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Una voz que resuena como si surgiese de las profundidades del mar.
—Ginebra... Ginebra...
Esa voz era familiar, ya la había escuchado antes. Arturo... Era la voz de Arturo que llamaba a la reina. Pero no era la voz que ella había imaginado para el rey Arturo en sus sueños fantásticos. Sin embargo, no hay duda de cuál es el timbre de la persona que la había rechazado horas atrás.
Ella se encontró de pie frente a una puerta de madera, miró alrededor y descubrió que las paredes rocosas con las que siempre soñó para el ambiente de un castillo medieval, de repente adquirió una transformación evidente. Las paredes se tornaban más lisas y de un color blanco. Aparecen tapices azules refinados. Volvió la mirada una vez más a la entrada y en lugar de encontrar la puerta común, sus ojos se toparon con unas dobles y enormes puertas de roble con hermoso tallado de un dragón en el centro. Me impresionó.
Era la primera vez que su subconsciente le mostraba este tipo de escenario. Tan hermosamente irreal, pero al mismo tiempo le llegó un sentimiento de nostalgia que por un momento lo percibió como un recuerdo olvidado.
—Majestad, buenos días. —Unas voces la sacaron de sus pensamientos.
Sus ojos azules distinguieron a unos guardias en armadura, portaban afiladas lanzas de acero y yelmos que cubrían sus rostros. Estaban parados a ambos lados de la entrada.
Ellos la miraban, le pareció que lo hacían y no entendía por qué. Miró a sus cuatro costados, pero no encontró a nadie más. Pero entonces captó una figura aparecer desde el lado derecho del pasadizo. Una cabeza rubia en la que se posaba una corona distintiva de oro puro, digna de un rey, apareció. La persona se hizo más visible mientras se aproximaba en el extenso pasadizo. Y pronto reconoció al chico que no aceptó sus sentimientos. Estaba atónita, él apareció tan de repente en su sueño, un espacio que era solo de ella, un lugar privado. No pudo evitar sentir rabia y más cuando Arturo se detuvo a su lado y le tendió la mano enguantada.
—Gracias por esperar, Ginebra. —él le sonrió con una expresión cansada.
Espera, ¿Cómo la llamo? ¿Ginebra?, ¿Cómo la reina Ginebra de Camelot? Sabía que era fan de las historias de caballería, fantaseaba constantemente con los relatos de la época antigua. Y definitivamente amaba en particular las hazañas del rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda. Pero nunca se había mentalizado en aparecer en uno de sus sueños como un personaje de la leyenda.
—¿Ocurre algo? —la voz suave del rubio se escuchó más cerca a su persona.
Aturdida, pestañeó un par de veces y sin más le aceptó el gesto. Arturo apretó levemente los dedos de ella con su pulgar antes de ordenar a los guardias que abrieran las puertas a la sala del trono. La chica comenzó a tener curiosidad por cómo terminaría esto, así que dejó que sus ilusiones la guiaran. Fue un error.
Ni bien entró sintió un pequeño mareo y dolor de cabeza, pero se mantuvo firme para no levantar sospechas. Lo primero que llamó su atención fue una gran mesa redonda de fina forma y tallado. Su color pardo resaltaba mucho, pero encajaba en la habitación que en su mayoría es blanco con adornos azules y dorados. Había muchos hombres desconocidos para ella, sentados en torno a la mesa. Casi todos tenían el rostro descubierto, excepto uno que mantenía su yelmo de cuernos puesto.
De pronto se fijó en otro de los caballeros que tenía la mirada fija en ella, pero la disimulaba. Su cabello era morado y corto. Sus ojos brillaban de anhelo al contemplarla. Esa expresión le recordó cuando Larry la observaba, se sintió muy incómoda. De hecho, el hombre y él se asemejan mucho físicamente, eso la asustó y por reflejo se acercó mucho más a Arturo.
—Debes mirar al frente, Ginebra. —la voz firme de su acompañante la hizo obedecer. Solo fue un murmullo, pero su tono la instaba de algún modo a acatar sus palabras.
Noto de soslayo como los caballeros se levantaban de sus asientos y les hacían reverencia al inclinar la mitad de su cuerpo, mientras los dos cruzaban el salón en silencio.
Subieron la escalinata que los conducía a sus respectivos lugares como rey y reina del castillo. Tomaron asiento. La chica se sintió inquieta, todos los presentes tenían la atención en ellos. Uno de los caballeros de la mesa redonda se acercó y se arrodilló ante Arturo.
—Mi rey, aquí está el informe de esta semana. — el sujeto tenía el cabello oscuro y peinado hacia atrás.
No reparó tanto en él porque se sentaba en la parte más alejada de la entrada, junto al caballero rojo y plateado del casco, no obstante, este último resaltaba por su propia vestimenta.
—Agradezco tu ejemplar desempeño en la labor que se te confió, Sir Agravinne. —habló el joven rey con sinceridad.
Ella se sorprendió, ¡¿Agravinne? ¿Ese hombre es Agravinne?! No pudo evitar mirarlo con perplejidad. Él parecía tan joven a pesar de su mirada grave y su rostro agotado que le aumentaba algunos años de vida. Entonces se dio cuenta de que los ojos oscuros, como pozos sin fondo del caballero, se desviaban por unos segundos a su persona. Detectó recelo y molestia, pero tan solo volver la cabeza hacia el muchacho a su costado, cambió totalmente la intención de su mirada. En esos momentos, Agravinne solo observaba a Arturo con admiración y sumo respeto.
La muchacha volvió su interés al rubio y se dio cuenta de que algo había cambiado. Ya no se veía tan alto como antes, no es que haya sido especialmente alto, pero siempre fue de mayor estatura que ella. Ahora solo contemplaba impactada a un adolescente más pequeño que ella. Todavía tenía el cabello corto pero su rostro era mucho más joven y lindo. Desde que lo conoció supo que era muy efebo para ser hombre, aun así, era difícil de digerir lo que veía en ese instante. Abrió la boca para decir algo, pero de pronto la imagen de Arturo desapareció. El lugar cambió y se encontró en otra habitación, recostada en un lecho.
Una cama enorme se situaba debajo de ella. Las paredes blancas ya no estaban, la decoración era más lúgubre y sombría. Solo había una pequeña vela que iluminaba el sitio. Cuando su visión se adaptó a la oscuridad, distinguió la silueta de alguien más sentado en una esquina del dosel de la colcha. Era un hombre.
—Lo lamento, Ginebra. Me odio por provocar tus lágrimas.
Reconoció la voz de Larry. No entendía lo que trataba de decirle, pero quiso levantarse para ladear la cabeza hacia él. Aunque apenas pudo moverse, trató de llamarlo, pero lo único que su garganta emitió fue un sollozo ahogado. Se sorprendió, pero fue en ese lapso de tiempo que se percató del ardor en sus ojos y sintió sus mejillas empapadas de lágrimas constantes. ¿Por qué lloraba? No lo sabía, pero una repentina tristeza la invadió, tristeza por una culpa que cometió...
Si aún se encontraba en la piel de la reina Ginebra, quería decir que ese escenario representaba la huida de Sir Lancelot con ella, luego de que todos supieran de la infidelidad. Entonces era él quien estaba en el otro extremo de la cama. Quiso acercarse para ver su cara, pero siguió imposibilitada, solo podía llorar con gran lamento mientras imágenes de Arturo golpeaban sus recuerdos, escenarios que nunca había vivido. Cerró los ojos con fuerza mientras sacudía la cabeza para alejar esas memorias ajenas que al mismo tiempo le traían una persistente añoranza.
Cuando sus párpados se abrieron se pintó en otra habitación, esta vez las paredes blancas surgieron de nuevo, todo era iluminado por candelabros que colgaban del techo. Frente a ella, Arturo se encontraba parado, miraba por la ventana. Aún se mostraba pequeño en altura y su cabello había cambiado, ya no lo tenía corto como el de un chico, sino que estaba sujeto en un moño. Llevaba puesta una túnica azul y pantalones grises. Las botas eran de cuero negro. Todavía llevaba la corona, pero pronto se la quitó y la mantuvo en sus manos.
—Hay tanto silencio esta noche —dijo sin dirigirse a nadie en concreto, pero de repente sus ojos verdes se enfocaron en ella —. Cuesta creer que hace tan solo una hora se estuviese celebrando una gran fiesta en honor a nuestra boda.
La chica no podía dejar de observar la fina y hermosa faz de Arturo. Podría decirse que existían hombres con una cara demasiada femenina en apariencia, pero siempre había algo que los delataba cuando los mirabas de cerca. En esta ocasión, este muchacho en serio se veía como una chica y más con el cabello recogido de esa forma.
El adolescente efebo, corto distancia y dejó la corona en un mueble de la derecha. Luego agradeció a la chica por aceptar contraer nupcias con él. También expresó que debía confesarle algo importante. La aludida solo asintió expectante, quizás adivinando lo que le revelaría.
—Debo decirte que nuestro matrimonio nunca podrá consumarse como supongo, una esposa esperaría de una noche de bodas —hablo con culpa, había malestar en su mirada esmeralda —. No puedo darte lo que quieres, Ginebra. Porque yo te mentí sobre mi verdadera identidad.
La muchacha conocía lo que quería decirle, pero una fuerza externa le hacía negar el hecho. Era extraño sentir esa clase de impotencia.
—En realidad soy una mujer. Tuve que fingir ser hombre para alcanzar el trono en calidad de rey y cumplir el propósito por el cual nací. Aún debo hacerlo por el resto de mi vida.
Y esas fueron las palabras que rompieron las cadenas de sus memorias, en realidad escuchar la revelación de su propia voz. Los recuerdos de una vida pasada ahora estaban muy claros en su cabeza. Gine Thompson fue la reina Ginebra en otro tiempo y Arturia... se casó con Arturia sin saber la verdad, pero aceptó ayudarla cuando le confesó su secreto. ¿Por qué?
Decidió quedarse y sufrió por eso. Al final la responsabilidad era suya y no del rey Arturo. Nunca la obligó a nada. ¿Entonces por qué permaneció a su lado? Por qué lloró desconsoladamente luego de que Lancelot la llevara a sus tierras, apartándose del peligro de la ejecución. ¿Por qué sintió tanta culpa de traicionar su matrimonio con Arturia?. Podría ser compasión por los esfuerzos de Arturia para estabilizar el país de la vieja Britania. O su amor y admiración por el elegido que había sido digno de sacar Caliburn de la piedra. Un afecto genuino que se marchito por la desilusión cuando recién comenzaba a tomar forma. Eso era todo. No, ya no podía mentirse a sí misma, ahora podía distinguir sus emociones. Ya no se sentía cautiva y tampoco tenía la presión de aparentar ante una nación. En esta época poseía libertad para reflexionar y rápidamente llegó a una conclusión.
Estaba molesta con Arturia. No en sus vidas pasadas, sino en esta época. No comprendía por qué volvía a actuar como un hombre y encima usando el nombre de Arturo. Eso es algo muy estúpido e irónico en estos días. Ella ya no está destinada a salvar nada, ¿Por qué lo hacía? Deseaba reír ante esa pregunta, pero solo alimento su enfado. Necesitaba verla y discutir el asunto, decirle que recordó todo.
Se levantó de la cama y busco su celular que yacía en el escritorio. Tomó el aparato y marcó inmediatamente el número de Arturia o Arturo. No tenía duda de que era ella. Esperó a que el pitido terminara y cuando sucedió escucho una voz que no esperaba del otro lado.
—Buenas noches, Gine. —saludo el chico con cordialidad
—Buenas noches... Ryu, ¿por qué tienes el teléfono de Arturo? —no pudo evitar que su voz sonara con sospecha.
Ryu le contó que Arturo lo visitó en la tarde, pero cuando se marchó, olvidó su celular en la mesa de la sala. Se lo devolvería en la mañana.
—Si quieres hablar con él, probablemente se halle en su departamento o la cafetería. Ya casi es la una de la madrugada, sugiero que lo veas mañana.
Ginebra llegó a la cafetería , cerca de la una y media de la madrugada, según la hora de su celular. Aunque Ryu le aconsejo que se abstuviera de salir a altas horas de la noche, ella no pudo hacerlo, no podía y no quería. Necesitaba hablar con Arturia, así que se arriesgo. Quizás haya regresado a su departamento, pero debía intentarlo.
Para su fortuna las luces estaban encendidas, se aproximó a la entrada, pero retrocedió de inmediato cuando la puerta se abrió. Rin apareció en su campo visual.
Realmente Ginebra no estaba sorprendida, Arturo..., más bien, Arturia, suele permanecer cerca de ella a menudo. Prácticamente casi siempre. Y su presencia en esos momentos le confirmaba que Arturia estaba dentro del local.
De repente una persona salió detrás de Rin. No sé trataba de Arturia, pero se congelo mucho al observarla con detenimiento. Era su jefe del trabajo.
Su jefe, quien también cargaba a una niña en brazos, se reunió con la azabache. Después ambos caminaron hacia el extremo izquierdo de la calle en dónde se encontraba estacionado el automóvil del hombre. Rin se volvió, y Ginebra por reacción se oculto detrás de una cabina telefónica. Sin embargo, por unos instantes sintió que alguien la miraba. Levanto la vista para detectar a la persona que la descubrió, entonces sus ojos azules se encontraron con el par de iris esmeralda de Arturia.
Arturia no reaccionó ante su presencia, simplemente giro su cuerpo y procedió a despedirse de Rin y el jefe. Ginebra aún no comprendía por qué este último estaba junto a Rin. Luego de un rato el vehículo fue abordado y casi enseguida desapareció de la recta al girar. Y de repente la voz de Arturia captó toda su atención.
Su voz... Su voz era algo diferente a como la recordaba en el pasado, pero no importaba. Ahora sabía la verdad, recordaba su vida anterior y la rubia ya no podría ocultar su falsa ignorancia por más tiempo. Haría que confiese.
—¿Gine, has venido hasta aquí para hablar sobre lo ocurrido en la casa de tu padre? Creo que fue una decisión imprudente, considerando lo tarde que es.
Por un momento permaneció en silencio y solo contempló el rostro del aparente muchacho. Sus facciones eran finas y delicadas, no había nada allí que fuera tosco. Estaban bien cuidadas, su piel blanca, su forma, sus cejas, nariz.... ¿Porqué no sé dio cuenta antes?
Y también sus labios... Sus labios....
La escena de hace unas horas volvió a su mente de golpe y no pudo evitar sonrojarse levemente. El beso que ella...
–¿Gine?
El tono de desconcierto en la voz de Arturia la saco de su ensimismamiento.
–No quiero alejarme de ti, no me apartes.–la de de cabello castaño hablo sin ser verdaderamente consciente de sus palabras.
Su acompañante no dijo nada, pero le dió la espalda y camino hasta la entrada de la cafetería. Se detuvo en el marco y luego ladeó la cabeza para mirarla de soslayo.
–No pienso alejarte . Ahora, por favor entra. Pronto abra una tormenta... Y si te quedas afuera te enfermeras.
–¿Tormenta? –Ginebra alzó la mirada al cielo oscuro y lo que vio fue la luz de la luna, iluminando nubes más oscuras que la noche.
También gotas de lluvia comenzaron a caer, no, es un error. En realidad ya se mostró completamente empapada de pies a cabeza, y apenas se daba cuenta. Su abrigo ni siquiera tenía capucha. ¿En qué momento comenzó? Pero de pronto comenzó a ser consciente del intenso frío en el ambiente.
Se apresuró a entrar al establecimiento, siguiendo de cerca a la de hebras doradas. Está última bajó una de las sillas reposadas en la barra y se la pasó a Ginebra para que se sentará.
–Debes cambiarte tus ropas si no quieres padecer un resfriado. Creo que Rin ha dejado su equipaje de viaje en la habitación de servicio. Podrías usar tu vestimenta aunque no sean de tu talla, pero primero debes pedirle su permiso.
Ginebra permaneció en silencio sin aceptar o rechazar la idea de Arturia. Toda su concentración en ese instante era el asombro por cómo la chica frente suyo actuaba de forma tan normal y natural. Prácticamente volvía a usar una máscara para aparentar algo que no era. ¿Por qué?
«Por qué te sigues lastimando de esta manera»
La muchacha de ojos azules sintió tristeza y su mirada delató sus emociones.
Arturo se dio cuenta de la expresión de desdicha en Gine y lo asoció con lo ocurrido hace unas horas. Se sentía incómodo, estaba tratando de disimular su tensión al estar cerca de ella. Pero seguramente no lo estaba haciendo bien. Le fue imposible resistir su mirada por medio minuto, así que se escapó a su despacho para usar el teléfono fijo y llamar a su amiga. Había olvidado su celular en la casa de Ryu.
No tardó en contarle su situación a Rin, y ella con gusto le concedió el permiso para que Gine usara su ropa.
Después de terminar la llamada volvió con su invitación.
—Rin aceptó que usaras su ropa –le informó Arturo acercándose a ella—. Puedes cambiarte en el cuarto de servicio. Encontrarás la bolsa con las prendas ni bien entre por la puerta.
Gine asintió y luego se retiró para cambiarse.
Mientras caminaba hacia donde se le indicaba, Ginebra todavía no podía asimilar del todo que las cosas hayan resultado de aquella forma. Nunca se imaginó que sus recuerdos de su vida cómo reina volverían, nunca se imaginó volver a cruzarse con la persona que fue su esposo.
Arturia, que por algún motivo volvió a pretender ser hombre, siempre supo quien era Gine desde el inicio, del mismo modo que conoce quién fue Larry antes. No hay forma de que no lo supiera. Fue su mejor amigo en el pasado.
«Y es por eso que siempre trataste de juntarnos, ¿Verdad, Arturia? «Creíste que mi felicidad es volverme a enamorar de Lancelot»
Pero se equivocaba, Gine nunca sintió atracción romántica por Larry. Sin embargo, tuvo sentimientos por Arturo, la chica no pudo evitarlo, solo sucedió.
La historia se volvió a repetir, Ginebra en un principio tuvo sentimientos románticos por el elegido que sacó la espada de la piedra, aunque fue algo impulsado más que nada por la admiración, todavía presintió que podría convertirse en un amor de verdad. Esa sensación no desapareció, simplemente lo empujó en lo más recóndito de su alma.
En esta época, en el ahora, no le importaba decir que amaba a otra mujer. Pero Arturia no planeaba decirle la verdad y también rechazó sus sentimientos, alegando que amaba a alguien más, y ese alguien era un hombre. Técnicamente era una situación normal, sí es una chica que creció en un ambiente ordinario, sin la obligación de llevar una carga más grande que ella misma, tendría que enamorarse en algún momento de alguna persona. Lo que es desconcertante y cruel para Ginebra.
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