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Juntos a la Par

Summary:

El cantar de las aves había dado la bienvenida a nuevo día. La tan aclamada carrera finalmente daría su inicio esa misma mañana.

Diego Brando, uno de los más destacables orgullos de su país, despertaría de su apacible sueño, tras aquella grata noche con quien consideraba su verdadero gran anhelo en esta vida.

Sin embargo, los recuerdos del pasado retornarían desde el fondo de la penumbra de su conciencia para recordarle al joven jinete que todavía tiene una promesa que cumplir.

Notes:

¡Holaa!

Bienvenidos a la segunda parte de esta serie de one-shots compuesta principalmente de Diejohnny.

A continuación, veremos que acontece tras lo sucedido en la parte anterior. Espero disfruten esta parte tanto o más que la primera, si es asi déjenmelo saber en los coments que me ayuda a continuar con el poco tiempo que tengo jaja 💜

Sin más ¡Disfruten!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Despertó dando ligeros parpadeos, aclarando su visión adormilada.

El cántico de las aves que sobrevolaban sobre su tienda le indicó que el sol ya había salido. Entre quejidos somnolientos se sentó sobre el saco de dormir, tallándose un ojo con su mano desnuda.

Se percató que tanto estas como su pecho estaban al descubierto. Es cierto, recordó que en la noche un calor nocturno aplacó de golpe sobre la oscuridad de la noche, obligándolo a quitarse las prendas antes de dormir. Eso sí, ante una tímida pero intrigada mirada de su acompañante.

Siempre recordaría el momento en el que se había acercado a Johnny con intenciones de ponerlo más nervioso de lo que ya estaba al verlo sin su suéter. Intentaba abrazarlo y el otro solo se volvía errático del bochorno, renegando el contacto continuamente.

De todos modos, cuando el cansancio les ganó, ambos durmieron abrazados al otro. Johnny había dejado de lado su pena y orgullo para dormir con su cabeza escondida en su pecho.

¿Qué si todavía tenía calor? Claro, pero solo por tener a su querido Johnny cerca sería capaz de soportar los nueve infiernos.

Miró a su lado, en búsqueda del joven de ojos azules que su corazón despachado tiempo atrás había anhelado y que ahora por fin, luego de tanto tiempo apartados y con malos entendidos de por medio, se habían reunido de nuevo. Pero no lo encontró, observó a su alrededor y al notar que solo se encontraban dos tazas de café frío junto a la cafetera en el suelo, sin ningún rastro del Joestar, lanzó un suspiro algo frustrado.

Ya suponía que iba a pasar. Johnny se había marchado temprano para intentar nuevamente montar al caballo él solo.

¿Quién era para detenerlo? No serviría de nada si lo intentaba de todos modos, ya estaba claro que nada detendría a Johnny de conseguir lo que busca. Solo esperaba que no se hiciera tanto daño como la última vez.

Además, fue buena idea, si alguien los viese a ambos salir juntos de la tienda podrían suponer cosas y entonces todos los hostigarían por ello.

Fuese por mantener su imagen o no, realmente le preocupaba más que ocurriese algún tipo de tragedia tras dispersarse la noticia. No deseaba arrastrar a Johnny al mismo cruel destino que a su querida madre.

No estaba muy emocionado de la idea de volver a la soledad y arrinconarse en la vida que estaba llevando, dependiendo del dinero y la fama para sentir algo que nunca llegará a complacerlo por completo. No si no estaba Johnny a su lado

La realidad es que, no anhelaba nada que no fuesen las bellas sonrisas que le pudiese ofrecer aquel jovencito. Esas sonrisas que solo eran para él y que podía presumir que siempre lo fueron.

Bostezó con pereza, tomando las prendas que dejó dobladas a un lado del saco. No tenía prisa por lo que siguiese de la carrera, aunque estaba considerando la idea de salir temprano solo para encontrar a Johnny y ver cómo le iba su misión de montar al indomable corcel.

Es curioso lo parecidos que eran esos dos, en cierta medida.

Mientras se colocaba los guantes de cuero, oyó fuera de su tienda como unos sujetos gritaban el número de los participantes.

Al llegar su turno, recibió a uno de los tipos fuera de la tienda. Su aspecto era bastante similar al que le pagó en el mostrador de ingreso. Y el resto de los que estaban en las otras tiendas repartiendo los objetos al resto de participantes también se veían sospechosamente iguales...

—Aquí tiene su manta con el numero correspondiente para su caballo, señor Diego Brando—recibió entre sus manos el objeto mencionado, asintiendo sin más y dando media vuelta hacia el interior nuevamente de su tienda. Ignorando por segunda vez al tipo que parecía esperar alguna especie de agradecimiento verbal de regreso.

Se sentó en el suelo, cerca de los objetos que posteriormente guardaría en su bolsa y cargaría en su caballo. Desdobló la manta y contempló el número inscrito en la misma con gran tamaño.

Una sensación incómoda le recorrió por la espina dorsal cuando descubrió que era el número B-635.

Ver que no era el número uno esta vez le generó un poco de ansiedad, presionando sus dedos con fuerza y creando más arrugas en la manta gruesa. Pero en cierta manera, aunque le costase admitirlo, lo podía comprender, se había registrado demasiado tarde como para ser el primero.

Se enteró de la existencia de la carrera tras oír a un par de individuos hablar sobre ello mientras practicaba para la siguiente competición que tendría. De todos modos, en ese tiempo todavía eran rumores y nada claro estaba sobre el tema.

Prefería concentrarse más en su profesión y en mejorar lo más rápido posible para pasar de ser el “Príncipe de las carreras británicas” al “Rey de las carreras”.

No fue hasta que, en una reunión que fue invitado personalmente por un empresario millonario para discutir sobre un tema de “suma importancia” en su mansión, se había enterado de que los rumores eran en realidad, una verdad.

Lo recordaba claramente, se encontraba sentado frente al hombre en una mañana de lo más sofocante, no por que hiciese calor en el tiempo exterior, más bien, por el mismo ambiente de la gran sala marmoleada. El sillón forrado en cuero de algún tipo de animal que seguramente fuese exótico en vida era considerablemente grande para los estándares de un individual común. El peso de su cuerpo causaba que se hundiese un poco y emitiese sonidos incómodos cada vez que se removía un poco en su lugar. Reposaba su espalda con total aburrimiento, oculto en una fachada de simpatía y una sonrisa cortés tan forzada, que le dolían los músculos de las mejillas.

A su lado, la hija del empresario estaba sentada en otro sillón, pegado al suyo. No habían pasado ni dos semanas de la muerte de su esposa y ya todos los padres ricos con hijas jóvenes lo citaban a sus propias mansiones de lujo para posteriormente asaltarlo como carroñeros en búsqueda de un cadáver para alimentarse.

La muchacha no tenía nada de especial, era una del montón. Todas eran como muñecas de porcelana en masa, una copia tras otra, cual con el sombrero más ostentoso o el corsé más apretado, en un inútil intento por aumentar el busto que no poseían.

Movió la pequeña mano pálida y ligera como la de un fantasma hacia la suya, tratando de tomarla sin que se diese cuenta. Rápidamente la quitó con disimulo y fijó la mirada en su reloj para ver la hora, solo para evitar que lograse el contacto. Tras eso solo depositó su mano sobre su propio muslo, sin intenciones de devolverla cerca de la jovencita.

La muchacha al notar todo esto solo devolvió la mano a su regazo con afligida pena, volteando la mirada hacia el otro lado. El padre dio una tos seca y se dirigió a él.

—Joven Brando, creo que ya puede suponer el motivo del por qué lo he citado a mi vivienda esta mañana—emitió con un tono de voz altanero tratando de parecer amigable, algo que le generó arqueadas en su interior.

—No, señor—respondió con ingenuidad y elegancia, soportando las ganas de escupir en su repugnante cara y marcharse sin mirar atrás—me encantaría conocer sus motivos, si me lo permite.

—Qué hombre tan cortés—soltó más que encantado, sonriendo bajo el gran bigote canoso—bueno, verá, nos hemos enterado recientemente del deceso de su esposa y queríamos dar nuestras condolencias—habló con evidente falsa empatía—como viudo yo mismo, comprendo su dolor. Sin embargo, estamos de acuerdo de que un hombre como usted, joven y con un futuro prometedor no debería estancarse en la pérdida y continuar con su vida con normalidad—tras oír estas palabras, una carcajada seca pero que logró pasar agraciada se presentó en sus labios.

—Supongo que es algo que le funcionó a usted ¿no?—lanzó indirectamente como una burla. El hombre le miró fijamente, para luego proceder a reír, como si le hubiesen contado el mejor chiste en toda su vida. Las cejas marcadas de Brando se fruncieron ligeramente del repudio.

—Oh, joven Brando—fingió limpiar una lagrimilla de su ojo—que simpático muchacho…—susurró, con una ligera tona fastidiada que se continuaba forzando a ser agradable—yo ya no soy el jovencito que fui hace muchos años atrás. Ninguna mujer joven realmente parece interesada en unir su vida con un vejestorio como yo…—lo miró a los ojos, con un destello que revelaba toda codicia que existiese en su ser—no con un joven viudo como usted disponible… Es por eso que vengo a proponerle un trato.

Diego se echó en el respaldo del sillón con evidente agotamiento, colocando su puño bajo su mejilla izquierda y con sus pupilas perdidas en el extenso techo, más obvio no podía ser el motivo o de lo que se trataba aquel supuesto trato que quería sellar. La jovencita emocionada, pero al mismo tiempo inquieta por la actitud pasiva-agresiva de ambos hombres, observaba con mirada añorada y una risueña sonrisa esperanzada a quien deseaba como su futuro prometido. Como una niña deseando una muñeca nueva.

El millonario carraspeó su garganta. Elevó la mano a uno de sus mayordomos y realizó gestos mecánicos, ya preparados que indicaban estrictamente al trabajador que debía de hacer en ese preciso momento. Tras un asentimiento del mayordomo, tan añejo como el mismo anfitrión de la reunión, se retiró de la habitación.

Tras unos minutos de eterno y sepulcral silencio, el sirviente regresó con un carrito de plata siendo empujado. Las tazas de cerámica danzantes dejaban ver ante las luces naturales que ingresaban por el ventanal de aquella habitación un brillante tono marrón en su interior. El olor de un Blue Montain de primera calidad, que reconocería incluso con la nariz tapada, le golpeó las fosas nasales como un gancho derecho.

—Eh oído que este café es uno de sus favoritos—las comisuras de su boca se alzaron espeluznantes ante la mirada turquesa incrédula. Tomó una de las tazas con fino porte y se la llevó a la boca, deleitándose con el sabor amargo—Señor Brando, seré directo con usted—dejó la taza adjunto de los postres que acompañaban—quiero que lleguemos a un acuerdo mutuo. Verá, mi hija más joven está sumamente interesada en usted…—entrelazó sus dedos, ocultando su rostro tras los mismo al reposar sus codos sobre sus piernas—es una buena chica, con grandes habilidades y cualidades. Estoy seguro de que será una buena esposa y madre—observó a lo que consideraba su orgullo, su pequeña rosa blanca de aquel jardín que había forjado junto a su señora hacia años atrás.

Pero para Diego esa muchacha no era más que una flor de papel, una flor tan simple, sin aroma, con una textura porosa y un sabor acartonado. Una burda imitación de lo que la naturaleza podía otorgarle cualquier día en cualquier estación con mucho más entusiasmo, incluso en las épocas más heladas de invierno y en lo más recóndito de una tundra. Volvió a relajarse contra el sofá.

Esa mansión no era más que un fabuloso invernadero lleno de plantas falsas, con tallos de plástico y pétalos resecos como las hojas caídas a mediados de otoño.

A él le gustaban las flores de verdad, una real que pudiese acariciar tan suavemente como la brisa de una tarde de primavera. Quería una flor que fuese compleja, aromática, de textura delicada y un dulce sabor.

Como una orquídea o un jazmín.

Pero que estúpido pensamiento estaba teniendo ¿Realmente era eso lo que quería? Lo que quería era que todo esto terminase y que alguien acabase con esa pesadilla de una vez por todas. Llegar a lo más alto de esta manera era abrumador y exasperante.

Y después de todo lo que pasó con su primer matrimonio, lo último que buscaba en ese momento era volver a casarse tan pronto.

Mientras oía el parlamento del tipo, que seguía adulando y enmarcando los logros de su hija con los dedos de la mano, trazaba rutas con sus ojos y asentía sin saber a qué exactamente, solo para encontrar algo que lo despejase de toda sosa habladuría.

No fue hasta que notó que, junto a las tazas y los postres, se avistaba un periódico doblado a la mitad con un encabezado más que curioso.

—¿Se ha enterado?—rápidamente, al notar el cambio de tema volvió a centrar su atención al millonario—dentro de unos días se realizará esta carrera… ¿Cómo se llamaba? La Steel Balll Run… Huh...—redirigió su vista y leyó el periódico por encima, sin siquiera molestarse en tomarlo entre sus arrugados dedos esqueléticos—será en este lugar, América ¿no? Hmp—se guardó una risa entre dientes—¿Piensa participar? No se lo recomiendo. Ese lugar está repleto de esos indios salvajes, oí que se comen a sus propios hijos en extraños rituales a sus dioses…—tomó la tacita, entre risas burlescas—que animales…

Sin permiso, tomó el periódico entre sus manos, leyendo el artículo con intensa curiosidad. Releyó una y mil veces todo el escrito hasta que se le quedase grabado en su cabeza cada detalle de la misma.

La paga era más que satisfactoria, todo el mundo asistiría, incluida la mismísima corona inglesa parecía interesada en ser espectadora del acontecimiento, y sería patrocinado por grandes empresas americanas. Una oportunidad perfecta ante sus ojos.

Ya no necesitaría depender de sucios matrimonios arreglados o de viles tratos con el diablo disfrazado de un viejo pervertido con dinero. Una sonrisa torcida de decisión se formó lentamente en su rostro.

—Bueno, como le decía—continuó el viejo, restando importancia a su comentario—quizás podríamos realizar la boda dentro de unos… ¿Dos meses, le parece?

—Deberá disculparme—su rostro malvadamente confiado se tornó en una forzada mueca culpable—pero me temo que, no podré aceptar la proposición—lamentó con una mano en el pecho. A la hija del hombre rico se le escapó un jadeo de amarga sorpresa.

—¿Qué?—exclamó alarmado por el rechazo. Diego se inclinó levemente.

—Si, bueno—elevó el periódico en sus manos, acercando el artículo de cabecera a su rostro gratamente satisfecho por ver la incertidumbre del hombre frente a él—la verdad es que… Si voy a participar en la carrera.

Y así fue, días después se embarcó en su viaje hacia el nuevo mundo, acompañado de su corcel predilecto. Lo único que su mente podía pensar durante todo el trayecto, además de como sería el primero en saltar de la mismísima cubierta a tierra por el asco de viajar por mar, era el cómo, sin importar el método o el costo, ganaría esa condenada carrera. Dejaría a todos esos malditos sujetos de la alta sociedad a su merced y les restregaría en la cara su victoria a todos aquellos ineptos que intentaron manchar la dignidad de su madre.

Eso fue lo que le prometió, y lo cumpliría le gustase o no.

Bueno, eso hasta que lo menos esperado ocurrió. Y es que el repentino pero deseado reencuentro que tuvo con el Joestar no hizo más que confundir su más que desordenada mente.

Volverlo a ver fue como una bocanada de aire tras emerger de un profundo océano de aislamiento y desenfrenada ansia de poder. Sentir lo que es que su corazón latiese con intensidad por la cercanía del otro, el dulce y tierno roce de la piel de Johnny sobre su pecho cuando se dejó vencer por el sueño en aquella noche cálida, con su aliento caliente golpeando su carne con cada respiro que soltaba entre sueños, los finos cabellos rubios entre sus dedos que le daban una sensación cosquillosa cada vez que los peinaba.

Pensar en todo eso le llenaba el alma de un aire confortante y le robaba sonrisas sinceras, pero demasiado orgullosas para mostrarlas a cualquiera que no fuese su adorado Johnny.

Pero, al mismo tiempo, una promesa es una promesa. No podía fallarle a su querida madre.

Aunque le hubiese dicho a Johnny que no le importaba ya la carrera, no podía desligarse tan fácil de la misma. Ya no estaba tan ensimismado como lo estaba antes de llegar a América, pero tampoco debía descuidarse de ella.

Ganaría la carrera. Ya lo tenía decidido.

Se tomaría su tiempo, pero si tenía la oportunidad de ser el primero, lo sería. Al fin y al cabo, ambos irían juntos ¿Y por qué no? Procuraría darle una mano si era necesario para que no se quedase atrás.

De todos modos, la victoria no era lo que Johnny perseguía, así que no debería haber problema con eso ¡Era un ganar-ganar!

Imaginó a los dos corriendo uno al lado del otro, disputando por ver quién rebasaba al otro como cuando ambos participaban juntos en las mismas competiciones. Un aire nostálgico le invadió al ver esas imágenes mentales en su cabeza. Sería divertido revivir esos lejanos momentos una vez más.

Una vez todas sus cosas estaba en su lugar y su caballo ya estaba alistado con la manta que le habían proporcionado, se subió al mismo y emprendió su marcha en búsqueda del joven del linaje Joestar.

Recorrió la zona de las tiendas con una rápida mirada por si lo encontraba de repente trotando de vuelta a la tienda, sin embargo, no hubo rastro de su presencia. Se dirigió hacia el corral donde adquirieron el caballo, pero tampoco lo encontró ahí. La inquietud progresivamente se le iba sumando con cada fracaso en su búsqueda.

¿Dónde se había metido? El lugar cubría un área muy extensa debido a la naturaleza de la carrera como para recorrerla en tan poco tiempo. Ni siquiera era consciente de cuanto podría llegar a tardar en visitar todas las secciones antes de que iniciase la mencionada.

Y como si le hubiesen leído la mente, el vozarrón de quien seguramente se trataba del narrador de la carrera anuncio en alto a todos los participantes presentarse en la línea de salida de la playa. Un sudor frio comenzó a resbalar por su sien cuando divisó a cientos si no es que miles de competidores avanzar en camino hacia donde se les había indicado.

Daba vistas rápidas en búsqueda de la cabellera rubia, o de al menos encontrarse con aquellos ojos tan preciosos como el zafiro. Pero no lo veía.

¿Habrá logrado subir al caballo? ¿Por qué no estaban en el corral? La idea de que el caballo pudo huir arrastrando a Johnny le dio un escalofrió, pero rápidamente el recuerdo de que ese mismo muchacho era un jinete bastante competente también hizo acto de presencia. Un consuelo que se pudo permitir fue el que, incluso aunque el caballo huyese con el muchacho discapacitado, él era capaz de guiarlo dónde quisiese que se dirigiera.

Tenía que confiar, no, él podía confiar en que Johnny sería capaz de controlar al animal y llevarlo hasta la línea. No había otra forma.

Redirigió los pasos de su corcel de camino hacia la línea de salida. Esperaría allí a que el Joestar apareciera.

Una promesa es una promesa.

Gritos desbocados, relinchos y resoplidos, el ruido de la arena siendo arrastrada por miles de caballos, todo eso lo recibió una vez llegó a su puesto. Era un gran espectáculo, tantos jinetes formados en fila, uno junto al otro, de manera casi perfecta que sería un placer de ver para cualquier meticulosa persona.

Una voz potenciada habló a la distancia, anunciando su llegada y refiriéndose a él como “el aristócrata Diego Brando”

Asqueroso. No quería que se refiriesen a su persona como a esos detestables seres que se encontraban observando la carrera desde sus cómodos puestos, como si presenciasen un espectáculo de circo de fenómenos.

Una vez Silver Bullet se acomodó a gusto en su posición, en espera de que su jinete le diese la siguiente instrucción, miró nuevamente el panorama en su campo de visión.

Bueno, por lo menos su fila era la que se encontraba en la parte delantera, una pequeña pero significante ventaja. Su derecha no tenía nada destacable, realmente. Montones de jinetes que no reconocía de nada, probablemente personas que no merecían su interés.

En cambio, su izquierda le otorgaría más que otra sorpresa. Los pasos de un caballo se dejaron escuchar antes de que pudiese girar la cabeza.

Miró de reojo, cauteloso del compañero que le había tocado adjunto. Interiormente se sorprendió, pero no lo demostró.

Un hombre que reconocía de alguna parte, con larga cabellera tintada de rubia ceniza y un sombrero que lograba cubrir sus ojos se le hizo extrañamente familiar. No fue hasta que divisó algo curioso oculto en su funda que entró en cuenta de quién estaba a su lado.

Una bola, presumiblemente hecha de un material tan duro como el acero.

Ese tipo, no podía ser cierto, ese tipo era quien Johnny estaba persiguiendo el día anterior ¡Ese tipo era quien Johnny deseaba descubrir su secreto!

Descaradamente giró su cabeza, sin percatarse de que su mirada otorgaba una imagen amenazante.

—Si tratas de intimidarme—habló de repente sin prestar la mirada, tomando con la punta de sus dedos el ala del sombrero—me temo decirte que no soy alguien fácil de asustar—ahora se dirigió a él, sus ojos verdes pistacho se habían asomado tras la sombra que le proporcionaba el ala y una brillante dentadura dorada con una inscripción en ella se mostró burlesca—y menos por un niño rico.

No respondió, simplemente mantuvo su fiera mirada a aquel desconocido ¿Qué era lo que tenía ese aspirante que llamaba la atención de Johnny? También deseaba saberlo, en la noche anterior no pudieron hablar de eso por, bueno, cuestiones que no son necesarias de explicar. Sin embargo, algo le daba desconfianza de ese sujeto.

Dejó de prestarle atención al tipo a su lado apenas vio como un Appalossa se acercaba a un lado y se posicionaba junto a ese extravagante extraño.

Era el caballo de Johnny.

Trató de observar con significativo detalle, en un intento de encontrar al jinete que tanto su corazón pedía por volver a ver, solo para llevarse la sorpresa de que aún el joven Joestar era arrastrado por el animal. El estado de Johnny era deplorable, su carne magullada por donde sea que le mirase y su respiración alterada le daba a entender que estaba dando su mejor esfuerzo por mantenerse aferrado al animal.

Y al parecer, la aparición del Joestar no fue pasada de alto por el tipo a su lado.

El brazo de Johnny se dejó caer pesadamente sobre la arena seca y así apartando finalmente el objeto del que tanto se había ensimismado de nunca soltar, el caballo bajó la cabeza solo para lamer la cara del temblante jockey en el suelo, como si el animal quisiese darle un pequeño consuelo de lastima.

A duras penas, y con la poca, pero suficiente voluntad que su cuerpo aún conservaba volteó su torso hacia abajo y usó sus brazos para elevarse, asi pudiese mirar con aquella determinación que invadía su espíritu, viajando en cada cúmulo de sangre que su corazón machacado del dolor podía bombear a ese sujeto que le enseñó sin intención una nueva esperanza.

—Mierda...—maldijo con sufrimiento, las heridas no cicatrizadas continuaban sangrando sin piedad, las costras del día anterior picaban y ardían cada que las arrastraba por el suelo con ferocidad en un intento de moverse—el secreto de tus steel balls...—murmuró entre quejidos, su cuerpo daba ligeros espasmos como reacción al dolor y a la debilidad—lo descubriré… No me rendiré… Está en la rotación...

Diego estaba perdido ante las palabras del herido jinete. Pero la intriga y el deseo de saber más al respecto le ganaban de primera.

—Aún si no te alcanzo… Aún si la carrera termina...—su brazo se derrumbó, causando que su peso corporal cayera sobre la arena y elevara una ligera manta de polvo—lo descubriré…-arremató con una pequeña tos por el polvillo invadiendo sus pulmones.

El tipo solo observaba a Johnny con una mirada fija, contemplativa. Pensaba hablar en ese instante a su pobre Johnny, pero rápidamente es interrumpido antes de que siquiera pudiese emular alguna palabra.

—Ese caballo...—habló el sujeto extraño, admirando al corcel de su rival—fue una buena elección—ambos jinetes clavaron sus miradas al hombre de la larga cabellera, quien prosiguió sin sentirse presionado por esto—los caballos viejos tienen más experiencia en este tipo de carreras, no corren a terreno peligroso por impulso o se lesionan las patas—miró de reojo con disimulo a Silver Bullet, quien rezongaba su hocico-no como los caballos jóvenes que se basan en la fuerza física…
Diego presintió una indirecta hacia su persona, apretando con fuerza las riendas de su caballo.

¿Cómo se atrevía a decir tal cosa? ¿Quién se creía que era ese pueblerino de ha saber dónde? ¿Estaba acaso juzgando la capacidad de su querido Silver Bullet? Su mirada se crispó en recelo, sintiendo la rabia acumularse y a punto de estallar tal como una bomba de tiempo dentro de sí.

—Me interesas—continuó hablando hacia Johnny, sin inmutarse de su otro acompañante—por eso te daré una pista—tanto Diego como Johnny quedaron expectantes a lo que a continuación fuese a decir—ya encontraste la respuesta… Si tienes la voluntad de subirte, entonces ¿por qué no lo has hecho?

Ambos miraron incrédulos ante la inesperada revelación y cuestión. Nuevamente, una sonrisita con inocente viveza que presumía su dentadura personalizada se dejó presenciar.

Johnny meditaba apresurado el significado de esas palabras, mientras oía como en tan solo dos minutos todo comenzaría y posiblemente terminaría para él si no conseguía subirse antes de que se diera el disparo de inicio.

Solo una conclusión pasó por su cabeza. Se volvió hacia su caballo y extendió su brazo, rezando a quién sabe quién.

—De nuevo...—pidió con las últimas fuerzas que sus músculos desgastados le permitían—de nuevo… Lame…—sus ojos se entrecerraron con pesar, sintiendo la desesperación querer fluir por sus lagrimales—lame mi cara… Mi caballo...

Diego solo era testigo de todo lo que ocurría. Su mente se desvivía tratando de decidir si debiera siquiera hacer algo o dejar que la situación continuase desarrollándose sola mientras una voz de fondo los presionaba al igual que un contador que ansiaba llegar a cero.

Pero él mismo se lo dijo. Iba a darle su voto de confianza a Johnny, como siempre lo había hecho.

Johnny era capaz de hacerlo.

Todo culminó cuando el caballo aceptó las peticiones de su nuevo dueño, inclinando su cabeza hacia el joven. Repentinamente, el cuerpo de Johnny gira sobre el extenso cuello musculoso del semental, rodando hacia la silla de montar y quedando perfectamente sentado sobre la misma, ante una clara mirada de impresión y fascinación por lo ocurrido.

Justo en el momento exacto donde los fuegos artificiales se desplegaron al aire y se elevaron a las blancas nubes para finalmente desaparecer en estallidos. La carrera transcontinental daba su inicio.

Los sonidos ambientales y las estruendosas voces de los espectadores fueron opacadas por el eco sonoro de todos los cascos de aquellos equinos corriendo a la par. Desde las alturas, donde los globos aerostáticos que controlarían el estado de la carrera durante todo el viaje se encontraban meciéndose por los vientos, se podía observar una marea conformada solo por aquellos animales cuadrúpedos, invadiendo las arenas de la playa, comparable con un tsunami de grandes magnitudes.

El tipo que aconsejó al jinete malherido ahora había tomado la delantera con gran velocidad, sin importarle las desventajas que eso podría conllevar más adelante.

Observó esto como un movimiento desesperado y apresurado, pero no le podía importar menos si quería desgastar pronto a su caballo. Apenas lo vio alejarse de ellos, aprovechó el espacio que el cuerpo del corcel les cedió para acercarse al ex jockey.

Mas no lo miró, simplemente se posicionó a su lado, acompañando los galopes de su caballo con el del otro. Un pequeño silencio abundó entre ambos que solo era rellenado por las respiraciones de los animales y los golpes a la arena.

—Me alegra que lo lograras...—decidió ser el primero en hablar esta vez, pero sin perder las vistas del frente. Y no podía ser más sincero con sus palabras, realmente estaba contento de ver que todo lo que sufrió ese muchacho ya había acabado.

—Gracias...—le respondió, bajando la cabeza con ligera pena—gracias por confiar en mi...—un ligero tinte rosáceo le invadió sus mejillas carnosas, sus pestañas se abanicaron por acto de la vergüenza—necesitaba eso ¿Sabes? Digo… No quiero sentirme como una carga para nadie… Y menos para ti, Dio...—susurró esto último, con lástima por sí mismo. Le atemorizaba la idea de que por su condición actual fuese una total molestia y que por eso se deshicieran de él nuevamente.

No quería que Diego lo abandonara. No lo soportaría otra vez.

—Jojo—habló, pero no con el tono que cualquiera esperaría de Diego. Fue distinto, fue como una caricia a la distancia, una caricia que, aunque no pudiese dársela físicamente en ese momento, con ese tono le hizo sentir más que apreciado—siempre confié en ti, incluso cuando no debía hacerlo lo hice de todos modos—esbozó una dulce sonrisa, una que solo dejaría que Johnny fuese testigo de apreciarla—quítate esa idea de la cabeza, porque nunca serías una carga para mí.

Pero su mirada no se había dirigido en ningún momento al ex jockey. Johnny arqueó una ceja ante esta actitud.

—¿Por qué no me miras?—le preguntó, algo inseguro pero curioso. No hubo ninguna respuesta por parte del británico. De hecho, simplemente dejó que la misma memoria de Johnny le recordase el motivo—espera… ¡N-No me digas!—exclamó sorprendido por finalmente descubrirlo—¡no puedo creerlo! ¿Aún lo recuerdas?

Esa ligera sonrisa cambió a una triunfante, emitiendo una sonora carcajada desde su garganta ¿Cómo iba a permitirse olvidar aquella promesa?

Todavía la recordaba como si no fuese un recuerdo tan lejano. En su memoria seguía perdurando esa imagen del primer día que compitieron juntos.

Allí, podía visualizar a un joven de cabellos rubios finos como hilos, que resplandecían naturalmente con la luz del mediodía que se traspasaba por la enorme salida tras de ellos. Una gran sonrisa que dejaba a la vista su dentadura radiante, tan jovial como lo sería para alguien que experimentase por primera vez algo emocionante en su vida.

Por extraño que le pudiese parecer ahora, el chico estaba de pie frente a él, mirándole con aquellos ilusionados ojos, tan brillantes como vivos. Nadie que no hubiese conocido al Johnny del pasado le habría creído toda la descripción que seguía resguardando dentro de su cabeza, como un tesoro protegido en un cofre sellado con candado.

—Es nuestra primera competencia juntos—dijo aquel adolescente, bajo su brazo derecho cargaba su casco de jinete—¿no es fantástico?—dio unos pequeños saltitos de emoción contenida, característico de su carácter de antaño—por fin correremos juntos en una carrera de verdad.

—Sí, lo es—asintió elevando sus comisuras levemente, contagiándose de la alegría que desprendía su compañero.

—Aunque ahora no es como en los entrenamientos—soltó ya un poco más calmado—no podremos hablar mientras corremos…—miró al suelo, un poco desconsolado por no poder compartir esas pláticas de las que se había acostumbrado—ahora somos rivales…

—Hagamos una competencia justa—dijo, para tratar de levantar los ánimos nuevamente de su ahora, rival de carreras. El muchachito con ilusiones le volvió a dirigir la mirada—no nos veremos ni nos hablaremos durante la carrera—el chico se sorprendió por el trato que se le ofrecía—eso no quiere decir que después no nos vayamos a volver a hablar, es simplemente para no darle la ventaja a ninguno y competir como se debe—ensanchó su sonrisa, mientras colocaba su mano sobre el hombro de su mejor amigo—¿te parece?

—¿Tú dices? Bueno, no es mala idea en realidad...—se tomó del mentón pensativo ante la propuesta—pero… ¿Me prometes que será solo durante las carreras?—le miró de reojo algo apenado por la pregunta. Un asentimiento junto a una cálida mirada fue lo que recibió.

—Te lo prometo—soltó su mano de su hombro, solo para presentar su meñique ante su amigo—y para que veas que hablo en serio…

—¿Promesa con el meñique?—dijo algo divertido por el gesto—sabes que si la rompes tengo el derecho a romperte el dedo ¿no?—una carcajada sonora escapó del otro.

—Es un precio que estoy dispuesto a pagar—respondió una vez pudo respirar nuevamente—pero recuerda, Diego Brando no olvida sus promesas.

Johnny observó nuevamente el pequeño dedo que se tendía frente a él. Volvió a mirar al que portaba esa cascada dorada que el mismo sol envidiaba por poseer. Sin más, extendió su meñique contrario al de su colega y los unió con fuerza, con el corazón ardiendo de pasión y éxtasis.

—Es una promesa.

Solo cuando él mismo decidió volver a la realidad fue cuando tomó la palabra.

—Te lo dije ese día, Jojo...—dijo, aún sin intenciones de voltear—no olvido mis promesas… Aunque rompí parte de esta por hablarte, así que estás en tu derecho de romperme medio dedo si quieres—comentó cómico, mostrando el meñique con el que tiempo atrás, realizó esa promesa.

Johnny dejó escapar una risita cautivadora, a sus oídos fue como escuchar una magnifica melodía.

—No lo haré...—confesó tras parar de reír, mirándole con una risueña mirada—¿sabes por qué?—Diego respondió con una arqueada de ceja—porque al final yo rompí la promesa por completo. Así que no tienes por qué preocuparte por tu dedo—al oír eso, fingió un soplido de alivio que divirtió una vez más al Joestar—pero de todos modos…—volvió a hablar, entrecerrando sus ojos con anhelo—quiero que me mires...—las palabras salieron como un pequeño susurro, audible únicamente para su acompañante—por favor… Mírame, Diego…

No necesitó oír más, pues su cabeza giró de manera instintiva a esa casi suplica de su querido Johnny. Sus ojos turquesa, que se habían aclarado por el reflejo del sol ahora se encontraban contemplando la bella sonrisa que el Joestar le regalaba.

Los mechones sueltos que no eran cubiertos por aquella gorra estrellada revoloteaban por el choque del viento sobre ese rosado rostro. Los ojos relucientes como zafiros pulidos, que se habían vuelto a iluminar con todos aquellos sentimientos que hace mucho se creyeron perdidos para siempre, le miraban con todo el cariño y la mejor de las dichas.

Incluso aunque las heridas causadas por los múltiples intentos de montar al caballo siguiesen ahí, ensuciando la majestuosidad del joven, todavía se sentía cautivado por completo.

Y es que esa visión frente a él, una que solo podría asemejarse a La Nascita di Venere, no causaba más que el imperioso deseo de acariciar esas acaloradas mejillas salpicadas de tonos rojizos y de fundir su cuerpo con el de su allegado, para jamás de los jamases volverlo a soltar, protegiendolo de cualquier mal que quisiese volver a lastimar su delicado corazón.

Ese corazón que estaba dispuesto a gritar a los cuatro vientos de que solo era de su pertenencia, y la de nadie más.

—Johnny...—susurró, engatusado por lo hermoso que podía ser aquel jovencito—apenas comenzamos la carrera, no me hagas las cosas más difíciles…—cubrió media cara con su palma, en un vago intento de calmarse e intentar no abalanzarse hacia el jinete de hebras claras. Su compañero solo sonrió juguetón por sus propias provocaciones.

Estaban tan concentrados entre ambos, que habían ignorado por completo lo que ocurría en ese momento. Ni se percataron de la cantidad de accidentes que sucedieron a sus espaldas por los caballos que se habían alterado por el avance de aquel sujeto. Bueno, normal debido a que sus propios equinos no podían estar más tranquilos, gracias a la calma que sus hábiles jinetes poseían.

Notaron entonces que, frente a ellos, el hombre de largos cabellos se encontraba en una encrucijada contra uno de los competidores considerados a campeón.

—Parece que ese tipo piensa avanzar aplastando a todo el que se le cruce—comentó Diego, observando al gran camello embistiendo de vez en cuando contra el caballo de aquel que consideraba un pueblerino cualquiera—deberíamos aprovechar para adelantarlo…

—Espera, Dio—le detuvo con su voz Johnny, antes de que pudiese enviarle la orden a su caballo—está haciendo algo…

Ambos admiraron como, de la funda que colgaba de su pesado cinturón, una de aquellas bolas reforzadas en acero era extraída para posteriormente, ser lanzada hacia algún lugar. Sus miradas se convirtieron en atónitas cuando los divisaron correr hacia una arboleda en el camino. Una embestida más producto del gran animal del desierto causó que su caballo se inclinara peligrosamente.

—¡Si lo golpea una vez más va a caer!—clamó Johnny, alterado por el desenlace que estaba por tomar aquella pelea. Y como si el dueño de esa gran criatura le hubiese oído, volvió a lanzarse contra el pequeño caballo a su lado.

“¡Va de nuevo! ¡Gyro Zeppeli no podrá resistirlo!”

—Gyro Zeppeli...—murmuró al escuchar al molesto narrador exclamar el nombre de ese intrigante desconocido, con sus ojos turquesas atentos y precavidos a lo que fuese a ocurrir a continuación.

De repente, sus ojos fueron testigos de cómo el hombre del desierto chocaba con una pila de cactus, causando su colapso junto al de su camello, descalificándolo por completo de la carrera. Johnny estaba impresionado con lo que vio, sin embargo, él, al contrario, no se encontraba tan alterado por lo sucedido.

—¿Has visto eso?—le preguntó el muchacho discapacitado, bastante intrincado—creo que fue obra de esas steel balls que tiene… Vi algo raro en esa piedra de ahí, como si hubiese descubierto la ubicación de esos cactus gracias al polvo generado por la rotación...—explicó con dificultad, tratando de sonar convincente y sin entremezclarse con lo que deseaba expresar.

—Te seré sincero Johnny—habló, su entrecejo se frunció con frustración—no entiendo nada de lo que ese sujeto hace—volvió a mirar a su compañía, calmando su semblante—¿cuál es el plan?

—Estaba pensando...—comentó, rememorando su estrategia—deberíamos tratar de superarlo, si lo conseguimos, quizás logremos captar su atención.

—Bien—respondió abruptamente, sonriendo malicioso y sosteniendo con fuerza las riendas de Silver Bullet—puedo hacer eso

Tras sentenciar esas palabras, la velocidad de su caballo aumentó de golpe, dejando atrás a Johnny. El joven ex jinete no tuvo tiempo de reaccionar que ya el británico se encontraba a metros de él, casi llegando a alcanzar a ese tal Zeppeli.

—¡¿Qué demonios?!—exclamó finalmente tras salir de su estupefacción momentánea—¿cómo hizo para llegar tan pronto?—se preguntó en voz alta, pensando cómo tiempo atrás lo hubiese hecho—no… ¿Acaso está aplicando esa estrategia?—sonrió con ligero orgullo—inteligente bastardo presumido...—susurró con una nota cariñosa.

Los galopes de su caballo cada vez se alejaban más de los del de Johnny y comenzaban a mezclarse irregularmente con los del corcel de Gyro. El de la larga cabellera pareció percibir su presencia, pero al parecer, decidió ignorarle temporalmente.

Con una mirada desafiadora, lentamente proseguía a acercarse cada vez más hacia su rival. Observaba atento a cada movimiento, tan preciso que no parpadeaba para no perderse ningún detalle importante que le fuese a servir de conveniencia.

—Siete… No… Ocho...—susurró, detectando como el aire del hocico del caballo de Zeppeli era expulsado agitadamente—ocho respiraciones...—atisbó un ligero cambio en la posición del corcel, casi imperceptible para un ojo sin entrenamiento adecuado—inclinación a la izquierda ¿eh?—sonrió maquiavélico, aumentando la velocidad de su fiel compañero.

Todos parecían sorprendidos por su posición actual, pudo oír al narrador clamando impresionado por su facilidad para llegar a un lado de su rival, alabando que se trataba de magia que solo un profesional era capaz de hacer. Incluso el mismo Gyro se le notaba que no lograba comprender el cómo pasó esto.

Miró tras de sí al joven jinete en el Appalossa. Sí, lo había hecho para quedar mejor frente a Johnny y no podía estar más complacido de ver que funcionó.

—Todos tenemos hábitos, sea un ser vivo o una máquina—monologó para sí mismo, contento con el resultado que estaba consiguiendo, presionar a su rival principal—todo caballo tiene su propio hábito, incluso aunque quieras cambiarlo, saldrían muchas más debilidades al aire...—sonrió con malévola victoria al superar a su contrincante unos pasos más.

—¿Qué es esa mierda que estás escupiendo?-habló al aire Gyro Zeppeli, completamente confundido y disgustado con lo que ocurría—¿qué es eso de hábitos?

—¡Cosas de profesionales!—respondió, superando un poco más al caballo contrario—era obvio que un aficionado como tú no sería capaz de saberlo…—soltó ese último comentario con dulce venganza por la anterior falta de respeto a su Silver Bullet.

Nuevamente volvió a superarle con facilidad, cada vez más y más iba distanciándose de ese tipo que le estaba incordiando desde el inicio. Si podía aplastar su orgullo de paso, sería una gran ventaja para ambos jockeys, y un gusto para sí.

Sin embargo, cuando las pezuñas de su caballo llegaron a medio camino del puente que unía las piezas de tierra separadas por aquel río arenoso, el estruendoso ruido seco de un golpe y el de unas maderas destrozarse le alertaron de repente tanto a él como a su fiel corcel.

Las patas traseras del caballo de Gyro habían azotado con fuerza contra la desgastada madera, consiguió mirar por el rabillo de su ojo como aquellas bolas de acero rotaban sobre los muslos del equino rival. Sin remordimiento de lo que había causado a la propiedad pública, prosiguió su trote con gran velocidad ganada por el impulso generado.

En cambio, Silver Bullet se elevó en sus patas traseras de la impresión tras el evento y la imposibilidad de cruzar por el camino de tablones elevados y despegados de su lugar. El desastre generado se parecía al de una explosión.

—¡M-Maldita sea!—maldijo en voz alta, tratando de calmar a su caballo y de al mismo tiempo, mantener el equilibrio sobre el animal.

—¡Diego!—escuchó la voz preocupada de Johnny gritar tras de él.

—¡Ve por abajo!—le respondió en vozarrón, observando al resto de los competidores seguir el mismo consejo que le dio al muchacho—¡te alcanzaré más adelante!

Johnny asintió con el ceño fruncido de la tenacidad. No permitiría que Gyro Zeppeli se escapara tan fácil.

Mientras daba la vuelta, miró por última vez al jinete de ese Appalossa cabalgar sobre la árida tierra de lo que antes era un río. Aquellos ojos, azules, al igual que las Delphinium florecientes bañadas en el roció de la noche, se habían oscurecido en una brillante voluntad.

Una voluntad capaz de hacer lo que sea por su objetivo.

Y eso, le encantó.

Notes:

Por fin nuestro italiano mozzarella hace acto de aparición. Aunque no fuese de mucho agrado para nuestro lizardo británico xD

Espero les haya gustado, la verdad es que todo lo que iba a integrar en esta parte era demasiado asi que tuve que rebajarlo para que no fuese excesivamente largo(?

Eso quiere decir que, sip ¡Habrá tercera parte! Así que no se olviden de suscribirse a la serie si gustan para seguir con esta hermosa travesía.

¿Qué les ha parecido? ¡No olviden comentar lo que deseen al respecto! Me alienta a seguir y hacerme tiempo de todo el trabajo, logra despejarme un poco jaja.

Ah, y por si les interesa también tengo Wattpad (@Ayelen444) y Tumblr (brynhildr444) si quieren ir a echarles un vistazo. En Wattpad subiré estos one-shots con una portada hecha por mí misma, lo menciono por si quieren ir a verlos(?.

Eso es todo, sin más spam que hacer, me retiro por hoy.

¡Sayonarancia a todos! 💜

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