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Un desastre en la cocina

Summary:

Alice se preguntó cómo fue que su intento de cocinar causó que terminaran hablando de sus defectos.

Notes:

Día 29. Defecto que más amo.

Work Text:

Alice se preguntó cómo fue que la cocina se llenó de humo.

Con una mano se tapó la nariz y la boca para protegerse de todo el humo que salía del sartén y de la olla, reprimía sus ganas de toser, su otra mano la sacudía de un lado a otra para tratar de ahuyentar la gran nube gris que se había formado.

¿Cómo es que había pasado todo esto? Solo siguió cada instrucción que venía en el libro de cocina que encontró en la alacena. Se le hizo curioso el lugar en el que la cabeza de algas lo había guardado, pero ese no era el tema ahora. Más tarde podía burlarse de él por eso, en lo que se tenía que enfocar era disimular lo que ocurrió. No gritaría "fuego" porque eso sería alarmar a los vecinos del edificio que irían a rodear la entrada y llamarían a los bomberos por un incendio inexistente, abrió la puerta de la cocina y dejó que saliera el humo.

Al menos en la sala no había nadie. Oz y Gilbert habían salido a la ciudad para comprar las cosas que faltaban en el departamento. Decidieron dejar a Alice cuidando el lugar, por el aburrimiento es que ella decidió entrar a la cocina y este era el momento en el que supo que fue una mala idea por lo que ocurrió, la única evidencia eran los recipientes en la estufa, decorados de negro de la parte de abajo por dejarlos mucho tiempo en el fuego, por eso es que la carne que intentó preparar se quemó.

Se sentó en el sillón y pensó en una excusa que resultara muy convincente. Podía decir que así estaba la cocina cuando entró y que fue culpa de Gilbert. Apoyó sus pies sobre la mesa de la sala, cruzó sus brazos para tener una expresión de victoria en su rostro por lo que se le había ocurrido. Era un buen plan, sin embargo, no duró mucho tiempo así porque no estaba muy segura si Oz le creería, la cabeza de algas rápidamente diría que todo ocurrió por ella. Aún así hay algo que hace que quiera intentar mentir. Si no le creen, será divertido ver sus rostros.

Sin darse cuenta de cuánto tiempo permaneció sentada, se reincorpora cuando escucha las voces animadas de Oz y Gilbert entre las paredes del apartamento.

—¡Alice, ya llegamos! —exclama Oz cuando abre la puerta.

Alice rápidamente se levantó para cerrar la puerta de la cocina, luego los vio y se estremeció cuando Gilbert empezó a oler el lugar. Para fingir que nada pasó se levantó para ir con Oz, se distrajo al querer ver el contenido de las bolsas colocadas en la mesa. Había fruta, aceite, más carne y verduras. Hizo una nueva de desagrado cuando las observó.

—¡Carne! —gritó y colocó su mentón sobre la bolsa. Lo malo era que, al estar cruda, no se la podía comer en ese momento. Estaría muy impaciente por la hora de la comida.

—¿Por qué huele a quemado?

Escuchar la voz de Gilbert hizo que su sonrisa desapareciera y empezara a oler el lugar como si no supiera a qué se refiere.

—Uno de tus vecinos debe ser un desastre cocinando.

—P-pero afuera no…

—¿Qué vamos a comer? —interrumpió para cambiar de tema. El único que parecía no saber lo que ocurría era Oz, quién estaba muy ocupado sacando las verduras.

Gilbert le dedicó una mirada fulminante y Alice lo ignoró. Se fijó en cada movimiento que hacía Oz para impedir que se dirigieran a la cocina. Sin embargo, también tenía que ver a esa cabeza de algas. Ninguno de los dos tenían que saber lo que pasó.

—Gil, ¿puedes ir por el cuchillo y la tabla para cortar?

—¡Yo lo hago! —dijo Alice rápidamente sin detenerse a mirar las expresiones de los dos.

Corrió hacia la cocina y ya gran parte del humo había desaparecido, el aroma a quemado era muy imperceptible, se podía sentir si se acercaban a la olla y al sartén. Giró a todos lados para empezar a buscar lo que pidió Oz. Sin embargo, no los encontraba y empezó a molestarse. Caminaba de un lado a otro, abriendo las puertas de las alacenas y del horno. Con el cuchillo no tuvo problemas porque estaba guardado en un cajón.

—¡Cabeza de algas! —gritó—. ¡¿Dónde está la tabla para cortar?!

—Coneja estúpida, ¿qué hiciste?

Estaba tan concentrada buscando la tabla de cortar que el grito de Gilbert hizo que soltara un salto. Se encogió de hombros, al menos ya no olía a quemado, pero la evidencia de las ollas quemadas no la eliminó.

—Te estoy preguntando dónde está la tabla —dijo molesta.

Estaba de cuclillas para revisar los cajones de abajo. Se dio media vuelta para ver a Gilbert de pie enojado viendo lo que Alice había hecho. Oz estaba a un lado de él, él no parecía enojado, por su mirada pudo intuir que también se preguntaba qué fue lo que pasó. Dio largas zancadas y abrió el horno para sacar la tabla de cortar, no se la entregó, la dejó sobre la mesa de la cocina.

—Alice, ¿intentaste cocinar?

Se puso de pie ante escuchar esa calmada voz, diferente a la de Gilbert quien ya se había tranquilizado un poco, tal vez por estar en presencia de Oz era que trató de relajarse para que no lo viera tan furioso por lo que había hecho ella.

Miró a Oz. Él estaba caminando en la cocina, tomó el cuchillo y la tabla para cortar. Verlo tan tranquilo hizo que Alice olvidara la pregunta que le hizo, sacudió su cabeza a los lados para responder.

—Quería cocinar para ti.

Se quedó perpleja con la facilidad en la que dijo eso. Creyó que le iba a costar más trabajo, supuso que era por la confianza que le tenía a Oz.

—¿Eh?

Gilbert dejó de tratar de despegar la carne pegada del sartén al escuchar lo que había hecho, Alice lo ignoró porque no estaba hablando con él, quiso escuchar la respuesta de Oz, sus cejas se alzaron ligeramente y su boca formaba una o.

—No tenías por qué —respondió calmado—, agradezco la intención.

"Intención". Sí, porque las cosas no salieron como ella esperaba. Le dedicó una sonrisa y Alice volteó hacia otro lado, frunció los labios. En este momento quería ser como Oz, no darle tanta importancia al desastre, sino pensar en lo que harían después.

Los dos se quedaron en silencio, lo que se escuchaba era la espátula que Gilbert ocupaba para tratar de limpiar la sartén.

—¿Qué les parece que cocinemos los tres? —propuso Oz—. Luego limpiaremos la cocina.

—De ninguna manera —intervino Gil miró molesto a Alice, ella aguantó las ganas de poner los ojos en blanco—. Oz, yo puedo encargarme, soy tu sirviente.

—Y como mi sirviente te pido que aceptes que cocinemos los tres.

De mala gana, Gilbert aceptó. De seguro estaba pensando en que Alice fuera la que limpiara el desastre que ocasionó, pero al menos estaba Oz para evitar que dijera algo así. Le dedicó una sonrisa, como una señal de que no importara lo que hiciera, tenía que obedecer sus órdenes.

…

Alice pensó que este momento nunca llegaría. Cocinaron y luego lavaron todo lo que habían utilizado, la idea de cocinar los tres no fue mala porque sirvió para acelerar todo el proceso.

Ella hizo el esfuerzo por cortar bien las verduras, no salió tan bien porque habían pedazos de jitomates, zanahorias y papas que estaban grandes y otros muy pequeños, también tuvo que estar cerca de la estufa para asegurarse de que se cocieran bien; Oz cortó la carne y Gilbert la cocinó, también se encargó de preparar arroz.

Ahora en la mesa estaba la sartén con carne y verduras alrededor y un tazón grande con arroz. Se veía bien, siguieron una de las recetas del libro que Alice había sacado de la alacena.

—Hace tiempo no comía algo tan delicioso —habló, hizo a un lado la comida en su boca para que se entendiera lo que quería decir.

Si hablara con la boca llena sería reprendida por Gilbert. Quiso evitar la situación.

—Es porque la mayoría de las veces prefieres la comida preparada que la hecha en casa.

No le hizo caso. Con su mano sostenía el plato y comía con tanta rapidez.

—No le encuentro lo malo a eso.

Escuchó cómo Gilbert soltaba un suspiro fastidiado. Oz tenía una sonrisa en la cara, no intervendrá en su discusión, tal vez ya se había acostumbrado.

—El dinero no alcanza.

—Puedes buscar otro trabajo —respondió, dejó el plato vacío sobre la mesa y se apoyó en el respaldo de la silla.

—Lo dices fácil porque tú no tienes que trabajar.

Por la forma en que lo dijo, supo que ya estaba acabando con su paciencia, decía algo más e iba a explotar. Si Gilbert se lo pidiera, podría estar en búsqueda de un trabajo. Los dos voltearon a dirección de Oz cuando escucharon su risa, Alice quiso preguntarle qué era tan gracioso. Creyó que él iba a intervenir al estarse peleando con su sirviente.

—El mal humor es un defecto que me gusta en Alice.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué? La mayoría de las personas no soportan a las que tienen mal humor.

Dio un sorbo al vaso de agua para esperar lo que diría Oz a continuación.

—Me acostumbré —confesó—. Es una parte de tu personalidad.

«Qué raro es» pensó.

En el pequeño comedor reinó el silencio otra vez. Alice parpadeó, ¿era en serio lo que dijo? Bueno, puede ser que Oz haya encontrado un "encanto" en su mal humor. Le dedicó una media sonrisa, Gilbert estaba mirándolo sin poder creer lo que había escuchado.

—Me gusta tu frialdad, Gil. —Esta vez Oz se dirigió a él. Él solo se apoyó en la silla y volteó a otro lado, tal vez por la vergüenza de que mencione uno de sus defectos—. A pesar de eso, siempre te preocupas por mí repitiendo: Oz, Oz, Oz —se rió brevemente—, no tengo ningún inconveniente si un día te pones a ti en primer lugar.

—No puedo hacer eso —contestó negando con la cabeza—, me sentiría inútil si…

Oz agregó un "por favor" y le dedicó una cálida mirada, Gilbert no se pudo negar. Haría el esfuerzo por hacerle caso.

—A mí me gusta cuando te burlas de la cabeza de algas.

Ahora era el turno de hablar de Alice, lo dijo mientras volvía a servirse más comida. Odiaba un poco admitirlo, pero Gilbert era un excelente cocinero. La carne salió muy bien.

—Es divertido —aceptó Oz.

—¿Q-qué? ¿C-cómo qué divertido?

—¿Hay un defecto que te guste mucho de mí, Gil?

El mencionado fingió pensar un rato. Alice tuvo que aguantar las ganas de reír, se levantó un rato de su lugar para servirse un poco de arroz blanco, lo revolvió con las verduras que todavía no se comía. Así tendría su mente ocupada para no burlarse de él.

—¿Estás enamorado? —intervino Alice cuando había pasado mucho tiempo sin decir algo, dejó el plato sobre la mesa y lo apuntó con su dedo—, es muy común idealizar a la persona especial, la ves tan perfecta que resulta imposible encontrarle algún defecto, tal vez te pase con Oz.

Silencio.

Ella ignoró las miradas desconcertadas de los dos. Luego Oz volteó en dirección a Gilbert.

—¿Qué dices, coneja estúpida?

Se puso de pie y cuando lo miró de reojo pudo ver cómo sus mejillas lucían sonrojadas.

—No esperaba que Alice dijera algo así.

Gilbert se sentó y siguió comiendo el resto de la carne que faltaba.

—Lo leí en un libro de Sharon.

Sorprendente que su mente haya podido almacenar esa información. Si la mayoría de las veces no podía leer más de 20 páginas seguidas porque eran tantas letras que le empezaba a doler la cabeza. No tenía el hábito de la lectura.

—Si tengo que decir un defecto que me gusta de la coneja sería su arrogancia. —Alice dejó de comer para ponerle atención a Gilbert. Quiso escuchar con mucho detalle cada palabra que mencione—. Segura de sus habilidades a la hora de pelear.

Asintió. Sonrió. Para ella era bueno que Gilbert reconociera esa parte de ella.

—Me hubiera encantado tener un celular para grabar este momento —se lamentó Alice.

—¿Si sabes lo que es un celular?

—Lo leí en un libro de Sharon —repite.

Oz aguantó las ganas de reír y dio el último bocado a su comida. No ha tenido físicamente ningún celular, pero sabe cómo son por las descripciones en un libro de Sharon.

—Es divertido estar con ustedes.

—Claro y terminamos hablando de nuestros defectos

—Supongo que el desastre en la cocina tuvo su lado positivo —mencionó Oz.

¿Era positivo hablar de sus defectos? Alice no tenía la respuesta, pero les ayudaría a conocerse a sí mismos. Retrocedió en la silla, hizo un puchero y cruzó sus brazos. Pensó que su intento de cocinar ya había quedado en el pasado. Gilbert solo se había dedicado a quedarse en silencio, tal vez pensaba en que si decía algo uno de los dos lo podía malinterpretar y hacerle burla.

—Los quiero —habló Alice con vergüenza por decir algo así. Así que se giró a otro lado y dijo entre dientes—: a ti y a la cabeza de algas.

Quiso agregar que quería a Oz, aunque desobedeciera sus órdenes algunas veces. También quería a Gilbert, aún cuando la hacía enojar.

Silencio de nuevo.

Reprimió las ganas de querer soltar maldiciones porque se quedaron callados. Sí, supo que había dicho algo extraño por eso dejó caer su cabeza sobre la mesa para no tener que verles la cara. Estaba muy avergonzada. Al menos no dijo lo demás que había pensado.

—¿Lo leíste en un libro de Sharon? —preguntó Gilbert.

¿Quiso decir que la oración de dos palabras la leyó en un libro? Esta vez no fue así. No, en realidad las novelas románticas de Sharon le ayudaron a comprender parte de sus sentimientos, ubicó que algunos de los pensamientos de las protagonistas son algo que ella siente al estar con los dos.

—No —dijo, levantó un poco su cabeza y vio a Gilbert con una media sonrisa. Puede parecer frío, pero pasar mucho tiempo con él hace que esté segura de su lado cálido—. Esta vez son mis sentimientos y estoy muy segura de ellos.

Se sorprendió de todo el rumbo que tomó su conversación, todo inició por su desastre al cocinar. Pensó en que repetiría el intento de preparar algo para Oz.

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