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Prólogo
En el momento en que Caraxes desaparece del campo de vista de Aemond y este se da cuenta de que el feroz dragón de su tío tomará mayor altura que Vhagar comprende que está condenado. A diferencia de su enfrentamiento contra Rhaenys y Meleys no tiene el apoyo de Fuegosol. Soy un estúpido impulsivo. Debí suponerlo. Aun así, usa su latigo y da órdenes a la vieja dragona. Entiende que en el futuro se cantarán canciones sobre esa batalla y sobre Daemon, aquel detrás de la atrocidad contra su pequeño Jaehaerys.
Aprieta los dientes y se prepara para el impacto... Caraxes ataca a Vhagar, muerde en el cuello y el vientre, usa sus garras y llamas rojas y verdes son exhaladas por ambas bestias, máquinas de guerra terribles que asolaron a miles de enemigos. Aemond no puede hacer más que esperar a que la batalla finalice, si tiene suerte saldrá vivo de ella. Piensa en su esposa embarazada, Alys, ni siquiera sabe por qué la tomó. Si no estuviera en una situación de vida y muerte se reiría. Sabe que ambos dragones morirán y si tiene suerte sobrevivirá a la caída.
No pasa ni un segundo para que lo note. Su tío se levanta y en un santiamén comprende la intención del Canalla. Todo transcurre en pocos segundos, su tío salta hacia Vhagar y cae cerca de la silla de montar. Aemond trata de liberarse. Maldita sea, no ahora. Sus manos no actúan acorde a sus deseos y sus dedos no le hacen caso. Ve como su terrible enemigo se acerca con Hermana Oscura. No importa cuánto se esfuerza es incapaz de quitarse los broches, cinturones y seguros de la silla. Todo pasa tan rápido. Revive las burlas de Aegon y los bastardos, el día que reclamó a Vaghar y la posterior perdida de su ojo, los entrenamientos con Ser Criston y los consuelos de su madre, la quema de las tierras de los ríos, la masacre que acometió en Harrenhal y aquella maldita vez en Bastión de Tormentas, ve a Alys e imagina a su futuro hijo.
Y entonces la ve, a ella, a su hermana Helaena, con sus sonrisas y comentarios extraños. Con su extraña afición por los bichos y su gusto por el baile. Alys se va de su mente y solo queda Helaena. Recuerda su primera vez, la noche de bodas y la concepción de los gemelos. A Aegon no le importaba y solo cuando estaba borracho cumplía con sus deberes maritales. Se lamenta todo el sufrimiento que causó a su amada hermana. Al final tú eres el más idiota. Escucha la voz del bastardo en su cabeza. Las constantes torturas de Lucerys son interrumpidas por la visión de Helaena. Pero esa hermosa imagen solo dura unos momentos y lo último que ve, antes de que solo reste la nada, es la punta de la espada de Hermana Oscura.
***
—Aemond... —Una voz lo envuelve en su calidez—. Puedes cambiarlo todo.
—¿Cambiarlo? —responde, aunque está seguro de que no dijo nada. ¿Ese espacio existe?
—¿Aceptas el fuego? —Llamas lo rodean—. ¿Aceptas el fuego? —La voz es más fría y Aemond comprende lo que sucederá si no lo hace.
—Sí.
Las llamas lo consumen, siente como su interior se reconstruye y algo cambia, se reformula y crea, el vacío se convierte en algo y vuelve a ver la luz y a reconocer la oscuridad.
