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Sanji mira por la ventana de la cocina que da en dirección a la cubierta. Sus ojos brillan y su sonrisa se ensancha mientras observa con fascinación al sujeto de sus más oscuras perversiones secretas. Zoro está haciendo ejercicio, nada nuevo, comenzó en cuanto su turno de vigilancia terminó y ni siquiera había parado para el desayuno de ese día, algo que por cierto no había hecho feliz a Sanji, pero estaba bien, se desquitaría mucho más tarde.
Conocían su rutina de cualquier manera, Zoro siempre llegaba tarde a almorzar, sólo cuando todos habían abandonado los alrededores del comedor, y Sanji se había acostumbrado a preparar comida extra y guardarla únicamente para él, para alimentarlo en la soledad de su cocina mientras los demás desentendidos hacían sus propios asuntos lejos del comedor —asunto altamente importante— y el área oculta bajo la cubierta.
Eventualmente lo hacía feliz, lo sentía en su corazón que latía apresurado mientras sus ojos capturaban fieramente la forma en que el abdomen bien equipado con sus six-pack se movía, contraído y delgado en su serie de abdominales bestiales, listo a la espera de que él pudiera arruinarlo, arruinar todo ese cansado proceso.
Porque Sanji tiene un problema con darle de comer a Zoro hasta que su vientre se expande más allá de su capacidad, cuando sus abdominales de acero se distienden para darle paso a ese vientre redondo y satisfecho con sus maravillas culinarias, hasta que Zoro sienta que no puede hacer nada más que recostarse entre los brazos de Sanji, sintiendo las manos gloriosas del cocinero acariciar su vientre suavemente una y otra vez hasta que el sueño lo reclama.
Sanji ama eso, aunque honestamente él no puede estar seguro de por qué han llegado a ese tipo de rutina extraña, tampoco está arrepentido, sólo que no puede recordar bien cuándo empezó. Tal vez fue aquella vez a inicios de su viaje por el Grand Line, después de Water7, cuando hicieron un banquete para celebrar el regreso alegre de la preciosa Robin y la adquisición de Franky. Esa vez, Zoro había comido demasiado, guiado por las manos de Sanji en bocados largos porque Zoro estaba ebrio, tanto o más que él mismo, para recordar lo que habían hecho —al menos Zoro no recordaba correctamente—, Zoro dejándose criar por el mismísimo cocinero, sintiendo su vientre expandirse fuertemente por la deliciosa comida, sintiendo su ropa apretarse y el sueño consumirlo, Sanji estaba seguro que no había visto nada más hermoso que eso.
Lo demás era historia más que otra cosa. Nuevamente sonrió para sí mismo y apartó su vista del sujeto de sus ensoñaciones honestamente extrañas, decidido profundamente a hacer la mejor comida para él, incluso por sorprendente que fuese, ambos estaban en esa parte de su relación donde lo consideraba lo más importante, lo más necesario para él por encima de las preciosas mujeres.
Con el cariño bañando su corazón se aseguró de terminar la comida de todos y continuar haciendo postres para Zoro mientras una melodía simpática y radiante pululaba desde sus labios hacia el exterior.
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"Tardaste, Marimo. ¿No tienes hambre aún?" Sanji cuestionó con un ligero tono demandante y descontento, dejando los últimos platillos en la mesa improvisada en su cocina y sentándose después en el lujoso y cómodo sillón que había comprado con el dinero que ahora le debía a Nami —y que valía mucho la pena para sus actividades extracurriculares con Zoro—.
Zoro miró a Sanji sentarse en el sillón en el que varias veces habían estado y se sonrojó al atraparse a sí mismo pensando demasiado en otras cosas innecesarias y sobre todo indecentes. Negó con la cabeza un breve momento antes de aclararse la garganta y hablar.
"No es eso." Aseguró. "Exactamente tardé para hacer hambre suficiente." Él espadachín respondió, obviamente no lo mira a los ojos, Sanji se deleita con eso, con el sonrojo en el rostro generalmente estoico de su lindo Marimo al reconocer la clase de rutina que tienen para tomarse el tiempo de prepararse.
Sanji hizo un "Hum" aprobatorio, una sonrisa socarrona marcada en su rostro. Palmeó su regazo para que Zoro se acercara a él y se sentara en su asiento personal; las fuertes piernas de Sanji. El cocinero suspira cuando el peso de Zoro se asienta en sus músculos formados, no hace nada por mejorar la sensación poderosa de crianza que se apodera de él.
Tiene muchas maneras de criar a Zoro, muchas ideas profanas pueden recorrer su mente en menos de un segundo, pero en ese momento, con la deliciosa comida que ha preparado sólo puede pensar en su actividad favorita del día; alimentar a Zoro hasta que su vientre poderoso se distienda.
Toma una cucharada del gazpacho de tomate que ha preparado con anticipación, meneándola suavemente para que no se derrame antes de aterrizar suavemente sobre los hermosos labios rosa pálido de Zoro. El espadachín recibe gustoso la comida, ansioso por todo lo que llenará su estómago hasta que no pueda más, hasta que la hermosa fajilla verde —Haramaki— se sienta demasiado ajustada para usar.
La acción se repite, una cucharada de arroz verde de espinaca y jengibre entra en contacto con sus labios hasta su paladar antes de realmente probar un pedazo de carne de cerdo bañada en salsa de soja, con jengibre curtido y algunas especias que Zoro ni siquiera sabe identificar.
Cada pequeño plato se ha ido vaciando ahora. La mano izquierda de Sanji que está rodeando el tronco corporal de Zoro (torso) descansa en el vientre que poco a poco ha comenzado a extenderse mientras su mano derecha continúa alimentándolo. Los Onigiris se han terminado, un deleite inexplicable recorre a ambos cuando Sanji acaricia en círculos el abdomen distendido, sintiéndolo hacer su trabajo de digestión con lentitud, recibiendo más carga de la que debería ser capaz —muy similar a las cargas de semen que realmente Zoro es capaz de tomar de alguien como él, alguien del GERMA—, Sanji ama eso, la manera en la que Zoro puede hacer más de todo lo que uno diga que no podrá.
Toma los postres ahora. Una tarta de frutas con merengue por arriba es partida con la cuchara de Sanji y simplemente depositada en la boca de Zoro mientras disfruta, lentamente, con algo de dolor y cansancio, mientras su respiración se ralentiza por lo excesivamente lleno que se siente, por lo pesado y cansado que su cuerpo se está poniendo.
Termina la tarta de frutas y la tarta de coco que Sanji le ha preparado, incluso el batido de vainilla y los panecillos de matcha se han ido. Su estómago no puede más y casi puede asegurar que lo sufre, porque sus abdominales se han invertido hasta que se vea como un vientre inflamado —un embarazo temprano, tal vez de tres meses—, Sanji siempre menciona eso, acariciando la piel dura pero de carne blanda.
Zoro se deja caer totalmente contra Sanji cuando definitivamente ya no puede más, de cualquier manera casi todo ha desaparecido por completo y Sanji no se va a molestar en obligarlo a terminarlo cuando está lo suficientemente satisfecho con su trabajo, el resto él mismo puede comerlo o dárselo a Luffy quién no deja pasar nada.
"¿Tienes sueño ahora, Marimo?" Sanji pregunta, su voz es grave, pero hay un tono complacido ahí, Zoro puede saberlo sólo por el tono, pero está demasiado cansado para decir algo al respecto, demasiado lleno y perezoso para moverse.
Sólo asiente mientras un breve "Umh" sale de su garganta, incapaz de elaborar alguna palabra real.
Sanji lo reacomoda, maniobrándolo rápido y sin complicaciones como sólo la práctica podría haberlo hecho. Queda sobre el pecho de Sanji, su cuerpo entre las piernas de él con el culo de ambos asentado en el cómodo sillón reclinable. Las manos de Sanji están sobre su vientre, el haramaki ha sido bajado y arremangado bajo su vientre para dejarlo expuesto, dejando expuesto lo satisfecho que está su estómago y Sanji mismo, amansa suavemente la carne abultada y acarician a los costados y en círculos suaves que llevan a Zoro obligado a tomar una siesta forzosa.
Sanji siente el peso del espadachín caer totalmente sobre él, mirando lo flácido que ahora está, lo inconsciente que ha quedado y disfrutando de la respiración pesada por lo satisfecho que se encuentra, deleita su mente, calienta su cuerpo y acelera su corazón mientras un cariño inexplicable lo invade hasta hacerlo enloquecer.
Quiere extender ese hermoso vientre de todas las maneras que puede. La comida es una hermosa y honorable manera, alimentándolo, llenándolo de su trabajo que compite con la creación de los dioses, pero piensa entonces, las otras maneras en la que puede llenarlo, tal vez, después de todo lo que ha comido Zoro necesite ejercicio, puede entonces llenar ese vientre perfecto con otro tipo de comida, con otras sustancias.
Sonríe enfermizo para sí mismo, sus manos pican por tocar tanto ese vientre siempre inflado para él, como si cargara a sus hijos, pero mejor.
Sus manos hábiles nunca paran de acariciar, su lugar en la cocina es respetable, pero ahí, sobre el vientre distendido de Zoro, esa es su casa, ese es su sitio, no puede evitar amar su lugar porque es perfecto. Zoro no se despierta cuando sus manos de Sanji se mueven sobre el frente del vientre y acarician de arriba a abajo, disfrutando de burlarse del ombligo ligeramente sobresalido, jugando con las líneas de lo que suelen ser abdominales bien trabajados.
Zoro no sabe lo enfermo que está Sanji por eso, por llenarlo, pero tal vez incluso si supera no le importaría, ama la atención que le da de cualquier forma. Sanji sabe eso, Sanji no mueve sus manos de ese lugar entonces. Claro, porque Sanji tiene un problema con eso, con inflar el vientre de Zoro con cualquier manera que se le ocurra, sabe que de todas maneras Zoro lo va a disfrutar.
Lo hace feliz.
Es su lugar feliz.
