Work Text:
Prompt 8. Caricias en el cabello
Pairing: Rei x Yaten
Tenía una fijación por su cabello.
Desde la primera vez que la vi afuera de la puerta de Jūban, su larga cabellera negra y matices nebulosos entre rojizo, caoba y violeta, habían captado mi atención.
En un primer momento, me causó la evocación del mismo atributo en mi regenta Kakyū, por su intensidad, pero pronto ese efecto desapareció, sustituyéndose por la asociación de esa característica particular con la guardiana de marte. Y cada que mis ojos reparaban en una cabellera larga y oscura, mi pensamiento se vinculaba con ella. Una irrisoria trampa de mi mente, en un país donde media población femenina contaba con ese rasgo. No descarto que mi interés y afecto por Rei comenzara por allí.
Me encantaba la sedosidad de su pelo y la libertad con la que este se movía por su espalda, por sus hombros, por sus brazos, por sus pechos o sobre su frente, en el corto flequillo que solía lucir. Y, frecuentemente, antes de ser consciente del accionar de mi propio cuerpo, mis manos siempre terminaban jugando con un mechón de su cabello y acariciando las hebras ébano entre mis dedos. Ya fuera apartándolas de su rostro u ojos cuando los cubrían, al caminar junto a ella, al abrazarla, al besarla, al dormir, al despertar. Mis manos parecen imantadas a ese manto estrellado.
Era un acto natural que, al observarla peinar su cabello, me acercara a ella y le quitara el cepillo, ofreciéndome a desenredarlo. De ello se desprendió que Reiko, en varias ocasiones, me pidiera ayuda para trenzar su pelo. Y con la parsimonia y devoción que ella y su pelo me provocaban, mis dedos maniobraban con cuidado para unir las hebras en un arreglo lo más armonioso posible. A mi parecer, esa era una de las prácticas más íntimas que compartíamos mi pajarillo de fuego y yo.
—Me lo voy a cortar —sentenció una tarde del mes pasado, mientras, abrazados, mirábamos un documental de basquetbol y yo, como mi manía personal, recorría mis dedos en las ondas ensortijadas de su cabellera.
Con curiosidad, la miré a los ojos.
—Tu pelo así ya es muy bonito, pero si quieres cambiar de look, hazlo. Corto o largo, estoy seguro de que te verás linda. Lo que te haga sentir cómoda está bien.
A los dos días, mi sacerdotisa lucía un corto ligeramente debajo de los hombros. Y, como lo presagié, se veía preciosa. Su cabello seguía teniendo ese encanto vivo que me instaba a tocarlo y enfatizaba otros rasgos que me gustaban de ella: sus clavículas hundidas, su cuello estilizado, sus hombros redondeados, la línea de su espina dorsal, las curvas de su cintura.
—¿Te gusta? —inquirióme al encerrarme en un abrazo.
—Me encantas.
—¿Más que con el pelo largo?
—Te amo en todas tus formas, Reiko —afirmé, retirando algunas hebras de su sien y llevándolas detrás de su oreja.
Luego, la besé.
