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Annatar lo oyó detenerse ante la puerta de la herrería apenas un segundo antes de entrar. Sonrió internamente ante tal vacilación del elfo, pues ya estaba acostumbrado a que cada vez ocurriera con mayor frecuencia. Y sonrió, porque estaba dispuesto a transformar las dudas de su “señor” en infundada desconfianza.
-¡Tyelpë!-fingió sobresalto, girándose apenas- ¿En qué puedo ayudarte?
Celebrimbor se acercó en silencio y se colocó a prudente distancia de Annatar, intentando divisar por encima de su hombro la creación que estaba terminando el Maia, sin ningún éxito.
-En nada en particular. Solo venía a echar un vistazo. -vaciló un momento antes de agregar-Deberías tomarte un descanso, de sea lo que sea en que has estado trabajando desde hace días.
-¿Mi señor se preocupa por mi? -Annatar batió sus pestañas con aire inocente, aun dándole la espalda al Señor Elfo de Eregion. Su cabello, cortado a la altura de los hombros y recogido en un par de trenzas, relucía casi plateado a la intensa luz de luna que se colaba por los vitrales-Tyelpë... te olvidas que yo no necesito de tantos alimentos ni descansos prolongados como ustedes los Eldar.
Celebrimbor se mordió los labios. Annatar, con su suave voz siempre tenía una respuesta. Y éstas venían sin rodeos, directas; no acostumbrado esto por los elfos, amantes de las retóricas.
-De todas formas, ¿qué importante obra es la que te ocupa tanto tiempo que no has asistido al banquete de bienvenida de los soldados?
-Ya no tendrás que preocuparte por mi ausencia, Tyelpë. Finalmente puedo mostrarte en qué he estado trabajando.
Celebrimbor sintió un escalofrío de excitación recorrerle la espina. La forma en que Annatar se giró y lo miró a los ojos al fin, prometía quizá algo más que una simple pieza de utilería.
-Cierra los ojos-ordenó con tono juguetón.
-¿Qué…? -Celebrimbor frunció el ceño ante la extraña petición.
-Vamos, es un regalo -sonrió el Maia encantadoramente.
Aun no comprendiendo del todo la situación, Celebrimbor obedeció, no sin sentir cierta curiosidad por el cariz que estaban tomando las cosas. Oyó el movimiento de la túnica de Annatar desplazarse lentamente y colocarse detrás suyo. Algo desató una alarma en su mente y quizo girar, pero Annatar fue más rápido y le cubrió los ojos con una mano.
-Ah ah -regañó, un susurro apenas un su oído- nada de trampas.
Su mano se retiró del rostro del elfo y fue a reunirse con la otra, ambas abriéndose paso ahora por entre la melena oscura y trenzada.
Celebrimbor no atinó a hacer nada en lo que duró ese ritual, (¿segundos, minutos quizás?) y por unos instantes se olvidó de respirar. Algo ligeramente pesado colgaba de su cuello ahora, pero Celebrimbor simplemente se demoró sintiendo la calidez y el cosquilleo que las manos del Maia habían provocado antes de entender que éste esperaba expectante por su juicio.
Acarició ausentemente su nuevo colgante de plata, sorprendido por su belleza y por la exquisitez del corte de jaspe verde incrustado en él.
-¿Y bien? Yo creo que combina con tus ojos.
Celebrimbor alzó la mirada, sonrojado por el cumplido y algo avergonzado, pero no podía quedarse viendo el collar y hacer más incómodo el momento.
-Gracias, Annatar… es hermoso.
-¿Pero…?
Como siempre, Annatar adivinaba sus pensamientos y los exponía con total naturalidad. Celebrimbor tomó el collar y suspiró, resignado.
- Pero no deberías haberte molestado por mí.
-No fue una molestia en absoluto, mi señor Tyelpërinquar- Tú jamás lo eres.- El Maia se acercó con tono conciliador, escrutando la expresión dubitativa del elfo. La oportunidad no podía ser desechada. Años, décadas, centurias de estrategia... todo ese sacrificado esfuerzo desplegado sólo para que al estar tan cerca de la meta un elfo simplón con aires de grandeza comenzara a dudar de sus buenas intenciones. Debía utilizar esa duda, y desviarla al máximo para que al menos sirviera a sus planes.
-Diría que fue todo un placer.
Celebrimbor había mantenido el contacto visual a fuerza de voluntad, por lo que al oír tal frase y ver el brillo juguetón en los ojos del Maia, confirmó varios rumores acerca de él que circulaban discretamente por el palacio y no tanto por la ciudad.
Que ese nuevo herrero valinoreano tenía un aire depredador; que miraba a su Señor Elfo cual si de una pieza de caza se tratase; que guardaba más secretos de los que clamaba revelar… en fin, habladurías a las que poca importancia les daba, excepto quizá la última, la cual podría jurar haber oído miles de veces por boca de la Dama Galadriel a quien tenía en gran estima.
Pues bien, estando los dos completamente solos allí en las forjas, los rumores restantes hicieron eco en él y sus dudas respecto a las enigmáticas actitudes de Annatar adquirieron un nuevo cauce. La colocación de un colgante especialmente fabricado para otra persona era tradición conocida por todos los Noldor como un signo de compromiso amoroso, y el Maia no tenía forma de no saberlo tras haber vivido tanto tiempo entre ellos.
-Annatar… -con éxito, logró aquietar el temblor en su voz y sonar lo bastante firme- dime exactamente qué pretendes con esto. Sabes que no soy una doncella a cortejar, ¿cierto?
-Sé que no lo eres - una fugaz mano pasó rozando una milésima de segundo la entrepierna de Celebrimbor, provocándole un sobresalto. Sin percatarse, había estado retrocediendo al avance del Maia y ahora tenía la mesa de trabajo pegada a las lumbares. Estaba atrapado entre Annatar y el trabajo, las dos únicas cosas que lograban su fascinación y frustración al mismo tiempo.
-“Pretender”… es una palabra muy fría para lo que anhelo, Tyelpë. -susurró en su oído, remarcando las últimas palabras con una pequeña mordida al lóbulo de su oreja. Celebrimbor dio un respingo, y sin embargo no lo alejó, para su propia sorpresa, demasiado curioso acerca del repentino giro de las circunstancias y su posible desarrollo.
Annatar, satisfecho, tomó esto como signo de acogimiento de sus avances y comenzó a dejar trazos de su lengua, descendiendo lentamente por el cuello del elfo.
Celebrimbor agradeció que todos los Gwath i Mírdain estuviesen arriba disfrutando del banquete, ya que el gemido que abandonó sus labios habría dado mucho de qué hablar durante años. Estimulado sobremanera, no dejó sus manos ociosas y sin perder ni un segundo las colocó en la cintura del Maia, recorriendo con el tacto aquellas curvas ridículamente esculpidas de forma tan perfecta, que tantas veces habían llamado su atención durante el trabajo.
Ante las súbitas caricias Annatar suspiró complacido, y en respuesta volvió a colocar una mano en la ya visiblemente abultada entrepierna del elfo.
-¡Oh..! Annat- Ahh…
El Maia movía sus manos con maestría, sin abandonar el cuello víctima de sus asaltos. Rápidamente la temperatura de la sala comenzó a ser asfixiante, y sus ropas un estorbo. Con extraordinaria parsimonia Annatar desabrochó la formal vestimenta de Celebrimbor, dejando al descubierto un torso muscular forjado por las artes de la herrería. Se permitió un momento para detenerse y admirarlo, recorrerlo lascivamente con la mirada, recordando quizá, otros tiempos. Este momento de ensimismamiento fue aprovechado por Celebrimbor, quien tomando por la barbilla a Annatar lo atrajo para un feroz beso. El Maia tardó en reaccionar, como si no hubiera prevenido que tal cosa podría llegar a suceder. Celebrimbor tomó entonces la iniciativa, conectando desesperadamente sus bocas como si de una urgencia se tratase, enredando sus dedos en el platinado cabello de Annatar. Ante este estímulo el último reaccionó por fin y volvió a tomar las riendas. Acariciando el tonificado abdomen del elfo, introdujo su lengua en busca de la otra. Sensaciones todas nuevas en Celebrimbor, que no se contenía en sus gemidos; estudiadas hasta el hartazgo en Annatar, quien sin embargo hacía centurias no las ponía en práctica. El roce de sus genitales a través de la ropa, los salvajes besos húmedos y las caricias cada vez más ardientes que en cualquier momento los llevaría más allá de todo límite hicieron que Celebrimbor recordara el por qué estaba allí y dónde debería estar.
-Aah.. Annatar, espera, espera un momento.
Con una mirada ardiente el deseo, Annatar se detuvo, no sin cierto hastío. -¿Qué sucede?
Su persona entera emanaba sensualidad, cosa que no ayudaba en nada a Celebrimbor.
-No podemos hacer esto… no aquí. Tengo que volver.
-De seguro pueden arreglárselas sin ti un par de horas, Tyelpë. - el Maia se relamió los labios. Sí, definitivamente una imagen muy provocativa. El elfo la ignoró con toda la fuerza de su alma.
-Sería prudente que tú también fueras, al menos para que vean tu cara unos segundos.
Annatar gruñó por lo bajo, pero aceptó a regañadientes. A Celebrimbor esto le pareció algo extremadamente adorable. Se preguntó por unos instantes si no habría caído sobre él algún hechizo del tipo del que los Atani solían hablar... "engañoso enamoramiento fugaz”, le llamaban. No recordaba haberse sentido de esta manera hacia Annatar antes, aunque es cierto que tampoco entonces había vislumbrado sus verdaderas intenciones.
Luego de acomodarse uno al otro las vestimentas y el cabello hasta que se juzgaron presentables, partieron juntos de regreso al banquete. Celebrimbor ocultó el colgante de jaspe en el interior de su túnica para evitar preguntas embarazosas.
Un cómodo silencio cómplice se instaló entre ellos en el camino de regreso, tan cercanos eran que no necesitaban explicarse lo que había ocurrido. Miradas furtivas lanzadas desde sus lugares opuestos de la mesa, más alguna que otra sonrisa dirigida explícitamente hacia el otro, disimulada en una plática con alguien más… Aunque ninguno dijo nada, durante lo que restó de lo que les resultó el banquete más tedioso de la historia, ambos sabían que una vez éste hubiera llegado a su fin continuarían el asunto donde lo habían dejado. Annatar por su parte, portó una triunfante sonrisa como estandarte toda la noche.
