Chapter Text
"Esto debe ser una broma", pensó Toge, mientras caminaba por los solitarios y polvorientos pasillos de la desgastada casa abandonada. El lugar era enorme y viejo, por lo mismo, muy frágil; con un estilo tradicional y amaderado, todos los muebles estaban intactos, cubiertos por una fina capa de polvo. Tenía varias plantas, todas conectadas por una única escalera zigzagueante color café claro. Toge estaba en el tercer piso, entrecerrando los ojos para forzarse a ver más allá de la oscuridad y la poca luz que entraba por las rendijas. Desde el instante en el que puso un pie dentro de la casa y escuchó las risas burlonas de los compañeros de clase, Toge supo que acompañarlos era mala idea, sobre todo porque Panda, su mejor amigo, confidente y protector, faltó a la escuela por enfermedad. Dejaron a Toge a la suerte, esperando que saliera chillando a la primera.
No era un chico sociable por su discapacidad(vocal), de hecho, podía contar con los dedos de una mano las personas con las que tenía confianza, por eso, cuando los rostros nuevos se acercaron para socializar y luego invitarlo a una grandiosa tarde por los alrededores, creyó que sería la oportunidad perfecta para hacer nuevos amigos. Los chicos de su escuela solían molestarlo muy a menudo, pero jamás habían sido crueles, le era fácil confiar. Y ahora estaba decepcionado, tanto que prometió nunca más volver a ser tan ingenuo. Toge aprendía de sus errores.
Toge no le temía a la soledad, ni la oscuridad le afectaba, ni siquiera los rumores de que en esa casa pasaban cosas paranormales, porque no creía en ello. Era más probable que algo de carne y hueso lo lastimara, como esos tontos que lo dejaron solo. Estaba aliviado de que al menos le dejaran las puertas abiertas.
Levantó la mano y sacudió las pelusas que flotaban sin gracia en el aire, doblando por uno de los pasillos. El tercer piso era como un laberinto, conectaba con varias habitaciones y puertas que no llevaban a ningún lado en específico. Había una habitación que llamó su atención, ya que estaba en el fondo y era la única que tenía una puerta llamativa por su inusual color negro, a diferencia de las otras, no era corrediza y estaba entreabierta. Toge no quería entrometerse; sin embargo, como todo adolescente, era muy curioso. La diferencia era por algo, ¿no? como estaba allí, solo, exploraría por su cuenta y acumularía anécdotas para sus amigos; quería que valiera la pena el tiempo invertido.
Puso un pie dentro y lo primero que notó fue el olor, un poco amargo y de madera podrida, pero no era extraño, esa casa estaba abandonada desde hace muchos años. Toge se acercó a la única ventana de la habitación y le quitó el pestillo, y solo abrió uno de los lados para que la luz entrara e iluminara ese lúgubre lugar. Entonces como si estuviera descubriendo un tesoro, un enorme cuadro de un dragón se alzó en medio de la suciedad; ocupaba casi todo el espacio de la pared, era grande y colorido, magenta y anaranjado, fuego y carbón. Era simplemente hermoso. Y no contrastaba en lo absoluto con la decoración de la habitación, demasiado simple y organizada. Había polvo y manchas de humedad en las paredes y el techo, en donde algunos tablones estaban fuera de lugar; las telarañas casi cubrían gran parte de las esquinas, como decoración para la noche de brujas. Toge se estremeció, imaginando la cantidad de bichos que habría, desde arañas y cucarachas, se alejó tanto como pudo de las paredes y los muebles.
No había mucho en el sitio, pero la cama era grande, había un escritorio en un costado de la ventana con libros viejos y una lámpara oxidada. Otra cosa que llamó la atención de Toge, porque parecía estar fuera de lugar, era un objeto colorido en forma de dragón, distinto al del cuadro, se veía más cómico que amenazante. No pertenecían a la misma persona, suponía por las diferencias y porque se veía mucho más moderno. Era momento de salir de allí. Cuando estaba por dar la vuelta, escuchó una risa escandalosa que venía de fuera y sacó la cabeza por la ventana para ver, y abajo, cerca de las rejas protectoras de la casa que daban a la salida, sin que le dieran tiempo de sorprenderse, estaban sus falsos compañeros, preparándose para irse. Si no fuera por su mudez, ya les hubiera gritado unos cuantos improperios que bien se los merecían.
Molesto, tiró la ventana de golpe, y sin querer, logró que toda la habitación se moviera; la madera crujió por el esfuerzo, Toge temió que todo se derrumbara; sin embargo, todo estaba en su sitio, a excepción del dragón en el escritorio, el cual se había caído en el alboroto. Tragó saliva, nervioso, mirando a todos lados, asegurándose de que nadie pudiera ver su travesura. Cuando definitivamente se sintió a salvo, tomó la cosa entre sus dedos y revisó que no estuviera dañada. Había una pequeña abertura a un lado de la cabeza de la cosa, un rasguño simple, que bien pasaría desapercibido.
"Lo siento, no le digas a nadie, ¿de acuerdo?", se disculpó mentalmente, limpiándolo un poco antes de devolverlo a su lugar. Esta vez, no hubo impedimento para retroceder y salir de allí, tomándose un tiempo para cerrar la puerta y fingir que todo estaba bien. Tal vez por los nervios o la sensación de que hizo algo malo, pero Toge se puso ansioso. El aire de repente se sintió más pesado y frío, suponiendo que en una casa solitaria era todo muy helado. No era por miedo, definitivamente no, solo Toge quería correr para salir de allí. Sus pasos en las escaleras eran rápidos y desordenados, no temía caerse en ese punto, resonaban en medio del silencio sepulcral.
Cuando estaba por dar el último salto y estar más cerca de la puerta, tal vez por el miedo infundado, en un pestañeo, se le apareció algo en frente, o más bien, alguien, abarcando todo su campo de visión. Si hubiera tenido voz hubiera gritado por la impresión, aunque no fue necesario, ya que el otro chico, quien también parecía anonadado por su presencia, soltó un chillido que no fue para nada masculino.
Parpadeó una y otra vez, conectándose y desconectándose de la realidad. Para Yuta, la conmoción era terriblemente embarazosa y el silencio que se creó de repente no era mucho mejor, aunque bueno, sus gritos tampoco lo fueron. Estaba seguro de que debería estar en un auto, de regreso a casa después de la cena familiar. No debería estar allí, en una casa desconocida con un desconocido al frente. El chico era lindo, de hecho, tenía un aura inocente con los mechones platinados y el color de ojos singular, ¿púrpura? Y un atuendo escolar que no distinguía.
¿Dónde estaba?
Retrocedió por inercia, echando un vistazo alrededor. El lugar era viejo y destartalado; espeluznante y oscuro, no tenía papel tapiz, y solo había áspera madera a la vista, muebles antiguos y mucha suciedad. Cuando terminó sus observaciones, volvió su atención al desconocido y preguntó con la voz temblorosa:
—¿Quién eres?
El chico no le respondió, el destello púrpura estaba puesto en él y casi se sintió perforado por la mirada escrutadora. Yuta se rascó la mejilla, inquieto, y volvió a preguntar, esperando tener más suerte:
—¿Quién eres? ¿Por qué estamos aquí?
Lo vio abrir la boca y cerrarla, en un movimiento cauteloso y titubeante, y luego, solo levantó sus manos y para su sorpresa y vergüenza, por supuesto, hizo varios movimientos incoherentes. Yuta se iluminó al instante y bajó la cabeza, profundamente apenado: no sabía el lenguaje de señas. Ladeó la cabeza lo suficiente para meditar y pensar que hacer a continuación, aunque solo le quedaba afrontar la verdad.
—Lo siento, no entiendo el lenguaje de señas.
El desconocido se encogió de hombros y lo miró como si fuera un idiota. Y lo era, en parte porque en la sociedad no enseñaban a ser inclusivos.
—Vamos, no me insultes y dime que hacemos aquí, ¿por qué estamos a solas? ¿Cómo llegué aquí?
Yuta caminó alrededor de la casona y aunque le pareció ligeramente familiar, no la reconocía. Había algo raro allí, porque no hacía ni calor, ni frío; ni hambre, ni sed. Se tocó y todo estaba en su lugar, pero no podía sentir nada en lo absoluto. Probablemente era efecto de la conmoción. Cuando volvió su atención al punto inicial, el chico ya había sacado un lápiz y una libreta en donde anotó en letras grandes y desordenadas:
"¿Qué eres y por qué apareces de la nada?"
—¿Cómo que quién soy? —preguntó, alzando una ceja, confundido—, te pregunté tu nombre primero.
El chico volvió a anotar algo rápidamente y se lo mostró.
"Soy Inumaki Toge, pero dime Toge, ¿y tú?", insistió el chico.
—Soy Yuta... —agregó vacilante—. Esto es extraño, no debería estar aquí.
No le sorprendió la falta de respuesta, al contrario. Toge avanzó y bordeó la figura de Yuta para salir de la casa, el último, por inercia lo siguió, cabizbajo y pensativo. El raro día no terminaba. Por andar distraído, Toge lo dejó atrás y casi le cerró la puerta en la cara, reprochó en voz baja y extendió la mano para abrir la puerta por su cuenta, solo para que sus dedos traspasaran el pomo, como si de repente estuviera hecho de aire.
Otro grito nada masculino se le escapó. Estaba entrando en pánico cuando la puerta se abrió de nuevo y el rostro de Toge reapareció, tan asustado como lo estaba Yuta, pero por un motivo distinto, pensó que algo malo le había pasado o eso quería creer.
—¡No puedo abrir la puerta! Soy transparente, ¡soy el hombre invisible! —dijo rápidamente.
Toge se le rio, aliviado, y anotó de nuevo en el cuaderno.
"¿De qué hablas? No eres invisible, yo te veo".
—Te mostraré, lo juro, soy invisible —Extendió la mano en modo de prueba por la libreta del chico, pero tal como con el pestillo, sus dedos traspasaran el objeto.
Toge lo miró con los ojos muy abiertos, con evidente pavor. Y volvió a darse vuelta para salir de la casa, dejándolo de nuevo solo. Yuta tenía ganas de gritarle que era un chico malo, hasta que recordó que probablemente podía atravesar cualquier cosa que se le cruzara, era un hombre invisible. Cerró los ojos y dio un paso adelante, consiguiendo atravesar la madera, Increíble. Al volver en sí, Toge ya estaba lo suficientemente lejos de él y corrió para alcanzarlo.
—Oye, no me dejes atrás. Hablo en serio.
El chico no se inmutó, aligeró el paso.
—Yo estaba en un auto y ahora aquí, ¿morí? ¿Soy un fantasma? Cielos, no quiero ser un fantasma, ¿qué pasará con mi familia? ¿Por qué me pasa esto? —balbuceaba tantas incoherencias, que cuando alguien resopló y golpeó con los zapatos el suelo, Yuta se sobresaltó y se detuvo, justo al lado de Toge, casi tocándolo. Parpadeó, sonriendo tímido.
El chico tenía el rostro contorsionado, evidentemente molesto y como si quisiera exorcizarlo de una vez por todas, en caso de que fuera un fantasma endemoniado, claro. Pero, seguro solo era un fantasma estudiantil, porque Yuta estaba vestido con un uniforme de camisa blanca cuello alto, una hilera de botones al frente; un pantalón negro y zapatos deportivos.
Yuta lo vio escribir furiosamente y apenas tuvo tiempo de reaccionar, cuando le colocó la libreta al frente.
"Déjame en paz. Si eres una alucinación ya deberías haber desaparecido".
—No soy una alucinación y no sé a dónde ir, no puedes dejarme aquí. Tengo miedo.
Toge estaba tan sorprendido y molesto, y no lo disimuló. No miró a Yuta, no intentó escribir de nuevo, retomó el camino, sintiéndose confundido. Las calles desoladas se volvieron callejones transitados y luego casas elegantes con fachadas de ensueño. Yuta veía todo con fascinación, como si fuera la primera vez que andaba por el mundo y veía las maravillas. Minutos después, llegaron a una casa, igual de enorme y presuntuosa que el resto. Dejó a Yuta con la boca abierta, ¿allí vivía? Porque debían ser ricos.
—¡Hey!, ¿dónde estamos? ¿Es tu casa? ¡Es gigante!
Hubo una señal que él sí entendió y fue la de silencio. Toge colocó su dedo en medio de sus labios y le hizo la señal para que lo siguiera. Yuta tenía ganas de quejarse y decirle que no lo mandaba, pero finalmente obedeció. El chico empujó un gran portón de metal y entraron al sitio, anduvieron por un pequeño camino pavimentado hasta una nueva puerta, más pequeña, en la terraza, Toge dejó los zapatos en un costado y sus pasos fueron cautelosos. Yuta miró sus pies y como no había necesidad de andar descalzo, avanzó tras su nuevo compañero.
—Llegas tarde —mencionó alguien desde el recibidor, vestido con un yukata. El hombre tenía un porte altivo, pero no parecía ser el jefe de la familia, tal vez solo era el cuidador de Toge.
Yuta veía con atención cuando Toge movía sus manos, y la persona asintió, comprendiendo. Le frustró no saber qué trataban de comunicar. Debió ser convincente, porque la expresión del empleado se suavizó y lo dejó pasar.
—Ve a la habitación a limpiarte, la comida estará pronto.
No tuvieron que repetirlo dos veces, Toge se inclinó respetuosamente y se marchó. Yuta siguiéndolo como un cachorrito perdido y ansioso, veía las cosas de esa casa, con su rostro iluminado por los muebles de madera tallada y los cuadros costosos, un papel tapiz neutro; el piso de caoba, reluciente, y aunque no sentía nada, la alfombra se veía tan suave y acolchada.
La habitación de Toge también tenía parte de la decoración de todo el lugar, sin embargo, estaba más ambientada para el adolescente. Un escritorio con muchos de sus artículos personales y estantes con fotos y figuras de personajes animados. Era bonito, sobre todo con las sábanas de la cama con dibujos en forma de onigiri y las fundas de almohada igual, lo único distinto eran peluches, como pandas.
Toge se quitó la mochila y la colocó en la cama, le echó un vistazo a Yuta, vacilante, para luego anotar algo en el papel y mostrárselo:
"Voy a buscar información sobre ti".
—Está bien. —No tenía porqué negarse. Él hubiera hecho lo mismo. Se quedó de pie al costado del escritorio, mientras Toge prendía el computador.
Yuta estaba un poco perdido con la tecnología, no entendió en lo absoluto nada sobre los buscadores y las redes sociales. Se alejó del escritorio, dando vueltas alrededor de la habitación, mirando las fotos exhibidas y los libros de texto, había una de Toge con dos adolescentes más, un hombre y una mujer, sonriendo hacia la cámara. No recordaba haber terminado la secundaria y mentiría si dijera que no le afectó, le recorrió una extraña sensación de desolación que terminó cuando un papel lo atravesó. Era Toge llamándolo. Vaya forma de hacerlo.
—¿Qué pasó? —preguntó, acercándose de nuevo.
Toge señaló la pantalla del computador, es una especie de post-it, había una frase escrita.
"Dime tu nombre completo".
—Hmm... es Okkotsu Yuta —contestó, dubitativo. No estaba seguro de él mismo.
"¿Estás seguro?"
—Lo estoy, soy Okkotsu Yuta.
Toge ya no preguntó más y solo tecleó rápidamente. En la pantalla apareció una nota extensa que no pudo leer bien, hasta que se acercó más. El apellido de su familia aparece en primera plana, junto a la noticia de un accidente y la muerte de su familia, incluidos sus padres y un hermano. Si pudiera llorar lo haría, pero estaba seco y decepcionado. Él también estaba muerto. Decía allí que alcanzó a llegar al hospital, pero tuvo muerte cerebral.
«Lo siento mucho», tecleó Toge, luciendo de verdad consternado.
Era la primera muestra de afecto que le mostraban a Yuta desde que despertó y la garganta se le cerró.
—No importa, debí suponerlo. Un auto, yo invisible.
Toge siguió navegando en la web, Yuta suspiró, resignado. Más tarde que nunca, ambos debían aceptar el nuevo destino.
Un rato después, Toge bajó a comer cuando lo llamaron y esta vez no lo siguió, echó un vistazo al computador y había un blog abierto en letras grandes sobre cómo deshacerse de un fantasma. Y Yuta frunció el ceño, indignado. Ni siquiera estaba siendo molesto, ¿o sí? Y Toge no parecía temerle, ¿por qué?
No se sabía si él era peligroso, aunque Toge tenía la sospecha de que Yuta solo era un idiota.
Cuando Toge volvió, se colocó en el baño su ropa de pijama; antes de acostarse, tomó del bolso auriculares inalámbricos y encendió la música del celular. Era una cajita bonita y táctil. A Yuta le gustó. Extendió su mano para tocar, pero Toge lo miró con dureza, tanto que gritaba: no molestes. Al final se quedó sentado de lado, muy fastidiado.
—Estoy aburrido, te contaré cosas de mí, verás... tenía una amiga, creo. Todo es borroso y confuso, me gustaría recordarla y... —No le importó que mientras contaba, Toge subiera el volumen de la música y le diera la espalda.
Yuta siguió parloteando, contando cosas interesantes de su vida que ni él recordaba. Tal vez solo estaba inventando para tener algo con que entretenerse, de todos modos tenía toda la noche para tratar de ponerse al día.
Toge estaba cansado, malhumorado y trasnochado. Para ser un fantasma, Yuta era demasiado entrometido y ruidoso. Toda la noche estuvo hablando y poniendo a prueba su paciencia, ¿no tenía a dónde más ir? Necesitaba deshacerse de él, pronto.
Al ser buen momento para despertar, abrió los ojos y se tensó, había un par de pupilas azul intenso, mirándolo desde arriba. La reacción inicial fue tensarse hasta que le dolió el cuerpo, luego gritó: Yuta estaba doblado en el borde de la cama, justo sobre él, mirándolo fijamente. ¿Hacía cuánto estaba en esa posición? porque, ¡joder!, ¡qué susto!
Levantó las manos por inercia para sacarse al fantasma de encima, pero "la cosa" fue más rápida y se alejó, sonriéndole inocentemente. En serio, era hora de exorcizarlo. Y ni modo de decirle que lo dejara en paz, porque Yuta no sabía el lenguaje de señas, como el resto del mundo.
—Lo siento, quería verte dormir.
Toge rodó los ojos y se levantó de la cama, mucho más amargado que al comienzo.
Se alistó para ir a la escuela, y menos mal que Panda ya estaba mejor. O no podría sobrevivir ese día. Anotó algo en la libreta y se lo mostró a Yuta.
"¿Puedes quedarte aquí mientras voy a la escuela?"
—Supongo, no tengo otros planes como puedes ver.
Toge suspiró aliviado y tomó la mochila para irse. Era jueves por la mañana y el clima estaba perfecto. Aunque cuando dio un paso fuera y estaba por alejarse, Yuta apareció de su lado. Se llevó las manos al pecho, soltando una exclamación de sorpresa.
¿En serio?
—¡Lo siento! De verdad lo intenté, pero... Creo que estamos atados, es una suerte —titubeó Yuta, desviando la mirada para no ver el rostro furioso de Toge. El chico también usaba el cuello alto en su uniforme al punto de cubrir la mitad de su rostro, pero solo con sus ojos era suficiente para asustarlo.
Ninguno de los dos tenía opción. Al parecer el destino los quería juntos por algún motivo, y mientras Yuta pensaba que todo iría bien, Toge creía que no podía irle peor. Pensamientos distintos en un mundo parecido.
