Work Text:
De todos los pretendientes, Neji se sentía el mas desafortunado. Todos los regalos fueron espléndidos, ramos de rosas frondosos, perfumes y bolsas de diseñador, en comparación con el set de pinceles que sostenía en las manos. Ni siquiera sabia si el vendedor lo había estafado.
Las memorias que lo llevaron a elegir el regalo se acumularon en un delicioso latido que le derritió el pecho.
Durante el receso se le ocurrió deslizar el regalo dentro de su pupitre, en el compartimento bajo la paleta. Un hormigueo en sus brazos lo hizo tiritar y apretó los labios. Lo único que esperaba era que ella aceptara el regalo y que lo usara. Era lo que su corazón ansiaba, se conformaba con eso. Que lo escogiera a él.
Los chicos enamorados pensaban igual, la misma torpeza. Hinata no tardó en llegar junto a Tenten; cargada de bolsas de regalo. Entre risas, Tenten se agachaba a recoger las cosas que a Hinata se le caían. Hinata por su parte también sonreía. Neji perdió de vista su rostro cuando ella se sentó en su pupitre, dos asientos frente a él. Pretendió no prestar atención, se recargó en la palma de su mano izquierda y asomó el rostro hacia el ventanal.
Nunca dejó que el paisaje de la cancha de futbol de la universidad lo ensimismara, escuchó con total atención los comentarios revoltosos de Tenten; que si la pulsera de oro era de Kiba o de Naruto, que si iba a usar los regalos de ahora en adelante. La borrosa imagen de Tenten acomodando un par de aretes plateados en las orejas de Hinata que Neji veía por el rabillo del ojo, las reacciones cohibidas y tiernas de Hinata, le alimentaban la fantasía y culminaba en una rabia de celos que se expresaba como un temblor en el meñique.
Hinata entonces jadeó de sorpresa, un jadeo sutil, corto, que él no pasó desapercibido. Tenten también indagó curiosidad.
Neji observó sus tiernos dedos blancos envolverse sobre la línea del listón lentamente. No veía su expresión pero para Neji estaba claro que el regalo no le disgustaba. No era suficiente, el sentimiento de vacío se le revolvió en el estómago, quizás no era lo suficiente para hacerle llegar lo que realmente sentía.
Para Hinata los pínceles podrían ser un recuerdo divertido de la adolescencia, para él era un completa confesión de amor, un verbo entero indescriptible de lo que pesaba en su pecho.
No se arrepentía aunque una dolorosa duda le carcomía ¿Era suficiente?
La duda se disipó en el instante en que Hinata se giró sobre su asiento y le buscó con la mirada. No habló hasta que Neji la miró a los ojos.
—Gracias Neji —musitó ella a medida que un tono rosáceo se esparcía en sus mejillas, como manzanas. Su cerebro le escupió un impulso de morderlas.
No había dejado una nota en la brillosa envoltura, era un regalo sencillo, anónimo y esas dos palabras le arrebataron el aliento. Ella lo sabía, ella lo reconocía, lo veía a él.
El pulgar de Neji removiendo pintura de oleo de las comisuras de su boca era todo lo que soñaba y anhelaba hacer de nuevo. No tenía opción, no lo planeó. Lo supo en el instante que sus yemas tocaron su piel, un hormigueo electrificante y unas intensas ganas de llorar emergieron de un espacio recóndito.
Reflejarse en los ojos de Hinata en el proceso le perturbaron la paz, se vio ahí, en los puros ojos de ella, un rostro pulcro que cubría una suciedad. Un deseo inmoral.
—Hace mucho que no tomo los lienzos y el óleo —prosiguió Hinata—. No puedo creer que aún recuerdes mis fallidos intentos por hacer el retrato familiar. Es un regalo maravilloso.
Soltó una risita al final.
Con eso se conformaba, con el simple gesto de apretar el simple regalo en su pecho y expresar genuina felicidad. Él asintió, con una pequeña sonrisa, satisfecho. Por sobre los superficiales regalos, a él lo habían escogido.
