuera. No sabía qué estaba pasando, pero tenía miedo. Quienquiera que hubiera entrado en su habitación hizo un buen registro. Abrió el cajón de su escritorio (nunca se alegró tanto de ser tan exageradamente ordenado, aquel cajón podría pasar por uno que lleva tiempo sin usarse), registró el armario tirando la ropa al suelo, buscando un doble fondo. Y metió una mano bajo la cama. Keiji entró en pánico. Estaba pegado a la pared, en la esquina, lo más encogido que podía estar, pero, ¿y si no era suficiente? ¿Y si le alcanzaban? Aquella mano se acercaba peligrosamente a su pie y, en un acto reflejo, pateó un pequeño muñeco que tenía allí de cuando era pequeño. Esa persona que hurgaba bajo la cama lo sacó para inspeccionarlo. Para alivio de Akaashi, pareció darse por satisfecho y salió de la habitación, aunque dejó la puerta abierta. Ahora las voces se escuchaban mejor.

    —Dice la verdad, no parece que haya nadie viviendo en esa habitación —Keiji no reconoció esa voz, pero supuso que le pertenecía a quien había registrado su cuarto.

    —Os lo dije.

    —¡Cállate, puta!

    —¡No le hables así a mi mujer!

    —Os hablaré como me dé la gana, rojo de mierda.

     Después se escuchó un golpe seco y, de nuevo, el grito de su madre. Keiji se tuvo que morder la lengua para evitar gritar también, pero aquello no duró mucho: poco después el silencio inundó la casa entera. Era un silencio que pesaba, que aplastaba a aquel muchacho contra el suelo y no le dejaba respirar. Era un silencio incierto y cargado de un miedo que le impedía salir de aquella cama. 

     No sabe cuánto tiempo pasó allí escondido, pudieron ser minutos u horas, las piernas se le habían entumecido y empezó a sentir cómo la cabeza le daba vueltas. No sabe si llegó a perder la conciencia o se quedó dormido, solo que, en algún momento, volvió a escuchar pisadas en su casa. El pánico acudió al cuerpo de Akaashi sin previo aviso, haciéndole emitir un quejido que bien podría costarle la vida. Las pisadas se movían despacio, pero eran más suaves que las otras, parecía casi que, quien fuera que estuviese allí, iba andando de puntillas. Sin poder casi pensar, Akaashi llevó la mano a la pequeña estrella que colgaba de su cuello y murmuró la primera oración que se le vino a la cabeza.

    —Titqabbál Tzelotehón Uvai'utehón D'khól Bet Olam Qodám Avuhón Di Bishmayá, V'imru Amén.

     Era apenas un susurro y la voz le temblaba tanto o más que las manos. Los pasos se detuvieron en la puerta de su habitación unos segundos antes de adentrarse en ella. 

    —Titqabbál Tzelotehón

    —¿Keiji?

     Fue un murmuro, casi inaudible, pero Akaashi identificó al instante a quien pertenecía esa voz. Se armó de valor y se atrevió a sacar la cabeza de debajo de la cama para encontrarse con los bajos rotos de unos pantalones que conocía muy bien. Él mismo los había remendado alguna vez.

    —Keiji —repitió el muchacho que esperaba allí de pie, obligando a Akaashi a levantar la vista.

    —Tetsuro…

     Con la ayuda de este último, Keiji se arrastró fuera de la cama para fundirse en un abrazo que no sabía que tanto necesitaba. No sabía lo solo que se sentía hasta que Kuroo le rodeó con sus brazos y le protegía con su cuerpo, dejando que se escondiera en su pecho. Fue entonces cuando las lágrimas empezaron a salir y los sollozos se hicieron incontrolables.

    —Tetsuro… Mis… Mis padres…

    —Lo sé. —El abrazo se hizo aún más fuerte, como si así pudiera estrujar el dolor que sentía su pequeño buhíto—. Mi padre también.

     Eso hizo que Akaashi se separase para mirar a Kuroo a la cara. Tenía los ojos rojos, pero no quedaba rastro de lágrimas en sus mejillas. Siempre había sido el más duro de los cuatro.

    —¿Cómo…?

    —Ha estallado la guerra. Han llegado soldados del bando nacional arrasando con cualquiera que pueda suponer una amenaza. Comunistas, partidarios de la república…

    —Judíos.

    —Judíos.

     Entonces Akaashi volvió a ser presa del pánico, Kuroo se dio cuenta por cómo abrió los ojos y miró hacia ninguna parte, apretando con fuerza su propia chaqueta.

    —¿Y Bokuto? ¿Y Kenma? ¿Están…?

—Están bien —le tranquilizó Kuroo, entrelazando sus dedos con los de su novio para evitar que se hiciera daño como había pasado otras veces—. Están juntos, con los abuelos de Kenma. También está allí Kaori.

     Al oír el nombre del sobrino de Bokuto, Akaashi se temió lo peor.

    —¿Su hermana…? —No tuvo que terminar la pregunta para que su pareja asintiera despacio, dejando claro que también se la habían llevado.

 

***

 

     La casa de los Kozume estaba sumida en el silencio. Nadie se atrevía a hablar, estaban todes sentades alrededor de la mesa de la cocina con solo una pequeña lámpara en el centro para alumbrar. Cuando Kuroo y Akaashi llegaron a la casa, Kenma rompió a llorar de alivio al ver que sus dos novios estaban bien, y Bokuto no los soltó de su abrazo ni cuando movieron la reunión a la cocina.

    —¿Qué vamos a hacer ahora? —Kuroo fue el primero en romper aquel silencio, ganándose la mirada de todes les presentes.

    —¿Qué quieres que hagamos? —respondió Kenma sin apenas moverse—. Nada, no podemos hacer nada. 

    —Lo mejor sería no destacar mucho, no hablar de temas peligrosos y… —La abuela de Kenma miró de reojo a Keiji, no queriendo ser indiscreta pero sí queriendo llamar su atención—. Deberías quitarte eso.

    —No. —El moreno no se tomó a mal el comentario de la abuela de su novie, sabía que lo decía por su propio bien y que se preocupaba, como siempre había hecho—. No voy a quitarme la estrella.

    —‘Kaashi, sé lo importante que es para ti, pero… —Fue el turno de Bokuto, no quería ni pensar que algo malo le pudiera pasar a su pareja.

    —Yo estoy de acuerdo con Keiji.

    —Tetsuro…

    —Han llegado quitándonoslo todo. Nos han arrebatado a nuestras familias y han empezado una guerra que aquí nadie quiere. Estoy contigo, Keiji, no te quites tu estrella. Porque si no empezamos a rebelarnos nosotres con pequeños gestos, ¿quién lo va a hacer?

    —¿Y qué pretendes hacer, Kuro? —Kenma alzó la voz después de dar un golpe en la mesa—. ¿Formar un grupo de guerrilleros e ir asesinando fascistas?

    —He dicho pequeños gestos, Ken.

    —¿Y cuáles son esos “pequeños gestos”?

    —No lo sé. ¡No lo sé, Kenma! ¡No tengo ni idea, estoy acojonado!

    —Sé que nunca te has callado frente a las injusticias, Kuroo. —Bokuto le puso la mano sobre la suya y sonrió. A pesar de todo, su sonrisa seguía iluminando cualquier estancia en la que estuviera—. Pero, ahora mismo, quizás sea el momento de hacerlo. No quiero ni pensar en que te puedan…

    —No van a hacerme nada, Bo.

    —Prométeme que no harás ninguna locura.

    —Jamás podré prometerte eso.

    —Joder… —Bokuto forzó una sonrisa, pero las lágrimas no podía ocultarlas. Sabía, tan bien como todes en aquella habitación, que antes o después su pareja se iba a meter en problemas.

 

***

 

     Después de aquello, Kuroo y Akaashi se fueron a vivir juntos a la casa del más joven, a pesar de las quejas de los abuelos de Kenma que insistieron en que era peligroso y que uno de ellos podía quedarse en su casa y el otro en casa de los Bokuto. Pero ellos no les escucharon. Por suerte, a nadie del pueblo le pareció especialmente extraño: eran dos jóvenes que acababan de perder a sus padres de manera repentina y todo el mundo sabía que eran muy cercanos -si bien no sabían hasta qué punto lo eran-.

 

     Cada une vivió la guerra de una manera distinta.

     A pesar de que intentaron seguir estudiando, los dos morenos decidieron que no podían gastar ese dinero que apenas les llegaba para comer, y ese año no se matricularon en la universidad de la ciudad. Bokuto decidió que debía quedarse con su sobrino y cuidar de él y, aunque su madre le insistió en que ella podía hacerlo, el joven se mantuvo firme: no iba a permitir que el pequeño creciera sin un referente. Quería ser él. Kenma, por su parte, no quería ir a la ciudad sole, sin sus novios, y, finalmente, se quedó en el pueblo con la excusa de no querer dejar a sus abuelos solos.

     Así que todes empezaron a trabajar: Koutarou empezó a cuidar a les niñes de les vecines del pueblo; algunes eran huérfanes, otres simplemente tenían padres trabajando todo el día y necesitaban una mano. Tetsuro se quedó con el taller de su padre, por suerte había estado aprendiendo el oficio desde pequeño y no tuvo mayor problema en llevarlo él solo. Kenma no tenía problemas económicos pero, aun así, empezó a acompañar a su abuela en la panadería y empezó a hacer panes y pasteles. De todes, el que más complicado lo tuvo fue Keiji. Todes en el pueblo sabían que su familia era judía y, aunque la mayoría le tuvieran un inmenso aprecio, tenían miedo de las repercusiones que podían acarrear de manera personal al tener a un judío trabajando para elles.

     Y eso le fue afectando.

     Poco a poco.

          Como el agua de una ría en tiempo de sequía.

              Se fue secando, gota a gota.

                        Hasta quedar totalmente

                                     árido.

 

     Empezó a cultivar en el campo que había detrás de su casa, pero un buen cultivo tarda tiempo en dar sus frutos. Eso no le hacía sentir menos inútil.

     Mientras tanto, los soldados del bando nacional recorrían las calles día sí y día también, en ocasiones se llevaban a alguien, en otras montaban un revuelo. Llovían palizas y balazos y nadie se atrevía a alzar la voz. No en ese instante. Pero en cuanto los soldados se dispersaban, Kuroo era siempre el primero en salir corriendo del taller para ayudar a quien lo necesitara, si es que aún estaba a tiempo. Bokuto intentaba mantener a les niñes en una pequeña burbuja de fantasía en la que los ruidos no eran más animales de un bosque encantado, donde el mayor peligro era un brujo malvado que, en el fondo, tenía un buen corazón. Kenma empezó a alternar sus turnos en la panadería con hacerle compañía a Keiji. Sabía que su novio no lo estaba pasando bien y le daba miedo que pudiera hacer alguna locura, así que iba a pasar las tardes con él, escondiendo la vigilancia en partidas de ajedrez o cartas.

 

     Pero aquella tarde en concreto Akaashi estaba solo en casa. Garabateaba en un cuaderno, como tantas veces hacía, lejos de las ventanas por miedo a que alguien pudiera echar un vistazo y leer alguna de aquellas palabras prohibidas. Por eso se sobresaltó tanto cuando la puerta se abrió, tirando el cuaderno debajo de la mesa en la que se encontraba. Para su alivio, a quienes encontró fue a sus novies y las familias de elles (los abuelos de Kenma, la madre y el sobrino de Bokuto).

    —¿Sabes qué día es hoy, ‘Kaashi? —preguntó Bokuto, con la ilusión en su voz. Parecía esconder algo en las manos, igual que Kuroo en la espalda.

    —¿Miércoles?

    —Más concretamente —insistió el mayor, abriendo las manos y dejando ver una pequeña peonza tallada en madera.

    —Eso es… —A Akaashi casi se le saltaron las lágrimas. Había estado tan sumido en sus pensamientos, tan abrumado por la guerra, que había olvidado qué fecha era—. Es un dreidel.

    —Feliz Janucá —dijo entonces Kuroo, sacando de detrás de su espalda la menorá que tenía Keiji en su casa antes del saqueo.

    —Pero si estaba rota.

    —La he arreglado.

    —Nosotres traemos la comida —anunció Kenma, saliendo de detrás de los dos mayores junto a sus abuelos, con las manos cargadas de platos.

    —Y yo traigo velas —dijo Kaori, con la alegría propia de un niño de su edad—. ¡Ah! Y un regalo. —De la bolsa que traía cruzada en el pecho, el pequeño sacó un muñeco de trapo bastante apañado, en el que se intuía la forma de un búho—. Lo hemos hecho el tío Kou y yo.

    —Es precioso, Kaori. Gracias.

     En aquel momento Keiji ya no podía contener más las lágrimas y fue corriendo a abrazar a sus novies, así como a sus familias. Su familia, también. Todes sabían que aquello era peligroso, por eso cerraron las ventanas a cal y canto y hablaron en voz baja. La noche se alargó, comieron y bebieron y jugaron y rieron, como si de puertas para fuera la guerra no existiera. Akaashi recitó una oración mientras encendía la primera vela, y todes esperaban en un silencio solemne. El único judío allí era el joven moreno, pero ninguno se atrevió a interrumpirle o quejarse y mucho menos recriminarle. No les parecía lógico reñir con él por simplemente creer en algo distinto o porque por sus venas corriera sangre hebrea. Después de la pequeña ceremonia, el joven enseñó a Kaori a jugar con el dreidel, explicándole qué significaban las letras que su tío tan meticulosamente había grabado.

    —¿Están bien escritas, ‘Kaashi?

    —Están perfectas, Bo. Muchas gracias. Muchísimas gracias a todes.

     La única respuesta del grupo fue un gran abrazo familiar, todes estaban felices de ver a Keiji sonreír de nuevo. Si bien es cierto que, quizás, habían gastado más de lo que se podían permitir en una noche, había merecido totalmente la pena por volver a ver la chispa en los ojos de su novio y la estrella del cuello de Akaashi brillar por fuera de la ropa una vez más. Aunque solo fuera dentro de casa.  

 

***

 

    —¡Te pueden matar por esto, Kei!

     Kenma se paseaba por la cocina de la casa del moreno con el cuaderno de su novio en la mano. Mientras esperaba a que Keiji terminara de recoger la ropa que había dejado secando, decidió echar una ojeada al cuaderno, pensando que encontraría un relato inocente, una de las historias que a su pareja le gustaba escribir, o incluso cartas que nunca enviaría a sus padres. Pero lo que leyó en aquellas páginas le dejó de piedra. Era una absoluta locura, si alguien leyera aquellas palabras enviarían sin dudar ni un instante a aquel chico al paredón. No solo eran pensamientos en contra del bando nacional -lo que, de por sí, ya era muy peligroso-, también había ideas de acciones y revueltas, bocetos de propaganda republicana.

    —No pueden quitarme lo que pienso, Kenma.

    —No, pero déjalo en un pensamiento. No lo escribas, no lo publiques. No puedes dejar que nadie vea esto. ¿Y si te pillan? ¡Tienen mucho en tu contra!

    —¡A pesar de no haber hecho nada! —Aquella fue, probablemente, la primera vez que Akaashi alzó la voz. Kenma se sorprendió tanto que se quedó mude—. Mi simple existencia me pone en peligro por quienes fueron mis padres, mis abuelos, los abuelos de mis abuelos. Me odian por creer en el mismo dios que ellos, pero siguiendo otras reglas. Me repudian por apoyar la democracia. ¡Vivo en constante peligro aunque no haga nada, Kenma! Al menos déjame poner en palabras cómo me siento.

    —Tengo miedo, Keiji. Por ti, por Kuro. Os exponéis sin pensarlo y me da pánico que en cualquier momento os cojan y os…

     Kenma ya no podía contener más las lágrimas, la mera idea de pensar que a sus novios le pudiera pasar algo le generaba una presión en el pecho que le asfixiaba. Akaashi le abrazó, le arropó con su cuerpo, como si con él pudiera protegerle de las balas. Y Kenma se sintió diminute. ¿Cómo podía dejar que algo le pasara a alguno de sus chicos? Suficiente les había arrebatado la guerra como para quitarles también la vida. A Kuro le había quitado su carisma, su jovialidad y su eterna provocación. A Keiji le había quitado su luz, su calidez, su tranquilidad. Incluso Bokuto sonreía menos, lo hacía de manera más forzada para que les demás no se preocuparan. A Kenma le habían quitado todo eso, todas esas partes de sus novios que le hacían feliz.

    —Prométeme que dejarás de escribir esas cosas —imploró le más bajite entre sollozos.

    —Kenma…

    —Prométeme, al menos, que tendrás cuidado.

    —Lo tendré.

 

***

 

     Aquel día hacía especialmente frío a pesar de estar ya a mediados de marzo, tanto que Akaashi decidió hacer una sopa y le pidió a Kuroo que fuese a por algo de carne. Estaba en la cocina frente al fuego cuando escuchó la puerta. Y justo después. Un golpe. Como si se hubiese venido el techo abajo. Keiji tardó un momento en reaccionar, por su mente pasaron demasiadas cosas juntas: aquel día que se llevaron a sus padres, las botas del soldado que entró en su habitación, los golpes que oía desde su casa cuando daban alguna paliza en la calle. El miedo era atroz, pero no lo suficiente como para impedirle ir a comprobar que su pareja estaba bien. Salió corriendo hacia la entrada, encontrándose algo que no esperaba en absoluto.

    —¿Eso es un fusil?

    —En realidad, son dos fusiles —corrigió el más alto. Justo después sacó algo de su abrigo y lo lanzó también al suelo—. Con sus bayonetas.

    —¿De dónde los has sacado? —El más bajo empezaba a ponerse de los nervios y el miedo empezó a crecer en su estómago.

    —Se los he quitado a dos soldados que dormían a las afueras.

    —¿Estás loco?

    —Un poco. —Pero la sonrisa que acompañaba a aquella respuesta dejaba claro lo contrario. Era una sonrisa que Akaashi llevaba demasiado tiempo sin ver: esa sonrisa ladina, depredadora y tan sensual que le volvía loco.

    —Kenma te va a matar.

    —Kenma no va a enterarse.

    —Viene casi todos los días, ¿dónde vas a esconder dos fusiles?

    —En el mismo sitio en el que tú guardas la propaganda. —Esa respuesta dejó a Keiji totalmente desarmado, haciéndole abrir los ojos de par en par—. Eres demasiado listo como para pensar de verdad que no me iba a dar cuenta. Te quiero, Keiji, y una de las cosas que más me gustan de ti es que nunca te has conformado.

    Akaashi no quería llorar, no otra vez; últimamente Kuroo le había visto derramar demasiadas lágrimas. Así que, en vez de en forma de llanto, dejó salir sus sentimientos de otro modo: tiró de la blusa ancha de Tetsuro hasta que sus cuerpos chocaron y sus labios se fundieron. ¿Hacía cuanto que no se besaban así, con pasión, con ganas, con fiereza? ¿Hacía cuanto que no se dejaban llevar? Se echaban de menos a pesar de vivir bajo el mismo techo.

     Eso cambió aquella noche, entre fusiles y propaganda republicana. Entre besos empezaron una revolución.

 

***

 

    —Los dueños del molino están con nosotros —comentó Kuroo una tarde, mientras tomaban café -si es que aquello se le podía llamar café, la escasez les hacía reutilizar los posos varias veces y, por supuesto, nada de azúcar-.

    —¿Has hablado con ellos? 

    —Mataron a su hijo hace unos meses, sabía que no dirían nada.

    —¿Y qué van a hacer? —preguntó Keiji. 

    —Transportan constantemente a la ciudad, pueden mandar mensajes sin llamar la atención. Podremos ponernos en contacto con Yaku más fácilmente que con los acertijos que le mandamos ahora.

    —Supongo que tienes razón, pero…

     Su conversación se vio interrumpida por un barullo y muchos gritos en la calle. ¿Otra vez? ¿A quién iba a arrestar ahora? Ambos se levantaron, con la simple intención de asomarse por la ventana, hasta que vieron lo que ocurría fuera.

    —¡BOKUTO! —Akaashi salió corriendo de la casa, sin pensárselo dos veces, sin quitarse las gafas y con los cordones desatados. Su novio, su amor, su Bokuto estaba siendo apuntado por un fusil. 

    —No he hecho nada —repitió el muchacho, por enésima vez, a los soldados.

    —¿Ser judío te parece poco? —preguntó el soldado que no apuntaba. Los ojos de Koutarou se abrieron de par en par mientras Keiji forcejeaba, intentando soltarse del aguare de Kuroo. 

    —Yo no soy judío —sentenció el joven.

    —¿Qué es esto? —En la mano del soldado había uno de los dreidels que Bokuto le había tallado a Akaashi unos meses antes—. Esto es un juguete de judíos, ¿verdad? Si no es tuyo, ¿de quién es?

     Bokuto no contestó. ¿Cómo iba a hacerlo? No dijo ni una palabra, no movió ni un músculo. Usó toda la fuerza que tenía para evitar mirar a Keiji, para que nadie le siguiera la mirada, para que nadie sospechara. Simplemente, se quedó mirando al soldado que tenía delante, encañonándole. Estaba bien, lo aceptaba. Solo esperaba que su sobrino no viera nada. Por el rabillo del ojo vio cómo Kenma caía de rodillas al suelo, tampoco querría que elle viera esto.

    —¡NO! —El grito de Akaashi resonó por toda la calle, todes les vecines se giraron para mirarle y, tras darle un pisotón a Kuroo, logró zafarse de sus brazos y corrió hacia los guardias—. ¡Soy yo! ¡Yo soy el judío! —Y, para demostrarlo, sacó la estrella que colgaba de su cuello, dejándola sobre su blusa. 

     Una pequeña estrella de oro de seis puntas que una vez creyó su salvación terminaría siendo su perdición. Su condena a muerte.

     El color de la cara de Bokuto desapareció, bien podría pasar por un fantasma, porque el fusil que antes le apuntaba a él ahora apuntaba a una de las personas que más quería en el mundo. Ni siquiera podía moverse. Estaba totalmente paralizado. Solo podía mirar. Mirar cómo el soldado se acercaba a su novio, mirar cómo este cerraba los ojos -cómo le temblaban las pestañas al hacerlo-. Kenma, desde la puerta de la panadería tampoco podía moverse, solo contemplaba la escena mientras su cabeza repetía una y otra vez «lo sabía, esto iba a pasar, yo lo sabía y no lo he podido evitar». Todo el mundo contenía la respiración, nadie daba un paso, nadie hacia ruido.

     Por eso el disparo resonó en el pueblo entero. El grito que salió de la garganta de Kenma bien podría haber roto el mundo en dos, como su alma lo acababa de hacer. Bokuto seguía sin poder moverse, intentando procesar lo que acababa de ver. Keiji esperaba sentir dolor, esperaba que el disparo doliese, pero no sintió nada. Cuando abrió los ojos encontró un cuerpo sin vida tirado en el suelo delante suya, bañado en un charco de sangre. Detrás, en la puerta de su casa, Kuroo sostenía uno de los fusiles que había robado.

     Acababa de matar a un hombre. Acababa de matar a un soldado. Y si quería salir de allí, tenía que matar al otro también. Y así lo hizo.

 

***

 

     A partir de ese momento todo pasó muy rápido. Todo el mundo se encerró en casa, sin querer saber nada de lo que había pasado. Tampoco nadie llamó a la policía ni al ejército, pero era cuestión de tiempo que se enteraran.

    —¿Qué vamos a hacer ahora? —Las lágrimas de Kenma todavía no se habían secado, pero le chique había seguido a los dos morenos a su casa, acompañade de Bokuto, que no terminaba de salir del estado de shock.

    —¿Vamos? —preguntó Kuroo. En este rato de había dedicado a hacer un petate, guardando lo imprescindible para la huida—. Vosotres no vais a hacer nada, yo me voy.

    —Yo voy contigo.

    —No, Keiji, me voy yo solo.

    —Tetsuro, todo esto ha pasado por mi culpa. —La voz de Akaashi se notaba rota, aunque nadie hizo ningún comentario al respecto—. Además, en cuanto venga alguien me llevarán al paredón, seguro que habían informado de que había un judío aquí.

    Tras un largo suspiro, más cansado que exasperado, Kuroo aceptó.

    —Está bien.

    —El grupo de Konoha está en las montañas que hay al norte, podemos ir con ellos y…

    —¿De qué estáis hablando? —Kenma parecía confuse, pero también irritade—. ¿Qué grupo? ¿A las montañas? ¿De verdad os vais sin nosotres?

    —¿Recuerdas a Konoha, mi compañero de clase en la universidad? —preguntó Keiji. Le teñide solo respondió con un movimiento de cabeza—. Está en un grupo de rebeldes, de republicanos, y se esconden en la montaña.

    —¿Y cómo lo sabéis?

    —No tenemos tiempo para esto, Ken —intervino Kuroo.

    —Vale, pues me lo cuentas de camino.

    —No puedes…

    —Vamos a ir. —La voz de Bokuto resonó en toda la casa, estaba serio y, aunque no había alzado la voz, se hizo imponer—. Vamos a ir con vosotros y, como bien has dicho, Tetsu, no hay tiempo para discutir.

 

 

     Tardaron una hora en salir del pueblo, Kenma fue a despedirse de sus abuelos y Bokuto de su sobrino, le hizo prometer que cuidaría a les demás niñes del pueblo mientras él estaba fuera. A cambio, le prometió que, cuando terminara la guerra, volvería a buscarle.

     Los dos morenos llevaban los fusiles, Kenma y Bokuto llevaban las bayonetas. Los dos mayores eran los encargados de cargar con la comida, mientras que les jóvenes indicaban el camino. Para lo improvisado del viaje, se habían organizado bastante bien.

     Les costó dos días llegar al pie de la montaña y, a pesar de que ya había anochecido, no se atrevieron a acampar en el valle, así que decidieron adentrarse un poco en los árboles para pasar la noche. Encontraron un pequeño claro rodeado de encinas y allí se detuvieron. Aunque hacía frío, no encendieron ningún fuego que pudiera delatarles, simplemente se sentaron unes junto a otres.

    —¿Qué haremos después? —preguntó Kenma, tras un largo rato en silencio—. Quiero decir, después de huir y encontrar al grupo de…

    —Konoha —terminó Akaashi—. Podemos quedarnos con elles y pelear. Luchar por un país justo. Como era antes.

    —También podemos cruzar la frontera por el norte, nos acogerán como refugiades de guerra —añadió Kuroo.

    —Me gusta más la segunda opción —murmuró le teñide.

    Bokuto, que no había abierto la boca desde salieron del pueblo, rompió su silencio.

    —A mí me gusta más la primera.

    —Bo…

    —A ti no te han apuntado con un fusil sin ninguna duda sobre si apretar el gatillo o no, Kenma.

    —No, y no quiero que lo hagan. Ni a mí un a ninguno de vosotros.

    —Ya lo decidiremos cuando llegue el momento, ahora deberíamos dormir —concluyó Keiji.

 

     La noche estaba tranquila, silenciosa y oscura. Aun así, Akaashi no conseguía conciliar el sueño. Tenía un nudo en el estomago que no terminaba de irse ni siquiera con los suaves ronquidos de sus novies. Empezaban a dolerle las piernas por estar tanto tiempo sentado en aquella postura, así que decidió ir a dar una vuelta. Una pequeña. No pasaría nada.

     No se alejó mucho del pequeño campamento improvisado que habían hecho, pero sí lo suficiente como para no oír los pasos que se acercaban por el otro lado hasta que un grito rompió la quietud de la noche.

    —¡Topos!

     Provenía del campamento, pero esa voz no pertenecía a ningune de les que estaban allí. Su corazón empezó a latir con tanta fuerza que la vista se le nubló mientras corría de vuelta. 

     Y de pronto.

          Un disparo.

               Un silencio.

                    Un grito desgarrador.

    —¡KENMA!

     Esa voz sí la conocía. Y ese dolor también. Sus pies dejaron de moverse y su cabeza se quedó en blanco. De pronto estaba desubicado, ¿qué hacía en el bosque?

    —¡KOU, CORRE!

    —¿Y AKAASHI?

    —¡¡CORRE!!

     Dos figuras se acercaban a él a gran velocidad, pero su cuerpo no era capaz de responder. ¿Debería apartarse? ¿Debería ir con ellos?

    —¡¡Keiji!!

     Uno de los muchachos le agarró de la mano, tirando de él. Tardó un momento en reconocer a Tetsuro y convencer a sus piernas de que se movieran. No lo hacían lo suficientemente rápido y Kuroo parecía tener mucha prisa, por lo que en un movimiento muy hábil, se cargó a Keiji en el hombro.

    —¿Qué ha pasado? —Se atrevió a decir cuando la voz volvió a su cuerpo—. ¿Y Kenma?

    —No está.

    —¿Cómo que no está?

    —¡No está! —El grito de Kuroo le heló la sangre y solo le hizo falta un vistazo a Bokuto para comprender que Kenma nunca más iba a estar.

 

     No avanzaron mucho más antes de volver a escuchar gritos detrás suya.

    —Mierda. 

     Kuroo echó a Keiji al suelo y se paró un segundo a tomar aire.

     Solo un segundo. 

     Pero solo un segundo es lo que necesita una bala para alcanzarte.

     Y un segundo es lo que tardas en caer al suelo, gritando de dolor.

     Cuando estás huyendo a toda prisa por salvar tu vida, un segundo es un tiempo muy valioso. Y ellos habían perdido tres.

     Bokuto y Akaashi tiraban de los brazos de Kuroo, ayudándole a ponerse de pie, pero con una herida de bala en la pierna, no logró dar ni dos pasos antes de volver a caer.

    —Vamos Tetsu —animó Bokuto mientras volvía a tirar de él.

    —Kou, déjalo.

    —No voy a dejarlo. No voy a dejarte.

    —Tetsuro, por favor. Arriba, vamos —imploró Akaashi.

    —No puedo mantenerme en pie —dijo Kuroo. Tenía una sonrisa en la cara, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas—. ¿Cómo voy a correr?

    —Tetsuro, por favor…

    —Venga, corred —insistió—. Me voy a cargar a unos cuantos de esos cabrones y así os doy más tiempo.

    —No…

    —Kou, llevátelo. Poneos a salvo.

     Koutarou le dio un beso a Kuroo, uno rápido y lleno de -literalmente- sangre, sudor y lágrimas. Le dio un último beso antes de agarrar a Akaashi con toda la fuerza que pudo y le alejó de él.

    —¡TETSURO! —La voz de Keiji se rompió como el silencio en la noche. Las lágrimas salían con tanta fuerza que solo veía un manchurrón de verde y marrón—. ¡TE BUSCARÉ!

     Esa última promesa rompió lo poco que quedaba del corazón de Bokuto, sabiendo que nunca podría cumplirla. Podría buscarle, sí, pero ¿qué iba a encontrar?

     Entonces se escuchó un disparo. Dos. Tres. Y cuatro disparos a la vez. 

         —¡¡¡AAAAAAHHHHHHHHH!!!

     En ese grito se fue el alma de Akaashi, todo lo que quedaba de él. Casi todo lo que quedaba. A su lado Bokuto se mantenía todo lo entero que podía. Él no gritaba, no lloraba. Solo corría por el bosque intentando no chocarse.

     Quizás huir había sido una mala idea. Ese pensamiento empezó a atormentar a Keiji. Si no hubieran huido solo le habrían ejecutado a él. Si se hubieran quedado en casa, Kenma seguiría vive. Kuroo seguiría vivo. Y podrían seguir una vida larga y feliz junto a Bokuto. Su mente entró en ese bucle de «y si…» del que nunca sale.

     De pronto, Bokuto aminoró el paso, sorprendiendo a Akaashi.

    —¿Qué pasa?

    —Ahí hay gente —murmuró Bokuto, señalando hacia algo que parecía un campamento.

    —Quizás sea Konoha.

    —¿Nos hemos adentrado lo suficiente?

    —Creo que sí.

     No hizo falta mucho más, solo una pequeña esperanza delante suya para hacerles avanzar.

     Doscientos ochenta y tres. Fueron los pasos que dieron hasta llegar al campamento. Keiji los iba contando para evitar pensar en la sangre que tenía en sus manos. Sangre que, de repente, se extendía por todo un claro delante de ellos.

    —Esto no es una guerra —murmuró Akaashi con la poca voz que le salía—. Esto es una masacre.

    —¿Era este el grupo al que nos íbamos a unir? —Esa esperanza que hacía unos minutos había iluminado su camino ahora desaparecía junto a los cadáveres que tenían en frente.

     Un leve asentimiento fue la única respuesta que pudo dar Keiji al encontrar, entre todos esos cuerpos, a su amigo Konoha. Tumbado bocarriba. Con los ojos abiertos. Mirando el cielo.

    —¿Qué hacemos ahora? —Un susurro es lo que salió de la boca de Bokuto.

    ¿Qué hacían ahora? ¿Qué podían hacer? Sus opciones eran cada vez más limitadas. No llegarían a la frontera ni soñando. Estaba claro que como resistencia tampoco iban a servir. ¿Qué resistencia, de todas formas? Los estaban masacrando.

    —No lo sé, Bokuto. Yo… Lo siento. Todo esto es culpa mía. Todo esto es por mí, por…

     La verborrea fue detenida con unos labios, suaves, dulces a pesar de todo. Con una mano, Bokuto acariciaba la mejilla de Akaashi, con la otra, entrelazaban los dedos.

    —Nada es culpa tuya. No me arrepiento de absolutamente nada.

    —Bokuto…

    —Si muero ahora, lo haré feliz. Porque estoy contigo. Estábamos juntes. Estamos juntes.

    —Estaremos juntes. Te lo prometo. No sé cuándo, dónde ni cómo. No sé en qué mundo. Pero os encontraré y no os dejaré marchar de nuevo.

     Con la mano que sostenía la mejilla, Koutarou secó las lágrimas que Keiji derramaba. No podía evitarlo. Se estaba desbordando de amor, miedo, inseguridad. ¿Cómo no iba a llorar?

    —Te creo.

 

     Un disparo. Akaashi cerró los ojos por la impresión y, cuando los abrió, no tenía a nadie frente a él. Bokuto estaba tirado en el suelo. Inmóvil. Inerte. A Keiji ya no le quedaba voz ni alma para gritar. Solo se agachó junto a él y le dio la mano.

    —Te lo prometo.

     Otro disparo. Este lo vio venir. Como a cámara lenta. También lo sintió. Ardiente, en el estómago. Húmedo, en la ropa. Dolía como el infierno. Pero no le quedaba voz ni alma para gritar. Así que simplemente se dejó caer en la hierba, mirando al cielo. Mirando a las estrellas como la que colgaba de su cuello. Allí llevó una mano, apretando el pequeño colgante, clavándose las seis puntas en la palma. La otra mano la dejó sobre la de Bokuto, sintiendo la todavía calidez que manaba de él. 

     Era extraño sentir cómo la vida se le escapaba con cada respiración. Sus últimos pensamientos fueron para sus padres, que seguro le estaban esperando donde fuera que estuviesen. Y para sus chiques, que seguro que no se habían ido sin él. 

 

 

———   ———

 

     Akaashi abre los ojos de golpe, el sol le ciega y tarda un momento en reconocer el césped en el que está tumbado. Está en los jardines de la universidad, su cabeza está apoyada sobre el regazo de Kuroo que, mientras sostiene un libro con una mano, le acaricia el pelo a Keiji con la otra. A su lado está Bokuto, comiendo fruta deshidratada mientras lee una revista, y, sobre su pecho, se encuentra Kenma jugando con su Switch. Todo parece normal.

    —¿Ya te has despertado? —pregunta Kuroo, al notar cómo su cabeza se mueve—. Te has echado una buena siesta.

    —¿Estaba durmiendo? —Akaashi sigue un poco desubicado. Apostaría cualquier cosa a que hace solo un instante estaba en las montañas, huyendo de las balas.

    —Muy profundamente, además —murmura Kenma, sin levantar la vista de la consola —. Ni siquiera Bo fue capaz de despertarte.

    —Tienes el sueño a prueba de bombas —bromea Bokuto, pero Akaashi se estremece al escuchar esa palabra y se incorpora de inmediato, provocándose así un fuerte mareo.

    —¿Dónde hay bombas?

    —Es una broma ‘Kaashi, no hay bombas por ningún lado.

    —¿Estás bien, Keiji? —Kuroo se acerca un poco más a él, despacio para no asustarle de nuevo, y le acaricia la mejilla—. ¿Has tenido un mal sueño?

    Akaashi reposa suavemente la cara sobre la mano de su novio y suspira. Sí, podría decir que ha tenido un mal sueño. Uno horrible de hecho. ¿Pero cómo va a explicarle a sus chiques lo real que parecía todo?

    —¿Quieres hablar de ello? —Insiste Kuroo. En este punto, todes están atentes y mirándole.

    —Es una tontería.

    —Si te preocupa o te hace sentir mal, no es una tontería —concluye Bokuto.

    —Exacto —añade Kenma—. Ahora cuéntanos.

    —Estábamos todes —comienza Akaashi, que ha tomado la mano que le acariciaba la mejilla con la suya propia, en busca de apoyo. Kuroo, por supuesto, no duda en dárselo y le acaricia el dorso de la mano con el pulgar—. Al principio era… bonito, supongo. Era parecido a ahora, estudiábamos juntes, nos queríamos… pero era más… ¿antiguo? —Kenma abre los ojos de par en par y Bokuto toma aire con fuerza, como si se hubiera asustado. Kuroo, sin embargo, sigue con sus dedos entrelazados entre los de Keiji—. Todo esta bien, hasta que…

    —Estalló la guerra.

     Todes miran a Kuroo, Akaashi confuso, les otres dos con comprensión. Kenma se seca la cara antes de que los demás puedan ver cómo se le han saltado las lágrimas, aunque a nadie se le escapa. Y a Bokuto la expresión le oscila entre alegría y tristeza, como si no supera cómo debe sentirse en ese momento.

    —¿Cómo lo sabes, Tetsu?

     Tetsuro no suelta la mano de Akaashi, sube la otra hasta su rostro y le acaricia con suavidad mientras le sonríe con infinita ternura.

    —Por fin nos recuerdas, Keiji.

     Akaashi va a responder, va a decirle que nunca les ha olvidado, pero de pronto su mente se llena de sonidos de disparos, de gritos, de sangre por todas partes. De repente, empieza a comprender que, quizás, no estaba soñando.

    —No era un sueño —murmura. No es una pregunta, es una afirmación que necesita ser corroborada.

    —No era un sueño.

     El pulgar de Kuroo alcanza a atrapar una lágrima que resbala por la cara de Akaashi. Kenma deja su Nintendo en el suelo y salta a los brazos de Keiji intentando esconder sus sollozos.

    —Por fin —murmura Kenma con su cara enterrada en el pecho de Keiji.

    —Has tardado mucho —comenta Bokuto, esta vez sí, con una sonrisa en el rostro—. Pero oye, mejor tarde que nunca.

     Todos se abrazan, Keiji es incapaz de controlar sus lágrimas ahora que lo recuerda todo. Que recuerda cómo sufrieron, cómo se separaron. Pero también recuerda su propia promesa que, de alguna manera, ha conseguido cumplir:

 

«Os buscaré. No sé cuándo, dónde ni cómo. No sé en qué mundo. Pero os encontraré y no os  dejaré marchar de nuevo.»

Notes:

¡Holi de nuevo! Quería hacer un par de aclaraciones:

1. La oración que recita Akaashi cuando está bajo la cama está en hebreo, y significa: “Que todas las oraciones y súplicas del mundo sean aceptadas por su fe en aquel que está en el cielo. Decid: amén.”

2. EL dreidel es una peonza (la hay de muchos materiales) con la que suelen jugar les niñes en Janucá. Antiguamente se usaba para estudiar la Torá sin que fuese evidente porque tiene grabadas unas letras (hebreas) y con ellas estudiaban.

3. Topos es cómo se llamaban a las personas que durante la guerra civil se escondían en los bosques y montañas de España.

Y creo que nada más. Espero que os haya gustado y que no hayáis llorado demasiado 🫶🏻.