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Todo empezó como un súbito dolor en el pecho justo después de haberle dicho lo que sentía. Una confesión de su amor eterno, todo dulce e ilusionado, esperando una respuesta, debajo del árbol arciano.
Era el lugar tradicional, decían en el instituto que, si confesabas tu amor debajo de ese árbol y te correspondían, tu historia sería eterna. Se amarían para toda la vida y serían felices por siempre, como un cualquier cuento de hadas.
¿Pero que pasaba si te rechazaban?
Lucerys lo veía esperanzado, creyendo que todo el desprecio con el que Aemond lo trataba era porque simplemente así se debía comportar, difícil e inalcanzable, pero que en el fondo sólo era que no sabía cómo expresar los sentimientos que tenía. Le había dejado mil detalles, largas cartas románticas donde usaba todas sus palabras para expresar sus sentimientos más profundos, pequeños paquetes de galletas que él horneaba diligentemente; preciosos dibujos de flores azules, las mismas que él tanto apreciaba.
Pasan demasiados segundos en silencio después de que Lucerys ha confesado. Su corazón late con rapidez y cada vez siente más escalofríos recorrer su cuerpo.
Aemond se ríe de él, tira la carta que le estaba ofreciendo y le dice que jamás podría corresponder los sentimientos de un bastardo. Le dice que no creyó que quién dejara todos esos detalles fuera él, que ahora le repugnaba saberlo.
Se comienzan a escuchar susurros, este tipo de confesiones siempre tenían testigos, así que la vergüenza sería comentada una y otra vez, como el chisme más jugoso de la semana.
Lucerys quería desaparecer, pero en lugar de salir huyendo tiene que tomar un momento para respirar, su pecho dolió y él sólo podía pensar en que su corazón se había roto en mil pedazos.
Una semana después, cada que veía a Aemond en los corredores, su pecho dolía con fuerza y él tenía que detenerse para recuperar el aliento. Es normal, es normal, se repetía varias veces mientras se ocultaba en otro pasillo, es normal que duele tanto.
Aemond era dos años mayor, por fortuna, así que no compartía clases con él. Podía refugiarse en su salón de clases, podía esconderse de él y evitar el dolor que parecía querer romperlo una vez más.
Ya pasará, le decía su hermano. Pero no parecía ser así, por más lágrimas que le derramara, eso no parecía aligerar el dolor que ahora era constante, viera o no a Aemond en el día. Permanecía solo en su habitación, mirando el techo, sin saber cómo hacer para volver a vivir cuando toda su ilusión era confesarle al otro lo que sentía, cuando su razón de existir era que le correspondiera.
Dos semanas después comenzó a sentirse peor y una tos seca que venía de lo profundo de su pecho lo interrumpía. Subía escaleras y el esfuerzo mínimo lo hacía toser, corría un poco y la tos lo detenía. Pero era temporada donde el frío enfermaba a todos, así que sólo le dieron medicina y le dijeron que pasaría, que no tenía de qué preocuparse.
Miraba el frasco del jarabe con asco, el sabor de la medicina era tan amargo, pero su madre le repetía que eso hacía que funcionara. Si la medicina tenía un sabor horrible lo sanaría. Lucerys hacía caso, pese a que no sentía que su vida tuviera sentido, quería dejar de preocupar a su familia. Esa expresión de su madre evidenciaba que cuando lo escuchaba toser se mortificaba.
Pasaría, esa tos lo dejaría, si tomaba la medicina en las horas adecuadas y por los días indicados.
Sólo que no pasó, la tos estaba ahí todo el tiempo, hasta sus compañeros y los maestros comenzaron a acostumbrarse a escucharlo toser. Lucerys tardaba mucho en ir de salón a salón, se detenía, se recargaba en la fría pared de piedra buscando soporte, tosía hasta que se quedaba sin aire.
Dos meses después el dolor y la tos eran ya intolerables, tanto que dejó de ir varios días a clases, porque era ya un tormento para sus compañeros y para él. Además de que, en uno de esos ataques de tos que lo hacían doblarse, su boca se llenó de sangre.
Su madre lo llevó corriendo al hospital, Lucerys se aferró a las ropas de su madre y se negaba a cooperar, los fríos dedos del médico tuvieron que obligarlo. Tenía miedo, sabía que había algo terriblemente mal.
Le hicieron pruebas y cuando tomaron una radiografía de sus pulmones dijeron que era tuberculosis. Se veían imágenes blanquecinas en su pecho, el médico las señalaba y su madre asentía aceptando lo que le decía, de cierta forma aliviada al saber lo que le pasaba.
Las heroínas de las novelas de hace 200 años se morían de eso. De amor y de tisis, como le decían en ese tiempo. Tosían hasta escupir sangre, bajaban de peso hasta parecer fantasmas y luego, en medio de un dolor descomunal, fallecían trágicamente. En el proceso también les partían el corazón y justo cuando esos hombres que las despreciaron se daban cuenta de que en realidad no deberían haberlas despreciado, las encontraban consumidas por la enfermedad para la que no había cura.
Así que sólo podían tomarlas en brazos, besar su boca y quedarse con ese último aliento que sabía a sangre y a desamor.
Terrible panorama, más porque a él también le habían roto el corazón.
¿Sería que Aemond vería su error justo antes de la muerte de Lucerys?
Le dejaría en la boca el sabor de su sangre junto con su primer y último beso.
Lucerys mira su radiografía, el doctor sigue explicando a su madre donde están las lesiones que el bacilo causante de la enfermedad ha dejado, él sólo puede ver imágenes como flores. Tal vez está ya fuera de la realidad, pero son flores creciendo en sus pulmones, flores que ha dejado ahí Aemond cuando lo ha rechazado.
Una semilla de amor no correspondido que germinó.
Sus hermanos también fueron al hospital, Lucerys temía igual que los médicos, que hubiera alguien más enfermo entre su familia, pero contra todo pronóstico, sólo él estaba enfermo. Era lógico, nadie más podía tener lo que a él le aquejaba, nadie más había visto su amor destrozado en el desdén de la persona amada.
Tosía cada vez más, cada día era peor. Estaba pálido y era como esas heroínas trágicas en las que había pensado nada más escuchar su diagnóstico; podría llamarse Marguerite o Fantine, Mimi o Violetta, pero era Lucerys, un nombre que parecía perfecto, proclive a ser consumido por dentro por una enfermedad que desgarraba su pecho, has que su corazón dejara de latir por haber sido rechazado.
Ninguna medicina funcionaba y él comenzaba a aceptar que por más tiempo que mantuviera su tratamiento, no habría un resultado favorable por la siempre razón de que ninguna medicina servía para lo que en realidad tenía y los médicos modernos no sabían identificar.
Su cuerpo pequeño y delgado estaba ya un paso de la muerte cuando junto con la sangre que tosía aparecieron las flores.
Era una flor azul intenso, como ninguna que hubiera visto antes, tenía largas y gruesas espinas que le habían provocado el peor dolor de su vida. Toserla fue un suplicio, se atoró en su garganta impidiendo que respirara. Cuando le tuvo en la boca la arranco de un jalón, lacerando su lengua y sus mejillas.
Entonces entendió que lo suyo era incurable, que la huella de Aemond en su cuerpo se veía así, como flores bellas, pero asesinas.
Para cuando Lucerys tosió la segunda flor, el sangrado causado era una hemorragia, lo llevaron al hospital corriendo y si no hubiera sido por ello, habría muerto en ese momento. Tosió otra flor frente a los doctores y sólo así pudieron creer que algo más había crecido dentro del pecho del joven, algo que parecía un racimo de flores con grandes espinas que estaban perforando el corazón, los pulmones.
Una de las últimas cosas que sabría Lucerys era el nombre de esa flor, se llamaba Vhagar. Era una flor muy rara, única, que cuando crecía, el matorral vivía por años y años, floreciendo cada año. Su madre le había contado sobre ella, le decía que la recordaba porque a Aemond le gustaba, un pequeño matorral había crecido años atrás en su casa y el joven solía tomar las flores pese a que sus manos quedaban muy lastimadas por las espinas.
Lucerys nunca le dijo a su madre que había amado a Aemond con todo su corazón, pese a que el mayor lo despreciaba y maltrataba desde que era un niño. ¿Qué habría cambiado si se lo dijera? Ella estaba como enloquecida, exigía que se hiciera algo para salvarlo, ni siquiera se daba cuenta de que la flor que conservó en sus manos le estaba haciendo daño. Nada le dolía más que ver a su hijo sufrir.
Después de muchos estudios decidieron atacar a las flores como si fuera un çáncer. Entró a cirugía y milagrosamente, no murió. Ese día muchos médicos pasaron por ese quirófano, todos se maravillaron al ver las flores crecer en sus pulmones, tan azules entre lo rojo de su sangre.
Su personalidad cambió drásticamente, su salud no era la mejor, debía permanecer dentro de su casa, alejado de la luz, del polvo o del polén de las flores, de cualquier cosa que pudiera estimular la tos que jamás lo dejó. No tosía flores, ellas jamás regresarían, estaba a salvo, pero sus pulmones habían sido destrozados a tal grado que el respirar era ya otro milagro.
Lo que el resto de la familia supo fue lo que la ciencia aceptaría, que Lucerys había casi muerto por la tuberculosis, que tuvieron que operarlo para remover parte de sus pulmones enfermos, que por ello, ahora era alguien débil y enfermizo.
Era casi verdad, pero la enfermedad era otra, una que parecía un mito.
Veinte años después.
Regresar a la vieja casa familiar era como viajar en el tiempo. Aemond no lo deseaba, pero era necesario. Tenía que hablar con Lucerys, lograr que firmara ciertos papeles para cederle derechos en los negocios de la familia.
Después de todo, Lucerys sólo vivía del dinero que le dejaba su parte de acciones de esos negocios, incapaz de trabajar o valerse por sí mismo.
Aemond entró, un mayordomo lo condujo a un salón bien iluminado donde pudo recuperar algo del calor perdido al bajar de su vehículo. Estaba helando ahí, solo la chimenea lo volvía un lugar habitable. Se frotó las manos y se entretuvo mirando las fotografías de años atrás, ninguna nueva. Había una en especial donde estaba Lucerys tal vez unas semanas antes de enfermar, con Aemond. Le parecía extraño verla, más porque el Lucerys de antes de enfermar era un chico tan dulce que le provocaba nauseas.
Recordaba el haber rechazado sus sentimientos y la forma en que esos ojos siempre ilusionados se quedaban sin vida.
Aemond no sabía qué era estar enamorado en ese tiempo y por más que fuera mayor que Lucerys, nunca había sentido algo así. Rechazar al menor al que siempre había tratado mal era algo natural para él porque en realidad no podría corresponderlo en ese momento. Pero alguna vez aceptaría que fue demasiado cruel ese día, que su desdén había estado fuera de lugar.
Después de ello le agradó que finalmente el más joven lo dejaba en paz, que no lo encontraba mirándolo, que no se lo cruzaba “casualmente” en los corredores. Lucerys lo evitaba, seguramente porque no podía soportar la vergüenza de lo sucedido entre ambos. Y eso estaba bien para Aemond, a quien la atención obsesiva que Lucerys le ponía lo hacía sentir terriblemente incómodo.
Como todo el instituto, él también se enteró de lo enfermo que estaba Lucerys. Sin decirle nada ni acercarse a él, lo encontró varias veces recuperando el aliento después de uno de sus ataques de tos y si bien no estaba conmovido, había un interés genuino por saber qué demonios le pasaba. Sobre todo cuando comenzó a verse tan terriblemente pálido, con unas ojeras oscuras que lograban que sus ojos se vieran hundidos y apagados.
Cuando le dijeron que podría estar también enfermo como Lucerys, se molestó. Sin embargo, nadie más lo estaba y eso confundió un poco a Aemond y dudo de lo que decían los médicos. Era otra cosa, obviamente, por eso Lucerys seguía enfermo y empeorando tanto que tuvieron que operarlo y sacar algo de dentro de su cuerpo. Pero no tuvo detalles, nadie supo la historia completa, después de todo no era una familia tan unida como para que Rhaenyra les contara.
Lucerys nunca regresó a la escuela, la familia se refugió en Rocadragón por años hasta que cada uno hizo su vida y el joven permaneció ahí, escondido del resto del mundo. Nunca pensó en visitarlo, no tenía motivo, hasta ahora.
Cuando la puerta se abrió detrás de él no se mostró sorprendido, esperaba ver a su pequeño sobrino, tan enclenque como siempre. ¿Por qué sería de otra forma? Era el joven enfermo, el noble señor de Rocadragón, encerrado en un castillo de piedra frío y anticuado, sin contacto con el resto de la familia, aislamiento roto sólo por las visitas de su madre y sus hermanos, alguna que otra vez durante el año.
Se giró para encarar al enfermizo Lucerys, esa persona que no podía ni soportar el frío del mismo castillo y tenía todas las chimeneas encendidas.
No esperaba ver a un hombre tan alto como él, con barba cerrada, rizos de color chocolate enmarcado su rostro. Tal vez su piel era demasiado pálida y sus ojos carecían de luz, pero fuera de eso, parecía un hombre joven, fuerte y bastante (demasiado) guapo.
Para Aemond fue como verlo por primera vez.
Después de varios días de convivir, Lucerys firmó el poder legal que permitía que Aemond tomara decisiones en su nombre, así le autorizaba hacer los cambios en los negocios familiares y lograr expandirla de manera internacional. Se fue de Rocadragón después de eso, pero regresó a la primera oportunidad, se había dado cuenta de que disfrutaba la silenciosa presencia de Lucerys, que parecía ignorarlo la mayor parte del tiempo.
¿Por qué le era eso agradable? Porque Aemond tenía una serie de mujeres que estaban a sus pies y esto lo tenía harto, que todas siempre lo desearan tanto volvía interesante a la persona que lo ignoraba.
Lucerys jamás le cerró la puerta de Rocadragón y este lugar se volvió su refugio, ahí podía tener una paz que no disfrutaba de forma usual al siempre estar ocupado con las diferentes empresas de las que era responsable. Tampoco podía estar ahí muy frecuente, pero por lo menos una vez al mes dejaba todo atrás y se enfilaba hacia el castillo.
Fue durante una de esas visitas en las que leía para Lucerys una novela clásica donde la protagonista iba languideciendo poco a poco entre toses sanguinolentas, que sucedió. Aemond jamás entendió por qué Lucerys gustaba de esas historias donde se hablaba de la misma enfermedad que casi lo lleva a la muerte, pero después de todo hubo toda una generación de autores que fueron presa de tuberculosis y por lo mismo, parecían escribir romances condenados al fracaso.
Cuando sucedió, Aemond sintió un dolor intenso en el pecho, cosa que ya había sentido antes, pero que justificó como estrés. Lucerys se levantó, parecía que esta vez no estaba ignorándolo, negándose a entablar conversación alguna que fuera más allá de un par de frases.
Le entregó un pañuelo, uno de tela con un bordado muy bello con sus iniciales, LV. Aemond no entendía, pero de repente el dolor se convirtió en tos y la tos en una mancha de sangre en el pañuelo blanco. Lucerys recuperó de inmediato su pañuelo, guardándolo como si fuera un tesoro.
El mayor no tenía idea de que aquello sólo estaba empezando, ni siquiera se había dado cuenta de lo que sentía por su sobrino, ese al que rechazó siendo tan joven.
Tiempo después Aemond tosería flores pequeñitas de color marrón. Se llamaban Arrax y eran las flores con las que solía jugar Lucerys cuando era niño, las juntaba en sus bolsillos y fingía que eran una especie de moneda con la que le pagaba a todos. No eran nada raras, eran muy comunes en Rocadragón.
A Lucerys le tenía sin cuidado el destino de su tío, aun así, guardó las flores en racimos que él tosía, junto con el pañuelo con su sangre, al lado de una flor de Vhagar. Eran sus tesoros, le recordaban lo difícil que era enamorarse en el momento incorrecto dejando en manos del otro el corresponder o romper el corazón sin miramientos.
Aemond no murió. Cuando Rhaenyra escuchó sobre sus síntomas supo de inmediato lo que debía hacerse. Después de la cirugía Aemond perdió toda su ambición, parecía que su fuego interno se había apagado de golpe. Pero aun leía para Lucerys en Rocadragón, con las chimeneas encendidas todo el año, para hacer huir al frío que parecía siempre querer carcomer sus huesos.
