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Desde el momento en el que Lucerys llegó a Bastión de Tormentas supo que las cosas iban a terminar muy mal. Aemond había llegado primero, y con una propuesta de matrimonio que Lord Boros no pudo rechazar, logró que se uniera a su causa.
De alguna manera esto le pesaba. Si hubiera partido más temprano de Rocadragón, tal vez habría llegado antes que su tío y las cosas serían diferentes. Sin embargo ya de nada le servía lamentarse, no había podido ganar el favor del Lord para su madre y ahora tendría que volver a casa no solo con su negativa y la tristeza de haber fallado en su primera misión, sino también con el hecho de que lo habían humillado.
Cuando decidió que había sido suficiente de los insultos y burlas tomó la decisión de marcharse, pero antes de que pudiera salir escuchó la voz de su tío llamando.
—¡Quieto Strong! Antes tienes que pagar una deuda pendiente.
Quitó el parche que cubría su ojo mutilado y lo tiró al suelo mostrando de esa manera el zafiro azul que ahora ocupaba su lugar.
Lucerys sintió que la piedra preciosa desnudaba su alma.
Su tío había sacado su navaja, arrojándola ante él reclamando su deuda.
—Con uno basta, no es necesario cegarte.
Quería su ojo, y no solo eso, lo quería como un regalo para su madre.
Los nervios y el miedo comenzaron a llenar su cuerpo. Además ese no era el único factor que le impedía luchar, Lucerys le había hecho una promesa a su madre y no iba a pelear, y mucho menos con alguien a quién aún consideraba su sangre. Aún lo consideraba su familia.
—Vine como mensajero, no como caballero.
—Si no te quito el ojo, te quitaré la vida—Dijo en un gruñido.
Antes de que su tío pudiera hacerle algo, Lord Boros intervino para que no se derramara sangre en su hogar. No quería que lo culparan de la muerte de alguno de los dos príncipes.
Lucerys tomó la advertencia del Lord y salió del lugar sin mirar atrás. Pero el temor no lo abandonaba. Cuando llegó con Arrax lo acarició con las manos temblorosas y le indicó en un susurro que era momento de partir.
No lograba ver nada y la tormenta solo empeoraba. Sentía el frío calando su cuerpo, y su ropa mojada comenzaba a sentirse incómoda y pesada. Eso no era todo, el no saber dónde se encontraba Aemond lo empezaba a poner mal.
Solo quería llegar a Rocadragón con su madre y sentir uno de sus abrazos cálidos.
Pero al levantar su cabeza hacia el cielo sabía que eso iba a ser imposible.
Entre las nubes logró avistar una gran sombra que cubría por completo el cuerpo de Arrax y el suyo. Eran Vhagar y Aemond.
—¡Paga tu deuda sobrino!— La poderosa voz de su tío retumbaba en sus oídos al igual que los relámpagos.
Pronto, Vhagar ya no estaba sobre él, sino que se encontraba detrás suyo intentando cazarlo. La risa de Aemond sonaba a través de la lluvia. Su tío estaba jugando al gato y al ratón con él. Que juego tan enfermo.
La conexión que compartía con Arrax era tan intensa que el dragón sintió el miedo de su jinete intensificandose. En un acto de protección descendió hasta poder pasar de manera imperceptible al lado de Vhagar y logrando quemarlo en un costado.
—¡No Arrax!— El grito de desesperación en alto valyrio había sido percibido por Aemond.
Vhagar tomó el ataque del pequeño dragón como una amenaza y comenzó a seguirlo a más velocidad, pero esta vez con la intención de lastimarlo.
Aemond notó el cambio de su dragón e intentó frenarlo un poco.
—¡Detente Vhagar!— Gritó la orden, pero el dragón parecía no escuchar. O simplemente lo estaba ignorando, lo cuál era mucho peor.
Lucerys veía detrás suyo y el hocico del dragón de su tío se veía cada vez más cerca de Arrax. Con un movimiento ágil logra salir de la tormenta ileso pero sin rastros de sus cazadores.
Y cuando creía que lo peor había pasado, por debajo de Arrax surge Vhagar con sus enormes fauces despedazando la mitad del cuerpo de su dragón y mutilando una de sus piernas en el proceso.
Lo único que logra escuchar antes de comenzar a caer al vacío son los llamados desesperados de su tío.
Porque ambos sabían lo que significaba esto.
Los dragones comenzarían a danzar.
Y aún a punto de morir Lucerys siente el deber de tener que proteger a todos y recuerda que en su familia había un dicho que todos los que no eran parte de la casa se encargaban de repetir.
“Cada vez que un Targaryen nace, los dioses lanzan la moneda al aire y el mundo espera a ver de qué lado caerá: grandeza o locura”
Tal vez él tenía el apellido Velaryon, pero por parte de su madre era un Targaryen, tenía la sangre del dragón.
“Por favor” Piensa “Si los dioses realmente existen denme una oportunidad para reparar todo, yo puedo ser la otra cara de la moneda”
Sus pensamientos se detienen cuando su cuerpo choca contra las olas del mar, todo se vuelve oscuro y deja de sentir dolor. Ya no siente nada. ¿Era esto lo que significaba morir? Tal vez no, porque aún en las tinieblas puede escuchar con claridad como unas voces susurran su nombre.
Intenta abrir los ojos pero sus párpados se sienten tan pesados que no lo logra. Siente como alguien se acerca y toca su rostro lentamente hasta que llega a sus orejas. Esta vez vuelve a susurrar, pero ya no es su nombre, es la caída de su casa.
Lucerys vuelve a sentir temor y ahora es inevitable que las lágrimas que había estado conteniendo desde la persecución con Aemond no caigan. Todas las personas que alguna vez amó morirían de formas horribles y todo por un trono.
Vuelve a pensar en que si los dioses le dieran otra oportunidad él se encargaría de arreglar las cosas. Él repararía todo y perdonaría a todos los que alguna vez lo lastimaron.
Pronto siente como más personas se juntan a su alrededor. Por un momento los susurros dejan de escucharse y el silencio invade la oscuridad. Pronto es roto por la voz de quien parecía ser un hombre.
—Tendrás tu oportunidad, niño que cayó del lado correcto de la moneda— La voz suave le devuelve la calma y las lágrimas que hace un momento eran de tristeza ahora se convierten en felicidad plena. No iba a fallar de nuevo.
—Sin embargo— La persona que se encontraba con él corta sus pensamientos— Sabes que hay una deuda que pagar— Siente como un dedo pulgar roza uno de sus ojos.
Lucerys se tensa un poco, pero no necesita meditar nada, hará todo lo que sea necesario con tal de salvar a todos del destino tan terrible que les esperaba
—Pagaré mi deuda.
Con esa oración sella su sentencia.
Lo que antes eran susurros y voces suaves se convierte ahora en gritos. La oscuridad desaparece y es reemplazada por la luz. El dolor en su nariz comienza a hacerse presente. Abre los ojos para encontrarse con una sorpresa. Mira sus pequeñas manos y de inmediato sabe dónde se encuentra, después de todo, este había sido el punto de quiebre para toda su familia.
Estaba en Marcaderiva, y los gritos provenían de los niños y de los adultos. Era la noche en la que le había arrebatado el ojo a Aemond. Había llegado tarde. Lo peor es que ya sabía que parte de la conversación venía.
—¡Nos llamó bastardos!— Jacaerys gritó con su delgada voz.
Con la edad mental actual de Lucerys entendía porque Aemond los había llamado así, la reina Alicent se había encargado de que todo Poniente se enterara de su verdadero origen. Él sabía que en realidad lo que más le dolía a la reina era el hecho de que a pesar de que eran “bastardos” Viserys tenía más preferencia con ellos que con sus propios hijos.
No era de extrañar que con una madre tan dañada por el rencor y con un padre ausente, Aemond y sus otros tíos crecieran con resentimiento e incluso odio.
Y con respecto al dragón, solo cuando cumplió los diez y cuatro años se dió cuenta de lo desesperado que estaba Aemond por pertenecer al pequeño grupo que habían creado con su tío Aegon y Jacaerys, y ellos de alguna manera lo habían excluido al jugarle bromas pesadas que lo iban lastimando poco a poco. Y el punto culmine había sido la broma del cerdo.
Se sentía responsable por el tipo de persona que su tío sería en el futuro. No quería verlo amargado y rencoroso. Tal vez no había podido salvar su ojo derecho, pero siempre podía darle algo a cambio, después de todo siempre fue su tío favorito.
Trajo sus pensamientos a la realidad y notó como su abuelo, el rey Viserys volteaba con furia hacia Aemond. Y antes de que el rey pudiera exigir respuestas sobre porque los había llamado bastardos, Luke gritó.
—¡Basta!
El lugar se quedó en silencio. Aprovechó el desconcierto que su demanda había generado y se movió del lado de su madre hasta donde se encontraba Aemond. Se arrodilló y tomó sus manos. El rostro de su tío se contrajo en uno de sorpresa.
—Lo siento tío— En su anterior vida nunca le había pedido perdón a Aemond por lo acontecido, pero ahora estaba decidido a hacer las cosas diferente— No fue mi intención lastimarte de esta manera, pero tenía mucho miedo— Un nudo en su garganta comenzó a formarse y pronto las palabras comenzaron a salir entrecortadas— T-tuve miedo de q-que lastimaras a Jacaerys.
Con estas palabras estaba comenzando a alterar el curso de las cosas. No recordaba que sucedería ahora, pero lo más probable es que Alicent intentara reclamar su ojo al igual que hace años. Pero estaba equivocada si creía que le iba a dar a ella o a Ser Criston la satisfacción de quitarle el ojo.
Una voz en su cabeza susurro.
“Es hora de pagar la deuda”
—No dejaré que las cosas entre nosotros terminen mal, esta vez voy a pagar mi deuda contigo.
Nadie en la sala parecía entender sus palabras, pero eso era lo de menos, no era necesario que lo hicieran, esto era algo de Aemond y él. Lucerys noto que aún cargaba la pequeña daga con la que le había arrebatado el ojo a su tío. Sin pensarlo dos veces la sacó y se la atravesó en el ojo izquierdo.
No hubo ningún grito o reacción que él pudiera ver. Solo el sonido de la sangre que salía y goteaba en el suelo a borbotones, la euforia que sentía en su cuerpo en esos momentos era suficiente como para amortiguar el dolor. Volteó el rostro para que Aemond no pudiera ver como sacaba el ojo de su cuenca.
Fue en ese momento en el que se dió cuenta de la cara de horror de todos los presentes. Daemon Targaryen, el hombre que había visto casi todo puso una cara llena de sorpresa. Al igual que su abuelo Corlys Velaryon. Su pobre madre Rhaenyra, estaba al borde del desmayo. Jacaerys intentaba cubrirse los ojos para no ver el acto que se estaba llevando a cabo al igual que Rhaena y Baela. Aegon por otra parte no había aguantado el asco y se encontraba vomitando todo el vino que había consumido hace tan solo unas horas.
Lo que sin duda le causó satisfacción fue la cara de la reina Alicent y de Ser Criston Cole. Era algo que no iba a olvidar jamás.
Cuando logró sacar el ojo, este hizo un sonido peculiar. Volvió a voltear su rostro hacia Aemond, el cuál tenía una cara de conmoción aún más grande que los demás.
Lucerys estira su pequeña mano con el ojo en ella y lo pone en la palma de su tío.
—La deuda ha sido pagada tío. Tú perdiste el ojo izquierdo y yo el derecho, ahora cada vez que nos veamos sabrás que no somos diferentes y que de alguna forma tú y yo nos complementamos— Su voz había salido extrañamente feliz para alguien que acababa de quedarse tuerto.
Aemond no respondió. De nuevo Lucerys aprovechó el momento para acercarse más hasta él, lo suficiente como para estar a la altura de su oído.
—Nunca pienses que tu ojo es el pago por un dragón— Dijo susurrando— Tú eres mucho más valioso que eso. No olvides que eres importante, sobretodo para mi.
Se aleja un poco y besa su frente antes de caer desmayado en sus brazos. Lo último que escucha es la voz desesperada de Aemond llamando al maestre.
“Creo que logré cambiar las cosas” Es lo único en lo que puede pensar antes de dejarse llevar por la inconsciencia.
Para Aemond haber nacido como un segundo hijo significaba vivir siempre a la sombra de su hermano mayor. Todo sería siempre para Aegon, y a él le darían las sobras.
Mientras que para él eran palabras frías y órdenes, para Aegon eran deberes honorables y felicitaciones aún cuando todos sabían que su hermano no estaba a la altura de las circunstancias.
Por eso las disculpas que Lucerys le ofrece encienden algo en su corazón que no sabía que existía, la sensación de que es importante para alguien.
Y lo impensable sucede después cuando su sobrino toma su propio ojo como un regalo para él. La sorpresa invade su ser y de nuevo esa emoción arde en su pecho, una sensación que le causa más satisfacción que haber montado a Vhagar. Por primera vez en su vida alguien le ha dado algo sin tener que pedirlo, sin embargo debía de admitir que no le había gustado que Lucerys dañara su bonito rostro, no quería verlo sufrir así nunca más.
Cuando Lucerys le entrega el ojo y le dice que ahora ambos se complementan, su corazón estalla de felicidad, no, era algo más fuerte que la felicidad, era devoción.
Al final su sobrino susurra que es importante para él y besa su frente con una ternura que ni siquiera su propia madre había sido capaz de darle.
Después de eso Lucerys se desmaya en sus brazos y el miedo se apodera de él como nunca antes. Comienza a llamar al maestre desesperado, no puede perder a la única persona que le importa.
El maestre acude a su llamado lo más rápido que puede y ambos salen del salón dejando a toda su familia recuperarse de la impactante escena que acababan de vivir.
En esos momentos en los que Aemond se encuentra corriendo detrás del maestre con Lucerys en brazos decide hacer una promesa silenciosa. Nunca jamás va a permitir que nadie dañe a Luke. Cualquiera que se atreviera a llamarlo bastardo perdería la lengua y aquel que osara tocarlo o lastimarlo perdería la cabeza, él se encargaría personalmente de eso.
Y de hecho ya había alguien que encabeza su lista mental: El idiota de Ser Criston Cole.
Lo iba a vigilar muy de cerca, ese hombre no volvería a lastimar a su Luke o perdería las manos y no le importaba si tenía que enfrentarse a su madre o a su hermano. Defendería a Lucerys hasta el final.
Era una promesa.
