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En cuanto a la luna, fría, sin vida. No pudo soportar el día en el que su sol no emitió mas luz. Porque lo poco que tenía, era gracias al reflejo.
Misericordia, el sol no se oculta de los ciegos, y la luna, tan desolada como ella, recibía el mismo calor que el resto.
Era un ciclo cruel, tortuoso. La luna recibía los rayos del sol, completamente, había uno que otro eclipse, prefería aquel donde se veían frente a frente y ella, el sol, lo recibía a él, la luna, con un fugaz beso en el cráter de sus labios. Y después se separaban, tanto, tanto que no podía evitar temblar de frío. Lejos en el vasto, oscuro espacio.
Era la muerte, era el otoño, el invierno.
En la continua danza eterna, su sol, cálido, poderoso se transformó en una solitaria blanca estrella, el fuego opaco se apagaba poco a poco. Él no podía acercarse, no podía alcanzarla, tras la extraña explosión fue propulsado al vacío. Del efervescente rojo que todo iluminó y quemó su piel, a un hostil y glacial eterno instante.
No más otoño, si no un infinito invierno.
