Chapter Text
What a wicked game you play, to make me feel this way
What a wicked thing to do, to let me dream of you
What a wicked thing to say, you never felt this way
What a wicked thing to do, to make me dream of you
Wicked game, Chris Isaak
El sentimiento de tener el cielo en la punta de los dedos, la luna en frente tuyo y la manera en la que la luz del astro abraza su forma; el anhelo de lo que podría ser. Julián conoce perfectamente ese sentimiento, el añorar todos esos escenarios que podrían haber sido reales si no fuera por el miedo que lo arrastra a la cama todas las noche y le canta canciones de cuna al oído, como las pesadillas se esconden en sus huesos y le fallan las articulaciones. Cuando el dolor en el pecho, en el alma, lo supera y no puede mantenerse despierto y derecho. El miedo lo controla y lo domina.
El miedo a qué dirán si supieran lo que pasa por su cabeza cuando revive sus memorias sobre él. La preocupación de perderlo todo y sin embargo su temor más grande no es solo perderlo a él, sino también todo lo que construyó. Julián no era capaz de ser sincero consigo mismo si eso no era cosa más que reconocer lo que creció en su pecho con los meses y aceptar que jamás podría ser suyo.
El sol lograba colarse de entre sus cortinas dejando la luz de la mañana reposar en su piel. Julián no había podido descansar en toda la noche después de que una llamada le confirmara su lugar en la selección argentina. Seguía sintiéndose irreal. Temía que incluso el sol fuera a ser solo un producto del sueño que nunca parecía acabar. Se sentó lentamente en su cama, preso de un peso invisible en sus hombros que se hacía más grande cada día.
El secreto vivía en su mente, manteniéndolo alerta todo el tiempo, como si fueran a atacar. Lo único que podría agredirlo en ese instante era él mismo.
¿Cómo uno puede sentirse culpable de algo que no está en sus facultades? Él no lloraba los errores que fueron imposibles de impedir, solo podía pensar en el presente que se le presentaba e intentar remediar lo que ya había pasado. Sin embargo eso no era aplicable a su situación que incluso cuando ocupaba sus pensamientos no era capaz de ponerle nombre. Si era sincero, estaba avergonzado con lo que le pasaba. Tenía 21 años y este era el tipo de situación que pensaba que iba a encontrar cuando tenía 17. Aunque pensándolo bien, no es como que hubieran habido muchas ocasiones en las que este debate podría haber estado presente.
El sol estaba ligeramente más alto en el cielo y Julián se dio cuenta que llevaba viendo el mismo punto en la pared por los últimos 15 minutos. Decidió ignorar completamente las vocecitas en su cabeza que ese día no hacían otra cosa más que repetir que lo que sentía estaba mal e iba a arruinar todo por lo que había trabajado.
A veces eran más fuertes que otros días, siendo que eran “activadas” por algún suceso que le hubiera pasado en el día, y ahora mismo no podía recordar algún hecho del que se sintiera culpable.
Salió de su habitación entumecido, su cuerpo no estaba funcionando como siempre por alguna razón que simplemente desconocía y era frustrante. Cuando llegó a la cocina se dio cuenta que no había nadie en su casa a quien contarle las buenas noticias, su madre seguramente estaba tomando mate con sus amigas y su padre la casa de alguno de sus amigos haciendo quién sabe qué. Por primera vez en varias semanas se encontraba realmente solo.
Siguió con su rutina de siempre, se preparó un café con dos tostadas con huevo y queso crema y prendió la tele. Justo como lo hace todos los días junto a sus padres, quienes ahora no estaban.
El sentimiento incómodo seguía habitando su pecho, manteniéndolo en un constante estado de vigilia. Consciente de cada parte de su cuerpo, la manera en la que sus brazos reposan en la mesa, los dedos sobre la taza de café, las piernas tocando la pata de la mesa.
De la misma manera en la que se hizo consciente de sí mismo, la televisión entró en su campo visual y con él, el programa que estaban pasando en ese momento. Parecía ser una entrevista a una psicóloga de parejas, o algo por el estilo. La mujer, pelirroja y pecosa, con un evidente nerviosismo en su mirada, relataba el caso de uno de sus pacientes.
—...ya que su relación se había deteriorado cuando se dio cuenta que no la amaba como ella quería ser amada. Y no es que no la quería, pero no la amaba como su mujer.
Él la amaba, la amaba como alguien ama a su mejor amigo. Pero no la amaba románticamente, y él nunca se había dado cuenta hasta que uno de sus amigos lo lleva a un bar gay para que lo acompañe.
Es impresionante la cantidad de casos similares a estos en esa generación, tanto hombres como mujeres que tienen la oportunidad de explorar su sexualidad ya entrados en la adultez. No es una coincidencia, veníamos de los casos de VIH en los 90s, los medios señalando con el dedo a mano homosexuales y poco faltaba para decir que eran el demonio.
El estigma que no se pudo romper en nuestra sociedad hasta hace poco menos de una década, dando lugar a una generación de adolescentes que tenían la oportunidad de ser lo que muchos de nosotros no pudimos y experimentar lo que muchos otros no pudieron.
Y sin embargo, no es como que los casos de homofobia hayan bajado. La familia "tradicional" sigue vigente, y no es como que aborrezca la imagen de la familia tradicional, pero sí molesta que se lo muestre como algo a lo que aspirar. Tal vez vos no querés tener hijos y está perfecto, tener un hijo es una responsabilidad enorme. O tal vez no queres estar, o no te imaginas, pasar la vida con alguien del sexo opuesto, y eso esta buenísimo. Nosotros tenemos la capacidad de elegir.
Es muy importante que tanto los jóvenes como adultos tengan en cuenta que la realidad en sociedad es algo moldeable y que cambia todos los días. La perpetuación de la ideología machista sigue siendo algo que nos afecta a todos, y eso se ve reflejado en las propias relaciones que uno tiene con otras personas. Por ejemplo, tuve este otro caso…—
Era como tener la cabeza llena de algodón, no era capaz de pensar sin sentir que estaba haciendo un esfuerzo más allá de lo que le era posible en el momento. Pocas veces tenía este tipo de episodios, en los que sus sentidos eran silenciados y amplificados al mismo tiempo. Como si el mundo hubiera colapsado en su cabeza. Apagó la tele, la mujer pecosa desapareció de su vista.
—¡Juli! No te quise despertar más temprano porque anoche estabas exhausto. Traje galletitas para la tarde, seguramente tu padre vendrá a la hora del almuerzo. Lo vi jugando al truco en la YPF con Pancho.— su madre había llegado, iluminando su camino una vez más, aunque ella no lo supiera. Lo sobresaltó un poco, eso sí.
— Hola ma, ¿dónde estabas?— Julián le ofreció asiento a lo que su madre negó levemente con la cabeza.
— Estaba con Griselda de la otra cuadra, me había pedido unas agujas número 8 y se las fui a dejar y no me di cuenta que habían pasado 2 horas desde que me había ido, ¡el tiempo que el chusmerio le hace perder a uno! Quería llegar antes de que despiertes, pero evidentemente fallé. Te quería hacer el desayuno pero me parece que te voy a hacer el almuerzo ahora. —dicho eso, se encaminó a la cocina. Julián fue atrás de ella, dispuesto a ayudar en lo que fuera necesario.
—Juli, no hace falta que me ayudes. Llegaste ayer, podes descansar, ¡está totalmente permitido! Nadie se va a morir si no descansas, mijo—su madre le toma el brazo y lo sienta en una de las sillas de la mesa de la cocina— Tu trabajo va a ser darme charla, una mujer se aburre sola en la cocina, ¡no hay una mísera radio que uno pueda prender siquiera!.
—¿Estas segura? Mira que no es ningún problema, ¡descansé bien! Tengo todas las pilas.
— Vos descansa que te veo cada muerte de obispo últimamente y parece que hasta entrenas durmiendo.
Julian rió con suavidad, era cierto que últimamente sus entrenamientos eran cada vez más duros y le exigían el doble de lo que lo hacían hacía ya 3 meses. No era desagradable en sí, pero lo cansaba el doble y su madre lo había notado.
Cecilia, su madre, era una persona muy trabajadora. Lo podías ver en la manera en la que agarraba el cuchillo para cortar las cebollas, en los callos en su dedos de lavar la ropa cuando era niña, en las arrugas en su cara cuando fruncía el seño. Justo como lo estaba haciendo ahora al mirarlo.
—A vos te pasa algo, no sé qué, pero te pasa algo. Ya te digo yo que no hay nada bueno en guardarse cosas que a uno lo lastiman porque te van a destruir por dentro, Juli. Si no lo queres hablar conmigo lo podes hablar con alguno de tus amigos. Después de todo soy tu madre, me preocupo, pero sé que hay veces que no soy la persona a la que vos queres hablar con ciertos temas ¿Qué pasa, Juli?—Su mirada reflejaba todo el amor que le tenía, y al mismo tiempo era la laguna en la que se reflejaba cuando veía todos los errores que cometió a lo largo de los años. Ella siempre estuvo orgullosa de su hijo, Julián no quería que eso terminara.
—Ayer a la noche me llamaron para decirme que voy a ser parte de la selección argentina.
Su madre abrió los ojos sorprendida, parecía incluso más estupefacta que él la noche anterior. A los segundos lo envuelve en sus brazos, una de sus manos acariciando su pelo, parecía al borde del llanto. O tal vez era él.
—Ay mi chiquito, siempre más cerca de sus sueños. Estoy tan orgullosa de tener un hijo como vos, siempre voy a estar feliz de que vos sos mi hijo, nunca lo dudes, Juli—su madre besa su frente y lo mira seriamente —Pase lo que pase hijo, siempre te vamos a amar, mi vida.
Julián estaba un poco abrumado y confundido por el cariño de su madre, pero sus palabras eran exactamente lo que él necesitaba escuchar. Las madres parecían tener un sexto sentido para este tipo de cosas.
—Gracias, ma.—No le salían las palabras para agradecerle, es como si ella le hubiera sacado el peso que tenía encima desde aquella noticia. El miedo a no ser suficiente, ¡tal vez se equivocaron de Julián Alvarez porque es un nombre muy común! Pero no, él era quien iba a llevar la camiseta argentina en la cancha. La imagen seguía siendo surrealista.
—Juli, puedo ver en tus ojos que seguís pensando en el tema. Lo vas a hacer bien, confía en tus habilidades. Llegaste tan lejos gracias a tu esfuerzo. No lo olvides, fue gracias a vos que estás acá.–Lo volvió a abrazar, a lo que le dirigió una mirada que uno podría clasificar como acusadora — Algo me dice que no soy la primera persona a la que se lo contas, ¿quién fue la primera?
Julián quería que se lo trague la tierra, cualquier cosa con el objetivo de no tener una conversación sobre él con su madre. Era demasiado obvio lo que pasaba y después de las bonitas muestras de cariño no quería arruinar el momento familiar. Su madre lo miraba como sabiendo la índole de la relación que tenía con la misteriosa persona a quien le contó primero. Eso era diez veces peor. Hubo unos segundos de silencios, solo se oía el aceite caliente en la sartén y el cuchillo contra la tabla de cortar.
—Bueno, en realidad no es como que le conté, más bien se enteró por rumores —Una mentira demasiado obvia, pero su madre no le regañó ante la claridad de su mentira, simplemente asintió como si tuviera todo el sentido del mundo.
—Mhm, supongo que hay veces que esas cosas se filtran, ¿y qué te dijo?–Arrojó la cebolla cortada a la sartén, el ruido del aceite caliente invadió la habitación.
“JULIII FELICITACIONES POR HABER ENTRADO A LA SELECCIÓN VISTE QUE VOS PODÍAS CAMPEÓN”
—...Más de lo mismo, que se alegraba por mí. —Y tal vez eso sea lo más lindo de todo. Fue él quien lo felicitó primero, quien lo buscó primero. Julián no creería que lo haría después del encuentro de la última vez (porque fue el momento en el que hizo todo lo que no quería hacer).
—Eso suena lindo, lo que me pregunto es cómo habrá llegado esa información. Supongo que debe ser alguien con quien jugaste alguna vez o conozcas de algún club.
La recalcada concha de la lora por qué no pensó en qué podría llegar a esa conclusión la re puta madre.
—Mhm.
Su madre estaba haciendo masa en la mesada de la cocina, ya había puesto la carne picada con la cebolla y la salsa de tomate. Amasaba con firmeza. El silencio y la tensión crecían gradualmente en la cocina, y la ansiedad subía junto con la rigidez en su cuerpo.
No volvieron a hablar durante el resto de la mañana.
Después del almuerzo, Julián sentía la culpa tallarle los huesos, haciéndole perder la erguidez de su postura. De a poco, se sentía cada vez más chiquito.
Ni siquiera estaba seguro de que decir al respecto. No sabía de lo que debía disculparse, pero necesitaba hacer algo. Su hermano probablemente le diría algo como que “debe afrontar sus problemas y no evitarlos” cosa que ya lo está intentando.
Desde el primer momento en que su madre reparte las empanadas en la mesa,(su padre ya había llegado para ese entonces: fue quien puso la mesa después de todo), es que la tensión persistió. Su padre la ignoraba o le hacía caso omiso, Julián no lo sabía, pero el silencio en la conversación solo logró que volviera a pensar en la escena en la cocina con su madre.
Ella lo había felicitado y se había dado cuenta de que se lo había dicho a alguien, a él, desde el primer momento en el que lo vio mirando a la nada en la mesa del comedor, desayunando. Era un poco inquietante la facilidad con la que ella leía su lenguaje corporal. No sabía si preocuparse por todas las veces en las que le mintió en la cara y ella lo sabía, o el hecho de que le fuera tan sencillo saber en lo qué estaba pensando. Se sentía como si su privacidad hubiera sido violada de alguna manera, pero ni siquiera estaba seguro de que está ocasión contara como tal.
Una vez que cada uno llevó su plato al fregadero y su madre les ofreció un té, fue como si en el horizonte una tregua fuera inevitable. Y sin embargo su madre abrió la conversación de la peor manera posible.
—Hace mucho que no escucho sobre Enzo, ¿sabes algo de él?
Julián no había hablado con Enzo hasta la noche anterior cuando impulsivamente le envió un mensaje para contarle las buenas noticias. Desde la noche de la fiesta que tanto Julián como Enzo hicieron un pacto en el que (de manera implícita) decidieron no hablar durante un tiempo para poder procesar lo que había pasado. Ese pacto de silencio iba a cumplir cerca de 3 meses hasta que Julián le envió ese mensaje.
No estaba seguro de qué responderle a su madre, quizás ella sospechaba algo, tal vez sospechaba que la persona que estuvo viviendo en la cabeza de Julián los últimos meses era él. Tampoco es como que iba a estar equivocada, el sentido arácnido de su madre era incomparable ante cualquier cosa que Julián haya conocido (en términos de ser capaz de leer una persona). El tema es que no quería admitirlo.
La primera razón era la reacción de su madre. Julián no sabía qué esperar, no sabía cómo prepararse ante lo que le pudiera decir, ¿estaría decepcionada? Julián no podía ni imaginar cómo reaccionaría él ante esa situación, el solo hecho de pensarlo lo llevaba a las lágrimas.
El segundo era admitirlo. Si lo decía en voz alta, eso convertía todo lo que estuvo pensando meses y meses, noches en vela, en algo tangible. En una situación real, que le pasaba a él, a Julián Álvarez.
Convertía algo que vivía día a día en su cabeza en un planteamiento en el mundo real.
—Mh, hace bastante que no hablo con el Enzo. Desde que me fui a jugar al City no hablamos tan seguido. No sé siquiera si sabe que volví a Argentina. —No era una mentira, pero tampoco era la verdad.
—Que pena, deberías decirle. Ustedes siempre fueron muy unidos.
Hace 4 meses…
A Julián la joda era algo que le gustaba, pero no le encantaba. Era una de esas reuniones sociales a las que no estaba acostumbrado, simplemente por el hecho que las veces en las que podía asistir eran cada muerte de obispo.
Esa noche fue una de esas en las que por arte de algún ser divino, Julián pudo concurrir a su primera joda en meses. Fue algo bien espontáneo, habían ganado un partido importante, o algo por el estilo. La verdad es que estaba más emocionado por salir que por la victoria del club.
Enzo, quien había jugado el segundo tiempo completo, estaba con todas las pilas y lo estaba apurando a Julian para que se cambie y vayan con los demás.
—Dale, Juli, que la noche es joven y hoy se saleeee.—Enzo se comportaba de la misma manera que una mosca molesta cuando quería que Julián "apure el trámite", era un adolescente apunto de irse a un viaje de egresados.
—Con más razón déjame 5 minutos para elegir qué carajos ponerme, boludo.
—Fua, amigo, pero ponete una camisa cualquiera y unos shorts que hace un calor que te moris. Si te queda lindo todo, hijo de puta. Dale, apurateeee.—Acto seguido, le lanza en la cara unos shorts blancos junto a una camisa.
A los segundos aparece un chico que Julian habia visto en su vida diciendoles que se iban en 5, asi que la preparacion no duro tanto como Julian hubiera preferido.
El viaje fue intrascendente. Enzo no dejaba de molestarlo, tocándole el hombre, el pelo, la cara, como diciendo "Juli yo soy más interesante que lo que sea que estés pensando". Era bastante efectivo, debía darle puntos por la efectividad y creatividad de su accionar.
La luna estaba en lo alto en el cielo, la medianoche ya había pasado para cuando llegaron al lugar. Se veía elegante, o por lo menos esa es la ambientación que quería dar y lo estaba logrando.
—¿Estás seguro que es una joda? Tiene más pinta de 15 que de otra cosa. —Julián se sentía demasiado consciente de la camisa floreada que se había puesto. No tenía idea de que tenía una camisa floreada en primer lugar, ¿Tal vez se lo había mandado su madre y nunca la registró?
—Vo' tené más fe, si te digo que es una joda, es una joda. Aparte fuimos invitados, boludo, acá no me van a agarrar con eso de "ay nooo que esto no es una joda blah blah" los denuncio a todos por propagación de noticias falsas. —Enzo le sonríe, tratando de contagiar su tranquilidad.
Julian se rió levemente, al menos si pasaba algo podía contar con él.
En lo que se habían entretenido hablando entre ellos, se separaron de los demás. Un guardia los hace pasar por un pasillo iluminado con luces led. Al final del pasillo hay una máquina expendedora. No hay nada más.
—Che, los chicos pasaron por acá, ¿a dónde carajos se fueron?—Enzo comenzó a inspeccionar los bordes de la máquina. No parecía tener alguna abertura que les diera a entender que se podía mover. Era un pasillo sin salida.
—Estoy más perdido que vos, ¿Tal vez hay que introducir un número? En la máquina digo.
A los pocos segundos de que Julián dice eso, un papelito cae de la máquina expendedora.
¿Quién es Dios?
—Amigo, ¿tenías catequesis en el colegio como para orientarnos? Porque estoy aún más perdido que antes.—Enzo había agarrado el papelito con la pregunta, le dio la vuelta y ahí encontró la siguiente pista:
Introduzca un número.
—Dios, dios, dios… ¿Se referirá al Diego? Digo, fútbol, nosotros somos jugadores de fútbol, nos invitaron acá y nos ponen en esta situación. Y si no es eso, me voy a tu casa con vos, flaco. A quién carajos se le ocurrió esto, dios.—Julián parecía al borde de una crisis de ansiedad. Enzo lo miraba como si hubiera descubierto un trago nuevo.
—Sos un genio, Juli, debe ser eso.— Presiona el 1 y el 0 en la máquina, y la máquina expendedora se abre.
Detrás de ella se encontraba la verdadera fiesta. El olor a porro, alcohol y cigarrillo los envolvió en segundos. Apenas entraron la puerta se cerró detrás de ellos, donde se vieron absorbidos por el ensordecedor volumen de quién sea que manejaba los parlantes.
No habían ni procesado lo que había pasado con la máquina expendedora y el ambiente en sí de la fiesta, parecía más un boliche que una joda, que vino uno a ofrecerles porro. Julián amagó a comprarle cuando Enzo lo agarra del brazo y lo dirige hacia el lado contrario.
—Yo te re quiero amigo, y porque te quiero no te voy a dejar fumar con toda esta gente que no conoces. Te me vas a terminar perdiendo y metido en un culto sacrificando pollitos para Messi. La próxima te invito a un lugar si queres probar.—Enzo le decía todo esto a Julian sin mirarlo a la cara, lo que era raro en sí. Julián tenía la corazonada de que estaba avergonzado, aunque no sabía por qué.
Al rato Julián se dio cuenta que estaban dando vueltas y que Enzo estaba más perdido que él. Viendo como pasaban chicas lindas tras chicas lindas, Julian estaba un poco confundido de por qué Enzo no lo había dejado con alguno que más o menos conocían para irse a chamuyar a algún lado.
A los minutos se detienen enfrente de un grupito que se había armado de gente que evidentemente no se conocía para hacer un juego con tragos. Dos chicas les hacen un lugar en la ronda, una chica rubia comienza a explicar las reglas.
—Bueno, esto es bastante sencillo, es una especie de verdad o reto. Si no queres responder o hacer el reto, te tomas un shot de vodka. Creo que no es difícil de entender así que empecemos. Lu, empezamos desde la derecha así que vas vos primera.
Y así pasaron por varias rondas. La rubia que les explicó el juego, Julian se enteraría más tarde que se llamaba Lucrecia, tuvo que hacer una coreografía de un grupo que él desconocía en unos tacones super altos. Fue impresionante, eso debía admitir.
A Enzo me tocó soñar a la chica más linda de la ronda, y eligió una chica que no estaba tan lejos de ellos. Tenía el pelo de un marrón acaramelado, era realmente muy bonita, y sin embargo cuando la señaló Julian no pudo evitar sentir como si algo se le clavara en el pecho. No comprendía el por qué de su reacción, no tenía sentido.
A Julián le tocó elegir la chica con las tetas más lindas, Enzo empezó a cargarlo, Julián se tomó el shot de vodka. Enzo seguía riéndose de él, Julian sentía cómo su cara hervía de la vergüenza de solo pensar en tener que mirarle los pecho a cualquier chica de la ronda. No es como que las tetas no fueran bonitas, pero lo sentía como una invasión a la privacidad de las pobres chicas que lo habían conocido (personalmente) hace solo una horas.
Ya pasadas las 3 de la mañana, Julian era de los que más había tomado, ya sea porque muchas chicas lo retaron a que les tocara las tetas (Julián estaba al borde de la muerte por la vergüenza que le causaba la situación) o porque a veces la verdad debía permanecer enterrada. Seis metros bajo tierra preferiblemente.
La fiesta seguía en su auge, pero el grupito al que se habían unido con Enzo se había tranquilizado en consideración. La chica rubia del principio estaba fumando lo que parecía ser un porro mientras trenzaba el pelo de una de sus amigas. A medida que progresaba la noche, Lucrecia parecía tener sólo la mirada en Julián.
Julián estaba, siendo honesto, en una. Más cerca de sacrificar pollitos para Messi que de seguir jugando, y hubiera seguido en ese estado si no fuera porque era el turno de Enzo.
La música seguía estando tan ensordecedora como cuando entraron, y aún así, todo era diferente. La iluminación de las luces en su cara, el cosquilleo y la manta imaginaria del alcohol en el cuerpo. El olor a cigarrillo impregnado en su camisa, la mirada de Enzo en él. Julián no sabía qué es lo que le tocó hacer esa vez, no estaba prestando atención a lo que hacían o decían los demás. El mundo estaba en cámara lenta, el montaje de una película con alguna canción de Lady Gaga de fondo.
Lucrecia se subió encima de Enzo, las manos de Enzo en su cintura, todo mientras ella lo miraba a Julián. Lo estaba retando a qué haga algo al respecto, eso era obvio, ¿pero qué es lo que quería que hiciera? Y cuando él la besó lo invadió la ira, lo cegó. No podía ver nada más que la manera en la que él la besaba y pensar Yo quiero ser ella para después sentirse horriblemente culpable. Enzo nunca lo elegiría, y él tampoco debía elegir a Enzo.
No es como que la duda de si le gustaban los hombres era algo nuevo, siempre estuvo ahí, en el fondo de su mente, siendo presente este deseo solo en sueños. Sus sueños eran la manifestación de todo aquello que reprimía, no era una sorpresa que la mayoría de sus fantasías se desarrollarán en ese territorio.
La mano de Enzo subió ligeramente sobre su espalda, desapareciendo debajo de su blusa. Y ella seguía viéndolo. Como si supiera que que pasara en su cabeza, siendo la protagonista de una de sus pesadillas: una en la que él no es capaz de reclamar lo que quiere hacer suyo.
Y él le besa el cuello, y de ella se escapa una risita. La química era innegable, los dos parecían a gusto en su burbuja. Julian solo quería huir de ese momento.
Se disculpó con el resto de la ronda mientras se paraba, diciendo que estaba demasiado mareado y que necesitaba aire. Una de las chicas ofreció acompañarlo a la que él niega su ayuda, confiando en que iba a estar bien.
La noche era joven, en la vereda se había juntado un grupo de amigos, las risas llenaban el vacío de la noche. Julián se apoyó en una pared que lo ocultaba de la gente que estaba afuera. La cabeza le seguía dando vueltas, sus sentidos habían sido sobreestimulados después de tanto alcohol y el ruido de la música. Se sentó como pudo en el piso, esperanzado de que no se hubiera sentado en algo raro.
La situación era rara, extraña, de esas cosas que uno ve que le pasan a otros y no sentis por completo la angustia hasta que lo experimentas y el alma se te estruja del dolor. Julián no se consideraba una persona celosa, pero hasta qué punto uno puede juzgarse a sí mismo sin estar equivocado, porque lo que le pasaba con Enzo no parecía ser otra cosa que celos. Ni siquiera era estar celoso por ser Enzo, sino por ser la persona que está con Enzo. Sabía que lo que sentía por Enzo iba más allá, siempre lo supo, incluso cuando recién se conocían y ambos pensaban que el otro era la persona más insoportable del planeta.
Siempre supo que lo que tenía con Enzo era diferente.
Y lo único que tenía en mente en ese momento, ahí sentado en el piso de un lugar que desconocía, al lado de la misma fiesta que él voluntariamente "escapó", era la imagen de un Julián de 9 años presenciando como a uno de sus compañeros del club su padre le pegaba una paliza porque lo encontró tomándose de las manos con uno de sus amigos. Diciéndole que si seguía por ese camino no iba a tener un futuro como jugador, que si ese era el camino que iba a elegir qué mejor se despidiera de todos sus compañeros de club porque él no iba a pagar por un "sin futuro". A la semana lo volvió a ver, enojado y más violento. El amiguito con el que estaba, nunca más le volvió a hablar.
Ese momento le marcó para toda la vida. Quemó en él un miedo del que nunca pudo deshacerse.
—Che, Juli, ¿Estas bien?
Ni siquiera lo había escuchado acercarse, pero Enzo estaba sentado al lado de él, preocupado. Parecía un gatito mojado.
—Estoy un poco mareado, creo que tomé mucho y el porro no ayudó para nada. — Julián apoyó su mano en la frente, realmente se sentía mal, más allá de lo que le había afectado ese beso.
— ¿Te queres ir? Pido un Uber y nos vamos los dos. Aparte medio que ya me aburrió la fiesta. —Enzo realmente estaba preocupado si el irse de la joda era una opción.
Julian negó con la cabeza.
—No quisiera cortarte el animo porque me siento un poco mal. Ahora en un rayo me pido un vaso de agua en la barra como para despabilarme un poco. Lo haría ahora pero no siento las piernas. —Y se largó a reír. No podía parar, ni siquiera era una situación graciosa, era verdad que no se podía parar. Es como que sus piernas no estaban ahí. Se rió a carcajadas como un loco consumido en su locura. Enzo lo miraba extrañado.
—Juli, estás re ido, vamos a mi casa para que te puedas despabilar un poco, amigo.— Enzo empieza a tomar a Julian por el brazo, olvidándose de que Julian no sentía las piernas y se terminaron cayendo los dos. Julián se tentó otra vez y volvió a reírse, solo que esta vez él estaba encima de Enzo, lo cual era terriblemente irónico.
—Ay dios, no puedo respirar. —Julian estaba llorando de la risa y Enzo no pudo evitar contagiarse del buen humor. Ahí estaban los dos, uno sobre el otro, riéndose en el piso.
Enzo lo estaba mirando raro, algo que estaba haciendo desde hacía rato, y la situación ya era rara en sí. Era imposible no notar cómo le miraba los labios, dubitativo, ansioso de algo que Julián no quería sentarse a esperar (la esperanza lo iba a comer vivo).
Julián trata de enderezarse, haciendo el amago de levantarse, y estuvo cerca hasta que Enzo lo agarra de la cintura. Ahora estaban medio sentados, en vez de tirados en el piso, uno encima del otro. Julián sentía el asomo de un sonrojo en su cara, ahora un poco más sobrio después del ataque de risa que le había dado antes, y podía sentir cómo las manos de Enzo se movían en su espalda. Una siempre se mantenía en su cintura.
Y pensándolo ahora, era obvio lo que iba a pasar.
Cuando Julián lo besó, fue el shock de adrenalina que lo mantuvo erguido, junto con las manos de Enzo, porque si no fuera por eso, Julián podría haber colapsado en el otro en cuestión de segundos. Las manos en su pelo, el pequeño suspiro entre los dos, el latir de sus corazones. Y cuando Enzo le besó el cuello, volvió a ver a ese pequeño niño, ensangrentado en el piso del vestuario.
Se separó de él, poniendo las manos en su pecho, haciendo que aunque Enzo quisiera volver a besarle, Julián no podía permitirlo.
—Tenemos que volver. Es tarde, y ya dijiste que estabas aburrido. Vamos a tu casa. —Enzo le sonríe y apoya su cabeza en el hombro de Julián.
—Mhm, así que queres que te-
—Ni de onda, amigo, tengo un sueño que me mato antes de hacer otra cosa.
—¡Mhm! Sí, sí, hacete el inocente Julián, te conozco como si hubieras nacido ayer.
—Enzo déjame levantarme o te encajo una piña, primer aviso.
—Bueno, pero mañana me dejas-
—¡Enzo! Un poco de decencia que estamos…—Julian hace una pausa para mayor efecto— ¡TIRADOS EN EL PISO CON LÍQUIDOS DE DUDOSA PROCEDENCIA! No sé vos amigo, porque te bañas cada 2 meses, pero yo me quiero pegar un baño.
Enzo seguía sonriéndole, parecía satisfecho consigo mismo. Como si hubiera encontrado la respuesta a una pregunta que hace tiempo lo estaba molestando. Un gato bastante satisfecho consigo mismo.
—Mhm, sí, quiero creer que somos buenos amigos.—Julián sabía que después de esa noche algo había cambiado, sus sentimientos se habían afianzado. Lo que no sabía Julián es lo que pensaba Enzo de todo esto. Tampoco sabía si quería saberlo.
